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⚡Cap. 31 |El Pulso del Corazón
❤️
Gracias por tu paciencia.
Cada semana un cap. nuevo.
Recuerda qe existe una versión extendida de esta historia, donde las cosas se ponen mas intensas, dramáticas y cochinas.
La siguiente semana te pasaré el enlace para leerla.
El Pulso del Corazón
Capítulo 31
Ana soltó una carcajada cuando vio a Gal entrando por la puerta cargando mil cajas y bolsas.
—¿Por qué no diste otra vuelta?
—Porque ya di como un millón de vueltas, ya quiero descansar —se quejó Gal dejando las cosas en el reluciente piso de madera.
—Nada de descansar hoy, doctora Rivadeneyra —dijo Ana abriendo otra caja.
—¿Tendremos una noche de sexo sin control? —preguntó Gal dejándose caer sobre el sofá.
—No. Tendremos una noche de acomodar cosas en nuestro nuevo departamento.
Gal sonrió al oír eso y echó un vistazo alrededor. Debía admitir que el lugar le gustaba mucho. Era amplio, bonito y cómodo para las dos. Además de que la decoración lo hacía ver elegante. Ella nunca había vivido en un lugar tan bonito como ese. Y menos con una mujer tan hermosa como su esposa. Se lanzó al suelo a sentarse junto a Ana, que terminaba de sacar cosas de la caja.
—¿Ya te dije… que eres… muy hermosa? —preguntó Gal acercando su boca a la oreja de Ana, que soltó una risita.
—Hoy no. Te ves muy feliz.
—Estoy muy feliz.
—Eso me gusta. Odio verte triste.
—Ya estoy bien —dijo Gal mirando alrededor—. Tal vez solo… necesitaba… contarte lo que pasó.
Regresó la vista hacia Ana al notar su silencio. La hermosa mirada de su esposa estaba clavada en ella. Ana se acomodó mejor frente a ella, de rodillas. Gal cerró un momento los ojos cuando Ana empezó a acariciar su rostro.
—No puedo cambiar lo que viviste, aunque quisiera. Ojalá pudiera retroceder el tiempo y buscarte. Sacarte del viejo orfanato y llevarte a vivir conmigo… Te hubiera amado desde entonces… —susurró Ana buscando sus labios—. Y… te hubiera dado mi corazón…
Gal sonrió mientras respondía el beso de Ana.
—Una cardióloga puede hacer muchas cosas con un corazón.
—¿Qué quieres hacer con el mío?
—Cuidarlo toda mi vida… —dijo Gal acomodando un mechón de cabello de Ana.
—Me parece un buen plan. —Ana estampó un último beso en sus labios y regresó a lo que hacía.
Gal miró otra vez el caos que tenían por todas partes. Sus cosas no eran tantas, pero Ana se había empeñado en ir de compras ese par de días para tener «todo lo que les hacía falta», cosa que a Gal le parecía innecesaria pero acompañó a Ana de todas maneras.
Sin embargo, en ese momento ya estaba harta de ordenar cosas. Más bien quería desordenar la habitación… con Ana. Con determinación, se puso de pie y jaló a su esposa.
—Necesito que me acompañes a un lugar…
—¿Qué? ¿A dónde? —Ana quiso resistirse cuando Gal la tomó de la mano.
—Quiero enseñarte algo.
Gal volvió a jalar a Ana, pero al notar que seguía poniendo fuerza, se inclinó hacia sus piernas y la cargó como si fuera un costal de papas.
—¡Gal! ¡Oye! —Ana pataleó mientras reía a carcajadas—. ¡Esto es un secuestro!
—¡De verdad necesito enseñarte algo!
—¡¿Qué cosa quieres enseñarme, mentirosa?!
—No es mentira, es algo médico —dijo ella dejando que Ana pusiera sus pies en el suelo cuando entraron a la habitación.
—¿Algo médico? —preguntó Ana levantando una ceja.
—Ajá… Es algo que una simple cirujana no sabe…
—¿Simple cirujana? —Ana la pellizcó.
—¡Oye!
—Tú solo no quieres ayudarme a ordenar nuestras cosas.
—Te equivocas, a mí me encantan tus cosas —dijo Gal con una sonrisa coqueta. Ana dio un paso atrás.
—Ni lo pienses, monstruo. Mejor regresemos a nuestros deberes…
—¡Solo déjame enseñarte lo que quiero enseñarte!
—Ya pues, ¿qué?
Gal apretó los labios para no reír. Puso su expresión más seria y se acercó a Ana.
—Estaba pensando que si me pasa algo cardiaco, tú no sabrías qué hacer.
—¿Ah no?
—No. —Gal agarró la blusa de Ana y se la sacó por la cabeza.
—¿Y por qué me quitas la ropa?
—Para mostrarte mejor… —Gal miró los pechos de Ana cubiertos por un sostén bastante sexy—. Creo que… esto también me estorbará…
—Gal…
—¡Es algo médico, lo juro! —dijo ella abrazando involuntariamente a Ana para alcanzar el broche en su espalda. El brasier de Ana cayó al suelo.
Gal se mordió el labio inferior para no sonreír.
—Creo que solo quieres abusar de mí.
—Nada de eso, doctora. Mira, te mostraré un truco para activar el corazón en caso de una arritmia. Lo primero es… debes localizar el punto exacto… —Gal deslizó dos dedos por el pecho de Ana, como si buscara algo.
—Gal…
—Debes poner la mano en el centro del corazón —continuó ella abriendo su mano sobre el seno izquierdo de Ana—. Y comenzar con un… suave… masaje…
—Gal…
—Y luego… —Dio un paso hacia su esposa y acercó sus labios a su cuello—. Encontrar el… pulso… —Su boca empezó a recorrer el cuello de Ana, dejando suaves besos.
—Esto no… me parece… algo… médico… —susurró Ana sujetando su cabeza. Gal sintió los dedos de Ana enredándose en su cabello.
—Y luego… —Gal pegó su cuerpo al de su esposa—. Hay que… presionar sobre… el corazón…
—Te odio… —susurró Ana jalando su cara hacia la suya para besarla—. En serio te odio.
Gal sonrió contra los labios de su esposa cuando sintió las manos de Ana buscando el cierre de su pantalón.
—Tu cuerpo no parece odiarme…
—Cállate… Solo me… desconcentras… —Ana la jaló con más fuerza y cayeron juntas sobre el colchón.
—No terminé de enseñarte… Debes continuar el masaje, pero con la boca…
—¡Gal!
Gal notó el cuerpo estremecido de Ana cuando atrapó su pecho con los labios. Se entretuvo bastante rato con lo que hacía, mientras Ana se retorcía debajo de ella.
Sus manos exploradoras bajaron hasta encontrar la ropa que Ana aún tenía puesta. Sin perder tiempo, Gal se arrodilló entre las piernas de Ana para quitarle la ropa interior. Los ojos verdes de su esposa la miraron mientras una hermosa sonrisa se dibujó en su boca.
—Y luego… —dijo ella bajándose la ropa para acostarse sobre Ana, que la recibió con un beso—. Debes… presionar con todo… el cuerpo…
—Eres… un monstruo —dijo Ana riendo contra su boca—. Y me encanta que lo seas.
—Te dije que este truco iba a ser útil…
—Deberías enseñarme más. —Ana la agarró fuerte y giró sobre la cama para ponerse arriba.
—Estoy segura… de que también tienes trucos muy buenos, doctora Galindo.
—Oh sí… —dijo Ana mordiendo su oreja—. La cirugía requiere… manos firmes… —Gal suspiró cuando Ana deslizó una mano sobre su piel.
—Que bueno que… eres cirujana.
—¿Una simple cirujana? —Ana mordió su hombro con más fuerza de la normal.
—Una extraordinaria cirujana… —dijo ella buscando la boca de Ana para devorarla. Giró de nuevo sobre la cama pero enseguida se dio cuenta que fue un error. Resbalaron por la orilla hasta el suelo. Ana reía a carcajadas. Gal se paró para ayudar a Ana a ponerse de pie—. ¿Estás bien?
—Muy bien —dijo Ana saltando sobre ella.
Gal la agarró con fuerza. Sintió el cuerpo desnudo de Ana, sus piernas rodeando su cintura y su boca besando la suya con furia. Pateando las cobijas a un lado, Gal logró regresar a la cama, donde cayó entre las piernas de Ana, que empezó a subir despacio por el colchón, jalándola con ella.
—¿Sabes qué quiero? —preguntó Gal con la cabeza aturdida por el deseo.
—¿Mi cuerpo todas las noches?
—Exactamente eso —dijo ella volviendo a besar a su esposa.
—Yo quiero bebés… —dijo de pronto Ana.
Gal se apartó rápido para verle la cara a Ana.
—¿Qué? —Instintivamente bajó la mirada al vientre de su esposa y luego regresó a sus ojos—. ¿Bebés?
Ana asintió despacio y esbozó una sonrisa aunque parecía asustada.
—Nunca hablamos de eso y… no sé… qué piensas… sobre… ¿te gustaría?
—Yo… —Gal parpadeó muchas veces, tratando de pensar con claridad aunque su cuerpo caliente se lo estaba poniendo difícil—. Creí que… ya estabas harta de tus sobrinos.
Ana soltó una risita nerviosa.
—No… O sea, no quiero embarazarme pronto… No creas que… Sé que somos muy jóvenes aún y… pero a futuro… en varios años, a mí… me gustaría… —terminó Ana casi sin aire. Gal vio miedo en sus ojos—. Pero si tú no quieres…
Gal abrió la boca para decir algo pero no sabía qué decir, así que volvió a cerrarla. Parpadeó varias veces mientras algo pasaba por su cabeza.
—¿Y quieres hablar de eso justo ahora?
—No… Perdón… —dijo Ana besándola otra vez, pero Gal notó enseguida que su esposa estaba desconcentrada tanto como ella, así que rompió el beso.
—Necesito… Es que… —Gal se separó de Ana y se acostó a su lado con la mirada en el techo.
—¿Estás enojada?
—No.
El silencio tenso fue evidente ya que por varios segundos ninguna habló.
—No quiero que te enojes. Llevo varios días con esto en la cabeza y… sé que tal vez… debimos hablarlo antes de casarnos, pero… todo fue tan rápido y… Gal…
—Nunca había pensado en tener hijos.
—¿Nunca?
Gal no pudo evitar soltar una risa irónica.
—Ana, yo solo pensaba en sobrevivir. Solo quería acabar mi carrera… dedicarme a la medicina… Y no… Nunca pensé en conocer a alguien ni… en casarme. Mucho menos en…
—¿Hijos?
Gal se frotó la cara y se sentó en el colchón. Ana seguía desnuda a su lado. En su mirada aún había miedo. Gal frunció el ceño.
—¿De verdad los quieres?
Ana apretó los labios y asintió despacio. Gal volvió a bajar sus ojos hasta el vientre de Ana, como si de repente hubiera crecido y tuviera un bebé adentro. Esa imagen le causó un escalofrío.
—Gal, estás muy pálida…
—¿Y si soy una madre terrible? Ana, yo no sé cómo criar a un bebé…
Ana soltó una carcajada y se incorporó a su lado.
—Eres una brillante cardióloga. Eso es más difícil que cambiar un pañal.
—Pero no solo es cambiarle el pañal, es… Ana… Mis padres… Yo no tengo una buena referencia de qué demonios hacer con un hijo.
Ana bajó la mirada y pensó un momento.
—Está bien. Si no quieres, no los tendremos. Yo solo… Ya saqué esto de mi cabeza… Voy a… hacerte terminar…
Ana se arrodilló junto a ella y empezó a besarla.
—Ana…
—¿Quieres ponerte encima o…?
—¡Ana! —Gal sujetó fuerte la cara de Ana para que la mirara.
—No pasa nada, ¿de acuerdo? No quiero que te sientas mal por esto.
—Tú te sientes mal por esto.
—No, no. Estoy bien —dijo Ana sonriendo—. Teníamos que hablarlo. Tal vez elegí un mal momento. Pero todo está bien.
—¿Por qué quieres hijos?
—Gal, ya hay que cerrar el tema.
—Solo responde. ¿Por qué quieres hijos?
—No los quiero.
—Sí los quieres. Acabas de decirlo.
Ana suspiró y dijo:
—Yo… solo quería… formar una gran familia contigo. —Gal sintió una punzada muy dolorosa en su pecho al escuchar aquello y una palabra resonó fuerte en su cabeza—. O sea, yo crecí con varios hermanos y mis padres, y creí… No sé… Me imaginé que sería lindo… tener eso juntas. Además los bebés sí me gustan. Sé que pueden oler muy feo cuando hacen popó pero…
Ana no pudo terminar la frase porque Gal se lanzó a su boca. Cerró los ojos y continuó besando a Ana, que la abrazó y se dejó tumbar sobre el colchón. Gal se acostó sobre su esposa y siguió con los besos mientras deslizaba las manos por el cuerpo de Ana.
—De acuerdo… —dijo Gal.
—¿Qué?
—Tendremos una gran familia. Con muchos… hijos y dos perros.
—¿Perros? Yo no quiero perros —dijo Ana riendo.
—Entonces gatos.
—¡Menos!
—Peces y patos…
—¡Gal, estás loca! ¡Espera! —Ana la detuvo y la miró con seriedad—. ¿Estás hablando en serio?
—¿Sobre los patos? Sí.
—Sobre los hijos… Gal, no quiero que los quieras solo porque yo quiero.
—Los quiero porque yo los quiero.
—Hace cinco minutos dijiste que no.
—Yo no dije que no —dijo ella sonriendo—. Solo… fue raro. Un momento estaba excitada sobre ti y luego mencionaste que querías bebés y me… bloqueé.
—El momento fue malo, lo sé…
—Pero si pienso en ello… —Gal empezó a dar besos suaves en el rostro de Ana—. Y en los perros y los patos… —Ana soltó una carcajada—. Y una casa grande con jardín… Tú… Yo… Niños corriendo… Nuestra familia… Una familia por fin… —La garganta se le cerró un momento—. Eso… sería coherente con lo que las dos queremos.
—Gal… —Ana sonreía con lágrimas en los ojos—. De verdad quiero todo lo coherente contigo.
—Yo también.
*****
Ana soltó un silbido de asombro cuando entró al salón donde sería la boda de Jenn. El lugar estaba siendo decorado como si se tratara de una boda de cuento.
—¿Qué te parece? —le preguntó su amiga acercándose a ella.
—Solo puedo pensar en cuántos ceros tendrá la transferencia para pagar todo esto.
—Muchos. Demasiados ceros. Pero bueno, es la ventaja de ser la única niña entre dos hermanos varones. Y tus padres tampoco iban a permitir que un Galindo se casara como…
—¿... Lo hice yo? —terminó Ana.
—Lo tuyo fue una acción extraordinaria, Ana. Era casarte deprisa o ver a tu chica destrozada por tu familia.
Ana asintió mientras seguía viendo la decoración.
—Pues… parece que mi familia se ha calmado.
—Tu padre no.
Ana suspiró y clavó su mirada en Jenn.
—Lo extraño. O sea, sé que era un ogro a veces… Pero conmigo… No sé, siempre me consintió. Y ahora es raro saber que no quiere verme.
—Claro que quiere verte. Pero sin Gal y en una relación con alguna chica que él te elija. ¿Qué opinas? —le preguntó Jenn mostrando dos manteles de colores casi idénticos. Ana señaló el de la derecha y Jenn asintió complacida.
—¿Por qué están decorando ahora si tu boda es el sábado?
—Porque quiero que el castillo de Disney se vea como una pocilga comparado con esto.
—En ese caso me sorprende que no hayan empezado a decorar hace un mes —bromeó Ana y Jenn le sacó la lengua.
—¿Entonces este será el primer sitio donde verás a tu papá después de tu boda?
—Sí.
—¿Quieres que traiga refuerzos? Puedo solicitar que el ejército venga a cuidarte.
Fue el turno de Ana de sacarle la lengua a Jenn.
—Él no hará nada frente a las personas que estarán aquí. Tiene que cuidar las apariencias.
—¿Y si hablas con él?
—¿Estás loca? No pienso estar cerca de él por un largo tiempo.
—Eso suena a lo que diría un cobarde.
Ana negó con la cabeza.
—Jenn, mi papá está herido en lo que más le duele: su orgullo. ¿Qué crees que me dirá si me presento en su casa? Me echará a patadas. Y sinceramente, no tengo nada que decirle.
—¿Nada?
—Nada que él quiera escuchar. No pienso dejar a Gal y no pienso regresar a su casa. Fuera de esas dos cosas, mi papá no querrá escuchar nada.
—En eso tienes razón. Sé que está furioso con Santiago por ayudarte con tu boda en lugar de fastidiarla.
—Eso fue raro. Mi hermano nunca había admitido ser un estúpido, auqnue lo es.
—Ese milagro debes agradecérselo a santa Jennifer, virgen y mártir.
—¿Virgen? Por favor. Sé exactamente cuándo fue, dónde fue, con quien fue y en qué posición fue. ¡¿Por qué me contaste eso?!
—Porque eres mi mejor amiga, dah —le dijo Jenn sin una pizca de vergüenza—. ¿Crees que la champaña se verá bien aquí?
—Por supuesto que no.
—¡Eso mismo le dije a Santiago cuando sugirió servirla aquí! Debería casarme contigo.
—Deja de decir esas cosas, me asustan.
—No veo por qué. Son comentarios perfectamente normales entre dos mejores amigas.
—Claro que no.
—Como sea. Si Santiago se portó bien contigo fue porque le dije que cancelaría todo esto si no te pedía disculpas y enmendaba lo que hizo con Gal.
—Pfff. ¿Y lo hubieras cancelado todo?
—Por supuesto que sí. Ana… Nuestras familias son monstruosas cuando se lo proponen. Y yo no quiero continuar con eso. No quiero casarme con una versión joven de tu padre. Quiero que Santiago sea honorable.
—Creo que mi hermano… siente terror cuando mi padre le pide algo.
—Es el gran poder de Leopoldo Galindo: manipular a sus hijos. Menos a ti.
—No tenía mucho que manipular en realidad. Siempre quise seguir sus pasos y creo que por eso era su favorita. No tenía que esforzarse para tenerme dentro del carril.
—Hasta que te enamoraste de Gal.
Ana sonrió al escuchar eso.
—Ella es fabulosa. Ojalá pudiera tenerlos a ambos en mi vida.
Jenn soltó una carcajada.
—Eso, amiga mía, sería un milagro que sólo un santo muy poderoso podría conseguir.
*****
Gal se había jurado a sí misma no volver a mentirle a Ana, pero había fallado. Cuando Ana terminó su guardia, le había dicho que ella aún tenía asuntos de su investigación y no podrían ir a casa juntas. Pero en realidad Gal había salido del hospital para ir a un lugar.
Agradeció a la chica del servicio cuando la llevó hasta el salón mientras iba a avisar de su presencia. Gal fue invitada a tomar asiento pero no pudo hacerlo. En su lugar empezó a dar vueltas, tratando de ordenar las palabras que quería decir. Intentando pensar en todos los probables desenlaces. Lo peor que podía pasar ya lo sabía. Lo estaba viviendo en ese momento. Pero si conseguía lo contrario, Ana sería muy feliz.
Unos pasos se hicieron más fuertes y Gal dirigió la vista hacia la puerta, donde no pasó mucho tiempo para que Leopoldo Galindo apareciera. Su suegro la miró y Gal notó asombro en sus ojos, e inmediatamente después, rabia.
—Vaya falta de vergüenza la tuya —le dijo su suegro.
—Doctor, no vengo a pelear con usted.
—¿Y a qué vienes?
Hechos. Gal pensó que solo debía aferrarse a los hechos.
—Vengo a ofrecerle una disculpa. No estuvo bien lo que hice. Fue totalmente inadecuado e innecesario. Debí decirles la verdad a todos. Especialmente a Ana, cuando la conocí.
Leopoldo Galindo asintió despacio y se acercó a ella.
—Aún no entiendo tu juego, Gal.
—¿Mi juego?
—¿Qué es lo que quieres exactamente? ¿Dinero? ¿El prestigio de los Galindo?
—No quiero nada de eso, doctor. Solo quiero a Ana.
Leopoldo soltó una risa amarga y negó con la cabeza.
—Eso ya lo conseguiste, ¿no? Ya arrastraste a mi hija al fango contigo.
Gal frunció el ceño.
—No hay fango, doctor. Tengo una carrera sólida y a Ana nunca le faltará nada a mi lado. Además, ella es una de las mejores cirujanas de Castilnovo y no dudo que cuando acabe la especialidad será la mejor de todos.
—Ya dime qué quieres y luego lárgate.
—Quiero que me perdone y que Ana y usted vuelvan a hablar.
Leopoldo la miró con burla.
—Solo le hablaré a Ana el día en que se divorcie de ti.
—¿Por qué me odia tanto? No le robé nada. Su rabia no tiene sentido.
—¡¿Te parece poco lo que hiciste?! Entraste a esta casa con mentiras, trajiste a personas extrañas, hablaste de una familia que no tienes, embaucaste a mi hija para que se casara contigo y…
—¡No entré aquí con mentiras! ¿Acaso ya olvidó nuestro primer encuentro? Me presenté como lo que era: la novia de su hija. Una doctora que trabajaba con ella. Y luego salió el tema de mis padres y le conté lo que hacían. Ellos eran exploradores. Ellos trabajaban en la Fosa. No mentí.
—¡¿Y esas personas que trajiste aquí, qué?!
Gal bajó la mirada un momento.
—Eso fue un error y es por lo que le pido perdón. —Regresó la vista hacia su suegro—. No fue por hacerles daño, yo solo… Ana… Ella es… perfecta. Es maravillosa y… no quería perderla.
—Mi hija merecía a alguien mejor que tú. ¡Ella pudo ser de la realeza!
—¡Eso no iba a pasar nunca, doctor! ¡Deje de creerse esa historia!
—¡Pues si no de la realeza al menos merecía a…!
—¡¿A quién?! ¡¿A alguien que la amara con locura?! ¡Eso hago yo! ¡La amo con locura! ¡Por eso me esfuerzo cada día! ¡Por eso estudio y trabajo más que nadie! ¡Por Ana! ¡Yo no quiero ser solo la chica huérfana que se casó con Ana Galindo!
—¡Eso es lo que eres!
—¡¿Y me culpa por perder a mis padres?! ¡Ningún huérfano quiere serlo, doctor! ¡Mis padres salieron a trabajar y nunca volvieron! ¡Tuve que esforzarme más que cualquiera en el mundo para salir adelante! ¡Tuve que convencerme cada día de seguir respirando! ¡Usted cree que yo soy indigna de su hija pero mire alrededor y verá que no hay nadie que la merezca más que yo! ¡Nacer en una cuna noble cualquiera puede hacerlo, pero construir una fortuna y una reputación de la nada, ¿quien puede, doctor?! ¡Solo alguien como yo que ha comido mierda para llegar hasta donde está!
Leopoldo Galindo parpadeó varias veces con el ceño fruncido. Gal aún podía escuchar el retumbar de su propia voz.
—Tus palabras no van a conmoverme.
—No quiero conmoverlo, quiero que vea lo que está perdiendo.
—¿Y qué estoy perdiendo?
—A su hija. El tiempo seguirá pasando y todos esos días no podrá recuperarlos. —Gal se acercó a Leopoldo—. Además, Ana y yo queremos hijos. ¿Se imagina a los hijos de su hija? ¿En serio renunciará a estar con Ana y a conocer a sus nietos solo por estar enojado conmigo? Eso es ilógico, doctor.
La cara de Leopoldo estaba muy roja.
—Ana no llegará a tanto contigo…
—Claro que lo hará. Ana terminará su especialidad, tendrá una gran carrera, construiremos una familia juntas. Y… sinceramente quiero que ella comparta todo eso con ustedes.
—¿Ana te pidió que vinieras a decirme esto?
A Gal se le escapó una risita.
—Ana va a patearme si se entera que vine.
Leopoldo se quedó callado varios segundos y asintió despacio antes de decir:
—¿Sabes desde hace cuantos siglos mi familia ha formado parte de la historia de Castilnovo? Todo gracias a que los Galindo tenemos un linaje intachable. No perdonaré lo que Ana y tú hicieron. Tú nos mentiste. Y ella ha manchado el honor de los Galindo con esa boda inapropiada.
—¿O sea que prefiere olvidarse de su hija en lugar de perdonarla?
—¡Es que tú no entiendes!
—¡Usted es el que no entiende! ¡La nobleza ya no se mide con el apellido, doctor! ¡Ese Castilnovo dejó de existir cuando las San Román hicieron pedazos el Palacio de Gobierno! ¡Hoy le pido perdón por haberlos engañado! ¡Pero solo por eso me disculparé, ese es mi gran delito! ¡No pienso disculparme por ser plebeya ni por ser huérfana y mucho menos me disculparé por casarme con su hija! ¡Si usted no puede perdonarme, entonces luego no se queje por todo lo que se perderá de la vida de Ana!
—¡Pues me la perderé ¿oíste?! ¡No me interesan los grandes planes que tengan juntas! ¡Tú te burlaste de nosotros! ¡Pudiste decir la verdad pero te callaste!
Gal frunció el ceño al darse cuenta de algo.
—Intenté decirle la verdad a usted, doctor. No quería seguir mintiendo.
Leopoldo parpadeó varias veces y luego dijo:
—No quiero que pienses que has ganado, Gal. Tal vez crees que el Pacto de Linaje te proteje pero no debes bajar la guardia. Encontraré la forma de hacer que Ana regrese.
Gal suspiró antes de decir:
—Hay una forma doctor, pero usted es demasiado necio para aceptarla.
Parecía que Leopoldo Galindo iba a decir algo más pero Gal salió de ahí sin importarle si dejaba a su suegro con la palabra en la boca.
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… Continuará….
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