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⚡De nuevo tú
Cap. el que sigue
En esta newsletter comparto historias y anécdotas todos los días. Sin falta.
Hoy toca el turno a la historia que estoy publicando aquí, vamos en el capítulo 13 y seguro no entenderás ni madres si eres nueva.
Si quieres leer los primeros doce capítulos puedes hacerlo en este ENLACE. (No es spam y nadie clonará tu tarjeta te lo garantizo).
De nuevo tú
Cap. 13.
Kay giró sobre la cama intentando dormir de nuevo. Pero no pudo. Marsel la tenía muy confundida. Ella misma se complicaba sola, se hacía bolas con todo lo que sentía y pensaba.
Se sentó sobre el colchón y miró a su alrededor. Los últimos años esa había sido su vida: hoteles, viajes y comidas rápidas. No tenía nada estable, ningún cimiento, ninguna raíz que la hiciera sentirse en casa… Pero eso cambiaría pronto. Muy pronto. Por fin se establecería, se quedaría en un solo sitio.
Agarró una almohada para aplastarla contra su cara y ahogar su grito. Ya no había marcha atrás. Había tomado una decisión y las cosas ya estaban en marcha. No podía detenerlas. Y tampoco quería. Esa era la decisión correcta, lo sabía en el fondo de su corazón. Y aunque estaba aterrada, debía continuar. No ganaba nada con aferrarse a algo que pudo ser. La vida no se trata de lo que no se vive, sino todo lo contrario. Los arrepentimientos no sirven de nada, solo las elecciones y los caminos que se siguen.
Resignada a no poder dormir más, se levantó y salió al balcón. Hacía frío como todas las mañanas en Cd. Montejo. Miró las colinas que rodeaban la ciudad y, sin poder evitarlo, dirigió su vista hacia donde estaba la casa de Marsel, donde los primeros rayos del sol impactaban contra los techos de las casas.
Había accedido a ver a su amiga todas las noches, a estar con ella para la cena aunque sabía que eso era masoquismo, que solo era meter el dedo en la herida y presionar con fuerza. Estar con Marsel se sentía así: un doloroso recuerdo de lo que no sería nunca. Pero era imposible decirle que no a esa oferta. Durante diez años había soportado su ausencia y en ese punto de su vida se sentía incapaz de seguir haciéndolo.
Su celular vibró sobre la mesita. Leyó rápido un mensaje de su asistente para comprobar los compromisos de ese día y todos los pendientes que debía apresurarse a realizar para tener todo listo para su próxima mudanza.
Lanzó una de sus maletas sobre la cama y empezó a guardar varias cosas para aprovechar el rato que faltaba para acudir a su primera clase. Dobló bien todo y rechazó algunas sugerencias de departamentos que Jocelyn le envió. Generalmente no le importaba mucho el lugar donde se alojaría, pero en esa ocasión sí. Era el comienzo de una nueva vida.
—¿Tú tampoco puedes dormir? —preguntó pegando el celular a su oreja cuando empezó a sonar sin control.
—Por supuesto que no. Mi jefa se volvió loca de repente y tengo millones de cosas qué hacer —dijo Jocelyn al otro lado de la línea mientras jadeaba.
—¿Qué carajo estás haciendo?
—Corro. Es la única hora en que puedo… Entonces… Haciendo a un lado tu indecisión sobre el departamento, me he comunicado con la oficina del ministro para darle tu mensaje. Respondió que está muy complacido por tu colaboración con un tema tan urgente. Harán el anuncio en el transcurso del día.
—Genial, por fin terminaremos con eso…
—Después iré con un agente inmobiliario que dicen que es muy bueno, tal vez con su ayuda pueda conseguir algo a la altura de tus expectativas.
—Eso suena bien… ¿Pasarás al hotel más tarde?
—Sí, iré a ordenar tus cosas.
—Ya estoy empacando algo…
—¿Tú?
—No soy una inútil.
Kay escuchó a su asistente resoplar antes de decir:
—¿Cuándo le darás la noticia a Marsel?
—No lo sé.
—¿Por qué tienes miedo? ¡Es una gran noticia!
—Es que… aún no puedo creer que sucederá…
—Pues más vale que te lo creas porque la decisión ya está tomada y peor, comunicada a los grandes jefes. Si no se lo dices tú, se enterará de todas maneras.
—Lo sé. Creo que esta noche podría decirle…
—¿En la noche?
—Sí, quedamos en cenar juntas…
—¿Otra vez?
Kay carraspeó.
—Cenaremos juntas todos los días, así que no aceptes invitaciones para cenar por favor. No estaré disponible.
—Uuuuy, las cosas van en serio eh… —dijo Jocelyn soltando una risita.
—No hay nada de nada, y menos serio. Solo somos amigas.
—Claro, como digas. Entonces te veré luego. Tengo que subir una colina para terminar aquí.
Cuando cortó la llamada, apenas le quedó tiempo para alistarse y llegar al trabajo. Empujó de su mente todo lo que estaba pasando y se enfocó en dar la mejor clase que pudo. Explicar sobre los factores criminógenos era una de sus partes favoritas de esos diplomados.
Estaba convencida de que todos los gobiernos debían tener un gran equipo de criminólogos diseñando las políticas públicas, ya que solo de esa manera se contaría con un plan de desarrollo óptimo. Lamentablemente, muy pocas ciudades sabían lo que la criminología podía hacer por una sociedad, y aún menos invertían dinero en algo así. Por eso ella siempre trabajaba para las principales ciudades del mundo, eran las que poseían el dinero y se daban cuenta de la importancia de su trabajo. Asignó análisis de casos para discutir la siguiente clase y despachó al último grupo de ese día. Se distrajo bastante hablando con el rector de la universidad, al que le agradeció de nuevo por aceptar que el diplomado se diera en ese lugar y corrió de vuelta a su hotel, donde se encontró a Jocelyn al teléfono dando vueltas por la habitación.
Apenas entró, la chica le hizo una señal para mostrarle las maletas cerradas sobre la cama. No tenía muchas ganas de hablar de la mudanza, así que prefirió elegir la ropa que usaría para la cena con Marsel. En eso estaba cuando su celular sonó. no quería contestar pero lo hizo.
—Eres una maldita desgraciada —le dijo Pérez con una carcajada—. ¿Le vendiste tu alma al diablo, verdad? Solo así me explico tanta suerte…
—¿Qué?
—Es que no es posible que le vaya tan bien a alguien, carajo. Quiero ser como tú, quiero abandonar a mis hijos y largarme a Europa contigo. ¿Tendrás espacio para mí en tu nuevo equipo?
—¿De qué carajo hablas? —Un escalofrío bajó por su espalda.
—¡De lo que están diciendo en las noticias desde hace rato! ¡Jefa del gabinete de seguridad! ¿Cuánto te pagarán por eso? ¿Ya eres millonaria, verdad?
Algo en su cerebro hizo un corto circuito. No entendía nada.
—¡Kay! —gritó su asistente, que estaba parada frente a la televisión con el control remoto en la mano. En la pantalla estaban las noticias y el locutor mostraba imágenes de un hombre de traje que daba una declaración mientras se leía un titular: «Kayri Dahuss, nuestra nueva Jefa de Seguridad».
—¡¿Entonces me llevarás contigo?! —Se escuchó una voz en el celular que aún tenía pegado a su oreja—. Quiero un buen sueldo, es mi condición.
Exasperada, Kay cortó la llamada y observó a su asistente. Pero enseguida el alma se le fue a los pies. Detrás de Jocelyn estaba parada una mujer que la miraba con los ojos húmedos.
—Marsel… —susurró dando un par de pasos hacia ella.
—En cierto ¿no? —Su amiga señaló las maletas—. ¿Y no pensabas decírmelo?
—¿Qué? —Kay miró también todo su equipaje—. No. Marsel, no es…
—¿Desde cuándo tomaste la decisión, Kay? ¡Dímelo!
—Anoche…
—¿Anoche? ¿Antes o después de estar conmigo?
—Mientras estaba contigo. Pero no es…
—¡¿Y porqué no me lo dijiste?!
—¡¿Quieres dejar que te explique?!
—No tienes nada que explicarme, solo creí que me informarías de tu decisión, en eso habíamos quedado, ¿recuerdas? Te pedí que escucharas a tu corazón…
—Eso hice…
—Lo veo —dijo Marsel girando el rostro hacia otro lado. Kay se acercó a la mujer, mientras Jocelyn se apartó lo más que pudo para darles espacio.
—¿Qué es lo que ves?
—Que te marchas, que eso fue lo que decidiste, eso es lo que quieres. Y yo que creí… pensé que… olvídalo. Espero que te vaya muy bien Kay, de verdad. —Marsel se limpió una lágrima traicionera que bajó por su mejilla—. Al menos cumplirás tu promesa ¿no? Estaremos en contacto… Eso sería genial…
—Mira, no tengo idea de lo que está pasando…
—¡En eso estoy! —gritó Jocelyn desde el balcón.
—... Porque no acepté el empleo…
—¿Qué? —Marsel la miró con los ojos muy abiertos.
—Dije que no acepté el empleo. Justo eso le pedí a Jocelyn que les informara mientras cenaba contigo anoche… —terminó sonriendo.
—¿En serio?
—Prefiero quedarme aquí y… —Su corazón estaba en su garganta—. Hacer explotar tu cocina…
No pudo continuar porque Marsel se le fue encima. Sintió electricidad cuando un cuerpo apretó el suyo en un abrazo posesivo. Aquello era demasiado, tanta proximidad repentina ponía a sus hormonas a tope y su corazón iba a estallar.
—¡¿Por qué me asustaste así?!
—Yo no hice nada… Me acabo de enterar también —dijo con la boca cerca de la oreja de Marsel. Aquello era como estar en el paraíso. No quería soltarla, pero sería muy raro continuar con ese abrazo. Sin embargo, era Marsel la que continuaba aferrada a ella con fuerza.
—¿Y esas maletas?
—Es que… no solo rechacé el trabajo… —Fue entonces que dio un paso atrás para mirar a Marsel a los ojos—. Me quedaré a vivir aquí. Estoy alistando todo para mudarme a un departamento.
—¡Ya sé qué pasó! —gritó Joz acercándose con cara de pocos amigos—. Esos ineptos. El equipo de prensa que realizó el discurso colocó tu nombre y no el de Armando…
—Es que les envié un correo recomendándole a un colega muy bueno para ese puesto… Dijeron que les urgía tener a alguien —le aclaró Kay a Marsel—. ¿Y eso fue? ¿Una confusión de nombres?
—Te digo, en todas partes hay estúpidos. Perdón… —Jocelyn le sonrió a su amiga—. Mucho gusto, por cierto.
—Marsel, te presento a mi asistente, Jocelyn…
—Hola —dijo la mujer estrechando la mano de la chica.
—Por fin te conozco, Kay no deja de hablar de ti.
—Eso no es cierto —intervino ella fulminando con la mirada a su asistente.
—Yo tampoco dejo de hablar de ella… —dijo entonces Marsel, con las mejillas rojas y los ojos sobre Kay.
—Creo que debo ir a ver este otro asunto… —susurró Joz saliendo de la habitación, haciendo que Kay volviera a sentirse nerviosa por estar a solas.
—¿Quieres… algo de tomar?
—No, gracias —dijo Marsel con una sonrisa.
—Ahm… Te saliste del trabajo…
—Sí, en cuento uno de mis compañeros me enseñó la noticia de tu nuevo puesto corrí hacia aquí…
—¿Querías matarme, verdad?
Marsel negó con la cabeza.
—Quería morirme, en realidad —dijo la mujer muy bajito, como si fuera una confesión imperdonable.
—¿Por qué? —Su corazón no existía, ella no existía. Solo era un ente que flotaba frente a esa mujer que estaba cada vez más cerca.
—Kay… te contaré la verdad. Te diré lo que pasó hace diez años.
Continuará…
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