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⚡Cap. 10 El Pulso del Corazón.
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Capítulo 10
Lo peor había pasado. O al menos eso pensaba Ana mientras caminaba junto a Gal para cruzar la calle. Durante todos esos días había estado preocupada por el momento en que le dijera a Gal eso que quería decirle.
Pero sabía que esa era la única forma de avanzar. Sabía que debía ser clara desde el comienzo. Y no estaba arrepentida de haberlo dicho.
Gal caminaba junto a ella en silencio. Eso era algo raro, según Ana, acostumbrada al parloteo de todos a su alrededor. Pero Gal era callada. Parecía pensar mucho cada palabra antes de decirla. Pero cuando la miraba, Ana podía sentir una fuerza arrolladora. Estaba segura de que Gal no estaba consciente de la fuerza de sus ojos. Tal vez era algo que solo ella notaba.
Gal extendió una mano para evitar que ella diera un paso más para cruzar la calle. Un auto cruzó veloz a un metro, haciendo que Ana diera un brinco por el susto.
—Ese idiota —murmuró Gal viendo al auto avanzar rápido sin detenerse en los pasos peatonales—. ¿Estás bien?
—Sí —dijo ella tocándose el corazón—. Aunque tal vez necesite que una cardióloga me revise.
Gal levantó una ceja y Ana pudo ver una ligera sonrisa en su rostro. Ella adoraba ese gesto.
—Podríamos revisar en Google Maps a ver si hay alguna cerca.
Ana soltó una carcajada y subió el escalón que faltaba para el centro histórico Aquel lugar había sido reconstruido de forma majestuosa después de la batalla en la que los ciudadanos evitaron que los San Román fueran asesinados.
—Este lugar me encanta. Me hace sentir que las cosas que puedo hacer son aún más grandiosas de lo que pienso —dijo ella buscando luego la mirada de Gal.
—¿Y qué cosas grandiosas quieres hacer?
—Ayudar a todas las personas posibles. Todas. Por eso quiero ser una muy buena cirujana… Y no sé, tal vez un día viajaré por el mundo operando gratis a personas que lo necesiten.
—Es un objetivo bastante altruista —dijo Gal con una expresión que Ana no había visto nunca en ella.
—¿Qué?
—Nada. —Pero era evidente que Gal quería decir algo.
—En realidad me encantaría saber lo que piensas —comentó ella con un escalofrío recorriendo su espalda.
Gal giró hacia ella y Ana contuvo el aliento. La cardióloga se veía tan guapa, que Ana detuvo el impulso de arrojarse a sus brazos. No quería hacer algo que espantara a Gal. Y aunque había sido muy directa con ese “me gustas”, no estaba dispuesta a dar un paso en falso.
—Creo que el idealismo puede acabar en una caída bastante dolorosa.
—Oh… ¿Crees que no podré hacer algo así?
—Hay muchos médicos que quieren cambiar el mundo, pero al final terminan en el lugar donde terminan todos.
—¿Dónde es eso?
—En un hospital ganando dinero.
—El dinero no lo es todo…
Ana se detuvo en seco al ver la expresión seria de Gal, que pareció pensar mucho su siguiente frase.
—Si eres una Galindo es obvio que piensas eso.
Ana soltó una carcajada al escuchar aquello.
—¿Qué quieres decir exactamente, Gal?
Gal también sonrió un poco y señaló el nuevo Palacio de Gobierno frente a ellas.
—Todos sabemos que tu padre es el médico de los San Román y de toda la aristocracia de Castilnovo. No creo que les cobre poco, ¿o sí?
—Pues… no. Pero eso no significa que mis objetivos no sean válidos.
—No he dicho que lo sean.
—¿Entonces? —preguntó ella acercándose más a Gal, que momentáneamente no supo qué decir.
Ana recorrió el rostro de la cardióloga y sintió algo cálido por todo su cuerpo. Quería extender la mano y acariciar su mejilla. Quería que Gal la abrazara. Pero era incapaz de hacer algún otro movimiento. Estaba congelada esperando a que Gal hablara, aunque Ana había olvidado por completo el tema de esa conversación.
—Yo no sé… —balbuceó Gal con la cara totalmente roja. Ana suspiró, aquello era real. Estaba segura de que Gal también sentía algo por ella. ¿Profundo? ¿Superficial? Eso aún no lo sabía. A veces leer a Gal era una tarea muy difícil. Y más cuando su propio cuerpo torpe le impedía pensar con claridad.
—La luna —dijo ella sin saber por qué.
—¿La luna?
—Ah… sí. —Ana dio un paso atrás y miró al cielo—. Ya salió.
Gal también miró hacia arriba y Ana pudo ordenar su mente. Habían estado juntas las últimas 4 horas. Primero en la repostería y luego habían decidido caminar por el centro histórico y la avenida imperial…
—No me había dado cuenta de la hora…
Ana se fijó en que Gal observaba su reloj y un pensamiento triste se le cruzó por la cabeza.
—¿Ya quieres irte? —preguntó ella con pesar.
Gal clavó los ojos en los suyos y esbozó una ligera sonrisa.
—No. Estaba pensando en invitarte a cenar, si quieres.
—Sí quiero. Ahm… Hay muchos lugares por ahí —dijo ella señalando la calle donde la avenida imperial comenzaba—. Podemos caminar y elegir uno.
—Bien.
Ana caminó junto a Gal hacia la avenida y pudo sentir un leve roce con su mano. Aunque sabía que era muy pronto, Ana estaba segura de que un día caminaría sujetándola.
Ana soltó una carcajada cuando Gal mordió el pedazo de pizza y un gran hilo de queso quedó colgando.
—Esto es imposible —dijo Gal con mucho trabajo después de deshacerse de la tonelada de queso colgante.
—Creo que me dolerá la panza hoy —comentó ella dando otro mordisco.
—Entonces deberíamos dejar de comer.
—¿Estás loca? Si nos la acabamos nos regalarán una paleta.
—¿Y te parece una buena idea? ¿Una paleta por una noche de dolor de estómago?
—Me parece una grandiosa idea. Así podré presumir que gané el reto de las pizzas gigantes… Además la paleta está cubierta de chocolate.
—Tienes un metabolismo muy bueno —murmuró Gal con la mirada clavada en su pedazo de pizza—. Generalmente alguien con tus hábitos alimenticios no tiene un cuerpo tan… Eh…
Ana pudo ver el susto en los ojos de Gal cuando la miró. La cardióloga estaba más roja que la salsa de tomate de la pizza.
—Gracias —susurró ella—. También creo que… aahm… te ves bien… ¿Quieres más limonada?
—Sí, si, más.
Ana levantó la mano en busca de algún mesero y agradeció por esos segundos de distracción.
No sabía qué era exactamente lo que le gustaba de Gal. Solo sabía que desde que la había visto en la universidad, aquella chica se había vuelto alguien reconocible. Verla en los actos académicos, pasear por la biblioteca buscando libros, sentada en un rincón de la cafetería… Esos momentos eran los que le decían a Ana que todo iba bien. Que Gal estaba bien, que seguía ahí.
Y aunque no sabía porqué había tenido esos sentimientos por alguien con quien ni siquiera había hablado, se sintió gratamente sorprendida cuando descubrió que Gal cursaría su especialización en el mismo hospital que ella, el más prestigioso de Ciudad Montejo.
Ana regresó la vista hacia Gal, que luchaba con el queso escurriendo hasta su plato. Observó su expresión concentrada, su ceño fruncido, como si hiciera un cálculo matemático de la longitud y curvatura del queso derretido. Ana adoraba la forma en que Gal hablaba, en que usaba su lógica para hacerle cumplidos involuntarios. Aquella cita le estaba sirviendo para confirmar que quería conocer más de Gal. Quería llegar hasta su corazón.
—¿Necesitas ayuda?
—Creo que ya encontré la… —Gal la miró un segundo antes de continuar—: Sí, por favor.
Tratando de controlar sus temblores, Ana se cambió de lugar para sentarse junto a Gal, hombro con hombro. La cardióloga giró un poco el cuerpo hacia ella y Ana alcanzó unos cubiertos desechables para cortar trocitos de pizza de un tamaño apto para una boca humana.
—Veamos… —Ana picó un trozo de pizza y se lo ofreció a Gal en la boca.
La cara de la cardióloga estaba totalmente roja. Ana se mordió el labio inferior tratando de contener sus ganas de besarla. Debía dejar de pensar en eso. debía controlar esos impulsos que la querían arrojar a los brazos de Gal.
—Eso está mucho mejor —susurró Gal.
—¿Qué cosa? ¿El tamaño de los pedazos o que tienes a alguien que te alimente en la boca?
—Ambas cosas.
Ana sonrió. Sabía que Gal era perfectamente capaz de cortar su pizza. Y también sabía que Gal se estaba dejando “ayudar” a propósito. Eso hizo que su corazón saltara de felicidad. Una idea audaz pasó por su cabeza y se aventuró.
—Estás un poco embarrada… —dijo jalado una servilleta. Con una mano sostuvo el rostro de Gal y con la otra le limpió una mancha imaginaria en la comisura de los labios.
Los ojos de Gal no se perdían ninguno de sus movimientos. Ana usó todas sus fuerzas para calmar su estremecimiento. Aquello era la culminación de su día. Había soñado muchas veces con acariciar el rostro de Gal y por fin había encontrado el pretexto perfecto.
—Sus limonadas —dijo una voz que las hizo apartarse por el susto.
—G-gracias —dijo Gal junto a ella. Ana no supo si aquello fue para el mesero o para ella. Se sentía incapaz de mirar a Gal pues sabía que tenía la cara roja. Lo podía sentir: su cuerpo estaba ardiendo.
Suspiró pensando en que tal vez no lograría ser tan paciente como había pensado. Gal era una tentación muy poderosa. Y Ana se moría porque la cardióloga la besara. Quería que Gal la abrazara fuerte. Quería sentir su cuerpo… Apretó los ojos para tranquilizar su mente. No quería hacer una locura ahí mismo.
—Entonces… —dijo tratando de recobrar la compostura—. ¿Pasarás navidad con tu familia?
—No —respondió Gal de inmediato y luego la miró—. Me ha tocado guardia en el hospital.
—¿En serio? Que mala suerte.
—Está bien. Mi familia no es religiosa así que nunca ha celebrado navidad.
—No hace falta ser religioso para celebrar navidad. Es solo un pretexto para estar todos juntos. ¿No te… gusta estar con tus padres?
Gal no respondió enseguida. Ana vio cómo le cardióloga le puso más orégano a su pizza antes de decir:
—No es una tradición en mi familia. Oye creo que sí nos la acabaremos.
Ana miró los tres pedazos de pizza que quedaban y luego regresó los ojos a Gal. Sabía que presionar no estaba bien, así que dejó el tema de la familia a un lado.
—La verdad ya estoy llena, te tocará comerte todo.
—No, no. ¿Quién quiere su paleta de chocolate?
—Yo… pero ¿te imaginas cuántos puntos ganarás por ayudarme a tenerla? Y eso que estamos apenas en la primera cita. —En cuanto Ana dijo eso, Gal soltó una carcajada.
—Supongo que tendré que esforzarme… si quiero una segunda cita.
—¿La quieres? —Ana sintió pavor en cuanto esas palabras se le escaparon de la boca—. O sea, no quiero presionarte si quieres esperar a que…
—Si quiero —la interrumpió Gal.
—¿Esperar?
—No. —Gal dudó un segundo pero cuando la miró, Ana solo vio determinación en sus ojos oscuros—. Verte de nuevo… en… una cita.
Ana sonrió y bebió un sorbo de su limonada.
—En ese caso… estaré esperando tu invitación.
Ana no quería que ese momento llegara pero el tiempo no podía detenerse. Después de que Gal se terminara la pizza y que Ana recibiera su paleta cubierta de chocolate, habían regresado caminando hasta el auto para bajar un poco la inflamación que tenían en sus estómagos. Y aunque Ana intentó caminar lo más lento posible, ahí estaban, frente al departamento de Gal.
Ana paró el coche para que la cardióloga bajara pero Gal no se movió por un par de segundos. Lentamente giró hacia ella y Ana pudo ver una sonrisa tan hermosa que se quedó sin aire.
—Gracias por traerme.
—De nada —dijo ella.
—Nos vemos mañana…
—Sí, ahí estaré… En el hospital… Porque soy una doctora… Sí.
Ana se mordió la lengua por ser tan torpe y regresó su atención a Gal, que había abierto la puerta y tenía ya un pie fuera del auto.
Ana la vio dudar. Gal la miró una vez más. Ana sabía lo que quería, pero no estaba segura de que Gal también lo quisiera. Y tampoco estaba segura de que fuera el momento. Sonrió porque quería que eso fuera lo último que Gal viera de ella esa noche… Y entonces… Gal se acercó. Ana cerró los ojos cuando sintió los labios de Gal sobre su mejilla. Despacio, Ana también dejó un beso sobre esa piel cálida. Sin poder evitarlo, usó sus manos para sujetar el rostro de Gal en un intento por mantenerla así el mayor tiempo posible.
—Te veré mañana —susurró Gal contra su piel.
—No lo dudes.
Gal se apartó unos centímetros y volvió a sonreírle haciendo que el corazón de Ana hiciera unos movimientos violentos y extraños.
—¿Estás bien? —preguntó Gal.
—Sí —dijo ella tocándose el corazón para calmarlo un poco—. Solo creo que en verdad necesito a una cardióloga.
Gal asintió sin apartar sus ojos de ella.
—Mañana tengo espacio en mi agenda, pasa a mi consultorio y te revisaré.
Ana soltó una carcajada.
—Ahí estaré, doctora… Ahí estaré.
****
Gal no entendía cómo funcionaba el mundo O sea, científicamente sí. Pero en ese momento no recordaba mucho de lo que había ocurrido desde que Ana la dejó en su departamento hasta que la vio caminar por un pasillo del hospital.
Gal recordó las vueltas que dio para intentar dormir y lo excitada que se había sentido durante la noche. Aquello la avergonzó momentáneamente, pues había sido ella la que había dicho que no quería solo algo físico. Pero tanto acercamiento con Ana le estaba pasando factura a sus hormonas.
¿Cómo hacían las personas para tener el primer beso? Ella se había congelado, con mil preguntas en la cabeza. Con mil temores, con un millón de ganas. ¿Cómo llevar esos besos hasta la cama? ¿Cómo resistir todo lo que Ana despertaba en ella?
Gal parpadeó con rapidez al darse cuenta que Willy estaba ahí junto a ella. Y no solo él, también el doctor Cepeda y algunos compañeros. Y no solo eso: estaba en la oficina del equipo. ¿Cómo rayos había llegado ahí? ¿Qué hora era?
Cuando todos empezaron a recoger sus cosas, ella también se puso de pie.
—¿Esto será emocionante, verdad? —le preguntó Willy.
—¿Qué cosa?
—Esto, trabajar todos juntos de nuevo. —Su amigo cambió su sonrisa por una expresión preocupada—. ¿Estás bien?
—Sí, ¿por qué?
—Pareces algo… ausente. ¿Estás en tus días?
—¿Sabes que esa es una pregunta ofensiva para toda mujer? —dijo levantando la ceja.
—Es que te ves rara.
—No es nada —dijo encogiendo sus hombros—. Solo tengo algunos asuntos en la cabeza.
—Mmmm… Déjame adivinar. Ana. —A Willy se le iluminó el rostro—. ¡Tu cita! ¡La había olvidado! ¿Cómo te fue? Ve directo a la parte que me interesa, ¿por fin le arrancaste la ropa?
—Cállate, idiota.
Su amigo se acercó a ella como si estudiara cada milímetro de su expresión.
—Ay no… ¡No lo hiciste!
—Fue nuestra primera cita…
—¿Y eso qué, tonta? En la primera cita se lanzan las intenciones. Un beso significa que en realidad no estás segura, que hay más chicas. Un acostón significa que quieres vivir eso con intensidad y …
—¿Quién te enseñó esas tonterías?
—La preparatoria. Ok, esto tiene remedio. ¿Usaste lengua al menos?
—¿Lengua?
—Cuando la besaste…
Gal se quedó callada un momento tratando de pensar en todo lo que estaba mal con su amigo y su cerebro de neandertal.
—No… la besé.
—¡¡¿Estás loca?!! ¡No, no, no, esto es terrible! Bien, yo me encargo, no te preocupes. Veré qué le invento para que…
—No quiero que le inventes nada.
—Gal, querida amiga, creo que no entiendes la gravedad de lo que hiciste. Más bien, de lo que no hiciste.
—Ana y yo estamos bien. Charlamos, cenamos y… Bueno, cuando nos despedimos yo... No fue exactamente algo romántico, solo…
—¿Qué?
—Le di un beso… en la mejilla. Y ella a mí.
—Ay que tiernas… —Willy le dio un zape—. ¿Acaso tienes 12 años? Lengua, Gal. En la primera cita lo mínimo es darle un beso apasionado y usar la lengua para marcar territorio.
—No soy un perro…
—Mi querida alumna, todos somos animales cuando se trata de sexo.
—No sé porqué quieres llevar todo al sexo…. Antes solo me aconsejabas hablarle.
—Porque eres una torpe, Gal. Si hubiera empezado con sexo, ya hubieras huido. Hablarle… Bueno, eso ya lo lograste, ahora, por el amor de Buda, llévala a la cama pronto. ¿Cuándo volverán a salir?
—Ahm… No sé. Ella dijo que esperaba una invitación mía.
—Bien, regla de los tres días.
—¿Qué?
—No le hables durante tres días.
—Trabaja al final de este pasillo.
—Por eso. Ignórala durante tres días. Hazme caso.
—Tienes una pésima suerte con las mujeres, ¿por qué te haría caso?
—Porque tengo más experiencia que tú.
—Que tengas sexo dos veces al año no te vuelve un dios sexual.
—¡¿Cómo te atreves?! —dijo Willy exagerando la expresión.
—Es verdad.
—Error. Son cuatro veces al año.
—Es igual de patético.
—Si quieres que las cosas vayan bien con ella, castígala con el látigo de tu desprecio tres días.
Sin esperar más, su amigo la dejó ahí sola y Gal por fin miró la hora. Aunque lo que de verdad quería era correr a buscar a Ana, su deber era presentarse para su tiempo de consulta, así que caminó hacia ahí.
Las siguientes horas revisó gargantas, limpió heridas y recetó medicinas a todas las personas que se presentaron. Estaba terminando de lavarse las manos cuando alguien tocó la puerta. Ella suspiró. Quería marcharse ya, quería ver a Ana.
Resignada a atender a la persona que llegaba a retrasarla, caminó hasta la puerta y la abrió. Unos hermosos ojos verdes la observaron. Gal los admiró un segundo antes de sonreír de vuelta.
—¿Estás ocupada? —preguntó Ana.
—Nunca… —susurró ella—. Es decir, ya no. Pasa.
Ana entró y Gal cerró la puerta. De pronto se sintió muy nerviosa. Aquel lugar era uno de los más privados del hospital, Nadie entraba sin pedir autorización, pues en teoría, ella estaba atendiendo pacientes.
—Cepeda me dijo que están armando el equipo para atender a un nuevo paciente con un diagnóstico difícil.
—Sí, algo así —dijo Gal intentando recordar la dichosa junta de la mañana en la que no prestó atención.
—Me pidió apoyar otra vez.
—Eso es fantástico —dijo ella sin poder evitar sonreír. Entonces se fijó en Ana, que tenía el cabello algo revuelto—. ¿Estás cansada?
—Sí —dijo la doctora apoyándose en la camilla del rincón—. Estuve en tres cirugías hoy y en la madrugada tenemos otras programadas.
—Eso es... diría inhumano pero ya recordé que somos doctoras.
Ana soltó una carcajada.
—Es nuestro deber. ¿Tú cómo vas?
—Nada tan caótico como el área de cirugía. Ahora tengo que ayudarle a Cepeda con unos informes sobre medicamentos cardiovasculares. Quiere que sea su asistente en una nueva investigación en la que está colaborando con unos médicos alemanes.
—Eso es grandioso.
—Sí… Yo… En realidad… quería ir… a buscarte —dijo dando un par de pasos titubeantes hacia Ana.
—¿En serio?
—Sí. —Gal se rascó la cabeza—. Es que, bueno… quería saber si te gustaría... salir de nuevo conmigo.
Ana se mordió el labio inferior y Gal sintió un escalofrío en todo su cuerpo. Dio un paso más hacia la doctora que no le quitaba los ojos de encima.
—Me encantaría.
—Bien, porque… Willy dijo algo sobre una estúpida regla de las citas y no sé si… estoy arruinando siglos de… investigación romántica….
—Yo creo que lo estás haciendo muy bien —susurró Ana.
Fue entonces que Gal se dio cuenta de lo cerca que estaba. Bajó la mirada por el rostro de Ana, hasta sus labios. Sentía un hormigueo intenso por la piel, mucho calor en la cara y en otras zonas, eso le hizo dar un paso atrás.
—Entonces, ¿mañana estás libre? —dijo tratando de tener toda su atención en los ojos de Ana.
—En realidad no lo sé. Jenn quiere que la acompañe a algo de su boda. Pero… Tal vez pueda dejarla plantada.
—Eso arruinaría tu reputación como dama de honor, ¿no crees?
—No me interesa. —En cuanto Ana dijo eso, dio un paso hacia ella.
Gal se petrificó. No sabía qué hacer. No sabía si era prudente hacer lo que de verdad quería hacer. Mil alarmas sonaron en su cabeza. Pero aquella certeza de que Ana era un peligro para su futuro, estaba cada día más lejos. Sentía que esa amenaza ya no representaba algo tan preocupante. Y por un momento, esa idea le hizo sentir más pánico.
—Yo no… —balbuceó.
—No quiero asustarte, Gal. —Ana comenzó a hablar con un tono tan suave y vulnerable, que la hizo estremecer—. Ya te dije lo que siento y solo… me preguntaba si tal vez… Si… acaso tú… Pero si no… —Ana apretó los ojos y continuó—. Cuando estoy contigo… solo puedo… temblar…
Gal ya no pudo más. Tomó el rostro de Ana y acercó sus labios a los de la doctora. Mil voces gritaban en su cabeza, pero cuando atrapó la boca de Ana, todas callaron. Un sonido salió de su garganta, o tal vez fue de la de Ana. No lo tuvo claro. Lo único que tenía seguro en ese momento era que algo en su cuerpo había explotado. Deslizó las manos sobre el cuerpo de Ana, sujetando su cintura con fuerza, atrapando a la doctora contra la camilla detrás de ella. Un beso no debería sentirse así, en todas partes, con tanta intensidad. Pero la boca de Ana estaba atacando la suya con determinación. Gal sintió las manos suaves de la doctora acariciando sus mejillas, la sintió abrazarla por el cuello, la sintió atrayéndola a su cuerpo.
Aquello quemaba, la dejaba sin aire, pero Gal nunca había tenido sus sentidos tan despiertos. No sabía que la vida podía sentirse así. Abrazó con más fuerza a Ana, la hizo trepar sobre la camilla y continuó besándola sin parar, sin pensar nada. Las manos de Ana bajaron hasta sus hombros, donde empujó la bata de Gal, que cayó al suelo. Gal se apartó un centímetro de Ana, buscando también la forma de quitarle la bata.
—Esto es… totalmente inapropiado —dijo regresando luego a la boca de Ana.
—Dímelo más tarde —logró responder Ana entre besos, jalando a Gal para que trepara sobre ella.
El cuerpo de Gal estaba en llamas y se encendió más cuando echó un vistazo a aquello. Ana estaba debajo de ella, con la cara roja, la mirada encendida y el cuerpo temblando. Entonces se dio cuenta de algo más, algo que había dejado pasar. Respiró hondo para afrontar aquello.
—Me gustas —dijo con firmeza—. Me gustas mucho, Ana. Te dije que no sé… muy bien cómo… expresar… algunas cosas pero… quiero que sepas que esto no… esto no es algo fugaz… —terminó con un hilo de voz—. No quiero que lo sea.
Ana sonrió de una forma tan hermosa que Gal pensó que en realidad no necesitaba oxígeno para vivir. Solo esa sonrisa. Ese pensamiento absurdo la hizo sonreír también.
—Supongo que después de esto… tú y yo… —dijo Ana, que se sonrojó aún más.
—Sí, supongo que sí.
Ana la jaló para besarla de nuevo, pero si antes Gal había sentido fuego, con ese nuevo beso sintió como si Ana la envolviera por completo. Fue suave, profundo.
Cuando Gal bajó una mano por el cuerpo de Ana… tres golpes fuertes sonaron en la puerta.
Ana dio un brinco y Gal perdió el equilibrio. Resbaló de la camilla y se golpeó la cara con el borde de metal.
—¡Gal!
Sintió un dolor terrible cuando cayó al suelo y se apretó la nariz mientras se retorcía.
—¡Doctora!
Gal escuchó más voces y vio a Ana inclinándose sobre ella.
—Tengo que presionar, aguanta —le dijo Ana.
Gal soltó un grito de dolor cuando Ana presionó sobre la hemorragia. Entonces Gal vio sus manos manchadas con sangre. Le costaba mucho respirar pues sentía un líquido escurriendo dentro de su garganta.
—¡Traigan ayuda! —gritó una enfermera.
—Yo te cuidaré, Gal. Tranquila. No me moveré de aquí —dijo Ana con la voz ahogada.
Lo último que Gal vio antes de perder el conocimiento fue la hermosa mirada de Ana.
…. Continuará…
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Pd.2. Si vienes de leer mis historias de Wattpad, sé que en este momento estás orgasmeada. Sí, eso que estás pensando pasará. AxC.
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