⚡Cap. 6 El Pulso del Corazón

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El pulso del Corazón

Capítulo 6

Gal nunca había sido amante de las fiestas, ni del baile, ni de las bebidas. Pero ahí estaba. Había muchas personas y ella no tenía idea del motivo de esa fiesta. Lo que realmente ocupaba su mente, era la mujer que caminaba detrás de ella.
 Luego de que Willy la obligara a cambiar su pijama y luego la llevara a buscar a Ana, habían llegado los 3 juntos al dichoso sitio.
 Su amigo había desaparecido apenas entró, seguramente buscando alguna mujer hermosa para intentar seducirla esa noche. Gal nunca había entendido cómo Willy no se daba cuenta que era pésimo con las mujeres. Sus planes de conquista casi nunca funcionaban.
 —¿Quieres una cerveza? —le preguntó Ana inclinándose hacia su oreja derecha para hacerse escuchar.
 Gal asintió aunque le daba igual la bebida. Ana tomó 2 cervezas de una charola y le hizo señas para que caminaran hasta el patio, donde se podía ver una alberca y varias personas más, aunque no había tanto escándalo.
 —Gracias —dijo aceptando la bebida.
 Ana se sentó en un camastro y Gal ocupó el otro para quedar frente a Ana. En un instante volvió a escanear a la doctora. Se veía hermosa con su cabello suelto y su mirada verde. Cuando habían pasado a recogerla, Gal casi se desmaya al verla salir de casa. Llevaba unos jeans ajustados, tacones y un abrigo largo que la hacía ver terriblemente perfecta.
 —¿De quién es la fiesta? —le preguntó Ana.
 —No tengo idea.
 —¿Y por qué viniste?
 —Tampoco tengo idea. —Ana rió al escuchar eso. Gal prosiguió—. Willy dijo algo sobre no vivir en una cueva y que… soy una torpe social.
 Gal observó la mirada que Ana le dirigió. Una bella sonrisa adornaba el rostro de la mujer, cosa que Gal quiso ignorar pero no pudo.
 —Yo sigo pensando que eres adorable.
 —Me parece que esa es una forma elegante de decir que estás de acuerdo con él.
 —No… Bueno, tal vez un poco. Pero no eres mala, solo un poco… fría.
 —¿Fría?
 —Ajá… —Ana asintió y tomó un trago de su cerveza—. Pero lo entiendo. Somos doctoras, nos enfrentamos a cosas duras… como… lo que sucedió ayer… —La doctora giró la cabeza hacia otro lado.
 —La mente humana es extraña —dijo entonces Gal haciendo que Ana volviera a mirarla—. Se enfoca más en lo negativo que en lo positivo.
 —¿Y qué es lo positivo de lo que ocurrió?
 —Eres una gran doctora. Perdiste a uno,¿pero a cuántos has salvado? Piensas en el que murió como si fuera la confirmación de que eres mala en tu trabajo. Pero no es así. Debes recordar a todos los que sí has ayudado. Créeme, para ellos, tú fuiste lo mejor que pudo pasarles en la vida.
 Ana la miró con asombro. Gal vio un hermoso brillo en sus ojos cuando la doctora sonrió.
 —Nunca lo había visto así.
 —Lo imaginé.
 —Gracias.
 —¿Por qué?
 —Por aquel café, por acompañarme y darme ánimo.
 —No es nada —dijo Gal desviando la mirada—. En realidad solo me estoy pegando a los hechos.
 —¿Ah sí?
 —Claro. Es un hecho que eres buena doctora. Es un hecho que eres una de las cirujanas más cualificadas. Es un hecho que te importan tus pacientes. Es un hecho que aunque seas la mejor, no podrás salvarlos a todos, pero sí a la mayoría.
 Ana la observó en silencio por varios segundos y Gal tragó en seco. Decidió fingir que miraba a las personas junto a la alberca mientras sentía los ojos de Ana estudiándola.
 —No te gusta la cerveza, ¿verdad? —le preguntó Ana. Gal miró su botella casi intacta.
 —En realidad casi no bebo.
 —¿Por qué?
 —El alcohol afecta al cerebro. Necesito usarlo para conseguir mis propósitos.
 —Ser la mejor cardióloga del mundo, ¿no?
 —Quiero empezar siendo la mejor de todo Castilnovo.
 —Creo que ya eres excelente.
 —¿En serio lo crees?
 —Claro. Además, es lo que todos dicen en el hospital. Si tuviera un problema en mi corazón, te elegiría como mi doctora.
 Aquellas palabras le provocaron muchas cosas raras en el estómago. Estaba totalmente segura de que tenía la cara roja. Ana soltó una carcajada y tomó otro trago de su cerveza. Pero luego miró analíticamente la botella y la dejó en el suelo.
 —¿Qué haces?
 —Sigo tu ejemplo, cuido mi cerebro.
 Gal sonrió.
 —No te lo dije para que dejaras de beber. No te pasará nada por una cerveza. Si te gusta, bébela.
 —Así estoy bien. ¿Sabes algo? Creo que mis padres te amarían.
 El pecho de Gal recibió un fuerte golpe que trató de ignorar.
 —¿Por qué?
 —Porque eres una de esas buenas influencias que todos los padres quieren para sus hijas.
 —Willy te dirá que soy aburrida.
 —Willy está loco. No confiaría en su criterio.
 Eso hizo reír a Gal, que pensó un momento y antes de arrepentirse, preguntó:
 —¿Vives con tus papás?
 —Sí. Y antes de que me juzgues, debo decirte que no es tan malo.
 —¿Por qué te juzgaría?
 —Porque acabo de cumplir 28 y la mayoría de la gente ya vive sola a esa edad. Tú vives sola, ¿cierto?
 —Sí. ¿Por qué sigues con tus padres?
 —Porque nos llevamos muy bien. Soy la menor… y en realidad es muy cómodo también. Tengo planes de mudarme al acabar la especialidad. ¿Por qué te saliste de tu casa?
 Gal desvió la mirada. No quería tocar ese tema, había sido un error preguntarle a Ana algo tan personal. Era lógico que la doctora le preguntaría también y ella no quería hablar de su vida.
 —Ahm… Fue algo que se dio —dijo evitando mirar a Ana.
 —Pero te llevas bien con tu familia, ¿no?
 —Sí —dijo rápido para acabar con aquello.
 —Yo también me llevo muy bien con la mía. Somos tantos que aunque la casa es grande apenas cabemos cuando nos reunimos. Fuimos 4 hijos y ya tengo 5 sobrinos. Además mi hermano que aún seguía soltero acaba de comprometerse, así que la familia seguirá creciendo.
 Gal sintió por un momento que el oxígeno no le entraba. Lo que le había contado Ana de su familia la había abrumado. Tantas personas... Se las imaginó reunidas en la navidad, que pronto llegaría. ¿Por qué había familias tan grandes? ¿Y por qué había gente sin familia?
 —Hola —dijo una voz masculina. Un tipo totalmente musculoso y con demasiado gel en el cabello se había acercado y miraba a Ana.
 —Hola —respondió la doctora.
 —¿Quieres bailar? —preguntó el sujeto. Gal se fijó en las parejas que bailaban junto a la alberca y luego atrapó una mirada que Ana le dirigió antes de regresar su atención al recién llegado.
 —Perdona, es que ella es mi pareja de baile.
 Gal casi se atraganta al escuchar eso.
 —Oh, lo siento, creí que solo eran amigas —se disculpó el sujeto mientras Ana negaba con la cabeza—. Que se diviertan.
 Cuando estuvieron de nuevo solas, Ana miró a Gal, que estaba casi petrificada en su lugar. Quería decir algo, pero no sabía qué. Sin embargo forzó su cerebro.
 —Si quieres ir a bailar…
 —Nah —dijo Ana mirando al hombre que estaba parado al otro lado de la alberca—. No me gustan los musculosos. Pero si quieres puedo decirle que baile contigo.
 Gal no pudo evitar soltar una carcajada. Aunque luego pensó en algo: si a Ana no le gustaban los musculosos, ¿cómo le gustaban?
 —Paso.
 —Déjame adivinar… No te gusta bailar.
 —¿Se nota tanto? Ahora yo adivinaré… A ti te encanta.
 —Amo bailar —declaró Ana, haciendo que Gal se sintiera atrapada.
 Ella odiaba bailar, Ana lo amaba y ella amaría ver bailar a esa mujer. Se pellizcó discretamente para apartar cualquier pensamiento de Ana moviéndose con sensualidad frente a ella.
 El sonido de un celular rompió el repentino silencio entre ellas. Ana buscó en el bolsillo de su abrigo y frunció el ceño. Gal la vio desviando la llamada.
 —Si quieres puedes responder… —dijo ella pensando que tal vez Ana no quería ser grosera al interrumpir su conversación con ella.
 —No quiero responder —dijo Ana con una sonrisa melancólica—. Es mi ex.
 Antes de que alguien pudiera hablar, el celular sonó de nuevo. Gal observó a Ana mirando fijamente la pantalla. La vio dudar un segundo pero luego volvió a rechazar la llamada.
 —No pareces muy segura de eso.
 Ana suspiró.
 —No lo estoy…
 —Entiendo. —Gal miró otra vez hacia la alberca, tratando de ignorar la incomodidad que de repente la invadió
 —¿Nunca preguntas el porqué de las cosas? —soltó de pronto Ana.
 —¿A qué te refieres?
 —Es la segunda vez que… parece como si no quisieras saber.
 —No me gusta meterme en asuntos personales —dijo Gal con practicidad encogiendo sus hombros.
 —¿Entonces cómo seremos amigas?
 —¿Qué?
 —Las amigas se cuentan cosas personales. ¿No quieres ser mi amiga?
 Lo primero que pensó Gal fue que no. Por supuesto que no quería ser solo su amiga. Pero enseguida se dio cuenta que aquel pensamiento era peligroso.
 —Solo no quiero ser entrometida —dijo para salir de la situación—. Tal vez sea un tema sensible.
 Ana se puso de pie, haciendo que Gal pensara que se había enojado por sus palabras. Pero Aa sonrió y caminó hasta ella para sentarse a su lado.
 —¿Quieres la versión larga o la corta?
 —La que quieras…
 —Bien, resulta que después de tener una relación por 7 años, mi ex llegó un día a decirme que sería buena idea «darnos un tiempo» dijo Ana haciendo comillas con los dedos—. Obviamente yo no quería, pero me insistió. Dijo que necesitaba conocerse y bla, bla, bla. Y recalcó que debíamos jurar que no veríamos a otras personas mientras tanto… Cosa que olvidó de inmediato porque unas semanas después descubrí que ya llevaba una larga lista de mujeres —terminó Ana respirando agitada.
 —¿En serio?
 —Sí. Y ahora no pasa un día sin que me llame para decirme que ya, que el tiempo ya terminó y que debemos volver.
 Gal parpadeó varias veces mirando a Ana, intentando procesar todas aquellas incoherencias.
 —Suena ilógico —murmuró después de pensar los hechos.
 —¿Verdad que sí?
 —Si no quieres volver, ¿por qué no se lo dices y ya? —Gal vio otra vez la duda en el rostro de Ana—. ¿Quieres regresar?
 —No lo sé —dijo Ana después de unos segundos.
 Gal se mordió la lengua. Debía estar callada. Si lo pensaba fríamente, que Ana regresara con su ex era algo bueno para ella. Sabiendo que Ana estaba con alguien más, ella podría dejar de pensar todo lo que pensaba de la doctora. Sobre todo esas escenas donde la bata se le caía al suelo. Sin embargo…
 —¿Por qué querrías volver con un  imbécil que quiso a otras mujeres cuando te tenía a ti?
 Ana iba a decir algo pero se detuvo antes de hablar. En su lugar, Gal vio como su semblante cambiaba y un ligero sonrojo hacía acto de aparición.
 —Eso sonó... muy lindo —susurró Ana.
 —Solo es una conclusión lógica —dijo Gal mirado hacia el otro lado.
 —Bien… —Ana usó su hombro para darle un ligero empujón a Gal—. Pero igual sonó lindo. Tal vez eso necesito ahora.
 —¿Cosas que suenen lindas?
 —Tu lógica. ¿Eso es lo que harías en mi lugar? ¿No volver?
 Gal se estremeció. Tanta cercanía de Ana le estaba friendo el cerebro. Ya había cometido demasiadas imprudencias. Estaba totalmente arrepentida de haber ido a esa fiesta. Quería volver a casa. Y sobre todo, quería besar a Ana. Agitó la cabeza para apartar esos pensamientos y se concentró en el objetivo de sobrevivir esa noche. 

—No sería ético responder eso.
Ana empezó a reír.
—¡Por Dios Gal, solo responde!
Ella se mordió de nuevo la lengua, pero aquello era más fuerte que su mandíbula y que todo su ser.
—No, no volvería. Mereces estar con alguien para quien seas la única, no solo una opción entre muchas.
Gal clavó la mirada en el suelo, incapaz de moverse después de la tontería que había dicho. Pero una parte de ella temblaba. Sintió de nuevo el cuerpo de Ana rozando el suyo y contuvo la respiración.
—Oye… —dijo una voz suave junto a ella. Ella continuó sin moverse—. Gal…
—Mmm.
—De verdad eres encantadora.


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El agua empezó a caer sobre sus manos y Gal se las frotó con calma. La higiene era muy importante en ese lugar. Escuchó la voz de su mentor apurándola para ir tras él.  Gal caminó deprisa mientras los demás miembros del equipo se le unían por el pasillo.
—¿Dónde está la doctora Galindo? —preguntó Cepeda pasando la mirada por los presentes.
—Estaba terminando una cirugía, doctor —informó uno de sus compañeros.
Gal trató de mantener la compostura mientras usaba su respiración para calmar sus latidos. Eso se estaba volviendo muy común: su cuerpo se agitaba ante la mera mención de Ana.
Apenas había platicado con ella en una fiesta un par de días antes y sentía que había pasado una eternidad. Esa mujer parecía no tener problema en contarle cosas de su vida. Parecía, de verdad, que Ana quería ser su amiga.
Y Gal debía admitir que ver a Ana le gustaba. hablar con ella le encantaba. Ana se estaba convirtiendo en una persona de su vida. Aunque no estaba en el centro de ella, Gal podía sentir su presencia rondando peligrosamente. Lo que también tenía claro era que no estaba bien pensar en la doctora todo el tiempo.
Incluso durante las consultas, las reuniones de diagnóstico, sus horas de estudio… En cada momento se descubría pensando en Ana. Y aunque se esforzaba por concentrarse de nuevo, esa sensación de descontrol la estaba empezando a asustar.
—¿Quién podría hacer eso? —dijo la voz mandona de Cepeda, haciendo que Gal se preocupara por no saber de qué rayos estaba hablando. Su mentor la miró a los ojos—. ¿Podrías hacerte cargo?
—Claro —dijo sin entender nada.
—Perdonen la tardanza. —Ana había llegado. Gal notó que la doctora pasaba la mirada por el lugar mientras entraba. Sus ojos se detuvieron en ella un par de segundos.
—Doctora Galindo, por llegar tarde se te ha asignado una misión —dijo Cepeda con una sonrisa—. Gal y tú se encargarán de realizar el informe final de nuestro paciente en común.
Gal suspiró. Ella odiaba hacer esos informes tan tediosos y sin chiste. Pero sabía que se lo merecía por no haber puesto atención.
—Será un placer —dijo Ana con una sonrisa.
Gal salió detrás de Ana para acabar con ese asunto de una vez por todas. Pero al llegar al pasillo, se escuchó una voz.
Un hombre bastante apuesto había llamado a Ana.
—Espera… —le dijo la doctora caminando hacia el sujeto.
Gal se mantuvo en su lugar, viendo todo lo que ocurría. El hombre no parecía un paciente de Ana. La doctora se había acercado mucho, como si no tuviera problema con tanta proximidad. Como si lo conociera.
El hombre agitó la mano y negó con la cabeza. Parecía enojado. Vio a Ana colocar sus manos sobre los hombros del sujeto, como si lo contuviera. Gal  dio un paso adelante, alertada de repente. No sabía si eso era una discusión… Pero entonces, Ana abrazó al tipo.
Gal sintió un dolor repentino en el corazón al ver eso. Los brazos del hombre rodearon a Ana y la estrecharon fuerte. Fueron solo un par de segundos, pero Gal sintió que eso había durado mucho más. Incapaz de seguir viendo esa escena, giró sobre sus talones y se marchó.
Sus oídos zumbaban, sus manos temblaban y la cabeza empezó a dolerle. Apretó la mandíbula intentando controlar sus emociones al mismo tiempo que llegó al cuarto de su paciente.
Una mujer y dos jóvenes estaban por salir.
—Esperaremos afuera, papá —dijo la chica. Gal se hizo a un lado para dejarlos pasar. Dos enfermeras ya habían empezado con el protocolo para el alta. En silencio, Gal comenzó a revisar los monitores, a tomar apuntes y métricas.
En eso estaba cuando notó que Ana había llegado. Se mantuvo en silencio y fingió estar demasiado ocupada.
—¿Cómo vas? —preguntó la doctora parándose a su lado.
—Bien, ya estoy por terminar.
—¿Todo el informe?
—Ya tengo los números, no te preocupes, yo lo haré —dijo Gal apartándose hacia una mesa donde empezó a llenar un formulario. Anotaba, tachaba. Presionó el bolígrafo con tanta furia que a la hoja se le hizo un hueco.
—Gal…
Ana habló, pero entonces una alarma sonó fuerte y el paciente gritó. Gal corrió hacia el hombre, que se sujetaba el pecho mientras se retorcía sobre la cama.
Ana se inclinó sobre el paciente intentando sujetarlo de las manos para poder revisarlo, pero él forcejeaba. Gal echó una rápida mirada a los monitores. Eso no tenía sentido. El ritmo cardíaco había caído. Gal dio indicaciones a las enfermeras y llegó al paciente justo cuando el palpitar estaba casi en ceros. Sin perder tiempo, tomó las dos paletas del desfibrilador.
—¡Atrás! —gritó. Ana se hizo a un lado y Gal dio la primera descarga al paciente. El ritmo cardíaco seguía en caos, así que dio una descarga más.
—¡Lo tenemos! —dijo Ana mirando el monitor. El ritmo se habrá estabilizado.
El hombre estaba inconsciente sobre la cama pero al menos su corazón seguía latiendo.
—No entiendo… —susurró Gal observando las pantallas.
—Gal, eso no debió pasar a menos que…
—Debe haber una explicación—dijo ella tajante.
—La hay. —Ana la miró a los ojos—. Nos equivocamos con el diagnóstico
Gal frunció el ceño intentando recordar todos los síntomas. No, el diagnóstico estaba bien, todo encajaba. A menos que no haya visto todo. A menos que hubiera dejado pasar algo.
Los ojos verdes de Ana seguían clavados en ella. Entonces pensó en aquella cena, pensó en la fiesta, pensó en el hombre al que había visto abrazar a Ana. Se habrá desconcentrado. Todos esos días la medicina había sido desplazada en su mente, que se había llenado con la presencia de una mujer.
—Trabajaré en esto sola —le dijo a Ana.
—¿Q-qué?
Ella no le respondió a la doctora. Solo tomó sus cosas y salió de ahí.

Continuará…

P.d. Espera el siguiente capítulo el próximo viernes. Estaré haciendo caps más largos… A menos que no te guste este formato…

(Si no te gusta iogual te lo aguantas, es mi historia)



Pd.2. Responde este correo y dime qué te parece esta historia.


Pd3. Toda esta semaa he estado madnando audios con tips para escrbir historias.

Personajes, tramas, estructuras, trucos para armar historias, etc.

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