⚡Cap 28 | El Pulso del Corazón

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Cada semana un cap. nuevo.

Tarde pero llegó.


EL PULSO DEL CORAZÓN


Capítulo 28

Ana lanzó las maletas sobre su cama y las abrió. De cajón en cajón fue sacando sus pertenencias para acomodarlas ahí dentro. 

 Después de besar a Gal un millón de veces para consolarla, la había llevado a la iglesia del pueblo para que recogiera sus cosas y ahí pasaría luego por ella. Se sentía muy mal por lo que había pasado, por lo que había descubierto. En ese momento entendía perfectamente por qué Gal era como era. Porque le costaba tanto confiar, hablar y conectarse con otras personas.
 Revisó una carpeta con sus documentos personales para asegurarse de tener todo en orden y también los empacó.
 —¿Qué haces? —le preguntó su madre, que acababa de entrar.
 —¿Qué te parece que hago? —respondió calmada cerrando una maleta que ya había llenado.
 —Tu padre dijo que discutiste con él en el club.
 —Sí.
 —¿Y esto es parte de tu berrinche?
 —No es ningún berrinche, madre. —Ana descolgó las ropas de su closet y empezó a doblarlas.
 —¿Entonces qué es?
 —Me hago cargo de mi vida.
 —¿Ah sí? —Ella no respondió—. ¿Encontraste a Gal? —Silencio—. ¡Ana!
 —Sí, mamá. Encontré a Gal.
 —¿Y te irás con ella?
 —Sí, me iré con ella.
 —¡¿Qué demonios estás diciendo?! —gritó su padre entrando también a la habitación.
 —Me voy de la casa —dijo ella sin levantar la voz y sin dejar de empacar.
 —¿Con Gal? —Leopoldo la jaló para que lo mirara a los ojos—. ¿No te das cuenta que cometerás un error? ¿Qué futuro te espera con esa chica?
 —Un futuro hermoso, padre. Ella es maravillosa y me ama tanto como yo a ella.
 —¡Está desempleada! ¡Y muy pronto será expulsada de Castilnovo! ¡¿Te marcharás de aquí con ella?!
 Ana sintió unas tremendas ganas de lanzarle una bofetada a su padre, pero se contuvo.
 —Gal fue reinstalada como la directora de investigación en el hospital.
 —¡Pero…!
 —Y tu vergonzosa solicitud de destierro no fue aprobada, padre.
 —¡¿Qué hiciste?!
 —Ah no —dijo Ana riendo—. Yo no fui.
 —¿Entonces quién?
 —Las San Román. —Ana disfrutó mucho la cara que puso su padre—.  Cristina fue la que me contó sobre tu infame solicitud. ¿Sabes por qué?
 —No…
 —Porque Alejandra y ella están en deuda con Gal.
 —¿En deuda?
 —Oh sí. Y sabes como son con esas cosas. Ellas rescataron a Gal de la calle y ordenaron su inmediata incorporación al hospital. No sabes la vergüenza que sentí al enterarme que habías sido tú el responsable de todo eso.
 —¡Ella nos engañó a todos!
 —¿Y por eso merecía su vida arruinada? Te lo dije en el club, papá, y te lo repito aquí: si vuelvas a molestar a Gal nunca más volveré a hablarte.
 —Si de amenazas se tratan, Ana… Si te vas con esa chica olvídate para siempre de nuestro apoyo económico. Serás retirada del fondo de inversión de la familia y ya no recibirás ni un centavo de los Galindo.
 Ana sonrió mientras sacaba su cartera de su chamarra. Encontró sus tarjetas  y las arrojó a los pies de su padre.
 —Quédate con ellas —dijo agarrando sus maletas.
 —Ana, intenta ser razonable —intervino su madre—. Tu papá tiene razón, no puedes estar con una persona como Gal. Puede ser tan maravillosa como dices, pero no es apta para ti. No puedes mudarte con esa chica huérfana. ¿Sabes lo que dirán las personas?
 —No me interesa lo que digan.
 —¡Pues debería! —reclamó su padre—. Por siglos los Galindo hemos ocupado un lugar de honor en Castilnovo y no vas a arruinarlo, Ana. Si te empeñas en hacerlo… entonces tendré que ser más duro con Gal. ¿O en serio crees que el apellido de tu noviecita pesará más que el mío? —preguntó su padre con tono burlón.
 Ana observó a sus padres por varios segundos mientras pensaba.
 —Bien… Gal ya no será mi noviecita.
 —Esa es una excelente decisión —dijo su madre.
 —Yo también lo creo… —dijo ella caminando hacia la salida.
 —¿A dónde vas?
 —A decirle Gal que ya no puedo ser su novia.
 —¿Pero por qué llevas tus maletas? —preguntó su padre bajando por las escaleras detrás de ella.
 Ana llegó hasta la puerta principal y giró hacia sus padres.
 —Si me quedo con ella, ustedes no dejarán de usar sus influencias para molestarla… Y no quiero dejar la seguridad de Gal en manos de alguien más poderoso que ustedes. Yo debo hacerme cargo.
 —¿De qué hablas?
 —Será una Galindo. Me casaré con ella.
 Ana giró sobre sus talones y salió de la casa, dejando atrás los gritos de sus padres.
 —¡Te lo prohibo, ¿oíste?! ¡No puedes casarte con esa chica! —Leopoldo tenía la cara muy roja y sacaba humo por cada agujero de su cuerpo.
 —¡Ana, te estamos hablando! —Su madre la jaló para evitar que siguiera subiendo sus maletas a la cajuela de su auto—. ¿Por qué haces esto?
 Ana suspiró.
 —¿Tú por qué crees?
 —Para matarme de un infarto —intervino su padre.
 —No, papá. Nada de esto es por ti. Estoy enamorada de Gal. Yo sé que ella cometió un error pero yo también lo hice. Pero… a ustedes no les importa que yo la ame. Solo les importan las apariencias y la reputación de la familia.
 —¡Es lo más valioso que tenemos, nuestra reputación!
 —¿Y crees que con lo que hiciste no la manchaste, padre? Tu amada Alejandra ya sabe perfectamente de lo que eres capaz. Y Cristina estaba asqueada por lo que hiciste. ¿Crees que ellas no se lo contarán a don Guillermo? Me alegra saber que las personas a las que tanto quieres agradar fueron las que se opusieron a tu absurda venganza contra Gal.
 —Yo solo lo hice para protegerte.
 —No. Lo hiciste porque en el fondo siempre has visto a tus hijos como piezas de ajedrez que puedes usar para hacer alianzas con otras familias como la nuestra. Eso hiciste con mis hermanos y eso pretendes hacer conmigo.
 Su padre negó con la cabeza.
 —No podrás soportarlo, Ana. Estás acostumbrada a una vida que Gal no podrá darte.
 —Me la daré yo, papá. Puedo obtener las cosas por mi cuenta.
 —Solo queremos lo mejor para ti  —dijo su madre con los ojos húmedos.
 —Entonces dejen de oponerse a mi relación con Gal.
 —¡Ni lo sueñes! —gritó su padre.
 Ana negó con la cabeza y abrió la puerta de su auto. Miró a sus padres una vez más.
 —Ya tomé una decisión. Le daré a Gal algo que nunca ha tenido y que creyó encontrar aquí con ustedes.
 —¿Qué cosa? —preguntó su padre con desdén—. ¿Estatus? ¿Un buen linaje?
 —Una familia.
 Sin esperar un segundo más, Ana subió a su auto y se alejó de ahí.


*****

Gal miró el reloj de su celular para comprobar la hora. Ya se había despedido del padre Sebastián, dándole las gracias por todo lo que había hecho por ella. El anciano le había restado importancia pero Gal sabía que era ella la que siempre estaría en deuda con él, no al revés. Un auto conocido se detuvo al frente y Gal sonrió al reconocer a su novia.
 —¿Es todo tu equipaje? —le preguntó Ana abriendo el maletero para que ella subiera sus cosas.
 —Sí. Algo de ropa y libros —dijo ella. Ana sonrió al escuchar eso y Gal notó las maletas de su chica.
 —¿Estás segura de que quieres hacer esto?
 —Sí —dijo Ana lanzándole un guiño. Gal subió al auto y Ana lo puso en marcha—. ¿Tú no quieres?
 —Sabes que sí. Pero… —Gal suspiró y miró por la ventana—. Yo estoy acostumbrada a no tener familia, pero tú… No me siento cómoda sabiendo que… estás enojada con tu familia por mi culpa.
 —No solo es por ti, Gal. Es…  Durante toda mi vida les he seguido la corriente con su forma de hacer las cosas. Pero ya no estoy dispuesta. Yo no quiero la vida que ellos planeaban para mi. Y… esta es mi forma de ponerles un límite.
 —Es drástico, ¿no crees?
 —A veces hay que serlo. No quiero que mis padres o mis hermanos se metan en nuestra relación.
 —De acuerdo —dijo ella—. Entonces… tendremos que encontrar un departamento… Ahm… Algo que nos guste a las dos.
 Ana le sonrió de manera encantadora.
 —Dime la verdad, ¿sientes que vivir juntas es precipitado?
 —Claro que no —dijo ella sonriendo.
 —Que bien, porque igual me iré a  vivir contigo aunque no estés de acuerdo.
 Gal soltó una carcajada.
 —Estoy de acuerdo. Solo… ¿Has pensado en qué zona de la ciudad? Porque… Bueno… No sé qué tan al norte nos sea posible vivir…
 —No me interesa vivir en el norte.
 —Pero… ahí viven los ricos…
 —¿Y eso qué?
 —Pues… tú eres…
 —El único requisito es que tú vivas conmigo, lo otro no me interesa. Además… Eh… Discutí con mis padres hace un momento y… básicamente me desheredaron y ya no tendré mi mensualidad por las inversiones de mi familia.
 —¿Qué? —Gal parpadeó muchas veces—. ¿Y… estás bien?
 —¡Claro que no! —dijo ella parando el coche a un costado de la carretera. Estaban por ingresar a la ciudad—. Pero no creas que es por el dinero, es por la actitud de mis padres de querer manipularme con eso. Es como si pensaran que soy una niña inútil incapaz de lograr las cosas por sí misma.
 Gal observó a Ana. Parecía muy molesta, pero también herida. Y Gal entendió exactamente cómo se sentía. Ana, la que nunca había vivido lejos de la protección de su familia, al fin se enfrentaría al mundo sin ellos.
 —Me tienes a mi —dijo ella sin pensarlo.
 Ana se acercó a su rostro y lo sujetó con ambas manos.
 —Lo sé.

Su novia besó sus labios con suavidad. Gal se acercó más a ella para abrazarla. Quería que Ana sintiera su apoyo, que supiera que ella siempre estaría a su lado a pesar de todo.
 —Yo… tengo algo de dinero… —murmuró ella separándose un poco de Ana—. De lo que me pagaron por mis cosas y… tenemos nuestros trabajos en el hospital. Estaremos bien, te lo prometo.
 Ana asintió y esbozó una sonrisa.
 —No entregué todas mis tarjetas…
 —¿Qué?
 Su novia puso el auto en marcha de nuevo.
 —Tengo mi tarjeta de gastos personales. Ahí tengo dinero ahorrado.
 Gal negó con la cabeza y sonrió.
 —Eres una niña rica.
 —¿Qué te parece si compramos comida, vamos al hotel  y nos sentamos a elegir un departamento?
 Gal iba a responder pero el celular de Ana la interrumpió. Su novia presionó el botón del volante y la voz de Jenn sonó fuerte dentro del auto.
 ¡Por fin contestas, señorita! ¿Dónde demonios estás? ¡Te mandé mil millones de mensajes!
 —Perdón, Jenn, estuve ocupada.
 ¿Encontraste a Gal? Por favor, dime que todo está bien con ella.
 —Sí Jenn, la encontré. Está aquí conmigo ahora.
 ¡Gal, estás viva!
 —Eh, sí… aquí estoy.
 ¿Dónde  están? ¿Qué harán? Ana, tu padre le llamó a Santiago hace un momento  y le pidió ir a tu casa…
 —Mi ex casa…
 —¿Qué?
 —Ya no vivo ahí…
 —¿Y donde vives?
 —En un hotel.
 —¿Hotel?
 —Estamos en busca de un lugar propio…
 ¿Se mudarán juntas? —preguntó su amiga con todo travieso—. Ana, tus padres te matarán.
 Gal levantó una ceja cuando Ana soltó una carcajada.
 —No me interesa. Entonces, ¿Santiago regresó a tu departamento?
 —Sí. Me juró que ya no se metería en tu vida. Pero obvio, es una mentira. Ana, si tu padre lo llamó seguro fue para…
 —Seguir con la guerra…
 —Amiga, debes pensar muy bien qué harás.
 —Ya tengo un plan.
 —¿En serio?
 —Sí pero… —Ana la miró un momento y Gal notó sus mejillas muy rojas—. Primero debo hablar con Gal al respecto.
 Sabes que cuentas conmigo, Ana —dijo Jenn—. ¿Quieres que cancele mi boda?
 —¿Estás loca?
 Sabes que sí. —Jenn suspiró—. Santiago y yo… también tenemos que hablar en serio. No me gusta que sea el perrito faldero de tu padre. Y tampoco me gusta que haya sido tan despiadado. No sé… no podría casarme con alguien así…
 —Te llamaré más tarde, Jenn. Esto hay que hablarlo en persona. No te precipites, ¿de acuerdo?
 Bien. Cuando llegue Santiago le sacaré toda la información posible. 
 La llamada se cortó.
 Gal observó el perfil de Ana, que tenía el ceño fruncido.
 —¿Qué crees que hará tu familia?
 —No tengo idea. Pero no debe ser algo bueno.
 —¿Quieres que… hable con ellos?
 —¿Para qué?
 —Para disculparme. Tal vez si les cuento… todo… se reconcilien contigo.
 —Yo no te obligaría a contar algo si no estás lista para contarlo. ¿O estás lista para que más personas sepan…?
 Gal miró por la ventana de nuevo y pensó un momento antes de decir:
 —Podría hacerlo por ti.
 —Gal…. —Ana le sujetó una mano—. Estás temblando.
 Era cierto. Gal se sintió muy apenada por eso.
 —Perdón… —susurró.
 —¿Le has contado… a alguien más?
 —No.
 —¿Nunca hablaste de esto con alguien?
 —No.
 —¿Y... en el viejo orfanato nunca te dieron… apoyo psicológico?
 —No.
 Ane le besó la mano y regresó su atención al camino. Gal se quedó callada mientras pensaba en todos esos años de silencio y soledad.
 —No te preocupes por mi familia. Yo me haré cargo de frenarlos.
 —¿Cómo harás eso?
 —Con mi plan.
 —¿Y de qué va tu plan?
 Ana detuvo el coche en el estacionamiento del hotel y la miró antes de bajar.
 —De volverte intocable.



Gal puso la caja de pizza sobre la cama y mordió un pedazo. Ana salió del baño y caminó hacia ella frotando su cabello mojado con una toalla.
 —¿Estás comiendo sin mí? —le preguntó su novia.
 —No —dijo ella dando otro mordisco—. ¿Ya me dirás tu plan? —Gal enseguida notó de nuevo las mejillas rojas de Ana.
 —Después de comer…
 —¿Es algo arriesgado?
 Ana la observó un momento. Gal dejó su pizza mordisqueada en la caja y gateó sobre la cama para quedar junto a Ana.
 —Es que… —Ana evitó su mirada—. Con todo esto… Solo se me ocurre una cosa para protegerte.
 —¿Qué cosa?
 Roja. Toda la cara de Ana estaba demasiado roja.
 —T-tienes que… Si yo te… E-eres huérfana y…
 Gal parpadeo muchas veces tratando de entender algo de los balbuceos de Ana.
 —¿Qué?
 —¿Te casarías conmigo? —preguntó Ana de golpe. Gal abrió los ojos y la boca, sintiendo todo el cuerpo dando un vuelco. El calor en su cara le hizo saber que estaba tan roja como Ana—. Sé que… es p-pronto pero… pensé que… que… legalmente yo… podría… ¿Gal?
 Gal no podía moverse. Después de la pregunta de Ana, ya no había escuchado nada más. Solo un zumbido en su cabeza. Su novia parecía un tomate muy maduro y ella sentía un hormigueo fuerte en toda su piel.
 —¿Q-qué?
 —Que si… nos c-casamos… y te doy… tu lugar como… o sea… aunque mi familia…
 —¿De verdad te quieres casar conmigo? —Se le escapó a ella.
 —Pues… sí. Ya te había dicho que… quería pasar mi vida contigo —terminó Ana casi sin aire.
 Gal asintió varias veces mientras pensaba.
 —Estoy un poco… decepcionada.
 Ana parecía muy confundida.
 —¿Por?
 —Esperaba velas o un cuarteto de cuerdas pero… ¿pizza en la cama? Dime por favor que al menos me compraste un anillo.
 Ana soltó una carcajada al ver su sonrisa.
 —¿No te basta con la pizza? Es de cuatro quesos…
 Gal también empezó a reír y atrapó los labios de Ana con los suyos. Su novia suspiró contra su boca. Gal sentía algo en su pecho. Como un grito atorado. Como una bomba capaz de llenar de energía a todo el universo.
 —Sí quiero casarme contigo —dijo separándose apenas de los labios de Ana, a quien se le escapó una risita nerviosa.
 —Quisiera… Me hubiera gustado tener una boda… con calma…. pero necesitamos casarnos rápido…
 —Bien… —Gal acomodó el cabello de su novia—. Podemos decir que estás embarazada y nos urge casarnos antes de que se note.
 —Tal vez eso no podamos decirlo… para embarazarme debo tener sexo y…  no me has tocado en semanas…
 —Porque estabas enojada conmigo. Pero… podemos remediarlo justo ahora —dijo ella besando a Ana, que volvió a suspirar mientras le devolvía el beso con intensidad.
 Ana empezó a subir a su cuerpo, haciendo que Gal se echara hacia atrás.
 —¡La pizza! —dijo Gal sintiendo algo en su espalda.
 Ana empezó a reír y sacó la caja debajo de ella.
 —Nunca lo he hecho sobre una pizza…
 —No creo que se sienta bien.
 Gal esperó a que Ana dejara la comida sobre el buró y la recibió de nuevo en sus brazos. Ana empezó a devorarle la boca y montó su pelvis, mientras ella no perdía el tiempo y acariciaba las piernas de su novia. Gal agradeció que Ana llevara puesto un pequeño short como pijama.
 —Me gustaría practicar muchas veces… nuestra noche de bodas… —dijo Ana moviéndose sobre ella.
 Gal sujetó la camiseta que Ana tenía puesto y se la sacó por la cabeza.
 —Sexy… —murmuró Gal al descubrir que Ana no llevaba nada debajo de la camiseta.
 —Sería una pena si te casaras conmigo sin pensar que soy sexy… ¡Ah!
 Ana le dió un golpe juguetón en el hombro cuando Gal usó su boca para atrapar uno de sus pechos.
 —Como si no te gustara…
 —Pero avísame…
 —De acuerdo. —Gal empezó a deslizar su mano por el cuerpo de Ana mientras usaba su lengua para explorar su boca. Bajó los dedos por su cuello, sus pechos, su abdomen, hasta llegar a ese lugar preciso, donde hizo a un lado la ropa que Ana aún llevaba puesta. Enseguida comprobó lo excitada que estaba su novia—. Entonces, doctora… le aviso que esta noche no la dejaré dormir…
 —Perfecto… —dijo Ana suspirando cuando Gal empujó dentro de ella.

******

Esa mañana podría ser una demostración de cómo sería su vida a partir de ese momento. Despertar desnuda junto a Gal. Correr para alistarse y llegar justo a tiempo al hospital. Besar a su novia en el pasillo para desearle un buen día e incorporarse al equipo de cirugía.
 Ana sentía que estaba a nada de tener una vida perfecta. Con la mujer que amaba, en el trabajo que amaba, construyendo una vida que seguramente amaría. Sonrió como estúpida al recordar que Gal y ella se casarían. Tal vez no de la forma en que le hubiera gustado, pero lo harían. Y aunque la situación con su familia le dolía, no iba a retroceder en su decisión. Ella estaba dispuesta a proteger a Gal. Quería estar a su lado, quería darle una familia, quería que Gal jamás volviera a sentirse sola.
 Acababa de salir de la segunda cirugía de la tarde cuando Willy la alcanzó en uno de los pasillos y gritó:
 —¡Ana está por aquí!
 Entonces notó que detrás de su amigo venían dos personas más. Jennifer corrió a abrazarla. Ana correspondió al saludo pero tenía los ojos puestos en su hermano, Santiago.
 —¿Qué hacen aquí? —preguntó ella.
 —¡Te estuve llamando al celular! —dijo Jenn.
 —Siempre que estoy en el quirófano lo tengo apagado… ¿qué sucede?
 Pero su amiga no respondió, solo giró el rostro hacia Santiago, que dijo:
 —Tenemos que hablar, ¿dónde está Gal?
 Ana frunció el ceño, mirando con desconfianza a su hermano.
 —¿Para qué quieres saberlo?
 —Ana, escúchalo… —intervino Jennifer.
 —Bien. Vamos a la oficina de Gal. Tú también vienes —le dijo Ana a Willy jalándolo de la bata.
 Ana asomó la cabeza por la puerta en cuanto Gal autorizó su entrada. Sonrió al ver la expresión radiante de su novia.
 —¿Qué te parece? —le preguntó Gal haciendo una indicación hacia su nueva oficina.
 —Es una oficina digna de una brillante directora de investigación —dijo Ana acercándose a ella—. Y por fin tenemos un lugar privado para pasar la noche… —susurró ella dándole un beso a Gal, que enseguida levantó la vista hacia las personas que habían entrado detrás de Ana.
 —¡Gal! —Jenn corrió a abrazarla.
 —¿Qué  hacen aquí? —preguntó Gal, y Ana notó que tenía la vista clavada en Santiago.
 —No lo sé —dijo Ana—. Ellos vinieron a decirnos algo…
 —Es sobre papá —comenzó a decir Santiago—. Pero antes… Gal… —Santiago se acercó a su novia y extendió una mano hacia ella—. Perdón por haber participado en… —Santiago bajó la mirada. Tenía las mejillas rojas—. Eso no fue honorable.
 —Eso fue bajo, idiota —le dijo Ana a su hermano, que seguía con la mano extendida hacia Gal. Para sorpresa de todos, Gal se la estrechó.
 —También debes perdonarme por haberlos engañado…
 Santiago esbozó una sonrisa y luego giró la cabeza hacia Ana.
 —Papá está muy molesto. Nos llamó a todos. Empezó a hablar de hacer cosas… extremas. No solo contra Gal, también contra ti.
 —A mí no puede tocarme, soy una Galindo.
 —Eso le dijimos. Que el Pacto de Linaje te protege.
 —¿Pa-pacto de.. ? ¿Qué es eso? —preguntó Willy.
 —Es una antigua ley que se aplica a las familias aristocráticas —dijo Ana.
 —«Ninguna Casa Noble podrá usar su poder, influencia o patrimonio para destruir a quien porta su linaje…» —recitó Santiago recordando la ley—. Tú estás a salvo, Ana. Pero Gal no.
 —Lo sé. —Ella asintió—. Por eso le dije a papá que…
 —Te casarás con Gal… —intervino Santiago.
 —¡¿Se casarán?! —gritó Willy.
 Ana cruzó una mirada con Gal, que esbozó una sonrisa.
 —Papá está desesperado, Ana. Quiere impedir que te cases. Sabe que si lo haces no habrá nada que pueda hacer contra Gal. Ella tendrá una protección jurídica absoluta pues el Pacto de Linaje también la protegerá a ella. Así que si harás esto, debes hacerlo ya.
 —¿Y tú estás de acuerdo con mi boda?
 Santiago titubeó y miró un segundo a Jenn. Su hermano dio un par de pasos hacia ella.
 —Hermana, perdón por ser un estúpido… Es que… Sabes que nunca he podido decirle que no a papá.
 —Estamos de acuerdo en eso. Eres un estúpido —dijo Ana sonriendo. Santiago la abrazó.
 —Quién iba a pensar que te casarías antes que yo… —le dijo su hermano,
 Ana soltó a Santiago y giró para quedar frente a Gal. Le tomó la mano.
 —¿Estás lista para casarte mañana?
 Un brillo intenso atravesó los ojos de Gal.
 —Lista.

… Continuará…

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