⚡Cap. 12 |El Pulso del Corazón

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Capítulo 12

Ana despertó más temprano que otros días. Tenía muchas cosas que hacer antes de pasar por Gal. Le envió un mensaje esperando que su novia lo viera al despertar. Se lanzó a darse un baño, a arreglar una pequeña maleta y bajó a la cocina.
 —¿Acaso tembló y no me di cuenta? —dijo Magaly, la cocinera, una mujer madura que llevaba trabajando con su familia más de veinte años.
 —Solo tengo un día muy ocupado —respondió ella poniendo café en la cafetera.
 —¿Quieres que te prepare algo?
 —Sí, lo que sea, gracias.
 —Entonces, ¿qué tan ocupado es tu día?
 —Ya sabes, guardia, cirugías…
 —Eso suena a cualquier día de tu vida.
 —Ahm, sí…
 Ella estaba distraída mandando un mensaje a Willy para preguntar cómo había dormido Gal. Agradecía enormemente que su amigo se ofreciera a pasar la noche cuidando de su novia, ya que para ella era imposible quedarse a dormir fuera de casa debido a una tonta regla de sus padres.
 —Oye Mag, ¿podrías…? ¿Ana, qué haces despierta? —Su padre, el famoso doctor Leopoldo Galindo había entrado a la cocina.
 —Voy a trabajar, papá. Mejor dime ¿por qué si estás retirado sigues madrugando? ¿Fuiste a correr? —preguntó viendo la ropa deportiva de su papá.
 —Sí.
 —Buenos días a… ¿Por qué mi hija está despierta tan temprano?
 —Hola, mamá —dijo ella algo exasperada por el asombro de todos—. Debo llegar temprano al hospital.
 —Hola, guapo. —Sus padres se dieron un beso.
 —Puaaaj —dijo Ana.
 —Envidiosa —dijo su padre sirviendo un par de tazas de café. Le pasó una a Ana.
 —Amor, ¿a qué hora debes estar ahí? —le preguntó su madre a su marido.
 —A las 8.
 —¿A dónde vas, papá?
 —Al Palacio Castilnovo. Voy a revisar a Alejandra…
 —¿Ahora qué le pasó? —preguntó ella tomando un sorbo de su bebida.
 —Accidente en motocicleta.
 —¿De nuevo? ¿Qué rayos hace Ale con esas motos? ¿Fue grave?
 —Nada de cuidado. Ayer me llamaron de urgencia. Pero Alejandra está bien. Sin embargo, iré a revisarla hoy… ¿Quieres venir conmigo?
 Ana levantó una ceja.
 —No. Tengo guardia.
 —Podrías llegar un poco más tarde. Si dices que vas al Palacio conmigo, no te negarán el permiso.
 —No puedo, papá, tengo mucho trabajo.
 —Bien, solo creo que estaría bien que… —Su padre dudó un momento.
 —¿Qué?
 Leopoldo carraspeó y buscó el apoyo de su esposa.
 —Tu padre cree que te falta salir un poco más… —dijo Sonia—. Ya sabes.
 —¿Salir? ¿A dónde? Papá, estoy en un momento crucial de mi carrera.
 —Lo sé, lo sé —dijo su padre levantando ambas manos como disculpa—. Pero ahora que me he retirado veo que hay cosas que son muy importantes, como los amigos… la pareja…
 —¿Y por eso quieres que te acompañe?¿Amigos y pareja?
 —Alejandra y tú se llevan bien, ¿no?
 Ana soltó una carcajada al entender lo que su padre quería.
 —Nos hemos visto algunas veces en el club, papá.
 —Pero han hablado…
 —¡Ella habla con todo el mundo! Además, está perdidamente enamorada de otra chica, ¿recuerdas?
 —Bueno sí, pero…
 —¡Y es cuatro años más chica que yo!
 —Eso también, pero…
 —Esta charla no tiene caso, ¿de acuerdo? No me interesa Alejandra y yo a ella tampoco, papá.
 —Bien, bien, creo que es mejor que me de prisa. Ahora bajo a desayunar.

Su padre las dejó solas en la cocina. Magaly puso un plato con huevos y hotcakes frente a ella.
 —Gracias Mag… ¿Y tú dirás algo? —le preguntó Ana a su madre.
 Su mamá sonrió.
 —Solo trata de entender a tu padre.
 —¿Qué debo entender exactamente?
 —Está preocupado. Desde que Tessa se alejó no has salido con nadie. Estabas muy triste, Ana.
 —Pero ya no lo estoy. Ahora estoy bien, mamá.
 Su madre la observó un momento.
 —Sí, te ves mucho mejor. Perdona a tu padre y su idea loca de emparejarte con Alejandra. Le dije que lo olvidara pero ya lo conoces.
 —Mi papá tiene muy altas sus expectativas…
 —Eres su hija consentida, es obvio que para él no hay nadie digna de ti.
 —¡No soy su consentida!
 —Lo eres… —dijo Magaly a su espalda.
 —Pero… ¿Alejandra? ¡Es una San Román!
 Su mamá soltó una carcajada.
 —Te lo dije: para tu padre no hay nadie digna de ti. Y Alejandra es miembro de la familia gobernante, tal vez tu papá piensa que solo alguien como ella merece salir contigo.
 Ana parpadeó varias veces, algo alarmada por esa idea.
 —Hay muchas chicas dignas, mamá… Y no es necesario que sean de la realeza. —Pensó en Gal. Ella era totalmente digna, era maravillosa.
 —No te preocupes por tu padre, sabemos que es tu decisión con quien salgas o no.
 —Gracias…
 —Además tienes razón, Alejandra está totalmente enamorada de otra. Y, sinceramente, no me gustaría emparentar con una San Román.
 Eso la hizo reír. Si alguien hubiera escuchado a su madre, seguro opinaría que estaba loca por no querer algo así. Empezó a comer en silencio, pensando en cuál sería el mejor momento para informarles a sus padres que ya tenía novia. ¿Les agradaría Gal? ¿Ellos le agradarían a Gal? ¿Era muy pronto para presentarlos? La respuesta le llegó enseguida: por supuesto.
 Pero ella ya no quería más insinuaciones de su padre acerca de su vida amorosa. Y mucho menos quería que su papá le buscara novia.
 —Tengo una compañera que tuvo un accidente el otro día —comentó sin levantar la vista de su comida.
 —¿Ah sí? —preguntó su madre. Ana notó que estaba distraída y no se equivocó. La mujer revisaba una receta en youtube.
 —Mamá…
 —¡Sí, perdón! —Su mamá dejó el celular sobre la barra desayunadora y la miró a ella—. Un accidente… ¿de quién?
 —Mi amiga, ¿recuerdas? Me diste comida para ella.
 —Ah, cierto. ¿Y cómo sigue?
 —Tiene fractura en el tabique… Hoy la operarán…
 Se atrevió a sostener la mirada de su madre. Que asintió ligeramente.
 —Y supongo que eso no tiene nada que ver con tu prisa de hoy, ¿o sí?
 Ana miró de nuevo su comida.
 —Solo quiero ayudarla…
 —¿Ana…?
 —Uhm…
 —¿Por qué estás tan roja?
 Ana suspiró, tomó aire y miró otra vez a su madre.
 —Ella me gusta —declaró con firmeza.
 —Oh, vaya. —Su mamá parpadeó muchas veces.
 —Te lo dije…. —susurró Magaly. Su madre y la cocinera se miraron.
 —¿Qué? —preguntó ella.
 —No es normal que llames para pedir comida para una… amiga. —Su mamá hizo comillas con las manos.
 —Solo no le digas aún a mi papá, ¿sí? Él empezará con sus cosas y…
 —Pero, ¿estás saliendo con ella?
 Ana dudó un momento.
 —Algo así.
 —¿Qué significa eso?
 —Es que… Bueno, es muy reciente… Ella se accidentó y… —Volvió a suspirar—. Sí, estoy saliendo con ella.
 —De acuerdo… —Su madre asintió varias veces—. ¿La conozco?¿O a sus padres?
 —No creo. Ella se preparara para ser cardióloga.
 —Oh, una experta en el corazón, con razón te robó el tuyo… —dijo la cocinera sentándose junto a Sonia.
 —Es una muy buena especialidad… —dijo su madre—. ¿Sus papás también son médicos?
 —Son investigadores marinos, ahora están en una expedición.
 —Qué interesante. A tu padre le encantaría platicar con ellos, ama el mar.
 —Lo sé, pero en serio, aún no le digas a mi papá.
 —¿Y para qué me lo cuentas entonces?
 —Porque… por el accidente, ella necesita la operación y… está sola en su departamento… y …
 —No, señorita.
 —¡Pero mamá! ¡Ya tengo 28 años!
 —Y sigues viviendo en esta casa.
 —Ella apenas puede respirar y… me necesita.
 Su mamá dudó un momento. Miró a la cocinera, que se encogió de hombros.
 —Por Dios Sonia, ya tiene casi 30 años y la otra no respira…
 —Pero… Tu papá no querrá que… Sabes que ninguno de tus hermanos durmió fuera. ¡Y esa chica es tu novia! ¡No están sus padres!
 —¿En serio crees que Ana aún es virgen? —preguntó la cocinera antes de dar otro sorbo a su café. Sonia se tapó la cara.
 —Mamá…
 —Estoy pensando…
 Ana prefirió mantenerse nmóvil durante varios segundos.
 —¡Bien! —Su madre la miró y la apuntó con su dedo—. Escucha bien, señorita. Esto será algo entre tú y yo… y Mag…
 —Estoy dentro —murmuró la cocinera.
 —Tu padre jamás deberá enterarse de esto, ¿entiendes? Ni tus hermanos o algún otro ser humano fuera de esta cocina.
 —Ajá…
 —Le diré a tu padre que tuviste que quedarte en el hospital por un caos… nuclear, lo que sea. Ve, atiende a tu novia…
 —Gal…
 —¿Qué?
 —Se llama Gal.
 Su mamá respiró hondo y continuó:
 —Atiende a Gal, ayúdala… ¡Pero! En el instante en que ella pueda estar sin ayuda te regresas a la casa, ¿entendido?
 —¡Gracias, gracias! —Ana se levantó a besar muchas veces a su madre.
 —Y algo más. —Su mamá la sujetó de los hombros—. En cuanto Gal pueda respirar bien, la traerás a casa, ¿oíste?
 —Pero…
 —La traerás a casa, Ana. Quiero conocer a la chica con la que mi hija pasa sus ratos libres. Y también quiero conocer a sus padres.
 —¡Pero mamá! ¡Están en altamar ahora!
 —¡Pues cuando vuelvan!
 —Mamá, es que… ¿No crees que sería darle mucha seriedad a algo que apenas empieza? —Ana vio cómo su madre dudaba, haciendo que ella sintiera un alivio repentino. Por nada del mundo quería abrumar a Gal con algo así.
 Sonia aclaró su garganta.
 —Entonces el club. Lleva a Gal al club y ahí me la presentas. Que sea algo informal. ¿De acuerdo?
 —¡De acuerdo! —dijo ella comiendo lo que quedaba en su plato en menos de un segundo—. Debo irme.
 Le dio un último beso a su madre antes de salir a toda prisa de la cocina.
 —¿Si sabes que no es necesario que se quede a dormir ahí para tener sexo con ella, verdad? —Escuchó que decía la cocinera.

—Cállate Mag. Mejor veamos la receta que haremos hoy.
 

*****

Si su vida hubiera sido una película, Gal estaba segura de que la hubieran filmado en blanco y negro. Y eso estaba bien. Le gustaba el blanco y negro. Le gustaban dos opciones, le gustaba no tener tantas alternativas. Eso era predecible, podía controlarlo, podía saber cómo dirigir su vida.

Pero definitivamente su vida ya no era blanco y negro. Lo tuvo más claro que nunca cuando abrió la puerta y una hermosa mujer le sonrió.
 —Son las 6:30 de la mañana —le dijo a Ana, siendo ella la que dio un paso afuera
 —¿Te desperté? Si quieres vuelvo luego —dijo su novia con una sonrisa pícara.
 —En realidad, creo que llegas tarde… —susurró ella animándose a dar un paso más hacia Ana.
 —Eso es lindo —dijo su doctora favorita sujetando sus mejillas para darle un beso—. Hola.
 —Hola.
 De colores. Así era su vida en ese momento. Y odiaba con toda su alma esos tapones, odiaba haberse roto la nariz, odiaba no poder besar y desnudar a Ana.
 —¿Dormiste bien?
 —No —dijo Gal con una media sonrisa—. Pero no puedo hacer mucho al respecto.
 —¿Y tu enfermero?
 —¿Dónde crees?
 Gal empujó la puerta para que Ana mirara el interior del departamento. Willy aún dormía en el sofá, boca abajo, con una cobija sobre todo su cuerpo, una pierna salida y unos fuertes ronquidos.
 —Qué horror —dijo Ana riendo.
 —Quise tirarlo por la ventana pero pesa demasiado.
 —Bueno, por eso no te preocupes, he logrado conseguirte otra enfermera…
 Gal la miró con seriedad por un par de segundos antes de decir:
 —¿Qué?
 —Ahmm… —Ana se rascó la frente, se veía algo nerviosa—. Hablé con mi madre y… quedamos en que mientras lo necesites… por tu operación… yo… podría quedarme… aquí contigo.
 Gal sintió su corazón dando un salto mortal dentro de ella. Parpadeó varias veces.
 —¿En serio?
 Ana se sonrojó.
 —Ah… Sí... Solo si tú quieres, claro.
 Gal frunció el ceño.
 —Deja de hacer eso.
 Ana pareció aturdirse un poco.
 —¿Qué cosa?
 —Deja de pensar que me enojaré porque pases tiempo conmigo o por que te quedes aquí —dijo ella con suavidad, atreviéndose a sujetar a Ana de la cintura.
 —Es que… ya te dije que no quiero imponerte nada.
 Gal esbozó una sonrisa.
 —No te preocupes demasiado por esas cosas… Me gusta verte… Me gusta pasar tiempo contigo… Puedes tomar estas dos cosas como puntos de referencia si alguna vez te preguntas si me estás imponiendo algo.
 Ana la abrazó por el cuello y acercó sus labios a los suyos.
 —Es un buen dato —dijo antes de besarla.
 Gal no podía respirar, pero en ese momento no le importó. Ana se quedaría con ella. Ana la cuidaría. A Ana… le importaba. La abrazó con más fuerza y presionó los labios contra los de su novia. Aquello dolía, pero no quería detenerse.
 —¿Gal? —Willy habló desde el departamento—. ¿Dónde carajo estás?
 —Lo odio —dijo ella contra los labios de Ana, que soltó una risita.
 —¡Aquí estamos, dormilón! —gritó Ana.
 —Aaay, no entren, voy a ponerme ropa.
 —¿Durmió sin ropa?
 —No me preguntes.


Gal miraba el techo blanco esperando el momento en que alguien fuera a buscarla. Después de llegar al hospital, su amigo y su novia se habían ido a cumplir con sus obligaciones mientras ella se había quedado ahí esperando a que su cirugía empezara.

Nunca la habían operado de nada y aunque se sabía la teoría a la perfección, sentía algo de nervios al enfrentarse a ese momento.
 Quiso objetar cuando, pasado el mediodía, una enfermera fue por ella. Quiso llamar a Ana, pero no tenía el celular a mano. Cuando entró al área de quirófanos, buscó por todas partes, pero su novia seguía sin aparecer.
 «Tranquila, eres una adulta», pensó mientras se cambiaba de ropa.
 Y ahí estaba, tumbada a mitad del quirófano escuchando voces. Con una luz sobre su cara, intentando controlarse. Una terrible soledad pesó en ella. Hacía mucho que no la sentía así, abrumadora, sofocante. Pero esa era su vida.
 Escuchó la voz del doctor Luna dando indicaciones al personal, ella solo esperaba el momento en que le colocaran la anestesia… Blanco y negro. Soledad. Vacío…
 Entonces, alguien tomó su mano.
 —Aquí estoy —dijo un susurro muy cerca de su oído. Esa voz la hizo suspirar. Giró la cabeza ligeramente y, a pesar de tener la cara casi cubierta en su totalidad, Gal reconoció los ojos verdes de Ana—. Estaré contigo todo el tiempo, ¿de acuerdo?
 Ella quiso decir que sí, pero la voz no le salió. Solo apretó la mano que la sujetaba. Alguien le dijo que contara hasta diez. No llegó ni al tres.


***

Aquel día había sido una locura. Un accidente había hecho que toda su mañana fuera estar en urgencias y en el quirófano.
 Eso no le hubiera molestado en absoluto si se hubiera tratado de cualquier otro día. Al fin y al cabo, era su deber. Pero en esos momentos, su mente estaba solo en Gal. En su cirugía y en el hecho de que llegaría tarde.
 Corrió por el pasillo, se colocó la ropa adecuada y entró antes de que alguien pudiera detenerla. Pudo ver alivio en los ojos de Gal. Aquella mirada muchas veces había sido su cómplice, pues su novia, a veces incapaz de expresar sus sentimientos, tenía una mirada muy transparente.
 Ana suspiró aliviada cuando la operación terminó sin contratiempos. Acompañó a Gal hasta recuperación y se aseguró de que estuviera bien instalada. Había tenido que fingir culpa para que la jefa de cirugía y el doctor Cepeda le autorizaran ser la responsable de Gal.

Ese teatrito le había ayudado a conseguir que ambos doctores le permitieran acudir a casa de Gal dos veces al día durante sus guardias, para revisarla.
 Ella seguiría fingiendo culpa feliz de la vida si eso le garantizaba los permisos necesarios para estar el mayor tiempo posible cuidando a su novia.
 Su novia. Sonrió cuando eso cruzó por su mente. Esa hermosa chica, que en ese momento seguía sedada, era su novia. Aquella a la que muchas veces había observado en la universidad, intrigada por ese aura misteriosa a su alrededor. Esa doctora brillante de la que escuchaba historias en el hospital, por la que moría por acercarse.
 Por fin sus vidas habían coincidido. Por fin su corazón se había desocupado y estaba listo para alguien más. Se inclinó despacio para besar la mejilla de Gal. Ella quería quedarse ahí toda la tarde, pero el deber la llamaba. Solicitó que dos enfermeras estuvieran siempre al pendiente de la evolución de Gal, les dio indicaciones precisas y salió de ahí.


****

Aquello había sido muy rápido. Un momento estaba tumbada en el quirófano y al siguiente el doctor ya le había dado de alta. Después de la cirugía había dormido toda la noche y la habían dejado en observación, según las palabras del doctor Luna, «celosamente vigilada por la doctora Galindo».

Gal no pudo evitar sonreír cuando el doctor dijo eso, sintiendo algo muy cálido en su pecho, deseando con todo su ser no tener la cara hinchada ni ese punzante dolor en la nariz.
El trayecto a casa fue extraño. Nunca se había sentido tan cuidada y mimada. Ana la llevó en su auto, pasó por medicamentos, nuevas almohadas y diez mil cosas que Gal le insistió que no eran necesarias. Pero Ana las compró de todas formas.
En su departamento rara vez había música, pero en ese instante, Ana había colocado música instrumental mientras leía muy concentrada las instrucciones de la caja de gelatina.
Gal la miraba desde la cama, totalmente extasiada. Pensó en varias frases para esa mujer. ¿Cómo podría decirle todo lo bonito que sentía? ¿Unas cuantas palabras eran suficientes? Se movió sobre el colchón, tratando de crear un discurso emotivo en su mente, pero no sabía muy bien cómo hacerlo. Todo lo que pensaba terminaba sonando a un ensayo médico.
—¡Ah! —gritó Ana—. Todo bien, todo bien —le dijo desde la cocina.
—¿Necesitas ayuda?
—Claro que no. Es solo una gelatina, Gal. Además, tú eres mi paciente, la que cuida aquí soy yo.
—Es que me gusta este departamento, no quisiera que lo incendiaras.
—¿Eso fue una broma? Porque si no lo fue, sonó gracioso. Tendrás una voz muy chistosa estos días.
—Y todo porque me empujaste de una camilla… —Gal miró hacia Ana, pues el silencio fue notorio. Su novia la miraba con tristeza—. Estoy jugando.
—¿Segura? —Ana se acercó.
—Sabes que sí. Además, eso fue mi culpa, estaba muy excitada y no medí…
Gal cerró la boca y sintió mucho calor en la cara, ya de por sí adolorida.
—Así que… —Ana se subió a la cama y se sentó frente a ella—. Estabas excitada, ¿eh?
—Lo dices como si no lo supieras… El cuerpo reacciona así ante estímulos físicos y… tú estabas… —Se detuvo.
—¿Besándote? —terminó Ana, haciendo un gesto coqueto.
—Exacto —dijo ella después de aclararse la garganta.
—¿Y… desde hace cuándo sientes eso?
—¿Qué cosa?
—Excitación.
Gal desvió la mirada. Esa conversación no la tenía prevista.
—Ah, pues… no… recuerdo…
—Hey, está bien. —Ana le tomó la mano—. Lo realmente malo sería que no sintieras nada por mí.
—Eso… no es… posible.
Había tanto que quería decir. Los ojos de Ana brillaban. Su sonrisa era perfecta. Su cabello. Su piel. Su cuerpo.
—¿Qué sucede?
—Nada.
—Entonces déjame ver si no se ha quemado la cosa en la estufa. —Ana quiso levantarse, pero Gal no la soltó. Su novia miró sus manos unidas y luego la miró a los ojos. Gal no dijo nada, no sabía qué decir. Ana esbozó una sonrisa—. Yo también… me siento así cuando estoy contigo.
Despacio, Ana se acostó junto a ella y soltó una risita. Gal enseguida notó por qué. Su respiración era ruidosa. Al tener que respirar por la boca, era imposible ocultar su agitación.
—No es justo —dijo ella mientras Ana le daba un beso suave cerca de los labios.
—¿Sabes lo que no es justo? —preguntó su novia acariciando su brazo—. Estas ganas de tenerte desnuda sobre mí y tener que esperar.
Gal se estremeció ante esa voz sensual saliendo de Ana.
—Vas a… matarme —dijo Gal totalmente agitada.
—Y tú a mi…  —Ana puso una mano sobre su corazón—. Gal…
—¿Uhm?
—Tranquila…
—Sí, ya sé… tengo taquicardia, aumento de presión y… riesgo de sangrado. Pero no eres un estímulo que quiera evitar.
Gal escuchó otra risita saliendo de Ana, pero trató de mantener sus ojos en el techo. Debía controlarse, debía calmar su corazón alocado. Pero Ana seguía junto a ella, su mano seguía en su pecho y Gal solo pensaba en quitarle la ropa.
—Gal, intenta controlarte…
—No sé cómo hacer eso contigo tan cerca.
De inmediato, Ana se levantó de la cama.
—Bien, Gal, solo… respira ¿si? Imagina ovejas saltando…
—¿Ovejas?
—Es lo menos sexy que se me ocurrió.
—¡No digas «sexy»! —Gal intentó no pensar en Ana en ropa interior.
Escuchó a Ana correr por la sala y luego volver junto a ella.
Gal sintió algo frío sobre su pecho y vio a Ana usando un estetoscopio para escuchar su corazón. Luego sujetó su muñeca y empezó a mirar su reloj.
—¿Te he hablado de Mag, la cocinera de mi casa?
—¿Qué?
—Ella hace un estofado con calabazas muy bueno. No sé que le pone, pero desde temprano empieza a cortar calabazas y… usa una olla supongo…
Gal empezó a reír.
—Auch… Ahora me duele… —dijo tocándose despacio la cara.
—Lo siento, no debí… —Ana también se tapó la cara con ambas manos, parecía muy avergonzada—. Soy una mala doctora.
—Eso no fue por ser mala doctora… —dijo Gal, haciendo de Ana la mirara.
—¿Entonces?
—Fue por… ser buena novia.

… Continuará….

Pd. Comenta esta historia. Puedes hacer un análisis, apuestas… o mandarme un emoji de corazón rojo, con taquicardia y excitado

Pd.2. ¿Me conoces desde hace años? Entonces seguro ya lo notaste. El #AXC está muy cerca.

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