⚡Cap. 7 El Pulso del Corazón

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El pulso del Corazón

Capítulo 7

Sus pasos sonaban contra el suelo impecable mientras se dirigía a su looker a dejar sus cosas. En su mente repasaba una y otra vez la información que había estado leyendo esos días, intentando encontrar las respuestas que necesitaba, pero esos datos no le decían mucho. No cuadraban, no tenían sentido.
 Eran ya dos turnos los que se la había pasado encerrada en la oficina de su equipo leyendo el expediente del paciente. Cada cambio de turno de enfermería, solicitaba un informe sobre las novedades e intentaba encontrar algo lógico en aquellas páginas. Pero no veía qué estaba mal.
 Después de dejar sus cosas, fue directo hacia su guarida y empezó a teclear en una de las computadoras para leer aquel ensayo médico que habrá dejado a la mitad. Estaba tan concentrada que fue hasta que alguien tocó su hombro que se dio cuenta que tenía compañía.
 —Me asustaste —le dijo a Willy.
 —Así tendrás la conciencia... —Su amigo se sentó a su lado—. ¿Cómo va todo?
 —Mal. No entiendo qué está pasando.
 —Pareces muy molesta.
 —Lo estoy. Esto no debería ser complicado, no tiene sentido.
 —¿Hablas del paciente o de Ana?
 Ante aquel nombre, su estómago giró como diez veces.
 —¿Qué tiene que ver la doctora Galindo en esto?
 —Eso quiero que me cuentes. —Willy levantó la ceja.

—No entiendo tu pregunta.
 —No te hagas la mensa, no te queda. ¿Por qué llevas días evitándola? Y no te atrevas a negarlo por favor, no hablas con un estúpido.
 —Estoy ocupada, es todo.
 —¿Y por eso le dijiste que trabajarías sola?
 Gal abrió mucho los ojos al escuchar aquello.
 —¿Ella te lo dijo?
 —Sí. Dice que estás más loca que una cabra.
 —¿Ella dijo eso? —preguntó ella usando un tono de incredulidad.
 —En realidad eso se lo dije yo. Pero me imagino lo que está pasando por tu mente retorcida. —Willy la miró como si esperara que se defendiera. Cuando ella no lo hizo, el doctor continuó—: No puedes esconderte detrás de una excusa tan infantil.
 —No es infantil…
 —Lo es. Pasar tiempo con Ana no te hace mala doctora ni afecta ese sentido arácnido que tienes. Luchar contra lo que sientes es lo que te tiene embrutecida.
 —¡Oye!
 —La verdad duele, ¿no?
 —Eso no es verdad. Además… —Gal dudó.
 —Además, ¿que?
 —Nada.
 Willy le pegó en la cabeza con uno de sus libros.
 —Siempre quise hacer eso —dijo su amigo mentiras ella se sobaba—. Si no hablas te daré otro zape pero con ese libro de tapa dura.
 Gal miró el enorme libro que su amigo señaló. Con un suspiro, por fin dijo:
 —Ella volverá con su ex. Los vi abrazados el otro día.
 —¿Dónde?
 —Aquí. Él vino a buscarla, hablaron y… ella lo abrazó. —Gal sintió un cubo de hielo bajar por su cuerpo.
 —Vaya… Creí que Ana prefería a las chicas. Al menos esa impresión me dio al verla tan cerca de ti.
 —Te equivocaste.
 —Gal, no puedes estar hecha merda solo porque la mujer que deseas es heterosexual. Mírame a mí. Estaría muerto si me dejara afectar por el rechazo de las chicas homosexuales que me gustan.
 —Y también el rechazo de las heterosexuales, que son muchas —dijo ella sonriendo.
 —¿Ves? Esa teoría sí está equivocada. Todas me aman.
 —Claro que no.
 —El punto es que si Ana está fuera de tu alcance, bueno, hay millones de chicas más.
 Gal pensó en eso. Era cierto, había un mar enorme de mujeres. Pero esa idea no le levantó el ánimo. La única que destacaba entre esa multitud, era Ana.
 Ana y sus ojos verdes. Ana y su sonrisa encantadora. Ana y sus caderas. Se frotó la cara pensando que había sido una estupidez acercarse tanto a la doctora.


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Gal sabía muy bien cuando quedarse callada. En realidad, el silencio le gustaba mucho. Tanto mental como físico. Y sabía muy bien que cuando un mentor se tomaba el tiempo para regañarla, era porque se lo merecía.
 —¿Entonces? —preguntó Cepeda cruzando los brazos.
 —Es mi culpa, doctor. He estado analizando los síntomas, su expediente clínico, incluso su historial familiar, pero no encuentro la razón.
 —¿Y qué dice la familia?
 —¿La familia?
 —Sí. ¿Ya hablaste con ellos? ¿Su esposa? ¿Cómo es la rutina del paciente?
 Gal se quedó callada un momento antes de admitir:
 —No he hablado con ellos.
 —¿Y la doctora Galindo tampoco?
 —No lo sé.
 —¿Cómo que no lo sabes?
 —Es que… no hemos tenido tiempo para…
 Cepeda la fulminó con la mirada y se acercó a ella.
 —¿Me estás diciendo que Ana y tú no están trabajando juntas como se los pedí? —Pero Cepeda no esperó respuesta. Fue hacia el teléfono, tecleó algunos números y esperó un poco—. ¿Está Ana por ahí? Dile que venga a mi oficina.
 El corazón de Gal recibió varias punzadas, haciendo que apretara los labios por unos segundos para no emitir ningún sonido doloroso.
 —No es necesario que regañe también a la doctora, admito que yo fui la que le pidió trabajar sola…
 —¿Por qué hiciste eso? —le preguntó Cepeda.
 —Me pareció algo que podría manejar sin ella…
 —Y sin embargo sigues sin saber qué rayos le pasa al paciente. Si te pedí que trabajaras con Ana es porque ella tiene algo que a ti te falta, Gal. —Cepeda suspiró—. Eres brillante. Lo supe desde que mi esposa fue tu maestra en la universidad. Y al llegar aquí, lo confirmaste. Pero ser brillante no basta para ser la mejor cardióloga, ¿es tu sueño no?
 Ella asintió. Cepeda iba a decir algo más pero Ana interrumpió al entrar.
 —¿Me llamó, doctor?
 Gal pudo notar una breve mirada de Ana sobre ella.
 —Estoy al tanto de que Gal y tú no han seguido mis indicaciones…
 —Así es —dijo Ana con firmeza.
 —Y también me acabo de enterar que eso se debe a que Gal te pidió trabajar esto sola, ¿es verdad?
 Ana volvió a mirarla, deteniéndose en ella un poco más. En esa fracción de segundos, Gal pudo ver duda en esos ojos.
 —Es que… yo también dejé que mis otros pendientes en el hospital…
 —¿Gal te pidió retirarte del caso si o no? —Ana tardó en responder, lo que Cepeda aprovechó para continuar—. Bien, ahora quiero que dejen de tomar decisiones unilaterales y se limiten a realizar mis indicaciones. Esto no es por ustedes, es por el paciente. ¿Entendieron?
 —Sí.
 —Ahora vayan a hacer el trabajo que les pedí que hicieran, doctoras —terminó Cepeda haciendo énfasis en la palabra final.
 Gal se sintió torpe caminando detrás de Ana al salir de la oficina. Y se sintió muy incómoda al atravesar los pasillos en completo silencio hasta la habitación del paciente. Ella no sabía qué decir y era obvio que Ana tampoco quería hablar.
 En cuanto entraron, Ana se acercó al paciente a preguntarle cómo se sentía. Ella caminó directo a los monitores a revisar las métricas.
 —Mi familia acaba de irse —decía el paciente. Gal lo escuchó a lo lejos mientras comprobaba números de los registros.
 —Ellos están muy pendientes de usted, lo quieren mucho —decía Ana, revisando la presión arterial mientras tanto.
 —Mis hijos son grandiosos… todos… —La voz del paciente se ahogó un poco—. Lo siento, generalmente no soy tan sensible.
 —Está bien —dijo la voz amable de Ana. Gal la observó colocar una mano sobre el hombro del paciente—. Usted es un buen padre, lo he visto con ellos…
 Gal no entendía como una sonrisa podía decir tanto. La sonrisa de Ana podía calmar hasta al volcán más furioso. Gal no escuchó nada más, pues su mente estaba totalmente llena de ese rostro. De esos ojos que brillaban mientras Ana seguía dándole ánimo al hombre.
 ¿Qué se necesitaba para tener para siempre a esa mujer en su vida? Gal sacudió rápido la cabeza para espantar cualquier tipo de pensamiento ilógico. Frunció el ceño y siguió con su trabajo. Entonces un celular sonó, haciendo que Gal volviera a mirar hacia la camilla.
 —Es mi hija… —susurró el paciente viendo la pantalla. Pero enseguida dejó el teléfono de nuevo sobre el buró.
 —Puede responder si quiere, luego continuamos con esto —dijo Ana.
 —No… no… está bien…
 Aquello pasó tan rápido que Gal apenas lo pudo registrar. El hombro lanzó un grito y se apretó el pecho sobre el corazón. En un segundo, todos los monitores estaban pitando y todas las alarmas sonaban. Dos enfermeras entraron rápido mientras ella y Ana ya estaban colocando oxígeno.
 El paciente se retorcía sobre la cama.
 —¡Oxígeno al máximo! —gritó Ana.
 Gal miró de nuevo el monitor y enseguida notó que la presión caía. Sin perder tiempo, corrió en busca de lo que necesitaba y se lanzó sobre el paciente.  En algo que parecía una coreografía bien ensayada, Ana retiró de un jalón la mascarilla de oxígeno para dejar que Gal actuara.
 —Abra la boca y levante la lengua —ordenó firme y disparó el spray de nitroglicerina. Enseguida, Ana volvió a colocar la mascarilla sobre la cara del hombre.
 —Calma, calma… Míreme a los ojos… Respire… —decía Ana inclinada sobre la cara del paciente. El hombre parecía asustado. Sujetó con fuerza la mano que Ana le tendió y Gal vio como intentaba controlar el ritmo de su respiración a pesar del dolor.
 —Dos miligramos de morfina —le dijo Gal a una de las enfermeras, que asintió rápido y se apuró a cumplir sus órdenes.
 Pocos minutos después, el paciente ya estaba dormido y la crisis había pasado. Ana se paró a su lado y suspiró.
 —De nuevo esto no tiene sentido —dijo sin mirarla.
 —Eso que pasó encaja con alguna enfermedad que no hemos logrado encontrar… Eso es lo que está fallando.
 —¿Y te frustra tanto que por eso ya no me hablas?
 Gal no respondió enseguida, no quería estar ahí, no quería responder preguntas.
 —Solo quiero concentrarme.
 —¿Y yo te desconcentro? —susurró Ana, haciendo que Gal se estremeciera. Con precaución giró lento para mirar esos ojos que parecían querer entender todo de ella.
 —No —dijo con toda la seguridad que pudo reunir.
 —Gal…
 —Todo está bien…
 —Fui a buscarte —la interrumpió Ana.
 —¿Qué?
 —Han sido varios días sin hablar y… fui a la trattoria anoche a ver si habías ido a cenar, pero… no estabas.
 El cerebro de Gal murió por varios segundos. Al menos eso sintió cuando notó que era incapaz de ordenar algún pensamiento. Era como estar en el limbo.
 —¿P-por qué? —dijo sin entender su pregunta, ni la intención, ni lo que sentía dentro de sus tripas.
 —Quería saber… si estás bien… si hice algo que te molestó. No sé qué está pasando. —La voz suave de Ana le estaba causando estragos por dentro. Tenerla tan cerca, mirar el verde hermoso de sus ojos… Gal dio un paso hacia Ana y entonces… de nuevo sonó un celular.
 Las dos miraron hacia la cama del paciente. A un costado estaba su teléfono. Ana caminó hacia él y miró la pantalla.
 —Es su hija… Es el mismo nombre de hace rato —le dijo.
 —¿Qué haces? —le preguntó a Ana cuando la vio levantar el celular.
 —Voy a informarle lo que ocurrió.
 Sin dudar, Ana respondió al celular y se presentó. Menos de dos minutos después ya había terminado la charla. Tenía el ceño fruncido.
 —¿Qué pasó?
 —Dijo que tomaría el siguiente vuelo para venir… qué raro, creí que todos sus hijos vivían aquí —terminó Ana encogiendo sus hombros—. Entonces… ¿qué harás al salir de tu guardia?
 Gal dudó un momento pues sabía que Ana no estaba preguntando eso nada más porque sí. Y no estaba segura de querer tener otro momento de debilidad frente a ella. Pero la idea de verla también fuera del hospital era atractiva.
 —Amh pues… —Su mente no estaba de su parte ese día.
 —Si no estás ocupada, ¿quieres dar un paseo por ahí?
 —No…
 La expresión de Ana se entristeció.
 —Ah, perdón…
 —¡No! —dijo ella con más fuerza de la que quería—. No quise decir que no. Es más bien, yo… ahm… Lo que… La respuesta… No estoy ocupada —dijo con la cara ardiendo.
 La sonrisa que se dibujó en el rostro de Ana bien pudo ser una flecha directo a su corazón. Se sintió algo mareada cuando Ana se acercó más a ella.
 —Entonces nos vemos luego…  Hay algo… muy importante que quiero contarte —dijo la doctora mientras sujetaba con delicadeza un mechón del cabello de Gal para acomodarlo detrás de su oreja.
 Gal sintió el leve roce sobre su piel como si fuera un respiro de vida. Reprimió el impulso de tomar esa mano y mantenerla pegada a su mejilla. Aplastó en lo profundo de su ser las ganas repentinas de empujar a Ana contra la pared y morderle los labios.
 Salir de nuevo con Ana era la peor idea que podía tener. Era lo peor que podría pasarle. Pero cuando la doctora la dejó sola en esa habitación, supo que lo que más deseaba en la vida acababa de salir caminando de ahí. Y en ese instante se planteó una idea que no había considerado: tal vez estar con Ana no era algo tan malo en realidad.


********

Bostezó mientras se ponía la chamarra. El otoño estaba llegando a su fin y Ciudad Montejo era cada día más fría. Se aseguró de tener todas sus cosas en la mochila antes de salir de ahí. Sacó su celular para revisar si tenía algún mensaje de Ana pero nada. Lo último que había sabido de ella, era que entraría a una cirugía y supuso que la doctora saldría del hospital al acabar.
 Miró su reloj pensando que tal vez era buena idea ir a descansar un rato antes de marcarle a Ana para saber a dónde irían de paseo. Extrañamente, se sentía de buen humor.
 Tal vez solo necesitaba mirar las cosas desde otra perspectiva. Tal vez hacerle caso a Willy y lanzarse sobre Ana no era tan mala idea. Ese pensamiento la dejó momentáneamente sin fuerza, así que su celular se le resbaló de las manos, rebotó contra una enorme maceta y se estrelló en el suelo.
 Maldiciendo, se inclinó a recogerlo y entonces escuchó una voz al otro lado del pasillo.
 —¡Ana! —Una doctora que Gal reconoció como alguien del equipo de cirujanos apareció corriendo detrás de Ana—. Olvidaste esto.
 La doctora le entregó una revista a Ana.
 —Ah sí, gracias.
 —Por cierto, el vestido que elegiste está fantástico.
 Gal vio a Ana asentir con una sonrisa. Agachada junto a la maceta, Gal pudo ver la portada de la dichosa revista y notó que era de vestidos de novia.
 —¿Crees? ¿No te parece excesivo? —preguntó Ana mientras el corazón de Gal dolía.
 —Creo que te verás impactante ese día.
 Sin poderlo soportar más, Gal giró y se dio prisa para alejarse de ahí. La cara de Ana, la revista de novias, las palabras de la otra doctora, todo se transformó en un remolino mental.
 Caminó rápido sin mirar hacia donde iba, giró por un pasillo y por otro con su respiración agitándose cada vez más. ¿Eso era lo que Ana quería contarle?
 Con brusquedad, chocó contra alguien.
 —Perdón —dijo una voz grave. Gal levantó los ojos y el aire se le fue al reconocer al hombre frente a ella—. ¿Estás bien?
 —S-sí.

El atractivo sujeto le dirigió una sonrisa.
—Fue mi culpa, ando muy apurado. Mi prometida me dijo que la viera aquí pero este hospital es muy grande.
Gal se mordió la lengua y forzó un gesto que intentó hacer pasar por una sonrisa.
—Bien… —logró decir mientras el sujeto miraba hacia el pasillo detrás de ella.
—Oh mira, ahí viene.
Pero Gal no quiso mirar. Se lanzó contra el elevador que justo en ese instante se abrió  y presionó el botón para largarse de ahí. Cuando la puerta se cerró, apretó los ojos y lanzó un grito que liberó todo el dolor de su corazón.



___ Continuará____

P.d. Cada viernes cap nuevo.

Pd.2. Responde este correo y dime qué te parece esta historia y cuando queres que sea la fecha de la boda.


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