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⚡Cap 26 | El Pulso del Corazón
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EL PULSO DEL CORAZÓN
Capítulo 26
Cuando Gal subió a la camioneta con los dos hombres de traje, eligió creer en lo que ellos le habían dicho. Eligió creer que no le pasaría nada malo. Pero mientras el vehículo avanzaba por la ciudad, sus nervios empezaron a aumentar. Las calles de Ciudad Montejo pasaban veloces por la ventanilla. Miró su puerta, con el seguro puesto. Escuchó la conversación de los dos hombres. Parecían tranquilos, parecían sinceros cuando le explicaron la situación. Gal no creía en Dios, no tenía motivos para hacerlo. Pero cuando la camioneta tomó la carretera para salir de la ciudad, Gal empezó a rezar. Quince minutos después la camioneta se detuvo frente a una iglesia, como si alguien hubiera escuchado sus pensamientos. Uno de los hombres le abrió la puerta.
—Por aquí, doctora. No se preocupe por sus cosas, mi compañero las traerá.
Ella solo asintió con la cabeza y lo siguió hasta una puerta de madera. El hombre golpeó dos veces. La persona que abrió la puerta era alguien a quien Gal reconoció enseguida.
—Bienvenida, doctora —dijo el padre Sebastián haciéndose a un lado—. Llegas justo a tiempo para el desayuno.
Gal entró y escuchó más voces. Había más personas ahí. Se quedó petrificada cuando vio a Cristina San Román aparecer con un par de platos en las manos.
—Hola, Gal. —La saludó aquella dejando la comida sobre una mesa para acercarse a besarle la mejilla.
—Pri… princesa… —dijo ella aturdida, inclinando la cabeza.
—Puedes llamarme Cris. Estamos en privado y aquí no es necesario el protocolo. ¿Tienes hambre? Alejandra preparó el desayuno.
—¡Aquí está la mejor doctora del mundo! —Alejandra San Román caminó hacia ella. Gal nunca imaginó ver a esa poderosa chica llevando un mandil de cocina—. ¿Cómo estás? —preguntó Ale dando otro beso en su mejilla.
—Estoy… bastante confundida…
—Puedo imaginarlo. ¿Vienes? —Alejandra retiró una silla de la mesa para invitar a Gal a sentarse en ella.
Con paso torpe, Gal lo hizo. Las tres personas ahí también se sentaron.
—No estábamos seguros de lo que te gusta, así que hicimos un poco de todo —dijo el padre.
—Gracias —dijo Gal con la voz temblorosa. Entonces sintió el olor de aquello y pensó que en realidad no es que no tuviera hambre esos días. Esperó un poco para ver lo que los demás se servían y los imitó. Abrió los ojos al probar eso—. Está muy bueno.
—Ale cocina delicioso —dijo Cristina.
—No es lo único que hago delicioso —comentó la castaña haciéndole un guiño a la azabache, que contuvo una carcajada.
—Niñas, compórtense por favor —dijo el padre sin levantar la vista de su plato.
—Gal, seguro te estás preguntando porqué mis dos apuestos guardaespaldas fueron por ti… —dijo de repente Alejandra.
Gal dejó de comer para poner toda su atención en la chica.
—En realidad… —empezó a decir ella—. Tenía miedo de que me hubieran engañado y no los enviaras tú…
—Puedo entender eso —dijo Ale asintiendo con seriedad—. Me enteré que han sido días duros.
La mirada esmeralda de Alejandra hizo que Gal sintiera ganas de llorar. Era como si por fin pudiera dejar de pelear por sobrevivir.
—Sí. Han… sido días complicados —dijo ella—. ¿Cómo lo supieron?
—Estas dos tienen ojos y oídos en todas partes —dijo el sacerdote masticando con entusiasmo.
—Mi padre, el Gran Duque, permite que me encargue de muchas áreas del gobierno —dijo Cristina—. Así que hay documentos que llegan a mis manos. Como por ejemplo, solicitudes de destierro…
—¿Destierro?
—Entre mi montaña de papeles vi una solicitud para que el gobierno te expulsara de Castilnovo para siempre.
A Gal se le escapó el aire. Parpadeó varias veces, incapaz de pensar en algo coherente.
—¿Sacarme… para… siempre?
—Es obvio que no firmé esa absurda petición —continuó Cristina con una sonrisa tranquilizadora—. Hice algo más inteligente: llamar a Alejandra para que usara sus poderes de chismosa y averiguara lo que estaba ocurriendo.
—Como si mis poderes no te sirvieran en tu sucio plan para gobernar Castilnovo.
—Ya gobierno Castilnovo —le aclaró Cris a la castaña, que le sacó la lengua—. Como sea… —Una hermosa mirada gris se posó sobre ella—. Gal, aquí estarás segura, ¿de acuerdo? Sabemos que te han sacado de tu departamento y del hospital.
—Puedes quedarte aquí el tiempo que necesites —dijo el padre Sebastián sirviéndose más comida—. Tenemos algunas habitaciones en la parte de atrás, junto al jardín.
—Y por lo de tu trabajo… —continuó Cristina—. En realidad la investigación que el doctor Cepeda y tú hicieron es un logro que Castilnovo debería presumir. Pero en lugar de eso apartaron del proyecto a la mente brillante. Mi pregunta es, ¿quieres que te ayudemos a recuperar tu investigación?
El corazón de Gal latía tan fuerte que su pecho empezó a doler.
—¿Por qué…?
—¿Por qué, qué? —preguntó Alejandra.
—¿Por qué hacen esto?
Las dos San Román intercambiaron una mirada y Alejandra dijo:
—Por varias razones, Gal. La primera: le salvaste la vida al padre Sebastián.
—No era algo complicado…
—Para ti tal vez no, porque tienes un gran cerebro —dijo el cura.
—Eso es algo que nunca podré pagarte —continuó Alejandra—. Estaré siempre en deuda contigo, Gal. Segundo: odiamos las injusticias, y lo que te han hecho es abuso de poder. Tercero: Cristina y yo tenemos la misión de construir el futuro de Castilnovo. Para eso necesitamos a los mejores elementos en los puestos clave. Tú eres uno de esos elementos. Y cuarto: Ana me mataría si se entera de que pude ayudarte y no lo hice.
Gal dejó de respirar por un momento al escuchar ese nombre. La punzada en su corazón le estremeció la piel. Ana era la culpable de todo pero Gal no estaba segura de querer decirlo.
—¿Quieres tu investigación de vuelta? —preguntó Cristina con una sonrisa.
—Sí —dijo ella con firmeza.
—Bien. Ale… —Cristina le lanzó una mirada pícara a Alejandra.
—Yo me encargo. Será muy divertido.
Después de aquel desayuno con las San Román, el padre la había llevado a la pequeña clínica del pueblo, donde le pidió que ayudara mientras las cosas volvían a la normalidad.
Ya habían pasado unos días y Gal por fin empezaba a sentirse tranquila. Se había dedicado a dar consultas a todas las personas que acudían a la clínica. Había detectado varias mejoras que empezó a implementar sin pedir permiso. Aquello mantenía su mente ocupada. Y Gal quería eso con todas sus fuerzas. Ya no quería pensar en Ana. Ya no quería recordar todo lo que esa chica le había hecho. Era claro que el amor que Ana había dicho sentir por ella, era mentira. «Nadie daña tanto a alguien que ama», pensó Gal mientras terminaba de recetar medicamentos a la última persona ese día.
Salió de la clínica y se dirigió a la iglesia para poder cenar algo y dormir. Pero al cruzar la calle, vio que una camioneta negra estaba dejado el lugar.
—Ahí estás, ¿todo bien? —le preguntó el padre mientras barría las escaleras de piedra que daban a la calle.
—Sí, estaba atendiendo a los últimos pacientes.
El sacerdote asintió y sacó algo del bolsillo de su chamarra.
—Alejandra te mandó esto. Dijo que tiene tu número anterior y que mañana debes estar muy pendiente de atender una llamada.
—¿Sobre qué?
El cura soltó una carcajada.
—Ya lo verás. ¿Tienes hambre? Doña Soco nos trajo una deliciosa cena.
Gal asintió con la cabeza y siguió al padre hasta la cocina con la esperanza de que la tranquilidad que por fin sentía fuera real.
******
Ana caminaba a paso veloz por el Palacio de Gobierno. Una noche anterior se había enterado de la solicitud de destierro que su padre había enviado al Gran Duque y estaba dispuesta a armar un escándalo si no le daban información de donde estaba Gal. Ella nunca había estado en ese lugar después de su reconstrucción pero no tenía tiempo para admirar los detalles arquitectónicos.
—Necesito información sobre una solicitud de destierro enviada aquí, por favor —suplicó a una de las secretarías.
—Esas solicitudes son atendidas y firmadas por la princesa Cristina. ¿Tiene cita para hablar con ella?
Ana sintió una ligera esperanza al escuchar eso.
—No, no tengo. Pero si pudiera hablar con ella cinco minutos… Por favor…
—La princesa tiene el día ocupado, pero podría verificar qué día tiene un espacio libre en su agenda. ¿Cual es su nombre?
—Ana Galindo —dijo ella con angustia. No quería esperar días.
—¿Ana Galindo? —La secretaria le sonrió—. No será necesaria una cita, señorita Galindo. La princesa nos ha dado instrucciones para atenderla en caso de que viniera. Espere un momento, por favor.
La secretaría le indicó que se sentara pero Ana no podía quedarse quieta. Dio vueltas por el recibidor esperando que la mujer regresara a su lugar. Pero no lo hizo. En cambio, un hombre con aspecto atolondrado apareció.
—Señorita Galindo, por aquí por favor.
Ana sintió electricidad corriendo por su cuerpo. Caminó hasta una elegante puerta de madera tallada, y detrás de ella, encontró a Cristina San Román.
—Hola, Ana. —La saludó la princesa y luego se dirigió al hombre atolondrado—. Luciano, pídele a Fausto que vaya a la iglesia del pueblo a hacer eso que él ya sabe.
El hombre asintió con la cabeza y salió de ahí.
—Cris, perdón que te interrumpa pero necesito tu ayuda, por favor —dijo Ana con la voz casi quebrada.
—Siéntate, Ana. —Ella lo hizo—. ¿Quieres agua? ¿Algo?
—No, solo quiero que me ayudes a encontrar a Gal.
—¿A Gal? —Crstina se acomodó mejor en su lugar y la observó en silencio un momento—. No. Lo que tú quieres saber es si se ha ejecutado la solicitud de destierro que tu familia pidió para ella.
—¿La firmaste? —preguntó Ana poniéndose de pie lentamente— ¿La desterraste?
—Bueno, era una solicitud hecha por tu padre…
—¡¿LA FIRMASTE?! ¡¿DÓNDE ESTÁ MI NOVIA?! —dijo Ana saltando sobre el escritorio para llegar a la princesa, que se hizo hacia atrás sin cambiar su expresión tranquila.
—¿Tu novia? Escuché por ahí que terminaron, ¿no?
—¡¿Dónde está Gal?! ¡Exijo saber qué hicieron con ella! —La cara le ardía. Sentía tanta furia que su cabeza iba a explotar.
—Ana… —Cristina parecía tan imperturbable que Ana sintió un escalofrío—. ¿Por qué te interesa alguien con quien ya terminaste?
—¡Porque la amo! ¡Así que me dices a donde la enviaste o te juro que te arrancaré cada perfecto cabello de tu cabeza!
Cris soltó una carcajada y le dirigió una mirada brillante.
—Esa es la amenaza más ingeniosa que me han hecho.
Ana parpadeó varias veces tratando de entender porqué Cristina parecía tan feliz.
—Estoy hablando en serio.
—¿Te refieres a lo de arrancarme el cabello o a que la amas?
—¡Ya deja de jugar! —gritó desesperada dando un paso amenazante hacia la princesa, que seguía con una sonrisa en los labios.
—Solo responde…
—¡La amo! ¡La amo! ¡Dejarla así fue un error y ahora estoy buscando la forma de remediar las estupideces que mi padre y mi hermano hicieron! ¡Pero tú, la que se supone que era mi amiga mandó a mi novia no sé a dónde y ahora solo estás ahí sentada jugando conmigo y yo tengo unas ganas locas de matarte!
—Ana, no deberías amenazar de muerte a la heredera al trono…
—¡Ya cállate y dime dónde está mi novia!
Cristina asintió un par de veces y se puso de pie despacio. Ana esperó a que la chica hablara. Por un momento creyó que se había pasado de la raya y Cristina desataría su furia sobre ella. Pero entonces pensó en Gal. Frunció el ceño, lista para seguir amenazando a Cristina si era necesario.
—Perdón por desesperarte tanto. Necesitaba saber… Pero me parece que es muy obvio.
—¿Qué cosa?
—Gal está a salvo, Ana. ¿En serio creíste que firmaría una solicitud como esa? No la hubiera firmado ni aunque mi padre me lo hubiera ordenado.
Ana soltó un respingo, con el llanto atorado en su garganta. Gal estaba bien. Estaba bien.
—¿Dónde está?
—Bueno… —Cristina miró su reloj—. Justo ahora está por recibir la llamada que cambiará su vida. Esa llamada también puede cambiar la tuya, Ana. Pero debes estar segura de lo tuyo con Gal.
—¿A qué te refieres?
—Hace unos días me llegó esa solicitud y se lo conté a Alejandra. Y ella me dijo sobre Gal, el orfanato y sobre la visita que le hiciste para obtener información. Atamos cabos e hicimos preguntas. Alejandra cobró favores y seguramente repartió amenazas por ahí. Llegamos a Gal justo cuando tu padre consiguió dejarla sin casa. Ella ha estado en un lugar seguro y en estos momentos la llevarán al hospital para recuperar su investigación.
Ella sonrió totalmente feliz por primera vez en semanas.
—Gracias… —dijo Ana sintiendo unas lágrimas inundar sus ojos—. Yo debí cuidarla, pero estaba tan herida… —dijo cayendo en la silla—. La odié. Por unos días sentí que de verdad la odiaba. Pero no…
Cristina rodeó el escritorio y se sentó junto a ella.
—Puedo entender eso perfectamente.
—¿En serio?
—Oh sí. Cuando descubres que la persona que más amas te ha mentido, le quieres arrancar cada perfecto cabello de la cabeza.
Ana cerró los ojos totalmente avergonzada.
—Perdón por decirte eso.
Para sorpresa de Ana, Cristina soltó una carcajada.
—Si te atreviste a amenazarme a mí, estoy segura de que de verdad amas a Gal. Y eso es bueno.
—Mi familia no lo ve así.
—Ana… —Cristina se inclinó hacia ella—. Si estás segura de lo que sientes por Gal, si sientes que ella es la chica de tu vida, entonces deberás ser fuerte. Deberás enfrentarte a tu familia si es necesario. Alejandra y yo le ayudaremos a Gal a recuperar lo que injustamente se le quitó, pero luego, tú tendrás que hacerte cargo. Entiendes a lo que me refiero, ¿verdad?
Ella asintió.
—Debo hacer lo que tú hiciste cuando…
—Así es. —Cris le tomó una mano—. Será muy duro Ana. En especial porque tu familia se lanzará sobre ti. Debes estar segura de que lo tuyo con Gal lo vale.
—Lo vale —dijo más segura de eso que de nada en su vida. Entonces recordó algo—. Gal piensa que yo le hice todo esto.
—¿Ah sí? —Cristina se levantó para revisar la notificación que había llegado a su celular—. Pues creo que es momento de que le demuestres que eso es una mentira. —Cristina sonrió al leer su pantalla—. Deberías irte ahora. Al hospital, me refiero. No querrás perderte esto.
******
Esa mañana fue extraña. Después de desayunar, una camioneta negra había ido por el padre Sebastián, quien le dijo que permaneciera ahí hasta que alguien la llamara. Una hora después, sentada en la sala de la pequeña casa parroquial, su teléfono nuevo había sonado.
Para su sorpresa, recibió una llamada del hospital, donde le pedían que se presentara de inmediato a urgencias. Ella salió deprisa para encontrar algún medio de transporte para regresar a Ciudad Montejo, pero en la puerta de la iglesia otra camioneta negra ya la estaba esperando.
Gal no tenía idea de lo que pasaba. Y también le molestaba un poco que nadie le dijera nada. Durante el camino al hospital prefirió enfocar sus esfuerzos en respirar hondo para no perder la cabeza. Debía confiar en las personas que la habían ayudado. No solo le habían dado un techo y comida, también querían ayudarla a recuperar su investigación. Lo que Gal aún no entendía, era cómo.
En cuanto puso un pie en el hospital, todas las cabezas giraron hacia ella. Doctores, enfermeras, personal, todos la observaban y murmuraban a su paso. Se acercó al módulo de información a preguntar porqué la habían llamado pero entonces uno de los médicos del consejo de administración llegó corriendo hasta ella.
—¡Doctora Rivadeneyra, por aquí por favor!
—¿Qué pasa?—preguntó ella pero una enfermera llegó con una bata y se la puso a Gal sin su consentimiento.
—Un paciente… La esperan… Doctora, debe atenderlo con premura y dedicación.
—Pero… yo no trabajo aquí.
—Usted solo haga lo que la jefa le diga. Ahora entre. —El doctor la empujó hacia la habitación donde Gal encontró al padre Sebastián en una camilla y a Alejandra San Román dando vueltas como león enjaulado.
—¡Ella! ¡Ella es mi doctora!
—Doctora Rivadeneyra que bueno tenerla aquí —dijo una doctora que estaba ahí. Era la jefa del consejo de administración—. La señorita San Román trajo a este ilustre caballero porque tuvo una alteración cardiaca. Dijo que usted es su doctora y se ha negado a ser atendido por alguien más.
—¡Solo ella puede curarme! ¡Es mi doctora! —gritó el padre mientras se apretaba el pecho—. ¡Me duele!
Gal caminó torpemente hacia el cura y empezó a revisarlo. No tardó ni dos segundos en notar que el padre estaba en perfectas condiciones.
—¿Qué hace? —le susurró al hombre.
—Te ayudo…
—Gal Rivadeneyra… —murmuró Alejandra—. ¡Ya sé quién es usted! ¡Es la doctora de la investigación ganadora! ¡¿Recuerda padre?! ¡La que estuvimos comentando la otra noche en la cena con el Gran Duque! Que por cierto, estaba muy impresionado —terminó Alejandra mirando a la doctora jefa.
—¿En serio? —preguntó la mujer con una sonrisa tensa.
—Oh sí. Mi tío… Ah perdón. El Gran Duque Guillermo, comentó algo sobre hacer un comunicado oficial para que todos en Castilnovo sepan que desde aquí se está contribuyendo a la medicina internacional.
—Un gran logro para la reputación de este hospital —continuó el padre Sebastián—. ¡Y de mi doctora!
—¿Sabe una cosa? —Alejandra miró a la jefa—. Me gustaría colaborar con la investigación. Me imagino que aceptan donaciones, ¿verdad?
La doctora jefa quedó de mil colores antes de responder.
—Sí. Las aceptamos.
—¡Bien! —gritó Alejandra dando un aplauso, que hizo brincar de susto a la jefa—. Doctora Rivadeneyra, como directora de la investigación, dígame… ¿Cuánto dinero quiere?
—Ah… Yo… Ahm…
—No sea tímida, doctora. —La animó Alejandra—. ¿Cinco millones de dólares? ¿Diez?
—Es que… —Gal no sabía qué decir. Intentó leer la expresión de Alejandra pero la chica parecía estar hablando en serio, aunque la lógica de Gal le decía que eso era imposible.
—Debemos revisar los números —intervino la doctora jefa—. La doctora Rivadeneyra… Ella no está al tanto… de los montos requeridos…
Entonces Gal sintió una punzada de rabia al ver la cara de la doctora jefa.
—No tengo idea de esos números porque ustedes me sacaron de mi investigación —dijo Gal con los ojos furiosos—. Me echaron de este hospital hace semanas, ¿y ahora intenta usarme para conseguir dinero para una investigación que, en primer lugar, ustedes nunca apoyaron?
—¡¿Qué está diciendo?! —Alejandra giró dramáticamente hacia la doctora jefa.
—Fue conforme a la ley… —intentó defenderse la doctora.
—¿Ah sí? —Alejandra se cruzó de brazos.
—La doctora Rivadeneyra fue acusada de conductas inapropiadas por otra doctora de este hospital, una profesional de intachable reputación y alcurnia. Por eso la doctora Rivadeneyra fue despedida.
—¿Quién la acusó de algo así?—preguntó Alejandra.
—La doctora Ana Galindo, hija del reputadísimo doctor Leopoldo Galindo, seguro usted lo conoce señorita Alejandra. Es el médico de su tío, el Gran Duque.
Alejandra asintió aun con los brazos cruzados.
—¿Ana, eso es cierto? —preguntó Alejandra a la puerta. Gal giró hacia atrás.
Ana estaba ahí.
Y tenía la mirada encendida.
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