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⚡Cap. 4 El Pulso del Corazón
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El pulso del Corazón
Capítulo 4
Estaba de pie frente a su edificio esperando que un auto parara frente a ella. Se balaceó sobre sus pies, tratando de mantener el control de la situación. Aquello era solo una cena. Solo eso. No significaba nada. No debía significar nada.
Trató de volver al libro de cardiología que horas atrás estaba estudiando. Aquello debía ser su foco, no Ana. Pensar en la hermosa doctora era una pérdida de tiempo, ella lo sabía.
Y sin embargo, sintió un escalofrío cuando un auto entró al estacionamiento y se detuvo frente a ella. Ana le hizo una señal para que subiera.
—Hola. —La saludó Ana con una sonrisa que la aturdió momentáneamente.
—Hola —respondió ella intentando mirar al frente.
—¿A dónde iremos? —Ana giró levemente hacia ella, haciendo que Gal se estremeciera de nuevo.
—Conduce, yo te diré hacia donde ir.
Ana le dirigió una última sonrisa antes de poner el auto en marcha. Gal miraba por la ventana, dando indicaciones para llegar al lugar. No estaba lejos de casa. De hecho, gracias a eso era su lugar favorito para comer. Con solo caminar algunas calles, llegaba a esa trattoria.
Cuando entraron al sitio, Ana suspiró.
—Este lugar es fantástico —dijo la doctora mirando los cuadros y la decoración en madera.
Era pequeño, íntimo, cosa que Gal nunca había tomado en cuenta hasta ese momento. Se sentía demasiado íntimo y eso la hizo sentir expuesta.
—¿De verdad te gusta? Porque podríamos ir a otro lugar.
—¿Estás loca? ¡Me encanta! Y espero que la comida sea deliciosa —dijo Ana sentándose frente a ella.
Gal la miró un segundo, tratando de no decir demasiado, pero no pudo evitar esbozar una sonrisa.
Enseguida una mujer italiana llegó para informarles sobre la comida de esa noche. Gal la conocía muy bien aunque nunca habían intercambiado más palabras de las necesarias. Cuando se quedaron solas de nuevo, Gal giró la cabeza mirando todo a su alrededor, negándose por completo a mirar al frente.
—¿Entonces…? —preguntó Ana.
—¿Qué? —preguntó ella tomando una servilleta para limpiar su lado de la mesa, cosa que no era necesaria en lo absoluto.
—¿Vienes muy seguido aquí?
—Algo. —Sin poder evitarlo por más tiempo, miró los ojos verdes de Ana—. Cada vez que tengo hambre.
Ana soltó una carcajada antes de volver a hablar.
—O sea que todos los días…
—Todos los días que no estoy en el hospital comiendo papas y sandwiches.
—Yo estoy empezando a odiar la cafetería del hospital. Es tan… fría.
—Es un hospital.
—¿Y eso qué? Debería ser un lugar más reconfortante.
—¿Con qué objetivo?
—Hacer sentir mejor a las personas. ¿No te parece suficiente motivo?
Gal frunció el ceño pensando un poco.
—No creo que sea práctico.
Ana volvió a reír sin quitarle los ojos de encima.
—A veces las cosas deben hacerse por humanidad, no por practicidad —dijo Ana suavizando tanto la mirada que Gal sintió algo corriendo por su estómago.
—Tal vez tengas razón.
—¿Tal vez?
—¿Qué debí decir?
Ana la observó un momento antes de preguntar:
—¿Qué es lo que realmente piensas sobre lo que dije?
—¿De verdad quieres saberlo? Porque esto puede acabar en una discusión bastante acalorada y ni siquiera nos han traído la comida.
Ana volvió a soltar una carcajada, haciendo que Gal no entendiera el chiste.
—Eres tan adorable.
La cara le ardía. ¿Adorable? ¿Ella? ¿En serio lo creia? ¿Por qué? De nuevo sintió cómo su cuerpo quería hacer dos cosas a la vez. Primero sintió el impulso de acercarse a Ana. Y luego sintió el impulso de levantarse y salir deprisa de ese lugar. Pero antes de que pudiera hacer una u otra cosa, su boca habló sin su permiso.
—¿Por qué piensas eso?
—Porque lo eres. Dices las cosas de forma tan seria… y eres tan racional… —Ana colocó sus codos sobre la mesa y se inclinó hacia adelante—. ¿Alguna vez te has enamorado?
Electricidad. Eso sintió Gal al escuchar eso.
—¿P-por qué quieres saber eso?
—Es parte de tu disculpa, ¿recuerdas? Te dije que tendrías que soportar una cena con alguien frente a ti haciéndote preguntas personales.
—¿Y decidiste empezar con esa?
—Me pareció una buena forma de ponerte nerviosa.
Gal negó con la cabeza. Si quería sobrevivir a eso, debía controlarse.
—Bueno... la verdad es que estoy casi segura de que nunca me he enamorado.
—¿Qué diablos significa eso?
—He sentido alteraciones químicas en un par de ocasiones, pero nada lo suficientemente adictivo como para considerarlo un enamoramiento.
—¡Oh por Dios! ¡¿Qué clase de respuesta es esa?!
Gal frunció el ceño.
—Es una buena respuesta.
—¿Te has enamorado sí o no?
—Estrictamente hablando, no. Nunca. Creo que enamorarse perjudica mucho a las personas.
—¿Ah sí?
—Claro. Te vuelve alguien ineficiente. Hace que pierdas de vista lo importante.
—Por ejemplo…
—La medicina.
—¿Siempre quisiste ser doctora?
—Pues… no. Antes no quería ser nada pero un día leí un libro de medicina y me encantó. ¿Y tú?
—Siempre. Mis padres son doctores… —Cuando Ana dijo eso, Gal sintió un nuevo escalofrío—. Cuando mi hermano dijo que quería ser veterinario, mi papá le insistió en que cambiara de animales a humanos, quería que fuera médico. Pero mi hermano no quiso. Entonces, mi hermana dijo que quería ser abogada… y mi otro hermano dijo que quería ser psicólogo. Mis padres no esperaban que yo, la última, quisiera ser doctora.
—¿Y lo hiciste por ellos?
—Claro que no. Lo hice por mi. Me encanta mi carrera —declaró Ana con brillo en los ojos. Gal sonrió mirándola. Era tan hermosa—. ¿Y tus padres qué piensan de tu carrera?
La sonrisa se le borró. No, ese era un tema privado. Algo que no quería hablar con nadie, así que dijo:
—Están bien con eso.
—Me imagino que están muy orgullosos, ¿no?
—Sí, lo están.
—¿Ellos también son doctores?
Gal quería acabar con ese tema, estaba empezando a enfadarse.
—Son biólogos marinos los dos.
—Qué maravilloso, yo amo el mar. Es mi lugar favorito. ¿A ti te gusta?
«No, lo odio», quiso decir Gal, pero se contuvo.
—Claro, ¿a quién no?
—Ahm… Tal vez podríamos ir juntas… —dijo Ana. Lo primero que pensó Gal fue que jamás en su vida iría al mar. Pero luego se dio cuenta que Ana acababa de invitarla a salir de nuevo con ella—. En verano, claro. Ahora ya estamos a nada del invierno. ¿Te gustaría acompañarme?
Abrió la boca para responder pero fue interrumpida por la comida, que por fin había llegado.
Gal no había podido quitarle los ojos de encima a Ana, que después de agradecerle a la mujer, se llevó un poco de pasta a la boca.
—¡Esto está delicioso!
Satisfecha por la reacción de la doctora, Gal también empezó a comer.
—Cuando pruebes el postre jamás querrás comer en otro lugar —dijo mirando su comida.
—¿Qué hay de postre?
—Van cambiando, pero todos son deliciosos. El otro día hicieron gelato de pistacho.
—¿Sabes algo? No entiendo cómo puedes comer sándwiches y papas en el hospital, tan resignada y feliz, si sabes que en el mundo existe comida tan rica como esta.
—Practicidad. Gastaría mucho tiempo pidiendo comida de aquí todos los días. Es más sencillo ir a la cafetería por unas papas.
—Bueno, pues ahora tenemos un problema —dijo Ana limpiándose la comisura de la boca para luego mirarla fijamente.
—¿Cuál?
—Que ahora tendrás que traerme aquí contigo cada día de descanso.
Gal bajó de nuevo la mirada hacia su comida pues no se atrevía a hablar con los ojos de Ana clavados en los suyos.
—Eso puede arreglarse.
Después de que ambas pidieran el tiramisú de la casa, la cena había terminado. Gal cumplió su castigo pagando la cuenta. Y caminó detrás de Ana para salir de nuevo a la calle. Era una noche fresca, con el cielo despejado. El coche de Ana estaba en la calle de enfrente.
—¿Quieres ir a otro lugar? —le preguntó Ana de repente.
—¿Otro lugar? —Gal frunció el ceño—. Creí que mi castigo era solo la cena.
Ana sonrió.
—Sí, tu castigo ya terminó. Ahora te pregunto si quieres ir a otro lugar por tu propia voluntad.
Gal se quedó callada un momento mientras su mente era un caos. ¿Querer ir con Ana? Sí, quería. A donde sea. Pero sabía que eso era peligroso e ilógico. Sin embargo, no sabía cómo escapar sin sonar grosera.
—Es que... tenemos que madrugar mañana. ¿O no te toca guardia?
—Sí… —dijo Ana mirando su reloj—. Pero creí que daba lo mismo dormir 8 horas que dormir 4…
—Sería irresponsable dormir tan poco teniendo en cuenta que tendrás que salvarle la vida a personas que cuentan con que su doctora esté lo suficientemente descansada, ¿no crees?
Ana rió de nuevo. Gal estaba segura que podía pasarse toda la noche escuchando ese sonido, pero prefirió mantener la cara inexpresiva ante el gesto brutalmente hermoso de Ana.
—Esa es una forma muy razonable de mandarme a dormir. Supongo que te veré mañana en el hospital.
—Supones muy bien.
—Entonces te llevaré a su departamento.
—Estoy bien, puedo caminar, está solo a unas calles.
—¿Segura? No me cuesta nada llevarte.
—Estaré bien. Ciudad Montejo es una ciudad super segura.
—Bueno… Ahm... Descansa, Gal.
—Tú también.
Ana titubeó, Gal lo notó enseguida. Las dos estaban de pie una frente a la otra. Gal se había despedido de muchas personas en su vida y siempre había parecido ser algo rápido e insignificante.
Pero ahí parada no podía evitar tener su atención totalmente puesta en cada movimiento de Ana. Ella quería decir más, hacer algo más. Pero sus manos estaban ocultas en los bolsillos de su chamarra y su cuerpo se había congelado. Los segundos pasaban sin que ninguna se moviera. Gal no podía entender por qué no podía ni parpadear.
Entonces Ana sonrió y fue como si todo desapareciera. Gal estaba segura de poder recordar ese momento muchos años en el futuro. Capturó ese instante y detestó con todo su corazón el hecho de que esa mujer era algo imposible en su mundo. Ana no cabía en su vida. Gal estaba segura de eso. Y le molestaba un poco.
—Gracias por la cena. —Ana dio un paso hacia ella y extendió una mano para que Gal se la estrechara. Así que lo hizo.
—Espero que ya hayas perdonado mi grosería…
—Casi —dijo Ana sin soltarle la mano.
—¿Casi?
—Es que fue una grosería muy grande…
Gal frunció el ceño intentando aclarar su mente, pero su cerebro estaba un poco aturdido por tener aún la mano de Ana estrechando la suya.
—No entiendo…
Ana negó con la cabeza.
—Digo que si en algún momento quisieras volver a compartir la cena conmigo… te diría que sí.
—Ah… Eso es realmente redundante.
—¿Redundante?
—Sí. Creí que ya había quedado establecido que tienes intenciones de repetir tu cena en este sitio. Y dado que yo estoy siempre aquí en mis días de descanso…
—Claro, claro. Entonces es un hecho.
—Si, un hecho.
—En ese caso, te veo mañana —dijo Ana soltando su mano.
Gal quiso dar un paso adelante para volver a sujetarla pues de repente había sentido mucho frío, pero se mantuvo clavada en su lugar viendo como Ana iba hacia su coche.
—Te veré mañana… Ana… —susurró Gal cuando la chica le dijo adiós desde la ventanilla y avanzó con su auto hacia la noche.
Continuará…
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