⚡Cap 27 | El Pulso del Corazón

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EL PULSO DEL CORAZÓN


Capítulo 27

Alejandra asintió aun con los brazos cruzados.
 —¿Ana, eso es cierto? —preguntó Alejandra a la puerta. Gal giró hacia atrás.
 Ana estaba ahí.
 Gal sintió su corazón golpeando muy fuerte su pecho. El tiempo se volvió muy lento. Escuchaba su respiración, los latidos, el zumbido en sus oídos y los pasos de Ana, que caminó hacia el centro de la habitación.
 Todo era lento. Todo era doloroso.
 Cuando los ojos de Ana miraron los suyos, Gal sintió que su cuerpo se quemaba. Quiso gritarle, quiso reclamarle su crueldad, su hipocresía, su amor de mentiras, pero su lengua estaba clavada dentro de su boca. Los latidos en sus oídos se hicieron más fuertes. La mirada de Ana le quemó más. Entonces, el tiempo recobró su velocidad.
 —Eso es mentira —dijo Ana con firmeza. Gal sintió electricidad recorriendo su cuerpo pero fue incapaz de darle significado a lo que Ana dijo.
 —¿Qué es mentira, Ana? ¿La acusación que hiciste sobre la doctora Rivadeneyra? —preguntó Alejandra tomando asiento.
 Eso fue algo que el cerebro de Gal sí registró: la postura de Alejandra San Román, que parecía estar en su momento favorito del día.
 —Es mentira que yo haya hecho una acusación sobre alguna conducta inapropiada de Gal. ¿Sostiene que fui yo la responsable de su despido, doctora? —le preguntó Ana a la doctora jefa, que estaba pálida.
 —Yo no… entiendo… doctora Galindo…
 —¿Qué no entiende, doctora? ¿Que se le pida una explicación sobre un despido injustificado? —atacó de nuevo Ana.
 Gal parpadeó varias veces intentando que su cuerpo reaccionara. ¿Qué estaba haciendo Ana? ¿Cuál era su juego? ¿Qué pretendía?
 —Doctora Galindo, le recuerdo que soy su jefa, así que debería controlar su… —empezó a decir la mujer pero en ese momento Alejandra soltó una carcajada.
 —Doctora, ¿en serio cree que está en posición de amenazar? — preguntó Alejandra, que suspiró y se puso de pie con calma. Se acomodó bien las mangas de su chamarra y dijo con voz gélida—. Escoja muy bien sus siguientes palabras, doctora. Por si ya lo olvidó, le recuerdo mi apellido… ¡Además de que está frente a un sacerdote!
 —Dios y el Estado… —murmuró el padre Sebastián—. No es nada personal.
 —Voy a sentarme de nuevo y espero escuchar la verdad de su boca, doctora —sentenció Alejandra, que se sentó y cruzó una pierna en un movimiento tan elegante y aterrador que hasta Gal sintió escalofríos.
 La doctora jefa, con la cara totalmente blanca, tuvo que carraspear para recuperar la voz.
 —Fue… su padre…
 —¿Mi padre? —preguntó Ana.
 —Sí. Él vino… y dijo que Gal… que ella te había faltado al respeto y… pidió nuestra ayuda.
 —Y supongo que usted abrió una investigación, ¿no? —intervino Alejandra mirando sus uñas—. Me imagino que llamó a Ana, la supuesta afectada. Supongo que llamó a Gal. Supongo que averiguó… doctora… ¿O me equivoco?
 —Señorita Alejandra… usted sabe cómo son estas cosas… —dijo la jefa con un hilo de voz.
 —No, no lo sé —dijo Alejandra poniéndose de pie nuevamente. Sus ojos esmeralda parecían flechas envenenadas mientras daba un par de pasos hacia la jefa—. En el Castilnovo que gobierna mi familia no se permiten estos abusos, doctora. Aquí se cumplen las leyes y los reglamentos. No me interesa si Dios mismo le pidió el favor. Usted como responsable de este hospital, que por cierto existe gracias al patronato de los San Román, debe siempre actuar con ética. ¿Está de acuerdo conmigo?
 —S-sí… —dijo la jefa que parecía a punto de desmayarse.
 —¡Genial! Entonces... La doctora Rivadeneyra será reinstalada en la investigación que ella construyó —dijo Alejandra con firmeza—. No se tomarán ningún tipo de represalias contra ella o la doctora Galindo y se les dejará trabajar en paz. A cambio… —Alejandra fingió pensar un momento—. Ah, ya sé. A cambio le daré una última oportunidad. Usted seguirá dirigiendo este hospital recordando manejarlo siempre con ética. ¿Entendió?
 —S-sí.
 —Bien. —Alejandra sonrió con amabilidad y le dio una palmada a la jefa en el hombro. Gal no entendía como esa chica podía pasar de ser aterradora a alguien amable en menos de un segundo—. Alégrese, doctora. Acaba de recontratar a  una doctora brillante y usted acaba de salvar su carrera.
 —S-sí. —La jefa parpadeó varias veces y se atrevió a decir—: Pero… Si el doctor… el doctor Galindo se entera…
 —Mi padre no debería tener voz ni voto en este hospital. No tiene ningún derecho —dijo Ana con rabia.
 —Su padre es un hombre influyente… —continuó la jefa.
 —¡Ja! —El padre Sebastián parecía muy divertido—. ¿Quién tiene más influencia? ¿Leopoldo Galindo o alguien que se apellida San Román?
 —¡Mi padre no tiene porqué reclamar nada! —dijo Ana acercándose a la jefa, a quien apuntó con un dedo—. Y usted debería dar gracias por salir de pie en todo esto, cuando se merece…
 —¡Eso es todo, doctora! —le dijo Alejandra a la jefa—. Regrese a su oficina y avise que la doctora Rivadeneyra de nuevo es parte de este hospital.
 La mujer salió rápidamente de ahí. Ana iba a ir detrás de ella pero Alejandra la jaló de la cintura.
 —¡¿Qué te pasa?! ¡¿Por qué la dejaste ir así? ¡Debiste denunciarla! ¡Sancionarla! ¡Encarcelarla! ¡A ella y a mi padre! —le reclamó Ana a Alejandra.
 —¿Quieres vengarte o quieres recuperar a Gal? —preguntó Alejandra con calma.
 Gal sintió la punzada más dolorosa que había sentido en su vida. Ana giró hacia ella. Sus hermosos ojos se clavaron en los suyos. Gal no podía moverse. Seguía clavada en su sitio, intentando conectar sus neuronas y entender qué demonios había pasado. Ana dio un paso titubeante hacia ella.
 —Creo que estorbamos aquí… —susurró el padre Sebastián.
 —Nosotros ya nos vamos —dijo Alejandra, y Gal la miró.
 —No sé cómo… —empezó a decir Gal con un nudo en su garganta.
 —Me lo agradecerás más tarde —dijo la chica—. No sé, tal vez su primera hija podría llamarse Alejandra…
 —Es un nombre muy feo —dijo el padre mientras caminaba hacia la salida.
 —Si se llamara Sebastiana sería mucho peor —dijo Alejandra saliendo detrás del anciano.
 Ana y ella se quedaron a solas. Gal clavó sus ojos en el suelo. De repente se sintió vulnerable. Expuesta. El silencio era aplastante. Por varios segundos no se escuchó nada, hasta que el susurro de una voz le llegó:
 —Gal… de verdad… lamento todo esto.
 Ella no sabía qué responder. Estaba confundida. No entendía qué pasaba con su cuerpo, que estaba rígido a excepción de los temblores que sentía al escuchar la voz de Ana. Después de varios segundos, ella habló:
 —Fue mi culpa. Yo te mentí…
 —Gal, mírame —le pidió Ana, y Gal notó que la chica estaba muy cerca de ella. Despacio, levantó la vista y se tragó un suspiro.
 Ana estaba a medio paso de distancia. Gal miró su rostro hermoso, sus labios, sus ojos. Notó unas lágrimas a punto de caer por las mejillas de Ana.
 —Perdóname —susurró ella—. No quería… engañarte pero… tenía miedo…
 Ana asintió varias veces y se limpió las lágrimas.
 —Lo que hiciste… sigo molesta contigo. Pero lo que mi padre te hizo… Eso estuvo mal, Gal. Yo estuve mal. Debí resolver esto en privado pero… lo arruiné. Te lastimaron por mi culpa.
 —Creí que… habías sido tú.
 —Claro que no —dijo Ana sujetando sus mejillas. Gal cerró los ojos al sentir la piel de Ana sobre la suya—. Yo no lo hice pero aún así… debí evitarlo. Debí buscarte y protegerte. Perdón por dejarte sola.
 —Las dos lo arruinamos, ¿no? Nos destrozamos…
 Ana soltó una risa amarga y sus ojos se llenaron de lágrimas nuevamente.
 —Hubiera preferido pelear contigo por una tontería. Pero esto…
 —Fue… duro… —terminó ella entendiendo que tal vez habían cosas irreparables—. Si sigues enojada conmigo… Yo lo entiendo. Lo que te hice… no tiene perdón. Pero… quiero decirte que… de verdad… lo lamento. Ojalá algún día podamos… hablar… sin rencores.
 —¿Algún día?
 —Sí… Yo trabajaré aquí… y tú igual… Las probabilidades dicen que… nos encontraremos en algún momento…
 Ana asintió y se limpió las lágrimas.
 —¿Estás terminando conmigo?
 El corazón de Gal viajó de su pecho a su trasero y regresó a toda velocidad.
 —¿Qué?
 Ana esbozó una sonrisa.
 —Hablas como si ya no fuera tu novia.
 —Ahm… Tú dijiste que… Creí que… Dijiste que no te buscara… Creí que… terminamos.
 Ana volvió a asentir.
 —Es que me presentaste a tus padres falsos y… eso fue bajo, Gal. Pero… la verdad… —Ana se acercó a su rostro, haciendo que Gal temblara—. Creí que pondrías un poco más de tu parte para volver.
 —Mi… cerebro… no… —susurró. Ana volvió a sonreír.
 —Es impresionante como un IQ tan alto puede ser aniquilado por una mujer.
 —Nora… drenalina…
 —¿Qué?
 —Tu presencia… aumenta la noradrenalina en mi cuerpo y… hace que no… me concentre… Químicamente soy… ineficiente…
 —Cállate —susurró Ana abrazándola por el cuello. Lo siguiente que notó Gal fue la calidez de unos labios posarse sobre los suyos.
 Aunque era algo totalmente ilógico, Gal sintió que su cuerpo estaba  en reconstrucción. Como si cada átomo regresara a su posición, como si cada célula rejuveneciera. Abrazó fuerte a Ana y presionó más contra sus labios. La besó con desesperación, con miedo de que eso fuera un sueño, de que Ana se esfumara al despertar. La mujer entre sus brazos jadeó cuando su espalda chocó contra algo.
 —Auch… —Ana se sobó la espalda, que había golpeado contra la camilla.
 —Lo siento… —dijo ella regresando a los labios de Ana de inmediato. Sonrió contra esa boca y escuchó la risa ahogada de Ana.
 —Extrañé esto… —dijo su novia colocando una mano sobre su pecho—. El momento en que pierdes la cabeza y te vuelves humana.
 —¿Hay un momento para eso?
 Ana volvió a reír.
 —Gal, quiero que resolvamos las cosas. Y quiero saber…
 Gal tragó en seco y asintió despacio.
 —Sé que… te mereces una explicación…
 —No quiero presionarte pero… si tú quieres estar conmigo…
 —Si quiero —dijo ella sin titubear—. Es lo que más quiero.
 Ana sonrió de manera brillante y dijo:
 —Entonces debemos remediar lo que pasó. Dijiste que nos habíamos destrozado… Bueno, es momento de repararnos. Pero debemos ser honestas, Gal. ¿Entiendes? Si de verdad quieres esto… debes contarme lo que pasó.
 Gal miró a Ana. La había perdido. Había estado sin ella, convencida de que ya no la volvería a ver. Sin embargo, Ana acababa de besarla. Ana quería resolver las cosas. Y ella haría lo que fuera para compensar lo que le había hecho a la mujer que amaba.
 —Te contaré todo.


*****

Ana miró de reojo a Gal, que durante todo el camino había estado en silencio. Ella estaba preocupada. Quería la verdad, pero no sabía hasta qué punto eso era incómodo para Gal.
 Su novia tenía su típica expresión seria, como si gesticular estuviera prohibido para ella. Ana pasó la tarjeta por la ranura y la puerta se abrió.
 —¿Segura que está bien este lugar? —preguntó al ver el interior de la habitación de ese hotel.
 —Sí —dijo Gal con voz fría.
 Ana observó a su novia, que estaba de pie entre la cama y el sofá del rincón.
 —¿Ya comiste algo hoy? Podemos pedir algo… ¿Gal? —Ana se acercó despacio a su novia, que tenía la mirada clavada en la pared—. Oye… no tenemos que hablar de eso hoy…
 —Pregúntame por mis padres —dijo de pronto Gal. Ana titubeó un momento.
 —Gal, si no te sientes lista…
 —Pregúntame por mis padres —repitió Gal con la cara contraída.
 Ana suspiró.
 —¿Dónde están tus padres, Gal?
 —Muertos —soltó Gal como si algo le estuviera aplastando el pecho—. Están muertos. Ellos están muertos. —La voz de Gal tembló y Ana sintió un nudo en su propia garganta—. Murieron, Ana. Yo tenía quince años y… ellos…
 Gal exhaló con fuerza y se abrazó el estómago. Ana la vio correr al baño, donde empezó a vomitar. Totalmente alarmada, Ana la agarró por atrás para que Gal no cayera dentro del inodoro.
 —Ya, tranquila. Es mejor que paremos…
 —No —dijo Gal jadeando—. Pregúntame… Ana, quiero que… preguntes…
 Gal se inclinó de nuevo sobre la taza y Ana la escuchó casi ahogándose.
 —No, Gal…
 —Pre… gún… tame, Ana…
 El nudo en su garganta le dolía. Ella no quería seguir con eso si le afectaba tanto a Gal. No creyó que la chica reaccionara así con ese tema. Se lo imaginó incómodo, doloroso, pero esa reacción estaba más allá.
 —¿C-cómo murieron?
 —Se… ahogaron… —dijo Gal entre arcadas. Ana la escuchó luchando por respirar—. Su… barco… naufragó…
 —Por eso odias el mar… —susurró ella entendiendo la aversión que Gal sentía por el océano. Ana parpadeó varias veces para que las lágrimas en sus ojos cayeran y le permitieran ver—. Entonces… no pudiste despedirte…
 De la garganta de Gal salió un sonido tan doloroso que Ana tuvo que usar todas sus fuerzas para que la chica no cayera contra el suelo.
 —Yo hacía… mi comida… Recuerdo el olor… Alguien llegó a mi casa. Era una… trabajadora social… —Gal vomitó más.
 —Ya basta. Gal. Para. No hables más, por favor —suplicó ella pero Gal continuó.
 —Y policías. Dijeron… dijeron que mis padres… estaban muertos. ¡Estaban muertos! —La voz desgarrada de Gal rompió el aire y Ana sintió su corazón partirse en mil pedazos—. Mis padres ya no estaban… yo no tenía a nadie… A nadie le importaba… Y me llevaron al… viejo orfanato. —Gal, ya con el estómago totalmente vacío, sacó un líquido amarillo por la boca.
 —Para… Por favor… —Pidió ella cayendo de rodillas detrás de Gal. Seguía intentando agarrarla, pero el dolor que sentía le había absorbido la fuerza.
 —Yo nunca los vi… Nunca los… encontraron y no… Yo no sé… por qué pasó eso. Y nadie… nadie me… abrazó.
 Ana no podía respirar. Tenía la garganta obstruida y los ojos empañados. Se aferró a la espalda de Gal, intentando contenerla. Intentando parar eso. Intentando retroceder el tiempo para consolar a la chica de quince años.
 — Levántate, por favor —dijo Ana con voz gangosa.
 Pero Gal estaba casi inerte sobre el inodoro, con la cara deformada por el dolor. Ana notó que no la miraba. Ni a ella ni a nada. Sus ojos veían el pasado.
 —Unas semanas después… Un hombre llegó. Me dijeron que era un primo de mi madre. Yo no lo recordaba pero… en el orfanato dijeron que debía irme con él. Y me llevó a su casa, con su esposa y sus tres hijos. Y… ellos… eran fríos. Eran malos. No me… querían. Una noche los escuché pelear. La esposa lo corrió de la casa… Y a mí con él. Yo era problema de él, no de ella, eso fue lo que dijo.
 — Ven, debes pararte —dijo ella y levantó el rostro de Gal, cubierto de vómito y bilis.
 Usando todas las fuerzas que le quedaban, Ana ayudó a Gal a ir hasta el lavabo donde empezó a limpiarle la cara.
 —Mi tío y yo nos fuimos y… al día siguiente dijo que yo debía regresar unos días… al orfanato. Yo le supliqué que no me llevara ahí de nuevo pero… dijo que necesitaba tiempo para encontrar… una nueva casa… Y me devolvió… Pero él… no regresó por mi. Pasaron las semanas y un día lo vi. Estaba con su esposa y sus hijos… Él me miró y fue como... si yo fuera un fantasma. Siguieron caminando juntos… y yo… yo… no tenía a nadie.
 Ana sintió muchas cosas a la vez. Rabia, impotencia, tristeza y… un escalofrío. Los ojos de Gal estaban vacíos. La chica miraba al espejo frente a ellas pero no parecía viva.
 —Vuelve… por favor… —susurró ella llorando contra la mejilla de Gal.
 —Mis padres amaban el mar. Más de lo que me amaron a mí. Se quedaron con él y me dejaron sola. Nadie me quiso. Fue… como abandonar… a un perro. Yo no entendía… porqué nadie… me quería. Tal vez es que… no debí nacer. Mis padres, en realidad… no querían hijos así que…
 Ana no soportó más. Sujetó la cara de Gal y la besó mientras murmuraba:
 —Yo te quiero… Yo te amo… Gal, yo te amo. No eres un error, no eres un perro. Eres mi amor. ¿Me escuchas? Gal… —La voz se le quebró—. Vuelve a mí… Gal… Por favor…
 Los ojos de Gal seguían muertos. Entonces, Gal parpadeó varias veces y Ana notó el segundo exacto en que Gal la reconoció.
 —Ana… —susurró Gal haciendo que su corazón sintiera algo cálido.
 —Aquí estoy —dijo ella pegando su frente a la de Gal—. No estás sola. Ya no más. Nunca estarás sola, Gal. Te lo juro.
 Una tímida sonrisa se dibujó en el rostro de Gal y para Ana fue como el amanecer.
 —Yo… estoy… enamorada de ti.
 A Ana se le escapó una risa nerviosa y las lágrimas que aún tenía en los ojos, cayeron.
 —También estoy enamorada de ti.

—Perdóname por… lo que te hice. Yo no… —Gal clavó los ojos en el suelo.
 —Entiendo por qué lo hiciste.
 —Eso no debe ser una excusa. Contraté… a dos actores…
 —¿Actores? ¿Eso eran?
 Gal asintió. Tenía las mejillas muy rojas.
 —Yo no quería hacer eso. Quería contarte todo… Pero entonces tú nos viste en la trattoria y todo fue… tan rápido. Y luego… tu familia… Por primera vez yo era parte de algo y… no sabía cómo decirte…
 —Tranquila —dijo ella colocando una mano sobre el corazón de Gal—. Nada de eso me importa.
 —Pero…
 —Ya no importa.
 —Te mentí. Te engañé.
 Ana observó a Gal un momento y dijo:
 —Tú eres un milagro, Gal.
 —Los milagros no…
 —Claro que existen. Tú eres uno. No había forma en que pudieras sobrevivir a todo lo que pasó. Y sin embargo… estás aquí. Eres buena, eres brillante, eres encantadora… Y todo eso lo lograste sola. Tú naciste porque debías hacerlo. Sobreviviste porque eres fuerte. Y… —La voz se le quebró—. Por eso no quiero que vuelvas a decir… a pensar… que tu vida no vale.
 Gal apretó la mandíbula y la miró con dolor.
 —Es difícil pensar lo contrario cuando…
 —Nada Gal. Tú vales. Has salvado vidas y seguras salvándolas. Además… Me tienes a mí. ¿Sabes lo afortunada que eres?
 Gal soltó una carcajada y el corazón de Ana brincó.
 —Tal vez por fin la vida se apiadó de mí.
 Ana abrazó a Gal.
 —Tú eres el regalo que alguien mandó para mí. Te amo, Gal. Y… la verdad es que… me gustaría pasar toda mi vida contigo.
 La mirada de Gal era la más brillante que Ana había visto.
 —Creo que… eso puede arreglarse.
 Ana empezó a reír a carcajadas cuando Gal la apretó fuerte de la cintura, la levantó y la hizo girar por los aires.

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