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⚡Cap. 8 El Pulso del Corazón
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Sí, ya sé que este capítulo llegó casi 3 horas tarde. Todo es culpa de Ingrid.
Espero que me perdones cuando lo leas.
El pulso del Corazón
Capítulo 8
Ana caminaba por la alfombra roja del brazo de un hombre sin rostro. La gente estaba de pie, mirándola en su camino hacia el altar. Se veía perfecta, como una aparición divina. Y ella, Gal, estaba en un rincón oscuro, viendo como todo a su alrededor era de colores, mientras su vida era de blanco y negro.
—Puedes besar a la novia —dijo alguien. Entonces el sujeto atractivo besó a Ana, haciendo que algo dentro de Gal explotara. Tal vez era su colon, tal vez su corazón, tal vez su hígado. Tal vez era todo.
El rincón donde estaba se convirtió en un hoyo. Gal resbaló, intentó agarrarse del borde pero el pie del sujeto atractivo le pisó la mano. Gal miró hacia arriba para atrapar la última mirada de Ana mientras ella caía al abismo…
—¡No! —Plaf. Dolor. Dolor de verdad.
Gal abrió los ojos para encontrar su cara pegada al suelo. Con la respiración agitada se arrastró hacia el sofá y se tumbó sobre él. La cabeza le dolía. Todo a su alrededor estaba oscuro. Estiró la mano para encontrar la hora en su celular pero estaba apagado. En cuanto lo encendió cayeron los mensajes. Casi todos eran de Ana. Los leyó con rapidez y luego recordó porqué lo había apagado y el corazón le dolió de nuevo.
Ana iba a casarse. Y Gal estaba segura que eso era lo que la doctora quería contarle. Seguro quería hablarle del vestido que había elegido. De los preparativos. De su galán perfecto.
El estómago se le revolvió. Eran las 10 de la noche. Era todo lo que quería saber. Volvió a apagar su celular y se puso una chamarra para poder salir a comprar.
Odiaba lo que iba a hacer. Pero lo necesitaba. Tenía que calmar el dolor y la desesperación. Bajó a la tienda del primer piso del edificio y compró bastantes bebidas.
En esos momentos odiaba su cerebro. Odiaba pensar. Odiaba su realidad. Cuando abrió la primera cerveza y el sabor pasó por su garganta, quiso vomitar. Pero tomó el resto sin respirar.
Abrió otra y pensó en sus padres. «No, calla». Le dijo a su mente. Pero sus neuronas no escucharon. Regresó a aquella tarde lluviosa cuando tenía 15 años. Alguien había tocado su puerta. Ella corrió a abrir pues creyó que por fin el viaje de investigación había terminado. Su madre le había dicho que llegarían pronto. Pero no eran sus padres. Era la policía y una trabajadora social. Después de eso solo había conocido una soledad peor a la que ya sentía. Algo parecido a lo que le ardía en su pecho en ese momento.
La muerte se habrá llevado a sus padres. Y luego, a ella la habían mandado a un hogar donde solo recibió rechazo antes de ser abandonada de nuevo. Gal sintió varias lágrimas rodar por sus mejillas. Intentó apagar los recuerdos pero no podía. Eran como lava ardiendo. Eran un río de fuego recorriendo su cuerpo lentamente.
Soledad, abandono, rechazo y silencio. Era todo lo que ella conocía. Era lo que se acostumbró a sentir. Y cuándo una mujer interesante y hermosa apareció, la vida le recordó que ella no tenía derecho a algo tan maravilloso.
Miró por la ventana preguntándose cómo hubiera sido su vida si aquel accidente no hubiera ocurrido. ¿Sus padres aún estarían con ella? ¿Estaría en ese departamento, en esa ciudad? ¿Por qué algunas personas lo tenían todo y otras, como ella, no tenían nada?
El martillo en su cabeza era insoportable. Miró las latas de cerveza tiradas sobre la mesa. Eran dos… ¡¿Dos?! ¡¿Por qué se sentía tan mareada?! Se tumbó sobre el colchón, cerró los ojos y deseó con todo su corazón no volver a despertar.
Gal abrió los ojos cuando un crujido fuerte hizo reventar las visagras de su puerta. Escuchó pasos y luego vio a alguien caminando hacia ella.
—¡¿Qué carajo…?! ¡Gal! ¡Gal! —Willy la sacudió con violencia, haciendo que su cabeza rebotara de un lado a otro.
—Deja… —balbuceó ella.
—¡Estás viva!
Gal parpadeó varias veces y aunque tardó un poco, logró enfocar la vista. Su amigo la miraba con una sonrisa en el rostro.
—¿Qué quieres?
—¡Matarte! —dijo Willy sin dejar de sonreír.
—No entiendo la extraña relación entre tus gestos y tus palabras.
—¡Idota, creí que habías muerto!
Willy caminó hacia las cortinas y las hizo a un lado. Gal sintió un doloroso rayo de luz entrando por sus pupilas.
—Vete… —dijo ella tapándose la cabeza.
—¿Sabes qué día es?
—Eh… Jueves…
—Llevas dos días desaparecida…
—Ah…
—¿Qué pasó?
—Gripe.
—¿Gripe? —Willy miró las cervezas sobre su mesa—. ¿Te emborrachaste? ¿Sin mi? —Su amigo soltó una carcajada y se sentó junto a ella en la orilla de su colchón—. ¿Qué pasó?
—Nada, solo me sentía mal.
—¿Y te recetaste alcohol? Por favor Gal, no sabes mentir.
—Solo quería un día libre.
—¿Ves? Justo por eso creí que moriste. Nunca te has tomado un día libre. Ni en la universidad ni en el hospital… ¿Qué pasó?
—Nada…
—¡Galenira!
—¡No me digas así! —dijo ella estrellando una almohada en la cabeza de su amigo.
—Si no me cuentas te juro que haré que todos en el hospital te llamen así.
—Te odio.
—Ya dime qué pasó.
Gal miró a su amigo. Miró la cama. Miró la pared. Miró el techo. Miró a la que lee esto…
—Ana va a casarse.
—¡¿Casarse?!
—Sí.
—¡Pero si dijiste que apenas volvería con su ex!
—Pues parece que van muy rápido. La vi con una revista de vestidos de novia… Una de sus amigas dijo…. Ella había elegido uno…. Y luego su novio andaba en el hospital buscando a su prometida. Se casará.
Gal se atrevió a mirar a Willy que solo tenía los ojos muy abiertos sin parpadear. Entonces su amigo dijo:
—¿Y por eso querías ahogarte en alcohol? ¡Gal, por Dios! ¡Ana no es la única mujer sobre la tierra! Lo admito, es muuuuy guapa. Y sensual. Es inteligente, amable… Pero no es la única chica del universo. Y siendo sinceros, tú no estás tan mal. Mira, qué te parece si sales a conocer a más personas.
—¿Con qué objetivo?
—Con el objetivo de dejar de ser una larva.
—Es que…
—¿Qué?
—Ella… Ana… —Gal suspiró—. De verdad me gusta mucho.
Su amigo soltó una carcajada.
—Tardaste como 5 años en admitir eso. Eres lenta.
—Ya deja de jugar… —dijo ella molesta—. Halo en serio.
—Y yo también. Si Ana se casa… Bueno, no hay nada qué hacer. No puedes obligarla a sentir algo por ti. Sería muy fácil conocer a otras personas si te atrevieras a salir de tu burbuja. Solo estás aquí o en el hospital. Coño Gal, la vida es más que esto.
—Tal vez estoy cansada de vivir…
—Deja de decir tonterías. —Willy le dio un zape—. ¿Quieres que las cosas cambien? Mueve el culo.
Su amigo se puso de pie.
—¿A dónde vas?
—Al hospital. Le diré a Cepeda que estás bien.
—¿Él te mandó a buscarme?
—No. Pero está preocupado por ti. Intenta poner en calma tu alocada cabeza. Les diré a todos que tienes una gripe del demonio y que te la estás curando con porno lésbico y café.
—Eres un idiota.
Willy la observó un momento y, bastante serio, dijo:
—Tal vez deberías hablar con Ana y aclarar las cosas.
—¿Aclarar qué?
Su amigo se rascó la cabeza pensativo.
—Dices que va a casarse con otro… pero en cuanto llegó al hospital corrió a buscarte. —Willy se acercó a ella. Gal sentía su corazón latiendo muy fuerte ante esa información—. Fue Ana la que me pidió venir. No es que yo no hubiera venido de todas maneras… Ella quería venir a verte, me preguntó por el número de tu departamento, pero hubo un accidente y fue requerida en el quirófano.
Gal sintió un leve rayo de felicidad, pero se esfumó enseguida.
—Tal vez solo es amable.
—Yo soy amable. Pero Ana… —Willy volvió a la seriedad—. Ella estaba realmente preocupada. Descansa, date un baño y preséntate a tu siguiente guardia. Y por el amor de Dios, lánzate a besarla. Si quiere al otro, te dará una bofetada y tú seguirás con tu vida —terminó Willy saliendo del pequeño departamento.
Cuando el siguiente turno llegó y se presentó ante su mentor, nadie puso en duda su enfermedad repentina. Willy tenía razón, su impecable historial de asistencia estaba a su favor. Nunca había perdido una clase y jamás había faltado a una guardia.
Revisó los pendientes y notó que lo primero en la lista era una revisión al paciente de la enfermedad misteriosa. Caminó por el pasillo tratando de controlar los repentinos saltos en su estómago cada vez que alguna doctora aparecía por su camino. Ninguna era Ana. Tal vez estaba en algún quirófano o en el área de cirugía. Ella sabía que la doctora la buscaría para una explicación. Después de todo, la había dejado plantada.
Las palabras de Willy sonaron de nuevo por su cabeza. Si Ana no sentía nada, no valía la pena seguir pensando en ella. Debía apartarla de su mente, de su vida. Pero cuando abrió la puerta de aquel cuarto y vio que dentro estaba Ana, todos aquellos pensamientos se esfumaron.
Los ojos de la doctora la detectaron de inmediato y antes de que Gal pudiera moverse, Ana se había arrojado a abrazarla. Aquello fue más de lo que ella podía soportar. Los brazos de Ana la rodearon por el cuello, su cuerpo se pegó al suyo y presionó en los lugares justos para dejar que Gal notara las formas debajo de la bata blanca.
—¿Estás bien? —le preguntó Ana separándose un poco de ella. Gal quiso responder pero tenía la garganta cerrada. El cuerpo le temblaba, su cara le ardía. Sentía que hasta su cabello se había parado. Carraspeó para soltar el nudo en su garganta.
—Sí —dijo usando el poco control que le quedaba—. Me dio un resfriado repentino, perdón por no llamarte, no me sentía bien.
—Pues con más razón me hubieras llamado —dijo Ana sacando una lamparita de su bata. Gal sintió que quedó momentáneamente ciega cuando la doctora le apuntó los ojos—. ¿Ya tomaste algo?
—Sí. —Gal no pudo evitar reír cuando Ana le apretó los cachetes para que abriera la boca y pudiera mirar su garganta—. Todo bien, doctora.
—¿Segura? —Ana colocó una mano sobre la frente de Gal. Ella quiso decir de nuevo que todo estaba en orden pero aquello le estaba gustando.
—Me duele un poco la cabeza —mintió. Ana deslizó sus manos por su nuca y dio un ligero masaje. Gal tragó en seco al notar que Ana estaba de nuevo muy cerca parada frente a ella. Miró esos ojos verdes, esa expresión de concentración de la doctora… Observó sus labios. Tentadores y rosados labios.
—Parece que… todo está bien —susurró Ana esbozando luego una sonrisa.
—Mareo —dijo ella algo aturdida.
—¿Estás mareada?
—No —dijo ella mientras asentía con la cabeza. Ana soltó una carcajada.
—¿O tal vez solo me estás mintiendo para que te siga haciendo piojito?
—No…
Ana retiró las manos y dio un paso atrás.
—Dime la verdad, Gal. ¿Te sientes bien ahora?
Gal estuvo a punto de decir que no se sentía bien, que era mucho mejor sentir sus manos sobre ella, pero apretó los labios, fingió que pensaba y dijo:
—Creo que ahora estoy perfectamente, doctora.
—Manos sanadoras —dijo Ana moviendo sus dedos frente a ella—. Y qué bueno que estás aquí porque tenemos que resolver esto.
—¿Hay alguna novedad?
—Del paciente, todo sigue igual. Aparentemente todo bien, luego todo mal sin explicación.
—¿Y sobre alguna otra cosa, alguna novedad? —Se atrevió a preguntar conteniendo la respiración. ¿Ana le contaría sobre su boda?
—Sí, hay algo.
El corazón de Gal recibió un puñetazo, pero con más valor del que sentía en realidad, miró los ojos de Ana.
—¿Cuál?
—Que me debes una salida.
—¿Qué?
—Me debes una salida, ¿recuerdas? Íbamos a vernos y te enfermaste…
—Ah, eso… Sí… Dijiste que querías contarme algo…
Ana suspiró.
—Sí. Hay algo importante que quiero contarte.
—Pues… Si quieres puedes decirme ahora…
Ana negó con la cabeza y Gal pudo ver un evidente sonrojo en sus mejillas.
—Prefiero hacerlo en otro sitio.
—¿Por qué?
La cara de Ana se puso más roja y por primera vez Gal pudo notar verdadero nerviosismo en la doctora.
—Es que... es un tema… personal… Ya sabes… Ahm…
Gal pensó un momento, tal vez que Ana se lo dijera en el hospital lo haría menos doloroso. Ella podría fingir estar revisando métricas, podría tener los ojos en uno de los monitores y fingir indiferencia ante su boda.
—Aquí nadie nos escucha.
Ana miró al paciente dormido y luego a ella. Gal la vio dudar. La vio palidecer.
—En realidad quería… No podría decirlo sin… Creo que el escenario… no es el indicado. Prefiero una cena… un paseo… Carajo… —Ana se tapó el rostro y giró el cuerpo—. Perdón, es que… no sé…
Gal no sabía qué hacer. Y no entendía porqué a Ana le costaba tanto decir que se casaría…. a menos que no quisiera casarse… A menos que lo hiciera por obligación…
—¿Necesitas ayuda?
Gal enseguida notó que aquella frase estaba totalmente salpicada de preocupación real. Ana volteó a verla, como si también lo hubiera notado, como si notara algo más en aquellas palabras. Gal le sostuvo la mirada tratando de decirle en silencio todo lo que había callado. Quería que Ana lo descubriera, así podría evitar una confesión, así Ana podría poner una barrera entre ellas sin que Gal tuviera que pasar por la vergüenza de ser rechazada.
Pero lo que Ana hizo la dejó sin aire por unos segundos. Ana sonrió de una forma tan radiante que Gal se olvidó por completo de todo lo demás. Incluso se olvidó de ella misma, de lo que había vivido, de lo que soñaba. Esa sonrisa era todo en el universo.
—Ahora que lo pienso, tú eres la única persona que podría ayudarme —dijo Ana muy bajito. La doctora miró al suelo, dio un par de pasos hacia ella y volvió a mirarla a los ojos.
Gal podía sentirla. Podía tocarla si solo levantaba la mano. Podía dar el paso que faltaba para quedar unidas. Podía inclinarse a besarla. Pero era incapaz de moverse.
—Yo… no… puedo… pensar… —susurró ella sintiendo enseguida que había cometido un error. Aquella frase no debía haber salido de su boca.
—Yo tampoco… —dijo Ana acercándose más.
—¡Papá! —Un grito hizo que ambas dieran un salto. Dos personas entraron: una chica y un chico, de unos 20 años. Los dos corrieron hacia la cama del paciente y se inclinaron a abrazarlo.
Ana le dirigió una última mirada antes de acercarse a los recién llegados para presentarse.
—Yo hablé con usted por teléfono —le dijo la chica a Ana—. No sabíamos que nuestro padre estaba aquí.
—¿Su madre no les informó? —preguntó Ana bastante confundida.
—¡No, ella tampoco sabía!
—¿Sonia? ¿Beto? —El paciente había despertado. Miró a sus hijos, primero con asombro y luego con pánico—. ¿Qué hacen aquí?
—Eso queremos saber, papá. Dijiste que te habías retrasado por negocios ¿porqué no nos dijsite que estabas enfermo? —reclamó el chico.
Pero el paciente no alcanzó a responder. Los monitores chillaron de nuevo. En menos de un minuto dos enfermeras ya habían entrado y habían sacado a los hijos. Ana y ella se apresuraron a controlar la crisis mientras el paciente se sujetaba el pecho y se retorcía de dolor.
—¡Vayan a casa! —gritaba el hombre. Gal observó a los dos jóvenes al otro lado del cristal y de repente lo entendió. Mientras hacía lo que debía, repasó todo lo que sabía del paciente y supo lo que había fallado.
—Calma... Calma… —repetía Ana frente al paciente, que empezó a llorar.
—Sácalos… de aquí —suplicó el hombre con la voz desgarrada.
—Yo los sacaré pero primero debe calmarse —dijo Gal haciendo que el paciente la mirara—. Me aseguraré de que no lo sepan, pero cálmese.
El hombre asintió rápido y empezó a controlar su respiración. En poco tiempo ya estaba calmado.
—¿Qué fue eso? —le preguntó Ana cuando las enfermeras empezaron a aplicar los medicamentos.
—Takotsubo…
Ana abrió mucho los ojos, miró al hombre y luego a ella.
—¿Corazón roto, en serio?
—No lo vimos porque no sabíamos sobre su otra familia…
—¿Otra familia?
—Esos chicos —dijo Gal moviendo ligeramente la cabeza para que Ana los mirara a través del cristal—. Por eso sus crisis le daban después de ver a su familia. Te apuesto que la esposa e hijos de aquí, no tienen idea de la esposa e hijos de allá.
—Pero… pero…
—Habla con él cuando las enfermeras salgan. Cuando te lo confirme, podemos empezar el tratamiento para controlar su corazón estresado. Yo me encargo de los hijos.
Sacar a los chicos de ahí fue sencillo. Les dijo que esperaran en la cafetería y que ella iría a buscarlos para darles buenas noticias. Estaba en la oficina del equipo llenando los formularios del paciente cuando la puerta se abrió y Ana entró.
—¿Cómo rayos lo supiste?
—Solo uní cabos.
—Pues es verdad. Lleva más de veinte años con dos familias. Ha querido confesar pero no ha podido y… su corazón se reventó. Los hombres son unos cabrones —soltó Ana de repente.
—También algunas mujeres. —Su comentario hizo que Ana soltara una carcajada—. La buena noticia es que por fin sabemos lo que tiene y pronto estará fuera de aquí. La mala noticia es que hay mucho papeleo que llenar para darlo de alta.
—Si te apuras estarás libre a tiempo —dijo Ana con una sonrisa pícara.
—¿A tiempo para qué?
Ana ladeó la cabeza en un gesto tan tierno que Gal sintió su pecho inflarse de algo poderoso.
—Para salir por ahí conmigo…
—Ah sí… A que me cuentes sobre eso que quieres contarme.
—Exacto. Creo que… Bueno… Me gustaría invitarte a algún lugar lindo.
Gal frunció el ceño.
—¿Necesitas un lugar lindo para decir… lo que sea que quieres decirme?
—Oh sí. Un lugar lindo, definitivamente. —Entonces Ana sacó un celular de su bata y miró la pantalla—. Ay, no.
Ana levantó la vista hacia ella.
—¿Qué?
—Un imprevisto.
Gal enseguida adivinó de quién se trataba y aquel doloroso recordatorio volvió a golpearla con fuerza.
—No hay problema, podemos dar ese paseo luego…
—No —dijo Ana con firmeza—. Ven.
Sin esperar respuesta, Ana la tomó de la mano y la jaló por el pasillo.
—¿A dónde vamos?
—Tú serás mi coartada.
—¿Q-qué?
Pero su cerebro no podía funcionar muy bien porque Ana no le había soltado la mano. Caminaba por el pasillo dejándose arrastrar por la doctora, que giraba por aquí y por allá. Gal iba a preguntar qué rayos estaba pasando cuando lo vio: el prometido de Ana estaba de pie un poco más allá. Gal se arrebató del agarre de Ana, haciendo que la doctora girara hacia ella.
—¿Qué pasa?
—No quiero ir —dijo ella de golpe.
—Pero… solo iremos a…
—Ya sé a dónde iremos y no quiero. No quiero que me lo presentes.
Ana miró hacia el atractivo hombre y luego a ella.
—Solo será un minuto.
—Que no, Ana. —Gal quería salir de ahí. Esa era una pésima idea. No quería ser la amiga buena onda que soportara todo el show de una boda. No estaba dispuesta a ser amiga de Ana cuando en realidad, se moría por ella—. No me interesa conocer a tu prometido.
—¡¿Prome, qué?!
—Sé que vas a casarte.
—¡¿Casarme?! —Ana parecía tan asustada que Gal pensó que algo no cuadraba ahí.
—¡Hey, Ana!
Las dos giraron para ver al guapo correr por el pasillo. Y entonces Gal miró algo más: con él venía una chica rubia. Y no solo eso, caminaban de la mano.
—¿Por qué tardaste tanto? ¡Nos dijeron que estabas libre! —dijo la chica que venía con el guapo.
—Estaba con Gal… —dijo Ana y ella sintió su cara ardiendo cuando los dos recién llegados la miraron.
—¡Así que tú eres la famosa Gal! —dijo el guapo—. Mi hermana no deja de hablar de ti.
—Cállate, Santiago —dijo Ana con las mejillas muy rojas.
—¿Tu hermano? —preguntó ella pero la chica rubia la interrumpió.
—El otro día Ana dijo que iba a presentarte pero no estabas, Yo soy Jennifer, su mejor amiga y en pocas semanas, su cuñada.
—Mi hermano Santiago y Jenn se casarán. Yo seré su dama de honor y no sabes lo arrepentida que estoy por aceptar…
—¡Oye! —gritó Jenn, dándole un golpe a Ana en el brazo.
—Como sea, ¿ahora qué pasó? —preguntó Ana—. ¿Crisis de manteles? ¿Centros de mesa? Hoy estoy de guardia, no puedo ser la mediadora de sus peleas tontas por el color de la vajilla.
—¿Ves? Te dije que la molestas —dijo Santiago—. Es mejor que aceptes mi propuesta de un Dj para la boda…
—¿Estás loco? Debe ser música en vivo. ¿Verdad, amiga? —le preguntó Jenn a Ana.
—Déjenlo a la suerte, tiren una moneda al aire.
—Ahora la loca eres tú —dijo Jenn—. Mira, nos iremos para que termines con tus cosas de doctora y luego nos acompañarás a…
—No puedo, tengo planes —dijo Ana con rapidez.
—¿Planes?
—Si, tengo una cita —dijo la doctora mientras de nuevo sus mejillas quedaban rojas.
—¿En serio? —preguntó su hermano—. ¿Con quién?
—Con ella —dijo Ana señalándola.
—¡¿Por fin se te hizo con Gal?! —gritó Jennifer.
—Oh, por Dios… —murmuró Ana, que sin atreverse a mirar a nadie, la jaló del brazo para llevarla de nuevo hasta el interior del hospital. Gal no sabía lo que debía decir, ni hacer, ni sentir. Estaba aturdida por tanta información. Su hermano, dama de honor, cita… Cita… Cita… Ana colgada de su brazo… Cita… No sabía cuánto tiempo llevaba detenida en un pasillo desierto cuando su cerebro reaccionó.
—Ahm… Yo… creí…
—Eres una boba, Gal. ¿En serio creíste que me casaría?
—Es que… tú dijiste que tu ex te buscó y que no estabas segura y… y…
—Y tú armaste toda una historia en tu cabeza —dijo Ana con una sonrisa. Luego miró al suelo un momento, apretó los labios antes de decir—: ¿Y eso te molestó?
Gal suspiró. Sabía que debía tener cuidado. Sabía que dar un paso en falso podía exponerla, podía hacerla vulnerable. Sabía que Ana podía distraerla de su objetivo profesional. Y también sabía que había algo profundo, real y grande que solo despertaba cuando Ana estaba con ella.
—¿Molestarme? Me volvió loca.
La cara de Ana la hizo soltar una carcajada. Parecía tan asombrada por sus palabras, que Gal pudo ver el momento exacto en que el significado de esa frase le llegó. Pero antes de que Ana pudiera decir algo más, su celular vibró dentro de su bata. Gal miró un mensaje urgente de su equipo.
—¿Debes irte, en serio, justo ahora? —preguntó Ana con impaciencia.
—Soy una doctora… —dijo ella dando algunos pasos hacia atrás—. Pero te veré más tarde ¿no?
—Es posible —dijo Ana sonriendo.
Gal detuvo sus pasos y miró a Ana como si pensara mucho.
—Si no lo recuerdo mal, me usaste como coartada para evitar cumplir tus funciones de dama de honor, así que no tienes más remedio que…
—¿Tener una cita contigo? —interrumpió Ana.
Gal sintió una sacudida en su estómago y retomó sus pasos hacia atrás cuando su celular vibró de nuevo en su bolsillo.
—Ajá…
Ana volvió a reír.
—Y nada de enfermarse, Gal… Tenemos una cita.
___ Continuará____
P.d. Cada viernes cap nuevo.
Pd.2. Comenta esta historia en “responder”
Pd3. Toda esta semaa he estado madnando audios con tips para escrbir historias.
Personajes, tramas, estructuras, trucos para armar historias, etc.
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