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⚡Cap. 9 El Pulso del Corazón
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El Pulso del Corazón
Capítulo 9
Gal no sabía por qué demonios había abierto la boca. Tal vez fueron los nervios, la incertidumbre, la ansiedad, la posición del sol… Poco antes de terminar la guardia, se había encontrado a Willy y le había informado lo sucedido con Ana.
—No entiendo por qué te pones así… —dijo su amigo.
—¿Así como?
—Desde que me senté aquí contigo has hecho pedacitos como 5 hojas de tu libreta. Que ella haya dicho “cita” es bueno, significa que está interesada en ti. Y no es para tanto, solo es una cita, calma.
—No he tenido una cita en años.
—Es lo mismo de siempre. Cena, sexo, nada nuevo.
—Yo no quiero… —No pudo terminar esa frase. Era obvio que quería sexo con Ana. Pero no lo quería así—. No quiero que sea solo algo físico.
—Ay, que romántica. Escucha bien, querida alumna. —Willy acomodó los codos sobre la mesa y se inclinó hacia ella para bajar la voz—. Si una chica guapísima como Ana te pide sexo, se lo das, ¿entiendes? Así que pase lo que pase evita la cebolla.
Gal frunció el ceño intentando captar la información.
—¿Qué tiene que ver la cebolla con el sexo?
—Todo. La cebolla puede ser el obstáculo para tener una buena posición horizontal sobre tu chica.
—¿Qué?
—Ninguna mujer querrá irse a la cama contigo si tus besos huelen a cloaca. Compra unas mentas y cómetelas todas antes de besarla.
—Creo que todo esto es mi culpa por contarte mis cosas.
Willy iba a decir algo, pero entonces miró sobre el hombro de Gal y sonrió.
—Tu damisela se aproxima.
Gal giró la cabeza hacia la entrada de la cafetería y sonrió también cuando vio a Ana acercándose.
—Por favor, dime que tienes café en ese vaso —dijo la doctora lanzándose sobre la mesa para robarse su café.
—¿Noche agitada? —preguntó Willy.
—Ha sido la noche más cansada de mi vida.
—Y eso que no has dormido con Gal —dijo su amigo, haciendo que Gal le lanzara una patada bajo la mesa—. ¡Auch!
—¿Desayunaste algo al menos? —preguntó ella para desviar la atención del comentario insolente de Willy. Pero Ana parecía bastante divertida viendo su reacción.
—Sí, un sandwich mientras suturaba la herida de un paciente.
—Ver heridas abre el apetito… Bueno, señoritas, mi guardia acabó y este guapo doctor debe retirarse. —Con un último guiño, Willy se levantó de la mesa y salió de ahí.
Gal miró de nuevo a Ana, que terminó de tomarse su café con un movimiento dramático.
—Estoy muerta —dijo tapando su boca cuando bostezó. A Gal le pareció un gesto demasiado lindo.
—Entonces será mejor que nos vayamos a descansar un poco.
—¿Quieres ir conmigo a descansar? —preguntó Ana con una sonrisa pícara.
—Ahm… Me refería a cada quien irse a su casa… —La cara y las orejas le ardían.
—Oh… —Ana fingió sorpresa—. Creí que me habías lanzado un comentario atrevido.
—Claro que no, yo no… O sea… no es que no… Podemos vernos más tarde —terminó con toda la dignidad que le quedaba.
—¿Te parece a las 4 pm?
—¿A las 4? —Gal miró su reloj que marcaba las 8:30 am—. Está bien, aunque me parece una hora extraña para una… —Fue incapaz de terminar la frase.
—¿Cita?
—Mmm.
Gal notó el cambio en la expresión de Ana. Se había puesto muy seria de repente.
—Oye… ¿Esto te causa conflicto?
—¿Qué cosa?
—Esto… Decir que tenemos una cita… Porque no quisiera que… No quiero asustarte.
—Estoy bien. Pero… ¿Tú no quieres?
—¿Qué? No, no, no es eso.
Ana se movió sobre su silla, parecía incómoda. Gal sintió una punzada en su corazón. ¿Acaso lo que Ana quería no era en realidad una cita? ¿Todo había sido una broma?
—No veo nada de malo en dar un paseo por ahí. Aunque si lo prefieres podemos platicar aquí y ya —dijo ella tratando de ignorar el dolor en su pecho.
—Es que… Gal… Yo sé que no tenemos mucho tiempo siendo amigas y sé que te cuesta un poco todo esto de socializar… —Ana sonrió con timidez al decir eso, haciendo que Gal se sonrojara ante la verdad—. Lo que intento decir es que… Cuando digo que quiero tener una cita contigo es porque de verdad quiero eso. Una cita.
—Entiendo —dijo ella asintiendo seria, aunque quería sonreír.
—¿Y estás de acuerdo con eso?
La mirada de Ana le rompió el corazón. Parecía que la chica dudaba. Parecía que no se daba cuenta que la afortunada ahí era ella. Gal quería decirle tantas cosas, empezando por su belleza. Quería decirle que no había mujer más bella, inteligente, amable y divertida que ella. Quería confesarle que soñaba con besarla, con tocarla…. Pero que aún así, no quería solo eso. Quería más. Lo quería todo. Ese pensamiento le causó un momento de terror pero resistió. Quería intentarlo. Quería a Ana.
—No tengo problema —dijo en cambio.
—Bien. —Ana se puso de pie y la observó un momento—. ¿Ya te vas? ¿Quieres que te lleve a casa?
—Eso hubiera sido fantástico. —Gal también se puso de pie—. Pero el doctor Cepeda me pidió pasar a su oficina un momento antes de irme.
—Creo que tendré que esperar a la siguiente oportunidad para llevarte —dijo Ana sonriendo de una forma tan encantadora que Gal estaba segura que podía besar esa sonrisa durante mil horas seguidas.
—¿Te veo a las 4?
—Sin falta. Pasaré por ti, te vendaré los ojos y te llevaré a un lugar lindo.
Gal levantó una ceja imaginando la escena.
—¿Cómo sabré que no me estarás secuestrando?
Ana se encogió de hombros.
—Supongo que tendrás que confiar en mí.
—Creo que no tengo opción —dijo ella, seria.
—Nos vemos luego.
—Sí.
Gal esperaba que Ana se marchara. Que hiciera lo normal, girar el cuerpo, alejarse. Pero Ana hizo otra cosa. Se acercó a ella y más despacio de lo que usualmente es, le dio un beso en la mejilla. Gal podía jurar que ese beso detuvo el tiempo. No tenía pruebas, pero tampoco dudas. Cuando Ana se separó de ella, Gal tuvo algo muy claro: definitivamente estaba perdida.
********
Gal se miró al espejo por tercera vez. Su cabello se veía bien, se había cepillado los dientes dos veces y se había puesto ropa que no parecía de vagabunda. Según su reloj, ya era hora. Respiró hondo, se aseguró de llevar dinero en sus bolsillos y salió de ahí.
Su estómago giraba sin parar a cada paso. no se dio cuenta del elevador, ni de la entrada del edificio. No notó nada. Solo que de repente ya estaba afuera, esperando al pie del estacionamiento.
No había pasado ni un minuto cuando un auto avanzó lento y se detuvo frente a ella. Tratando de controlar sus emociones, endureció la expresión y subió.
Ana la recibió con una sonrisa, haciendo que Gal se mordiera la lengua para no decir nada sobre lo impresionantemente bella que era.
—Que doctora tan puntual —dijo Ana sin dejar de mirarla.
—Lo mismo digo.
—Estaba bastante impaciente en realidad…
Gal no dijo nada, no sabía qué responder. Miró de nuevo a la doctora tratando de iniciar una conversación coherente, pero parecía que su cerebro estaba vacío de neuronas y en su lugar solo había un mono despistado dando vueltas por ahí. Un mono despistado y loco que entró en pánico cuando Ana se acercó a ella. Gal tragó en seco, sin poder moverse. Con una sonrisa preciosa, Ana sacó una venda y se la colocó sobre los ojos.
Gal solo podía respirar, eso era todo. No sabía qué más hacer y eso de pensar estaba totalmente descartado. Sintió las manos de Ana atando la venda en la parte trasera de su cabeza. Sintió el olor de su perfume, su proximidad.
—Creí que solo bromeabas —dijo con un esfuerzo sobrehumano.
—Me tomo las citas demasiado en serio. ¿Ves algo?
—No… —dijo Gal temblando ligeramente. Aquello estaba hecho, sin embargo Ana seguía muy cerca de ella, podía sentirla.
Entonces por su mente pasó una idea: aquello estaba mal. No debía ser tan fácil perder el control. No estaba bien que una persona pudiera aturdir tanto sus sentidos. ¿Le convenía salir con alguien en ese momento de su vida?
La respuesta era clara: por supuesto que no. Lo lógico hubiera sido quitarse esa venda, bajarse de ese auto y pasar el resto del año ignorando a Ana. Pero en cambio, Gal le sonrió ligeramente a la mujer que seguía frente a ella en silencio.
—¿Estás bien? —susurró Ana. Aquella frase se coló en su mente como un suspiro. Gal no podía entender cómo una voz humana podía ser tan maravillosa.
—Sí, ¿por qué?
—Bueno, estás en el auto de una casi extraña con los ojos vendados…
—No eres una extraña —dijo Gal con firmeza. Con los nervios disparados, agregó—: Sé exactamente quien eres y donde vives, puedo denunciarte si no me regresas a salvo a mi casa.
—¿Así que sabes donde vivo?
—Claro, dijiste que vives con tus padres. Y teniendo en cuenta que eres la hija del famoso doctor Leopoldo Galindo, sería sencillo mandar a la policía por ti.
—Muy astuta, doctora. Pero mejor evitemos a la policía. Es más, estoy segura que me agradecerás mucho tenerte amarrada… digo, vendada.
Gal no pudo evitar soltar una carcajada ante esas palabras, ignorando por completo el estremecimiento que sintió ante imágenes de Ana, ella y uno que otro amarre de cuerdas.
—Veamos si es verdad.
—Te tragarás tus palabras… —dijo Ana poniendo el auto en marcha.
—¿Sabes qué sería sorprendente? Que cuando me quitaras la venda estuviéramos en Roma.
—Pfff. ¿Roma? Si mi plan fuera sacarte de Castilnovo, preferiría llevarte a París.
—¿Por qué París?
—Pues… ahm... Por nada.
—¿Por qué no me dices?
—Porque suena intimidante para una primera cita, Gal. No quiero que saltes del auto.
Gal pensó un momento. Sinceramente sí se sentía intimidada por Ana. Lo sentía desde la universidad cuando la veía pasar frente a su salón. Pero aún así…
—Yo iría a París contigo —dijo en voz baja. Al no escuchar respuesta, supuso que Ana no la había oído y sintió alivio por un momento.
—Podríamos arreglar eso para la segunda cita —soltó de repente Ana haciendo que Gal volviera a reír.
Aquel camino se le había hecho muy corto. No sabía si era porque en realidad la distancia era poca o porque su cerebro apenas registraba algo más que la presencia de Ana.
Cuando el auto se detuvo, Ana se bajó y le abrió la puerta. Con la mano de Ana en la suya, Gal descendió del auto y aspiró un aroma delicioso.
—¿Ya me la puedo quitar?
—Por supuesto que no —dijo Ana guiándola de la mano.
Después de algunos tropezones y de escuchar el murmullo de varias voces, Gal se sentó. Las manos de Ana tiraron de la venda para quitársela.
Lo primero que Gal observó fue el rostro hermoso de Ana. Sus ojos verdes, su cabello suelto, los mechones cayendo sobre su frente y hombros. Ella podía quedarse mirando fijamente a la doctora, pero sabía que eso resultaría sospechoso. Así que desvió la mirada hacia el lugar.
Se sorprendió al ver la hermosa terraza donde estaban, rodeada de verde, con una impresionante pared de piedra de donde caía agua como si fuera una cascada.
—¿Dónde estamos? ¿Esto es Ciudad Montejo?
—Es un paraíso dentro de Ciudad Montejo. Bienvenida a La tentation de l'amour —dijo Ana con un impecable acento francés.
—Oh, vaya… —Gal miró alrededor.
—Déjame adivinar, ¿nunca habías venido?
—Eh… nou. Lo sé, lo sé. Es la repostería más famosa de la ciudad… Pero… No salgo mucho.
—Sí, por eso te traje aquí. Creo que es el lugar perfecto para una primera cita vespertina.
Apenas Ana había dicho eso, una mesera se acercó. Gal observó el menú de postres y bebidas.
—No sé qué pedir.
—Todo está delicioso, pero si me preguntas, las donas de chocolate son las mejores del mundo —dijo Ana con practicidad cerrando el menú.
—Entonces quiero una.
Cuando la mesera se fue, Gal la siguió con la mirada. La terraza era majestuosa, pero por dentro, la cosa también se veía bien. Las paredes de cristal dejaban ver el interior del local donde había más mesas y una larga barra con postres.
—Y bien… —Ana llamó su atención. Gal se dio cuenta que esa terraza había sido diseñada para ser íntima. La mesa redonda donde estaba con Ana, era pequeña. Del tamaño exacto para un par de platos y ya. Cosa que hacía ver a Ana casi encima de ella. Gal se preguntó si la hermosa doctora había hecho esa elección a propósito. Y entonces recordó algo.
—Dijiste que querías decirme algo, ¿no? Por eso salimos…
—Sí, quiero decirte algo pero no es exactamente la razón por la que salimos, aunque está relacionada.
—¿Entonces?
—Creí que antes podíamos hablar del clima… —dijo Ana evidentemente nerviosa.
—Clima frío de mediados de diciembre. Ligeramente nublado. Que bueno que trajimos abrigos. Listo —dijo Gal haciendo que Ana frunciera el ceño.
—No me agradas.
—Claro que sí. —Pero Gal se puso seria—. Si es algo difícil de decir, puedes decirlo luego.
—No. Ahm... En realidad es algo sencillo… ¿Recuerdas a mi ex? —Cuando Ana dijo eso, Gal sintió una espada en su corazón pero mantuvo la cara inexpresiva. Solo asintió—. Pues la vi el otro día. Más bien, le llamé para vernos.
Gal dejó de respirar. Eso no tenía sentido. ¿Porqué Aa la invitaría a una cita si en realidad la “cita” sería para decirle que volvió a ver a su ex? ¿Acaso para Ana “cita” significaba una salida de amigas?
—¿La… invitaste a...?
—No, no. Solo… Le pedí que nos viéramos porque me estaba volviendo loca. Ya se estaba saliendo de control. Me llamaba todos los días, incluso desde números distintos cuando la bloqueaba. Así que decidí aclarar las cosas.
—¿Y qué aclaraste?
—Mis sentimientos por ella. Se los dije…
Ana se detuvo y respiró hondo. Gal observó su expresión sin poder determinar nada. Su propio pecho y su alocada cabeza no la dejaban concentrarse.
—¿Qué le dijiste? —Pero Ana no respondió enseguida—. ¿Ana…?
—Que ya no la amo. Que hace mucho que no… Ella misma mató lo nuestro cuando me pidió un tiempo y luego estuvo con mil chicas antes de buscarme. Me dejó, eso fue en realidad lo que hizo. Y luego quiso volver a algo que creía seguro conmigo, pero yo ya no estaba ahí. Le dije eso, le dije que por ahora no la odio, pero que si sigue buscándome logrará que lo haga.
—¿Y qué dijo?
Ana soltó una amarga carcajada.
—La muy cínica dijo que solo le decía eso por despecho. Pero no es así, Gal. En verdad ese capítulo ya está cerrado. Absolutamente cerrado, muerto, extinto, caducado.
—Ok, ok, ya entendí —dijo ella sin poder evitar sonreír.
Ana iba a decir algo más, pero su pedido llegó. Se quedaron calladas mentiras la mesera dejaba todo sobre la pequeña mesa. Cuando estuvieron solas de nuevo, Ana la miró de manera tan profunda que Gal tembló.
—Y eso nos trae a la siguiente cuestión —dijo Ana con firmeza sin dejar de mirarla—. La razón por la que te invité a salir…
Gal miró la mesa, pues era incapaz de seguir viendo los ojos de Ana. Nunca había sentido tanta expectativa y… miedo. Fue su turno de desear hablar del clima. Dio una rápida mordida a la dona y momentáneamente se olvidó de todo.
—Dios Santo, esto está delicioso —dijo asombrada en realidad.
Ana soltó una risa y también mordió su dona.
—Te lo dije. Son las mejores del mundo y las responsables de que esta repostería sea la mejor de todo Castilnovo.
El subidón de azúcar hizo que Gal sintiera que podía soportar cualquier cosa que Ana pudiera decirle, así que dejó al dona de nuevo sobre la mesa.
—¿Y…?
—Y el café también es bueno, aunque solo lo ponen como complemento de los postres y… —Ana estaba sonrojada.
—Me refiero a lo otro…
—Bueno, definitivamente decir “lo otro” no es tan fácil.
—¿Es algo grave?
—Depende de a quién le preguntes.
—¿Qué…?
—Me gustas —soltó Ana de repente, más roja que el color rojo—. Sé que normalmente esto no se dice así y menos en la primera cita. Pero llevo tiempo observándote y luego en el hospital has sido muy linda conmigo… Entiendo tu forma de ser… Y yo solo quiero que sepas lo que pretendo con esto y si te causa mucho conflicto estás en toda la libertad de detenerlo justo ahora.
Gal no sabía qué demonios estaba pasando en su cuerpo. Sentía ganas de gritar de felicidad y también ganas de vomitar de pánico. Sus tripas daban vueltas, su corazón se había expandido y su cerebro bailaba “la cucaracha”.
Miró a Ana, toda roja, asustada y hermosa. Vio cómo sus labios temblaban y sus ojos estaban algo húmedos. Ana le estaba dando una salida, le estaba dando la opción de detener eso antes de que las cosas empeoraran.
Pensó en la pared de su departamento donde tenía imágenes de sus objetivos. Todos eran profesionales. Quería ser la mejor cardióloga, quería dejar su nombre escrito para siempre en la historia de la medicina. Interesarse por alguien podía arruinar todo eso. Ella no podía sacrificar sus sueños por nadie.
Pero Ana estaba ahí totalmente bella y vulnerable. Ana, la chica a la que miraba en silencio desde un rincón de la universidad. La doctora guapa que atravesaba los pasillos del hospital. Esos ojos verdes que parecían querer brillar solo para ella.
Gal carraspeó y dijo seriamente:
—Si digo que no quiero, ¿solo haremos como si no nos conociéramos?
—¿Estás diciendo que no? —preguntó Ana casi sin aliento.
Gal sabía que ese era el momento para huir. El momento que había deseado casi desde que Ana se había acercado a ella.
—Estoy diciendo que ignorarte no es fácil, créeme, ya lo intenté. La verdad es que… —Su corazón latía dolorosamente—. No he podido leer ningún libro de medicina sin desconcentrarme por estar pensando en ti.
Aquella declaración flotó en el aire por algunos segundos, hasta que Ana habló con la voz un poco ahogada.
—¿Y quieres que eso siga pasando?
—Sí —dijo Gal sin detenerse a pensar.
—¿Y eso está bien? Porque estás muy seria.
Gal se acomodó mejor sobre su silla y usó todas sus fuerzas para no apartar los ojos de Ana.
—Es que… no sé muy bien cómo… expresar ciertas cosas.
—Podemos trabajar eso —dijo Ana riendo.
—Deberás tener mucha paciencia.
—Ah, no, no. No te preocupes… Yo me encargo.
Continuará… El próximo viernes.
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