⚡Cap 29 | El Pulso del Corazón

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Cada semana un cap. nuevo.

Un poco tarde pero llegó.


EL PULSO DEL CORAZÓN


Capítulo 29


Gal esperó pacientemente a que Willy dejara de balbucear. Le había contado el motivo de su pelea con Ana y el porqué del odio de su familia. El apuesto doctor parpadeó varias veces antes de decir:
 —¿Eran… actores?
 —Sí —dijo ella mirando la impresora al frente en espera de los resultados.
 —¿Y tus… padres… los reales… están muertos?
 —Sí. —Su mirada seguía clavada en la impresora.
 —Por Dios, Gal. Estás loca...
 Ella suspiró.
 —Lo sé.
 De la impresora empezaron a salir varias hojas.
 —Eso es bueno. Digo, parecías un robot sin alma. Pero ahora… —Su amigo soltó una carcajada—. Estás tan loca como todos nosotros.
 —¿Y no… no estás enojado conmigo?
 Willy se encogió de hombros.
 —No. Creo que ya has tenido suficiente. —El doctor revisó los resultados de las hojas y prosiguió—: Bien, ni Ana ni tú tienen ninguna enfermedad que ponga en riesgo a la humanidad.
 Su amigo le entregó las hojas con las pruebas prenupciales para que también las revisara.
 —Genial. Esto es lo único que nos hacía falta.
 —Entonces vámonos que aún tenemos una parada por hacer —dijo su amigo comprobando la hora en su reloj—. Tu boda es en tres horas.
 —¿Qué parada nos falta? —preguntó ella soportando los empujones de Willy para que se diera prisa.
 —Iremos por ropa.
 —¿Ropa?
 —Sí. ¿O piensas casarte desnuda? Eso es para la noche de bodas, Gal.
 —Ya tengo ropa.
 —Me imagino que te refieres a uno de tus pantalones de vagabunda, ¿verdad?
 —Eh…
 —¡Gal, no me avergüences en tu boda! ¿Recuerdas con quién vas a casarte? ¿Crees que Ana Galindo se casará usando ropa de pordiosera?
 —¡Pero no tengo tiempo para ir de compras!
 —Claro que sí. Ana y los demás ya se ocuparon de ir al registro civil, ya tienes todos los papeles que necesitas.
 —Pero…
 —¡Pero nada!
 Willy la arrastró a su nueva oficina, recogió todas sus cosas y le lanzó la mochila a la cara.
 —Debo llamarle a Ana…
 —No, no. Nada de eso. Será una sorpresa. Seguro ella piensa que llegarás a la boda con una de tus sudaderas de pokemón o algo así.
 —Yo no tengo sudaderas de pokemón…
 —¡Pues de lo que sea, Gal!
 —Es que… —Willy la jalaba tan rápido que ya habían llegado al estacionamiento—. ¡Espera!
 —¿Qué? —preguntó su amigo antes de subir a su auto.
 —Es que… —Gal bajó la mirada—. Aún no he cobrado y… ahm… no tengo…
 —¿Y cuál crees que es la labor del padrino?
 —No lo sé…
 —Asegurarse de que tú no hagas el ridículo, obviamente. Mueve el trasero, Gal.
 Gal esbozó una sonrisa y subió al coche. Willy empezó a hacer una exposición detallada de porque las malas fachas de ella lo hacían ver mal a él. Pero Gal no le prestaba atención. Ella solo pensaba en que había sido una tonta por creer que estaba sola en la vida. Ese sujeto, aunque algo disfuncional, siempre había estado a su lado. Desde el primer día de la universidad en que se había sentado junto a ella y había empezado a hablar sin parar. Giró el rostro hacia su amigo y susurró:
 —Gracias…
 —¿Qué? —preguntó Willy que parecía bastante distraído girando el volante.
 —Gracias.
 Su amigo la miró por un instante y levantó una ceja.
 —Eres una tonta, Gal.
 —Sí… Lo sé.
 —Entonces… ¿Lana o lino?
 —Willy, no tengo idea de que hablas.
 Su amigo negó con la cabeza.
 —Yo me encargo.
 Menos de veinte minutos después entraron a un lugar que Gal obviamente no conocía. Su amigo dio dos aplausos en cuanto entró y empezó a pedir ropas como si tuviera una lista frente a él.
 —¿Cómo sabes todas esas cosas? —preguntó ella levantando los brazos cuando una de las chicas empezó a medirle los hombros.
 —¿Por qué crees que soy un imán de mujeres? Sé vestirme.
 —No eres un imán de mujeres.
 —Pero sé vestirme. —Willy giró el rostro y localizó al encargado—. Mauricio, en menos de tres horas mi mejor amiga se casará y no puedo llevarla a su boda usando esos trapos. Debe verse elegante, que se note que es una gran cardióloga. Su novia es de la alta aristocracia de Castilnovo, así que necesitamos hacer que brille, ¿entiendes?
 —¿Tienes algo en mente? —preguntó Mauricio. Willy sacó su celular y le enseñó la pantalla.
 —Algo así.
 Mauricio miró el celular y a Gal. Luego al celular de nuevo. Y a Gal.
 —¡Greta, Antonela, Itatí, corran es una emergencia! —gritó el encargado.
 —¡¿Qué hacen?! —protestó Gal cuando la empujaron a un vestidor y las tres chicas empezaron a quitarle la ropa—. ¡Oigan!
 —Tranquila, Gal. Solo déjalas hacer su trabajo —le dijo Willy al otro lado del vestidor. Gal se sintió muy apenada por estar semidesnuda frente a extrañas. Entonces su teléfono empezó a sonar dentro de su mochila—. Es Ana…
 —Pásamela…
 —Por supuesto que no —dijo su amigo—. Hola, Ana… Sí, ya tenemos los análisis prenupciales… ¿Con Jenn? Okey… Sí, estamos en un asunto…
 —¡Ana! —gritó ella, dándole luego un manotazo a una de las chicas que le bajó los pantalones. Ignoró el calor que cubrió su rostro cuando una de las chicas le lanzó un guiño coqueto.
 —Gal está bien… Te veremos en el registro civil… No te preocupes…
 —¡Ayuda! —gritó ella para que su novia la escuchara.
 —Deja de moverte —se quejó una de las chicas que intentaba ponerle una camisa.
 —Vinimos a buscar algo… —seguía diciendo Willy, que luego soltó una carcajada—. Déjala en mis manos… Si, bye.
 —¡Ana!
 —Ya colgó —dijo su amigo.
 —¿Qué te dijo?
 —Que ya todo estaba en orden en el registro, A la hora acordada, baby. Así que… tienes dos horas para quedar fabulosa. Ana te verá ahí. Se preparará en casa de Jenn.
 —Listo... —Gal fue empujada al exterior del vestidor.
 —¡Las corbatas! —gritó el encargado haciendo que Gal saltara del susto. Las tres chicas llegaron con varias corbatas cada una—. No, no, no… esta es.
 —Se ve bien… —dijo Willy mirando sobre el hombro de Mauricio—. Necesitamos un buen cinturón.
 —¡Cinturones!
 Las tres chicas tardaron menos de dos segundos en hacer aparecer varios cinturones. Gal se sentía como un lienzo y Mauricio parecía Picasso, con el ceño fruncido tirando pinceladas de color sobre ella.
 —Y por favor traigan zapatos… —dijo Willy.
 —¿Qué tienen de malo los mios? —preguntó Gal viendo sus tenis blancos.
 —Fingiré que no dijiste eso… —comentó Willy que luego gritó—: ¡Traigan unos oxford negros de piel lisa!
 Las tres chicas corrieron al área de zapatos.
 —¿Te casarás con alguien de sangre azul? —le preguntó Mauricio a Gal mientras terminaba de ajustar el chaleco.
 —En realidad ella no es de la realeza —aclaró Gal.
 —Como si lo fuera —dijo Willy—. Se casará con una Galindo.
 Mauricio silbó.
 —Vaya, vaya… Qué suerte, chica —le dijo el encargado dándole una palmadita en la mejilla—. Hace años fui amante de un tipo aristócrata también. Pero en esos tiempos... —Mauricio suspiró—. Todo era a escondidas. Aunque nos amábamos, lo nuestro no podía ser. Que suerte que las cosas son más fáciles ahora para gente como nosotros.
 —¡Aquí están! —Los zapatos habían llegado. Mauricio le quitó sus cómodos tenis blancos y le colocó los zapatos nuevos.
 Willy la miraba analíticamente.
 —Me gusta… —dijo su amigo—. Ana se desmayará al verte. ¿Ves lo que sucede cuando usas ropa decente? —Su amigo la hizo girar hacia el espejo.
 Gal se quedó con la boca abierta. ¿En serio era ella? Dio un par de pasos hacia el espejo para verse mejor.
 —Necesitaremos hacer algo con tu cabello —murmuró Mauricio a su lado—. ¡Chicas! —gritó el hombre doblando las mangas de su camisa—. El trabajo aún no termina.

Gal no podía creer lo que estaba pasando. Habían llegado al departamento de su amigo para que Willy se cambiara de ropa. Ella lo esperaba en la pequeña sala donde no podía parar de dar vueltas.
 —Me casaré con Ana. Me casaré con ella —decía una y otra vez sintiendo las manos frías y un cosquilleo en todo el cuerpo.
 Sonrió frente a una ventana, donde podía verse el reflejo de una persona feliz. Eso la hizo sonreír más. Nunca se había considerado una persona feliz. Nunca había tenido tantos motivos para considerarse una. Pero en ese momento pensó que tal vez la vida primero debía darle puñetazos muy fuertes antes de dejarla sentir todo lo que sentía en ese momento. Tal vez cada persona del mundo tenía derecho a una dosis medida de felicidad, que debía compensarse con una dosis igual de sufrimiento. Y a ella le había tocado todo el sufrimiento junto antes de que se le permitiera ser feliz.
 Eso pensaba Gal mentiras seguía dando vueltas. Mientras trataba de contener su ganas de ponerse a bailar. Recordó todas las veces que había visto a Ana caminando por la universidad. En ese entonces, Ana representaba un sueño inalcanzable. Un ideal. Una mujer que jamás podría estar con alguien como ella. Ana era un imán de personas. Era una sonrisa tras otra. Era extrovertida, magnética. Mientras que ella era gris. Era alguien que no se sentía cómoda rodeada de gente. Alguien que apenas podía entablar una conversación con otro humano.  En ese entonces, Ana era todo lo que ella creía inalcanzable… pero en media hora se casaría con esa mujer. Un nuevo escalofrío recorrió su cuerpo y por primera vez en su vida, Gal agradeció haber nacido.

*****

Ana parpadeó varias veces después de que Jenn terminara de pintar sus pestañas.
 —Te ves fabulosa —le dijo su amiga.
 —¿Crees que es necesario todo esto? —le preguntó a su amiga viendo el vestido sobre la cama.
 —¿Acaso piensas casarte muchas veces más en tu vida? ¡Es tu boda, Ana!
 —Ya tenía un lindo vestido en mi maleta…
 —¿Lindo? Hoy no debes verte linda, Ana. Debes verte espectacular. Gal debe sufrir un infarto cuando te vea.
 —Es que… No hablé de esto con ella y…
 —¿Qué?
 —Sabes que Gal no usa este tipo de ropas…
 —¿Y eso qué?
 —Tal vez se sienta incómoda si llego elegante y… —Ana se detuvo cuando Jenn soltó una carcajada.
 —¿Incómoda? Gal se sentirá excitada al verte. Te aseguro que no aguantará a llegar al hotel para quitarte la ropa. Ahora cállate y aprieta los labios.
 Ana quiso protestar, pero antes de que pudiera hacerlo, Jenn ya se los estaba pintando.
 —Ya estoy listo… —Santiago había entrado a la habitación—. Wow…
 —¿Ves? Te lo dije —susurró Jenn. Santiago se inclinó un poco para verle la cara.
 —Te ves hermosísima, hermanita.
 —Gra…
 —No te muevas —la regañó Jenn.
 —Debemos darnos prisa —dijo Santiago viendo su reloj—. Ya tengo todo listo en el auto y… Ana… Después de la boda Jenn y yo hemos reservado en un restaurante para celebrar.
 —¿En serio?
 —Seguramente no habías pensado en eso, ¿cierto? Pero creo que mi hermana merece aunque sea un brindis por su boda.
 Ana sonrió ante las palabras de Santiago aunque no pudo decir mucho porque Jenn seguía poniéndole mil cosas en la cara.
 —Listo. Ahora vete, Santiago. La novia va a ponerse su vestido.
 Cuando su hermano se fue, Jenn la ayudó a ponerse el vestido y los tacones. Fue en el momento en que se miró al espejo que entendió realmente lo que estaba pasando: iba a casarse. ¡Iba a casarse con Gal!
 Sintió sus ojos humedecerse un poco por una repentina emoción. Con toda la prisa del momento, no se había detenido a pensar lo que ese día realmente significaba.
 —Pasaré el resto de mi vida con Gal —susurró al espejo y una hermosa sonrisa apareció en su rostro. Giró a ver a su amiga—. Jenn, ¡voy a casarme con Gal!
 —Ya era hora de que te dieras cuenta. Bien, puedes llorar un poquito nada más. Pasé cuarenta minutos logrando ese delineado en tus ojos.
 Ana soltó una risa mientras se limpiaba las lágrimas con cuidado. Volvió a mirarse al espejo. Descubrió una mirada brillante y una sonrisa muy grande. Se tocó sobre el corazón para tratar de calmarlo. Durante todos esos días de preocupación por Gal y de intentar evitar que su familia la dañara más, había mantenido la guardia arriba. Sin embargo, en ese momento ya no existía nada más afuera. Solo ella con el enorme amor que sentía por Gal, lista para ir a su boda.
 Jenn le dio la mano para ayudarla a salir del departamento. Santiago la escoltó hacia el asiento delantero del coche donde Ana intentó no aplastar demasiado su vestido. Sonrió al sentir sus nervios aumentando cada vez más mientras las calles pasaban veloces.
 —Vamos con tiempo —le dijo su hermano junto a ella manejando con cuidado.
 —Por cierto, amiga. Ten. —Jenn le pasó una caja blanca.
 —¿Qué es? —Ana la abrió. Dentro había un hermoso ramo de novia—. ¿Dónde lo conseguiste?
 —Lo compré mientras te probabas los vestidos hace rato. Feliz… boda.
 Ana volvió a reír.
 —Eres la mejor dama de honor del universo.
 —Lo sé —dijo Jenn encantada.
 —Hermanita, ¿estás lista? —le preguntó Santiago. Ana levantó la vista y vio el edificio frente a ellos. Un nuevo escalofrío recorrió su columna vertebral. Sonrió mientras se abrazaba a sí misma.
 —¡Voy a casarme! —gritó sin poder evitarlo.
 Apenas el auto se detuvo, Jenn bajó de él para ayudarla a salir. Ana caminó del brazo de su amiga hasta el interior del edificio. No podía dejar de sonreír. A lo lejos vio a Willy hablando por teléfono… pero no vio a Gal. Solo había una persona más, de espaldas, inclinada hacia el oficial del registro civil. Ana volvió a pasar la vista por el lugar y la sonrisa se borró de su rostro. ¿Dónde estaba Gal?  Se acercó  más para hablar con su amigo, al que vio caminando hacia la persona que estaba de espaldas.
 Entonces esa persona giró hacia ella y Ana se detuvo de golpe. Sintió la mano de Jenn sujetarla con más fuerza cuando ella se tambaleó un poco. Su sonrisa regresó a su rostro y sus ojos volvieron a humedecerse. Algo dentro de ella retumbaba muy fuerte. Era como tener un gran tambor en el pecho. Observó el rostro de Gal, quien parpadeaba muy rápido. Notó como su novia recorrió su cuerpo con la mirada y como la expresión de asombro fue sustituida por una sonrisa que ella nunca había visto en Gal.
 Soltó la mano de Jenn y empezó a caminar hacia Gal, que también se acercaba muy rápido a ella. Sin decir nada, tomó el rostro de Gal entre sus manos y la besó. Ana se sintió como gelatina, como si en cualquier momento fuera a caer desmayada. Pero las manos de Gal la sujetaban fuerte de la cintura mientras continuaba besándola. El tambor en su pecho sonaba más fuerte que nunca y sintió un par de lágrimas cayendo por sus mejillas.


 —Te ves… —empezó a decir Gal pero su voz se quebró.
 —Tú también… —dijo ella riendo nerviosamente.
 —Y tú qué querías traer tu ropa de pokemón. —Ambas rieron al escuchar el comentario de Willy.
 Ana se sintió la mujer más afortunada del universo cuando notó la forma en que Gal la miraba. Soltó una carcajada más antes de volver a besar a Gal. ¿Cómo era posible ser tan feliz?
 —Tú eres mi hogar, Ana —susurró Gal contra sus labios.
 —Y en unos minutos seré tu esposa —dijo ella recibiendo otro beso—. Estaré contigo por siempre.
 —Eso espero —dijo Gal riendo.
 —Ya, ya... Vamos a que... se casen —dijo Santiago.
 —¿Estás llorando? —Se escuchó la voz gangosa de Jenn.
 —Tú estás llorando —respondió Santiago limpiándose las mejillas.
 Ana sintió la mano firme de Gal sujetando la suya para guiarla hasta donde el oficial las esperaba. El hombre empezó a hablar, pero Ana no podía prestar demasiada atención. Solo volteaba a ver a Gal, que también tenía la mirada en ella.  Le encantaba la ropa que Gal tenía puesta. Y notó que se había cortado un poco más el cabello, como lo tenía en la universidad, cuando ella la había conocido. Recorrió el rostro de Gal y quiso que eso acabara pronto. Quería besarla ya, quería desnudarla y que Gal la desnudara. Sintió mucho calor en sus mejillas y aún más cuando Gal la miró a los ojos. Estaba segura que su novia le había leído la mente por la sonrisa traviesa que Gal le dirigió. Entonces sintió un apretón en su mano y soltó una risita, pues también estaba segura de que Gal ya quería quitarle el vestido.
 —Ay, no… —Escuchó detrás de ella.
 —¿Qué hacen aquí? —dijo Jenn.
 Ana giró el rostro hacia donde Santiago y Jenn miraban y el alma se le fue a los pies: sus padres caminaban rápido hacia ella.
 —¡Firma rápido! —gritó su hermano corriendo hacia sus papás, pero entonces Santiago dio la vuelta y se arrojó sobre el acta de matrimonio—. ¡¿Donde firmo?! —le gritó al oficial.
 —¿Qué?
 —¡Soy testigo, ¿donde firmo?!
 —Aquí…
 —¡Jenn, Willy, firmen! —gritó Santiago dejando el bolígrafo sobre la mesa y corriendo hacia sus padres para detenerlos.
 —¡Ana, espera! —gritó Leopoldo Galindo mientras caminaba a paso veloz.
 —¡Cásense, ya! —gritó Jenn corriendo hacia sus suegros después de firmar también.
 El corazón de Ana saltaba desbocado. Su hermano y Jenn intentaron cerrarle el paso a sus padres.
 —¡Ana, te lo prohíbo! —gritó su papá.
 —¡Gal, toma! —dijo Willy pasándole el bolígrafo a Gal.
 Su novia se inclinó sobre el acta y dejó su firma en ella.
 —¡No! —gritó Leopoldo.
 —¡Ana, firma!—gritó su hermano. Ana lo vio tirado en el suelo. Su papá lo había empujado y corría hacia ella para detenerla.
 Fue como si el tiempo redujera su velocidad.
 Ana miró una última vez a su padre, respiró hondo y se acercó a Gal. Con delicadeza tomó el bolígrafo de sus manos y se inclinó sobre el acta. Sin pensarlo, deslizó la punta sobre la hoja, dejando su elegante firma en el papel.
 Cuando se incorporó giró hacia Gal para besarla, al mismo tiempo que el sello caía sobre el acta de matrimonio.
 —Listo, señoritas —dijo el oficial—. Legalmente están unidas en matrimonio.
 Ana tomó el acta que el oficial le entregó y la observó un segundo. Estaba hecho. Gal ya era su esposa. Miró una vez más a Gal  y luego volteó hacia su padre. Levantó el acta para que el hombre pudiera verla.
 —Llegas tarde, padre. Ya es una Galindo.

… Continuará…

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