⚡Cap. 30 |El Pulso del Corazón

❤️

Gracias por tu paciencia.

Cada semana un cap. nuevo.

Hay algo que debo decirte. Esta historia tiene una versión extendida NO apta para todo público.

Tiene cosas muy fuertes y explícitas que las menores de edad NO deben leer. (Y algunas personas suceptibles a ciertas escenas).

Pronto te diré donde podrás leerla.

El Pulso del Corazón

Capítulo 30

Leopoldo Galindo se quedó mudo por varios segundos. Ana solo podía ver la mirada furiosa y el rostro enrojecido de su padre. Pero ella no titubeó. No pensaba hacerlo. Detrás de ella estaba Gal, la mujer que amaba. La persona que había decidido proteger.
 —Ana… ¿qué hiciste?
 Ella dio un par de pasos hacia su padre.
 —Estoy cuidando a la mujer que amo. Papá, ya no quiero pelear contigo. Si tan solo…
 —Jamás.
 Sin esperar respuesta de su parte, Leopoldo se dio la vuelta y caminó hacia la salida. Ana vio cómo se alejaba, sintiendo un gran pesar en su corazón. Ella amaba a su padre, siempre lo había admirado y de verdad lamentaba la ruptura que su relación había sufrido.
 Una mano sujetó la suya.
 —¿Estás bien? —le preguntó Gal suavemente.
 Ella suspiró antes de responder.
 —Claro que sí.
 —¿Entonces puedo besar a mi esposa?
 El sonrojo en las mejillas de Gal era evidente, cosa que a Ana le causó mucha ternura. Rodeó el cuello de Gal y la besó despacio mientras escuchaba el escándalo que Jenn y Willy armaron.
 —Hija… —dijo alguien junto a ella. Ana giró el rostro y se encontró con su madre. Por un par de segundos ninguna dijo nada. Entonces Sonia esbozó una sonrisa y la abrazó para susurrarle al oído—: Felicidades por tu boda.
 —G-gracias, mamá.
 Su mamá dio un paso atrás y clavó los ojos en Gal.
 —Más te vale que cuides bien de mi hija —dijo Sonia.
 —Claro que sí, doctora —respondió Gal.
 Ana pudo ver un fugaz brillo en los ojos de su madre a pesar de la seriedad con la que observaba a Gal.
 —Te llamo después —le dijo su mamá dándole un último beso.
 Ana no sabía exactamente qué pensar cuando su mamá se marchó.
 —Eso fue raro —comentó Jenn, que se había acercado a ella.
 —Entonces, ¿dónde será la fiesta? —preguntó Willy.
 —No pensamos en eso —dijo ella girando hacia Gal—. ¿Quieres ir a algún lugar en especial?
 Gal se encogió de hombros.
 —Yo tengo el lugar perfecto —dijo Willy.

 
Ana soltó una carcajada cuando Gal cayó a la lona después de que el toro mecánico diera una vuelta muy rápida.
 Cuando entró a ese lugar su primer impulso fue salir corriendo. Era un bar estilo cowboy y Gal y ella se veían bastante fuera de lugar con su ropa de bodas pero parecía que a nadie le importaba mucho.
 —Eso estuvo fuerte —dijo Gal llegando a su lado. Ana sonrió al ver a su esposa sobándose el trasero aporreado.
 —¿Qué te parece si más tarde yo me monto en ti y tú te quedas quieta? —le susurró a Gal, que quedó muy roja.
 —¡Mi turno! —gritó Jenn trepando a la plataforma del toro.
 —¡Aquí están!
 Ana levantó la vista al reconocer esa voz. Su hermana se había sentado frente a ella.
 —¿Q-qué haces aquí?
 —Yo le dije —comentó Santiago.
 —Vine a darte mi apoyo, hermanita —dijo Amanda levantando la mano hacia un mesero—. Quería llegar a la boda pero no pude salir a tiempo del trabajo.
 —Creí que tú también estabas en mi contra…
 —No… Hola, Gal —saludó Amanda—. En realidad creo que ya era hora de que alguien le pusiera un alto a papá.
 —¿Crees que eso hice? —preguntó Ana con ironía.
 —Claro que sí. Eres la favorita. Si tú no hacías esto, nosotros menos. Yo nunca pude marcar un límite con él y mira como me fue con eso. Me costó mi matrimonio.
 —Creo que exageras…
 —Claro que no —se metió Santiago—. Tú has vivido en un mundo de caramelo, Ana. Porque claro, eres a quien le iba mejor con papá, además de que seguiste sus pasos en la medicina, pero nosotros…
 —Papá es un tirano, Ana. Pero ahora hiciste que notara algo importante —dijo Amanda.
 —¿Qué cosa?
 —Que es un simple mortal. —Su hermana soltó una carcajada y se acercó más a ella—. Papá de verdad está desesperado. Estaba buscando por todos los medios a alguna chica que se interpusiera entre Gal y tú.
 —¿En serio?
 —Sí. Así que no bajes la guardia, Ana. Si alguna mujer sexy se te acerca… O a ti, Gal… Es una trampa de papá.
 —¿Crees que intente algo así de bajo?
 —¡Claro que sí, Ana! No puede atacar de forma directa por el Pacto de Linaje pero puede usar ese tipo sucias artimañas.
 —¡¿Por qué no nos deja en paz?! —grito ella exasperada.
 Santiago soltó una carcajada.
 —Él tenía grandes esperanzas en ti, Ana. De verdad esperaba escalar posiciones usando tu futuro matrimonio con alguien de gran abolengo. Pero ahora se ha quedado sin cartas.
 —No necesita escalar posiciones, ya somos una familia respetable.
 —No se trata de ser respetables, Ana. Se trata de poder —dijo su hermana—. Aunque por lo que he escuchado… —Amanda observó a Gal—. Dicen por ahí que eres amiga cercana de Alejandra San Román, ¿es cierto?
 —Eh… —Gal parpadeó varias veces—. Hemos trabajado juntas…
 —¿Qué significa eso? —preguntó Amanda soltando una carcajada.
 —Gal  ha ayudado a Alejandra en temas médicos —aclaró ella.
 —Entonces deberías usar esa ventaja, hermanita. Usa a Alejandra para frenar a papá de una vez por todas. Alienta los rumores sobre la posición de Gal ante la familia San Román.
 Ana bufó.
 —No quiero tener que valerme de ellas para enfrentar a papá. Él debería entender que ya perdió.
 —Papá jamás entenderá eso. Todavía le duele que Alejandra y tú no hayan terminado juntas.
 —No había forma en que acabáramos juntas. Nunca hubo nada entre nosotras. 
 —Bueno… —Amanda tomó un sorbo de la bebida que el mesero dejó frente a ella—. Pues a papá le dará un infarto cuando se entere del compromiso de Alejandra.
 —¿Compromiso?
 —Escuché el rumor en el club. El Palacio Castilnovo anunciará su compromiso a finales de año.
 —¿En serio lo harán oficial? —preguntó Gal con una sonrisa.
 —Parece que sí —dijo Amanda—. Al menos yo pienso preguntarle en la boda de Santiago. Supongo que asistirán todos los San Román.
 —¿Por qué le preguntarías eso? —quiso saber Ana negando con la cabeza—. A lo mejor quieren que sea una sorpresa hasta el anuncio oficial.
 —Ay, por favor. Sabes que a Alejandra le vale un soberano cacahuate guardar las apariencias. Como sea, cuando papá se entere del compromiso será el punto final a su obsesión de emparentar con los San Román. Tal vez eso lo hará reaccionar.
 Ana suspiró. Dudaba mucho que esa noticia aplacara a su papá. Más bien estaba pensando que no había forma alguna de sanar la relación con su padre. Tal vez debía aceptar que las cosas ya nunca volverían a ser igual.

Gal nunca había pensado en formar su propia familia. Ni en enamorarse. Ni en construir algo duradero junto a alguien. Pero definitivamente hacer todo eso con Ana se sentía bien.
 Clavó sus ojos en su esposa, que estaba frente al espejo del baño limpiando el maquillaje de su rostro. Era medianoche y por fin había parado la celebración de su boda. Sonrió como estúpida al pensar en eso mientras se aflojaba la corbata y se quitaba el chaleco.
 —¿Estás bien? —Ana la observaba desde el baño. Gal descubrió los ojos de su esposa recorriendo su cuerpo.
 —Si. ¿Y tú?
 —Creo que necesitaré tu ayuda… —Ana se acercó a ella y le dio la espalda. Con delicadeza, Gal bajó el cierre del vestido blanco de Ana.
 —Entonces… supongo que… —El cerebro de Gal empezó a fallar cuando la ropa de Ana cayó al suelo—. Deberíamos… nosotras… —Su corazón golpeaba muy fuerte su pecho.
 —¿Nosotras, qué? —preguntó Ana con una expresión de inocencia que no engañaba a nadie.
 —¿Qué? —Gal parpadeó varias veces mirando los ojos verdes de Ana.
 —¿Qué decías?
 Las manos de Ana le empezaron a desabotonar la camisa, haciendo que las neuronas de Gal murieran todas juntas al mismo tiempo.
 —Yo… no… recuerdo… —susurró sintiendo un escalofrío por su cuerpo.
 —¿Quieres… hacer esto o… estás muy cansada?
 —Hacer… yo… ¿qué?
 Los labios de Ana besaron su mejilla y muy despacio llegaron hasta su cuello.
 —Que si quieres... consumar nuestro matrimonio —dijo Ana riendo.
 —Creo que… deberíamos, ¿no?
 —¿Por qué deberíamos? —preguntó Ana con una voz demasiado sexy.
 Gal abrazó a su esposa y bajó las manos por la espalda de Ana hasta llegar a sus pompas.
 —Porque… porque… —Su cabeza daba vueltas y en su nariz sentía el hermoso olor del cuerpo de Ana. Atrapó los labios de esa mujer y empezó a besarla mientras la guiaba a la cama—. Porque no aguanto más sin ti… —susurró cayendo sobre Ana.
 —Es una buena razón.
 Gal sintió las manos de Ana empujando la ropa que aún tenía encima para desnudarla por completo.
 —Te llevaré de viaje…
 Ana dejó de besarla y la miró a los ojos.
 —¿Qué?
 —Es que… no tendremos luna de miel así que…
 —No necesito una luna de miel.
 —¿Segura?
 —Podemos ahorrarnos el viaje e ir directo a lo que se hace en el viaje.
 —¿Te refieres a esto? —preguntó Gal abriendo las piernas de Ana para tocarla.
 —Justo… eso.
 —Me parece bien.
 Gal presionó contra el cuerpo de Ana, que clavó sus uñas en su espalda y soltó un largo suspiro.
 —Según la… tradición… aris… tocrática…  —decía Ana entre besos—. Acabas de… de…
 —Dímelo luego —murmuró ella perdiendo el poco control que le quedaba.



La noticia de su boda corrió como un incendio incontrolable y todo por culpa de su mejor amigo.
 —¿Qué fue exactamente lo que dijiste?  —le preguntó a Willy, que había decidido cambiar la sala de descanso por el sofá del rincón de su nueva oficina.
 —Que la doctora Ana Galindo ya no está disponible pues ya es una feliz, muy feliz mujer casada.
 Gal esbozó una sonrisa escuchando aquello.
 —Eso es cierto.
 —¿Y?
 Gal levantó la mirada de la pantalla de su computadora y observó a su amigo.
 —¿Qué?
 —¿Qué tal el matrimonio?
 —Llevamos menos de 24 horas casadas, ¿qué esperas que te diga?
 —El sexo. ¿Es mejor o peor?
 —No pienso responder eso.
 —Eres una aguafiestas. Pero tú si me lo dirás, ¿verdad, doctora?
 Gal amplió su sonrisa cuando vio a Ana entrando por la puerta.
 —¿Qué quieres que te diga? —le preguntó Ana a Willy.
 —Nada —intervino ella—. Willy ya se va.
 —No, no, no. Mi querida doctora Galindo, yo solo quiero saber si el sexo es mejor o peor después de casarse.
 Ana esbozó una sonrisa pícara y la miró a ella.
 —No respondas —dijo Gal.
 —En realidad vine a preguntarte si al terminar mi guardia podrías acompañarme a un lugar.
 —Sí.
 —Ni siquiera te he dicho a donde.
 Gal sonrió.
 —No importa.
 —Yo sí quiero saber. —Se metió Willy.
 —Quiero que vayamos a ver un departamento. En las fotos se ve lindo pero quiero que lo veamos juntas.
 —Está bien.
 —¿Por fin tendrán su nidito de amor? Que cursis —dijo Willy viendo su reloj—. Me gustaría indagar más en su vida sexual pero debo atender un asunto. ¿Nos vemos luego? Sí,  genial.
 Y su amigo salió de ahí.
 —Recuérdame porqué es mi amigo… —comentó ella ante la risa de Ana.
 —Por cierto, es mejor.
 —¿Qué cosa es mejor?
 —El sexo —dijo Ana jalándola hacia el sofá.
 —¿En serio? —Gal levantó una ceja cuando Ana se quitó la bata.
 —Amo que tengas una oficina privada.
 —También empiezo a ver las ventajas —dijo Gal besando a Ana sin perder tiempo.
 —No te la quites —dijo Ana contra su boca sujetando su bata—. Quiero hacerlo con una doctora.
 —De acuerdo… —Gal iba a bajarle la ropa interior a Ana cuando alguien golpeó la puerta.
 —Shhttt  —dijo Ana mordiendo su oreja.
 —Doctora Rivadeneyra, ¿está usted ahí? —Se escuchó la voz de la doctora jefa.
 —Ay no —dijo Ana soltando una risita y poniéndose de pie de un brinco.
 Gal respiró hondo para intentar contener las ganas mientras se acomodaba la ropa y caminaba hacia su escritorio.
 —¿Lista? —le preguntó a Ana que asintió—. Adelante, doctora.
 —Doctora Rivadeneyra… —La doctora jefa notó que Ana también estaba ahí—. Ah, doctora Galindo, que gusto saludarla…
 Gal notó los ojos de la jefa observando el sofá donde Ana estaba sentada.
 —¿En qué puedo ayudarla, doctora? —preguntó ella para librarse de su jefa lo más rápido posible. Ella quería estar de nuevo a solas con Ana para destrozar el sofá.
 —Doctora, vengo a comunicarle que ya están listos los laboratorios que solicitó para su investigación. Han terminado de armar el equipo médico. Y… también debo decirle que hemos recibido una generosa donación…
 —¿Una donación?
 —Así es. Esta mañana se me informó que alguien había donado quince millones de dólares.
 —¡Quince millones!
 —Así es. —La doctora jefa estaba muy roja—. Para que ese dinero se haga efectivo hay una serie de condiciones que se deben cumplir… —Entonces Gal vio la carpeta que la jefa tenía en la mano—. Debe leerlas con detenimiento, doctora.
 —Por supuesto que sí —dijo ella recibiendo la carpeta.
 —Bien, la dejo trabajar… —La jefa iba a marcharse pero al último segundo giró de nuevo hacia ellas—. Y… felicidades por su boda.
 Ana murmuró algo en agradecimiento pero Gal apenas podía pensar.
 —¡¿Quince millones?! —gritó Ana corriendo hacia ella en cuanto se quedaron solas de nuevo.
 —Esto es… —Gal bajó la mirada por las hojas—. Podremos hacer todas las pruebas que necesitamos... ¡Tenemos garantizados varios años de investigación!
 —¿Qué dice? —Ana se paró junto a ella para poder leer también.
 —Comprobación de gastos… Informe semestral sobre avances… Control total de la doctora Rivadeneyra…
 —¿Control total? —Ana le quitó la carpeta.
 —Eso dice.
 Ana soltó una carcajada.
 —¿Sabes lo que esto significa? Ni los alemanes ni este hospital podrán meter sus narices en tu investigación.
 Gal se llevó la mano a la frente sin saber muy bien cómo expresar lo que sentía.
 —¿Quién fue…?
 —¿Cómo que quién? ¿En serio tienes que preguntar eso? —dijo Ana riendo.
 —Pero esto es una locura.
 —Y por eso es algo que perfectamente harían ellas.
 —¡Son quince millones de dólares!
 —Gal... —Ana dejó la carpeta sobre el escritorio y le sujetó el rostro—. Esa cantidad es la milésima parte de su fortuna, así que no pienses que esto se trata de dinero.
 —No entiendo…
 Ana suspiró y la miró con seriedad.
 —No hay nadie que entienda el jeugo de poder como las San Román. Lo que ellas quieren hacer en Castilnovo es algo que no creo que alguien haya logrado en ningún sitio. Y creo que por eso te necesitan. Cuando encuentran a alguien valioso como tú, le dan poder y lo blindan.
 —¿Qué significa eso?
 —Que confían en ti. Ellas no andan regalando dinero así porque sí. Saben lo que hacen.
 —Pero apenas me conocen.
 —¿Eso crees? —Ana esbozó una sonrisa—. Te aseguro que ellas tienen un gran expediente con tu nombre. Además… saben que estoy loca por ti. Tienes mi sello de confianza.
 —¿Ah sí? ¿Tengo un gran sello en mi cuerpo?
 —Sí, en tu hermoso trasero. —Ana la abrazó por el cuello y volvió a besarla—. Tengo una cirugía en media hora, así que más te vale darte prisa.
 Ana la jaló de vuelta al sofá y Gal decidió que era momento de dejar de pensar en el trabajo y concentrarse solo en el cuerpo de su esposa.

Cuando las puertas del elevador se abrieron, Gal pensó que aquel lugar le gustaba. Caminó de la mano de Ana por el pasillo, donde podía ver una puerta abierta al final. Una mujer algunos años mayor que ella las recibió con un gran apretón de manos.
 —Bienvenidas —dijo aquella abriendo los brazos para enseñarles el lugar—. Este edificio es uno de los más recientes de la zona y tiene los departamentos más equipados de nuestro portafolios.
 Gal echó un vistazo al lugar y aguantó las ganas de silbar.
 —¿Incluye los muebles? —preguntó Ana.
 —Puede ser con o sin muebles. Obviamente el monto de la renta cambia.
 —¿Qué te parece? —le preguntó Ana jalandola hacia la enorme ventana del piso al techo.
 —Bueno… te imagino paseando por la sala en ropa interior —le susurró a Ana, que esbozó una sonrisa.
 —Parece que alguien se quedó con ganas —respondió su esposa besando su mejilla.
 —Siempre tengo ganas cuando se trata de ti.
 —Ya, hablando en serio, ¿qué te parece? ¿Crees que es demasiado?
 —Creo que es perfecto para empezar.
 —¿Para empezar?
 —Quiero darte todo, Ana.
 —Pues me parece un lugar más que perfecto para empezar.
 —Bien. —Gal abrazó a Ana y giró hacia la chica de la inmobiliaria—. Lo queremos.
 —¡Genial! Prepararé los papeles. Esta semana ha estado muy movida por aquí. El departamento de enfrente acaba de ser vendido.
 —¿Gente joven? —preguntó Ana.
 —Sí. Me parece que es una conferencista o algo así. También tiene una novia muy guapa.
 —Es que yo no soy su novia —aclaró Ana—. Nos casamos ayer.
 —¿En serio? ¡Felicidades! Vamos a ver…
 Gal siguió paseando la mirada mientras Ana y la chica revisaban los documentos. A ella le había gustado mucho el lugar. Además de que la zona se veía muy bonita y no estaba lejos de la casa de los padres de Ana. Gal miró por la ventana hacia la dirección en que se encontraba la casa Galindo.
 Ella sabía que Ana no la estaba pasando bien por la situación con sus padres. Y aunque su esposa no decía mucho al respecto, Gal la conocía. Tal vez había llegado la hora de ayudarle a Ana a recuperar a sus padres. Después de todo, las cosas habían cambiado. Ella ya no era una huérfana sin patrimonio. Tenía un nombre que cada día pesaba más
 Miró hacia la sala, donde Ana reía de algo que le había dicho la chica de la inmobiliaria. Gal observó el rostro hermoso de su esposa y el brillo de su mirada cuando se cruzó con la suya. Definitivamente había llegado la hora de hablar con Leopoldo Galindo.
 Aunque antes de eso, debía hacer algo más.




Las miradas de las personas no eran nada discretas. Gal caminaba por el lugar con la mano de Ana en la suya. Cuando había decidido hacer esa llamada, nunca creyó que se la responderían tan pronto.
 Pero ahí estaban, en el club camino a encontrarse con ese par de personas mientras Gal era consciente de que la gente la miraba.
 —Es algo molesto… —susurró cuando pasaron frente a un grupo de mujeres que no tuvieron la delicadeza de fingir que no hablaban de ellas.
 —¿Qué esperabas? Todos aquí ya saben que te casaste con una Galindo.
 —¿Tan importantes son los Galindo? —jugó ella. Ana le sacó la lengua.
 —Yo soy importante, Gal. Tu guapa e importante esposa.
 —Y sensual —dijo ella con una sonrisa.
 —Eso también. ¿Dónde te dijo que estarían?
 —En la pista ecuestre.
 —Claro, cómo no lo pensé antes. Es su sitio favorito del club.
 —Este lugar es enorme.
 —Sí. Al igual que los egos de las personas que vienen aquí.
 —Tú venías mucho antes.
 —Por mi gran ego —dijo Ana riendo—. Ahí están.
 Gal levantó la mirada justo a tiempo para ver como Cristina San Román daba un salto con su caballo.
 —¡Muy bien, Cristi! —Se escuchó el grito de Alejandra a unos cuantos metros de donde ellas estaban—. ¿Vieron? Les dije que saltaría sin problema. Paguen.
 Gal aguantó la carcajada que quiso salir de su garganta cuando vio a los guardaespaldas de Alejandra dejando billetes sobre la mano extendida de la chica.
 —Ahora entiendo porqué eres millonaria —dijo Ana a su lado, captando la atención de la chica castaña de ojos color esmeralda.
 —Hola, guapa —dijo Alejandra dándole un beso a Ana en cuanto la tuvo cerca—. Has descubierto mi secreto. Hola, Gal.
 Se sintió bastante abrumada cuando Alejandra la abrazó.
 —Señorita Galindo, ¿quieren algo de tomar? —preguntó uno de los guardias de Alejandra.
 —Si. Gracias, Milo —respondió Ana sentándose junto a Alejandra.
 Gal enseguida notó que todas las personas alrededor de ellas no les quitaban los ojos de encima.
 —Te acostumbrarás —dijo entonces Alejandra, haciendo que Gal notara que la chica la estaba observando.
 —¿En serio alguien podría acostumbrarse a algo así?
 —Yo lo hice —dijo Alejandra viendo hacia Cristina, que daba otro salto con su caballo.
 —Tú no tuviste opción —dijo Ana—. Eres una San Román.
 —Ah sí, eso —dijo Ale con una sonrisa—. ¿En que les puedo ayudar, chicas? Escuché por ahí que se casaron. ¿Es cierto?
 —Sí —dijo Ana con las mejillas rojas.
 —Que bien… ¿O no? —Alejandra levantó una ceja—. ¿Cómo lo tomó tu padre?
 —Terriblemente mal —dijo Ana.
 —Ya se le pasará. Poco a poco verá que Gal es lo mejor que pudo pasarte en la vida.
 —G-gracias —dijo ella ante el inesperado cumplido, con las mejillas ardiendo. Gal no sabía si  Alejandra era consciente del poder de su mirada esmeralda—. Perdón por llamarte así de... repente.
 —Está bien. En realidad tengo unos días libres. ¿En qué te puedo ayudar?
 —Ya me has ayudado lo suficiente —dijo entonces Gal con seriedad—. Sé que fuiste tú quien donó esa fortuna a mi investigación.
 —No sé de qué hablas —dijo Alejandra, y Gal levantó una ceja—. Bien. Pero la mitad de ese dinero es de Cristina.
 —¿Que yo qué?
 Gal giró rápido la cabeza al escuchar esa voz. Cristina se estaba quitando el casco de equitación. Sin poder hacer mucho, Gal se quedó de piedra cuando la princesa besó su mejilla.
 —Decía que tú eres la culpable de todos mis males —dijo Alejandra con una sonrisa.
 —¿De tus males? Más bien soy la responsable de toda tu felicidad.
 —Eso también —dijo Alejandra mirando a Cris de una forma tan brillante que Gal sintió que Ana y ella sobraban en ese lugar.

—Alejandra dice que… la donación también fue cosa tuya… —Gal sintió sus mejillas ardiendo aún más que antes cuando Cris la miró—. Gracias. Me aseguraré que que Castilnovo gane mucho con todo lo que haremos en el hospital.
 —Bien —dijo la princesa con una sonrisa.
 —Yo no sé qué hice para… merecer toda la confianza que…
 —Pff, no digas eso, Gal. Eres una gran persona y una profesional brillante. Sabemos que mucha gente se beneficiará con tu trabajo —dijo Alejandra.
 —Apenas me conocen, ¿y si me gasto ese dinero en una casa para Ana? —preguntó ella sin poder evitarlo.
 —Gal está un poco preocupada por tanta fe en ella —dijo Ana con una sonrisa.
 —En primer lugar dudo que ese dinero alcance para algo digno de Ana Galindo —dijo Ale riendo, haciendo que Ana le diera un golpe en el hombro.
 —Creo que debo ser sincera contigo, Gal —dijo entonces Cristina, sentándose a su lado. Gal se sintió algo incómoda al escuchar murmullos de las personas detrás de ellas.
 —Uy, Cristi te contará sus secretos,Gal. ¡Qué afortunada eres de ser su amiga! —dijo Ale con voz fuerte. Gal vio que Ana se tapó la boca para no reír a carcajadas.
 —Gal, ¿puedo ser honesta contigo? —susurró Cris a su lado, inclinándose hacia ella.
 —S-sí.
 —Bien… Todo lo que hemos hecho por ti no es gratis, Gal. Sería muy hipócrita de mi parte y un insulto a tu inteligencia si te quisiera hacer creer que todo ha sido de manera desinteresada.
 —Fuertes declaraciones —dijo Ale pasándole a Gal la bebida que su guardia le trajo—. Pero claro. ¡Cristina te ama con todo su corazón, Gal!
 —Ale, sabes que yo amo cuando te pones muy Alejandra —murmuró Ana.
 —Sí, lo sé. Prosigue, Cris.
 —Entonces, Gal… El secreto es… —Cris se inclinó más hacia su oreja derecha—. En unos años el trono será mío y no estoy dispuesta a arriesgarme a otro problema como el que mi familia enfrentó por culpa de los Aragón. Por eso estoy armando un ejército de aliados. Y en el área de la salud, ustedes dos podrían ayudarnos.
 —Ana, en unos años la doctora jefa se jubilará —dijo entonces Alejandra—. Si tú ya estás lista podrías asumir la dirección del hospital.
 —¿Yo?
 —Escuché por ahí que tu sueño era viajar por el mundo operando gente gratis… —dijo Cristina—. Es un objetivo muy hermoso pero… si lo deseas puedes hacer eso mismo aquí. Castilnovo necesitará una nueva generación que cuide que no vuelva a repetirse un episodio como el que atravesamos.
 —Las necesitaremos a las dos —dijo Alejandra—. Además, en unos meses se hará un anuncio muy importante y necesitaremos todo el apoyo posible. —Las mejillas de Alejandra quedaron muy rojas, cosa que a Gal se le hizo muy curiosa. Nunca creyó que Alejandra San Román tuviera vergüenza.
 —Oh, sí. Ya escuché ese rumor… —dijo Ana con una carcajada.
 —¡¿Qué escuchaste?! Se supone que es un secreto —susurró Alejandra.
 —¿En serio crees que en Castilnovo puedes guardar secretos? —preguntó Cristina negando con la cabeza—. Te dije que todo el mundo lo sabría antes de que el Palacio hiciera el comunicado.
 Ale soltó una carcajada.
 —Entonces me pararé en el centro a gritar que el siguiente año me casaré con la chica más genial del universo.
 —¿Será el siguiente año? —preguntó Ana.
 —Eso quiere Alejandra —dijo Cris—. Pero ya le dije que organizar algo así tomará al menos dos años.
 —¿Pues qué tanto hay que organizar? ¡Es una boda! —se quejó Alejandra.
 —Creo que estás olvidando con quién te casarás —dijo Cris negando con la cabeza—. Regresando al tema… Gal, también hay algo personal en todo esto.
 —¿Qué cosa?
 —Eres huérfana. Y se te ha tratado muy mal por ese hecho, cosa que a mi personalmente me repugna por obvias razones —dijo Cris tomando la mano de Alejandra, la huérfana más famosa de Castilnovo.
 —Eres muy linda… —dijo Ale abrazando a Cristina, que se mantuvo así con la chica. Gal escuchó más murmullos.
 —Entonces… Gal, Ana, ¿contamos con ustedes?
 —Claro que sí —dijo ella.
 —Perfecto. ¿Ya comieron? —preguntó Alejandra mirando su reloj.
 —Aún no.
 —¿Qué les parece si nos acompañan a comer? —preguntó Cris—. Mientras tanto Ale puede seguir gritando que las amamos. Seguramente a estas alturas tu padre ya sabe que están con nosotras.
 —Seguramente sí —dijo Ana tomando su mano. Gal se dejó llevar hasta uno de los restaurantes del club pensando que definitivamente ya había llegado la hora de enfrentarse cara a cara con Leopoldo Galindo.

… Continuará….