⚡Capítulo 3 El pulso del Corazón

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El pulso del Corazón

Capitulo 3

La luna estaba llena. Eso fue lo primero que Gal notó al salir al jardín. Había estado las últimas horas atendiendo pacientes y había olvidado comer. Así que cuando su estómago le exigió alimentos a gritos, Gal por fin había ido a buscar algo a la cafetería.

 Sin embargo, en esos momentos se le antojó comer afuera. Y ahí estaba. Con café en una mano y la comida en la otra buscando un sitio donde sentarse.

 Eligió una banca bastante apartada de los árboles, pensando que era una buena forma de alejarse de cualquier pájaro cagón.
 Miró hacia la nada mientras masticaba el mismo sandwich de jamón y queso que había sido su alimento todos esos meses. Gal conocía muy bien la soledad. La había vivido toda su vida. Primero al ser la hija única de unos padres ausentes la mayoría de las veces, y luego al perderlos cuando ella tenía 15 años.
 Aunque siendo sincera con ella misma, la soledad no le molestaba. Eran las personas las que la irritaban. Con sus voces fuertes, sus vidas caóticas, sus problemas tontos, su afán por conectarse con otros.
 La soledad era predecible, era constante. Pero lo otro…
 Giró rápido la cabeza al escuchar una voz que sonaba enojada. Ana presionó la pantalla de su celular con brusquedad y lo echó con rabia dentro del bolsillo de su bata.
 Gal miró a la doctora, que no había notado su presencia. Ana suspiraba con fuerza y murmuraba cosas que Gal no pudo entender.

 Entonces, los ojos de Ana la descubrieron. Gal pudo ver, primero el asombro y luego la vergüenza.
 —Perdón, no te había visto… —susurró Ana con las mejillas bastante rojas. A Gal le hizo gracia ver su actitud, de repente tímida.
 —Está bien.
 Por varios segundos ninguna habló. Entonces Ana dio algunos pasos inseguros hacia ella y dijo:
 —¿Disfrutando de nuevo de un lujoso sandwich?
 Gal miró su mordisqueada comida antes de responder.
 —¿Acaso hay algo más lujoso que esto?
 —Yo diría que sí —dijo Ana yendo hacia ella con más seguridad. Se sentó a su lado—. Pero definitivamente no lo venden en nuestra cafetería.
 —¿Ya cenaste?
 —Hace rato. Gal, casi es medianoche.
 Gal notó la forma en que Ana dijo su nombre. No debía notar eso, se regañó. Pero su cerebro no era parte de su cuerpo, al menos eso sentía en ese momento.
 —Estaba ocupada. Además siempre es mejor ir tarde a la cafetería, hay menos personas.
 —¿Te molestan las personas?
 —¿A ti no?
 Ana soltó una carcajada y Gal notó algo brincando dentro de ella.
 —Algunas me molestan demasiado.
 —¿Como la persona de tu llamada? —Se atrevió a decir, arrepintiéndose de inmediato—. Perdón, no quise ser entrometida.
 Ana esbozó una sonrisa y la miró a los ojos de una forma que hizo sentir a Gal demasiado expuesta. Quiso levantarse rápido para largarse de ahí, pero antes de que pudiera moverse, Ana habló de nuevo.
 —Era mi ex… Es una pesadilla. —Ana miró hacia otro lado unos segundos y luego volvió hacia ella—. ¿No me preguntarás por qué?
 —¿Por qué te preguntaría eso?
 —Es lo que una persona normal haría.
 —Tal vez no soy normal.
 —Definitivamente no lo eres —respondió Ana con una sonrisa.
 Gal no sabía qué responder. Entonces pensó en lo que Willy le había dicho, sobre disculparse con Ana. Gal estudió la situación. Estaban solas, era un lugar perfecto para decirle… lo que sea que pudiera decirle.
 —Ahm… Yo… En la mañana… —Se acomodó mejor sobre la banca e intentó no mirar a Ana—. Sé que fui algo brusca contigo… Lo siento. —Se quedó en silencio varios segundos.
 —Está bien.
 —No, no lo está. —Con más valor del que se creía capaz, giró hacia Ana—. Eres una colega y estabas ayudándonos… No fue profesional lo que hice.
 Ana asintió despacio y se mordió el labio inferior mientras no dejaba de mirarla.
 —¿Profesional? ¿Todo lo mides así? ¿Profesional o no profesional?
 —Pues… sí.
 —Ya veo. —Ana sonrió de una manera que a Gal le dio miedo.
 —¿Qué?
 —Creo que si quieres que de verdad te disculpe, tendrás que hacer algo más que solo ser «profesional» —dijo Ana haciendo comillas con las manos.
 —¿A qué te refieres con eso?
 —Debes invitarme a cenar.
 El cerebro de Gal explotó. Se sintió aturdida varios segundos y parpadeó varias veces para intentar recobrar el control de su cuerpo.
 —¿Cenar? Dijiste que ya habías cenado.
 —Sí. Hoy ya cené. Tendrás que invitarme a cenar otra noche y en un lugar menos profesional que la cafetería del hospital.
 —¡Pero ya me disculpé!
 —Las palabras no son nada, Gal. Si de verdad estás arrepentida, debes hacer algo más para demostrarlo. Algo que te cueste hacer.
 —Cenar no es algo que me cueste hacer…
 —Cenar con otro ser humano sentado frente a ti mientras te hace preguntas personales… Me parece un pago justo por haber sido grosera conmigo.
 —¿Y si digo que no?
 —No tienes opción, Gal. Estaré esperando tu invitación.
 Sin esperar réplica, Ana se puso de pie y caminó hacia el hospital. Gal la miró desaparecer tras las puertas y…  sintió pánico.


*********


Esos días había intentado contener lo que sentía cada vez que se encontraba con Ana. La doctora seguía ayudándoles a Willy y a ella en el caso asignado, pero no había mencionado nada con respecto a su castigo.
 Pero Gal notaba cierta sonrisa traviesa cada vez que se la encontraba. Como si Ana estuviera divirtiéndose esperando el momento en que ella tendría el valor de acercarse.
 Lo que no podía entender, era qué ganaba Ana con eso. No tenía lógica. Su disculpa había estado bien. Había sido sincera. Y en un inicio Ana la había aceptado. ¿Por qué quería hacerle difícil la vida?
 —¿Planeas hablar con ella en este siglo? —Le preguntó Willy cuando vieron a Ana pasar por el pasillo.

—Cállate.
 —Ya pasó una semana…
 —Solo intento entender.
 —¿Entender, qué?
 —Por qué hace esto.
 —Tal vez solo quiere una cena gratis.
 —O volverme loca —susurró, pero notó que Willy la miró sonriendo—. ¿Qué?
 —Eres tan adorable… y torpe. ¿Y si quiere ser tu amiga?
 —¿Por qué querría eso?
 —Que tú solo quieras desnudarla, no significa que ella no quiera ser tu amiga. Creo que le caes bien.
 —Yo no quiero desnudarla ni… —No pudo continuar. sabía que eso era mentira. Claro que quería desnudar a Ana. Y se sentía inapropiada por quererlo.
 Al menos Willy no dijo nada más y se pasó los siguientes minutos revisando  al paciente. Pero entonces, Gal vio como Ana se acercaba a ese cuarto.
 —Hola, vine por el reporte, ¿cómo va? —preguntó la doctora acercándose a Willy.
 —Ya lo tengo listo pero lo dejé en mi escritorio. ¿Te urge?
 —Sabes que sí.
 —Entonces iré por él… —dijo Willy demasiado feliz. Su amigo la miró y le hizo un guiño mientras la dejaba a solas con Ana.
 —Esto se ve bien. —Ana  revisaba los medidores del paciente—. Tenías razón con el diagnóstico, Gal.
 Ella quiso hablar, pero la voz se le fue. Carraspeó antes de acercarse a Ana.
 —Era lo más lógico…
 —Pero solo se te ocurrió a ti.
 Los ojos de Ana estaban clavados en los suyos y un zumbido perturbador empezó a aumentar el volumen en sus oídos.
 —No es para tanto…Y… en realidad… Ahm… Quería saber si… estarás libre mañana.
 —Sí, es mi descanso —dijo Ana con seriedad.
 —También el mío. —Estaba esperando que Ana dijera algo, pero la doctora seguía mirándola—. ¿No me ayudarás con esto, verdad?
 —Creo que lo estás haciendo muy bien —dijo Ana, imperturbable.
 —Entonces… Cena.
 —Cena… ¿Cena, qué?
 —Ana…
 —Gal…
 Se rascó la cabeza algo exasperada. Tenía las palabras en la cabeza. Las tenía en la boca. Pero se negaban a salir. Dio un paso más hacia Ana, que parecía una torre inamovible. Gal respiró hondo.
 —¿Te gustaría cenar conmigo mañana?
 —¿Mañana? Veamos… —Ana frunció el ceño y se tomó bastante tiempo para pensar—. Creo que estoy libre… Acepto.
 Fue entonces que Ana sonrió y Gal detuvo un repentino impulso de acercarse más.
 —¿A dónde quieres ir?
 —¿Puedo elegir? —preguntó Ana con voz juguetona.
 —Bueno… Sí. Es parte de mi disculpa.
 —¿A dónde me llevarías?
 Gal reprimió las imágenes que pasaban por su mente y las aplastó en lo profundo de su ser.
 —Yo… —Esbozó una sonrisa—. La verdad es que amo demasiado la comida italiana.
 —Uhm… Interesante. Al fin un dato personal…
 Gal apretó los labios sin poder decidir si se sentía cómoda revelando cosas de sí misma.
 —¿Quieres comida italiana?
 —Sí. También la amo. ¿Te veo en algún sitio o pasas por mí?
 —En realidad no tengo auto…
 Ana asintió mientras pensaba. Sonrió y dijo:
 —Entonces yo iré por ti.

Continuará…

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