⚡Cap 25 | El Pulso del Corazón

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EL PULSO DEL CORAZÓN

Capítulo 25


Gal no entendía porqué su cuerpo se negaba a apagarse. No entendía de donde le salían las energías cuando llevaba catorce días comiendo casi nada. Sin levantarse de la cama. Sin importarle nada. Pero su estúpido cuerpo pedía comida, pedía calorías. Gal revisó su refrigerador y lo encontró vacío, como su vida, así que bajó a la tienda a comprar galletas. Muchas. Toneladas. Solo necesitaba eso y café para vivir.
 Mientras preparaba el café del día escuchó la voz de Willy al otro lado de la puerta. Su amigo había ido cada día de descanso a intentar hablar con ella, pero Gal no quería verlo. Sabía cuál sería el tema de conversación y Gal no quería hablar de ella. Después de insistir por varios minutos, su amigo había gritado que volvería luego y Gal había escuchado sus pasos alejarse.
 Estaba terminando de servirse una taza cuando su puerta sonó otra vez. Extrañada, usó la mirilla y descubrió a Tico, el administrador del edificio. Un hombre maduro que a Gal siempre le había parecido muy educado.
 —Hola, Gal —dijo Tico cuando Gal abrió la puerta—. Vine por la renta.
 —¿La renta? —preguntó tratando de recordar qué día era—. Ya se debió cobrar de mi tarjeta.
 —Ese es el problema. El pago no pasó. ¿Lo tienes en efectivo?
 —Ahm… —Gal fue hacia su cartera pero solo tenía para comprar  algunos paquetes de galletas más—. No tengo, ¿se lo puedo pasar más tarde a su oficina?
 Tico hizo una mueca de incomodidad.
 —Lo necesito ahora, Gal…
 —Puedo ir al banco…
 —Es que… Gal… —Tico miró hacia ambos lados del pasillo y susurró—. Será mejor que te des prisa, ¿oíste? Trae el dinero y diré que el cobro se te realizó en tu tarjeta hace días.
 —¿Por qué…?
 —Solo hazme caso. Corre.
 Tico se fue rápidamente y Gal se dio prisa para ponerse ropa decente y correr al banco. La buena noticia es que no quedaba lejos. La mejor noticia es que no había gente y pasó muy rápido a ventanilla. La mala noticia, fue que no podía sacar nada de su cuenta.
 —¿Congelada? ¿Cómo que mi cuenta está congelada?
 —Eso veo aquí —dijo la cajera.
 —¡¿Pero por qué?!
 —Es un procedimiento de rutina. Pasa a veces con algunas cuentas cuando se ve algún movimiento sospechoso.
 —¿Sospechoso?
 —Pagos raros, esas cosas. Se congela y se investiga.
 —¡Yo no tengo ningún pago raro! Solo recibía un pago al mes de mi trabajo.
 —Puedes hablar con el gerente pero te dirá lo mismo. Es cuestión de esperar.
 —¿Cuánto tiempo?
 —No mucho. Dos o tres meses.
 —¡¿Meses?!
 —Es el procedimiento.
 Gal no podía creer eso. Así que pidió hablar con el gerente, que le dijo lo mismo. Media hora después, Gal se daba cuenta que la vida podía ponerse peor.
 Regresó a su departamento y empezó a buscar dinero entre los bolsillos de sus pantalones. En sus batas, bajo la cama, en donde fuera. Encontró algo, pero no era suficiente.
 —Tico —dijo para llamar la atención del administrador. El hombre tenía una pequeña oficina en el primer piso del edificio.
 —¿Trajiste el dinero?
 —Tuve un problema en el banco. Solo tengo esto en efectivo, pero no es ni la mitad.
 —Gal, esto no es ni la décima parte —dijo Tico contando los billetes y monedas que Gal le entregó.
 —Puedo ir a una casa de empeños y dejar mi laptop y mi teléfono.
 Tico la miró con lástima y Gal se sintió muy incómoda.
 —¿Ya viste la hora? Ya estará todo cerrado.
 —Iré mañana muy temprano. Sabe que siempre pago todo a tiempo.
 El hombre asintió con la cabeza y luego suspiró.
 —Lo siento Gal, no puedo esperar a mañana.
 —¿Qué quiere decir?
 —Mi jefe, el dueño del edificio… Solicitó tu departamento.
 —¿Qué?
 —Quiere que lo desalojes. Creí que si mostraba que ya habías realizado el pago podría conseguirte un mes extra.
 —¡Pero tengo un contrato firmado por dos años más!
 —Parece que eso no le importa.
 —No puede sacarme de aquí…
 —Perdón, Gal.
 Eso no podía estar pasando. Entonces Gal se dio cuenta que tanta mierda cayendo sobre ella no podía ser una casualidad.
 —¿El dueño del edificio quiere mi departamento? ¿Solo ese? ¿O quiere otros además del mío?
 Tico dudó un momento pero respondió:
 —Solo quiere el tuyo.
 —Ya veo. ¿Dijo por qué?
 —Gal, ¿crees que el dueño del edificio me explica sus motivos? —Tico volvió a suspirar—. Llamó y preguntó si una tal Gal Rivadeneyra tenía rentado un departamento aquí. Luego dijo que quería que te echara…¿Qué hiciste para que Pablo Amezcua te quiera en la calle?
 Gal frunció el ceño al recordar ese nombre. Era una de las personas que habían estado en la fiesta de cumpleaños de Leopoldo Galindo. Apretó fuerte los ojos, sabiendo exactamente lo que eso significaba. Había sido Ana.
 Miró por la ventana intentando pensar en una solución. Pero no tenía dinero, trabajo ni un lugar donde vivir. No tenía a Ana.
 —¿Cuándo quiere que me vaya?
 —El… desalojo debe… ser inmediato.
 Gal apretó los dientes y asintió con tristeza.
 —Haré mis maletas… ¿Puedo dormir aquí hoy?
 —Claro que sí —dijo Tico y Gal notó su voz temblorosa—. ¿Tienes a donde ir? ¿A quién llamar?
 —Sí —mintió ella—. No se preocupe.
 —Gal, de verdad lo lamento mucho. Siempre estaré agradecido por aquella vez en que ayudaste a mi esposa cuando tuvo su crisis asmática.
 Gal intentó esbozar una sonrisa pero no pudo. Salió de esa oficina sintiéndose peor que antes, totalmente vulnerable y sola. Cuando entró a su departamento fue como quedar huérfana de nuevo. Miró todo a su alrededor. Aunque el sitio se lo entregaron amueblado, cada cosa ahí era parte de ella. Era su pequeño espacio, su rincón. Y en unas horas ya no podría estar ahí de nuevo. Nada le pertenecía. Ni su dinero, que estaba congelado seguramente a petición de la chica que una vez había estado con ella en ese departamento. ¿Cómo Ana podía ser tan cruel?
 Sacó un par de viejas maletas y empezó a guardar sus cosas. Ropa, muchos libros y el pequeño equipo médico que había logrado reunir durante esos años. Las lágrimas volvieron a caer por sus mejillas. Silenciosas. Dolorosas. ¿Qué haría? Pensó en llamarle a Willy pero se sentía avergonzada con él. Llevaba días evitándolo y, además, no quería admitir sus mentiras frente a él. Sabía que debía decirle, pero no estaba lista para soportar otro abandono.
 Si empeñaba sus cosas tal vez podría juntar algo y tener para un pequeño cuarto por unos días. Debía conseguir trabajo, eso lo tenía claro. Pero una nueva sospecha la asaltó. Si Ana quería destruir su vida, seguramente ya había usado sus influencias para que ningún hospital de Castelnovo la contratara. Gal no tenía ninguna duda de que ese era el plan. Asfixiarla. Y debía admitir que lo estaba logrando.
 Esa noche no durmió. En su mente se seguía repitiendo la misma pregunta: ¿por qué seguía aquí? No encontraba una explicación lógica. Era más bien que ella era un accidente de la vida y por eso la propia vida estaba tratando de neutralizarla.  Sus padres nunca habían querido hijos, ellos mismos se lo habían dicho. Pero su madre había quedado embarazada y habían decidido tenerla. Pero ellos nunca dejaron de lado su estilo de vida de exploradores. Y Gal siempre tuvo claro que ella era un estorbo para sus padres. Tal vez hubiera sido mejor no nacer.
 Se limpió otra lágrima y giró sobre la cama. Ahí Ana la había cuidado mientras se recuperaba de su cirugía. Ahí Ana la había amado muchas veces. ¿Cómo alguien podía decir que la amaba y luego quitarle todo? Admitía que ella había cometido un error al mentirle pero ¿era necesaria tanta crueldad? ¿Cuanto más reclamaría Ana como pago por su engaño?
 Encendió su celular y empezó a buscar puestos de trabajo en clínicas. Apuntó algunas y decidió que muy temprano se marcharía de allí, encontraría un sitio modesto y se pasaría los siguientes días yendo a entrevistas. Le dolía saber que Ana estaba detrás de todo lo malo que le estaba pasando pero ese mismo pensamiento le hacía hervir la sangre de rabia. Eso le daría valor para salir de ese hoyo. Tal vez ese era su motivo: no dejarse destruir por Ana Galindo.



Gal se levantó temprano para salir de ahí. Sacó la basura, limpió bien y ordenó las cosas que le faltaban. Se colgó la mochila al hombro y cargó sus dos maletas. Quería ser fuerte, quería pensar que esa era una oportunidad para empezar de nuevo. Las cosas ya no podrían empeorar, ya no podían quitarle nada más, ya no le quedaba nada para entregar.
 Al salir del edificio, tenía claro que su primera parada sería una casa de empeño. Ahí dejaría su laptop y su celular, las únicas dos posesiones por las que le darían dinero. Tico le indicó donde quedaba la más cercana y se despidió de ella. Gal pudo ver verdadero pesar en los ojos del hombre.
 Pero ella no tenía tiempo para sentirse mal. Debía apurarse a conseguir un trabajo y recuperarse de todo eso. En la casa de empeño recibió el dinero por sus cosas. No era mucho pero le alcanzaría para unos días en un lugar barato. Acababa de dejar atrás la casa de empeño cuando una camioneta negra se detuvo frente a ella y dos hombres bajaron de ella.
 —¿La doctora Gal Rivadeneyra? —preguntó uno de ellos quitándose los lentes oscuros.
 —Sí —dijo ella con seriedad.
 —Vinimos por usted.


*****


Dieciocho días. Ese era el tiempo que Ana llevaba en su habitación. Lloraba cada noche pensando en Gal. La extrañaba. Cada minuto de su día, la extrañaba. Frente a su familia intentaba aparentar tranquilidad pues su madre insistía en que tomara pastillas cuando la veía llorando. Así que había optado por llorar a solas, en la oscuridad.
 Nadie en esa casa había vuelto a mencionar a Gal. Ni siquiera Jenn. Su mejor amiga parecía muy molesta con ella. Apenas le dirigía la palabra y ponía de pretexto el estrés por su boda. Pero Ana conocía muy bien a su amiga y sabía que su enfado era por Gal. No por la mentira de Gal, sino por la actitud que ella había tomado.
 Pero Ana no quería ver a Gal de nuevo. No quería arriesgarse a descubrir más cosas que le rompieran de nuevo el corazón. Porque si investigaba y descubría que Gal solo había estado con ella por interés o por algo peor, se moriría. Prefería pensar en Gal como una exnovia a la que amó pero que luego lo suyo no funcionó. Quería pensar en lo bueno. Ni siquiera quería pensar en sus mentiras. En la burla.
 —Señorita Ana, un doctor vino a visitarla —dijo una chica del servicio asomando la cabeza a su habitación.
 —No quiero visitas.
 —Le dije que está indispuesta pero insiste. Dice que es urgente.
 Ana suspiró y bajó al recibidor. Willy se acercó a ella en cuanto la vio.
 —¿Fuiste tú? —preguntó su amigo.
 —¿Qué?
 —¿Fuiste tú, como en el hospital?
 —Willy, no te entiendo nada.
 —¡¿Que si tú hiciste desaparecer a Gal?!
 Ana sintió una puñalada muy dolorosa en su corazón.
 —¿Desaparecer? ¿Gal desapareció?
 —Sí y no te hagas la inocente. —Su amigo la miró con furia—. Sé que tú hiciste que la despidieran.
 —¿Despidieron a Gal?
 —¡Deja de fingir, Ana! Todos en el hospital saben que tú hiciste que la sacaran de ahí.
 —Pero, yo no…
 —¿Sabes algo? Sabía que eras influyente, con tu apellido bonito y los millones de tu familia. Pero nunca creí que fueras una ex tóxica. ¿No te bastó con quitarle su investigación y también mandaste que la sacaran de su departamento?
 —¡Willy yo no sé de qué estás hablando! ¡¿Qué investigación?!
 Willy parpadeó muchas veces y frunció el ceño.
 —La investigación cardiológica en la que Gal había estado trabajando. Se la habían aprobado. La habían nombrado directora del proyecto… ¡Ella salió corriendo a decírtelo! Lo siguiente que supe fue que la habían corrido por tu culpa.
 Ana abrió mucho los ojos. ¿Gal iba a dirigir esa investigación? ¿Qué había pasado? ¿Cuándo? Trató de recordar la última vez que vio a Gal. Ella estaba en su departamento esperándola para exigirle una explicación. Gal había llegado, se veía emocionada y luego… luego…
 —¿Tampoco está en su departamento?
 —No te hagas la…
 —¡Contesta!
 —No, Ana. La corrieron de ahí hace días. El administrador no quería decirme nada pero le supliqué. ¡Casi lloré frente a él!
 —¿Y qué te dijo?
 —Que había recibido órdenes de echarla a patadas de ahí. Y… dijo que Gal… que había tenido un problema y no tenía dinero. Ana… —Su amigo se acercó más a ella—. ¿Fuiste tú?
 Ana no respondió porque no sabía qué responder. Pensó en Gal, en lo que ella no sabía por haber estado encerrada en su habitación. ¿Qué había hecho su padre? Cuando Jenn dijo que su familia destruiría a Gal, Ana no se imaginó el alcance. Estaba tan herida que…
 —¿Dices que está sin trabajo, sin dinero y sin casa?
 —Ana ni siquiera sé si está viva. ¡No sé cómo encontrarla!
 —Hay que ir a sus lugares favoritos.
 —¿Crees que no hice eso ya? He preguntado a cada maldito vecino y conocido. Pero Gal… Es como si no… existiera.
 —Cállate —susurró ella con una aplastante angustia creciendo en su pecho—. Publica en tus redes sociales, tal vez alguien la haya visto.
 —Ana… Entonces… ¿No fuiste tú?
 Ella negó con la cabeza.
 —Yo no hice nada para dañarla… pero… permití que alguien más lo hiciera —dijo con un nudo en su garganta—. Pararé esto, ¿sí? Encontraremos a Gal… Ella estará bien.
 Willy se marchó de inmediato para seguir buscando mientras Ana trepaba con rapidez a su auto. Pisó el acelerador a fondo para ir en busca de respuestas. En el club no le fue difícil encontrar a su padre. El hombre solía estar en uno de los restaurantes del lugar.
 —Ana, qué bueno que estás aquí —dijo su papá en cuatro la vio. Leopoldo estaba sentado con dos amigos suyos y giró el rostro para enseñarle algo a Ana—. Me dijeron que Alejandra está en la pista ecuestre, ¿por qué no vas a saludarla?
 —No estoy aquí para hacer vida social, padre. Vine a saber qué demonios hiciste con Gal.
 Leopoldo parpadeó varias veces. Sus amigos carraspearon y miraron hacia otra dirección.
 —Ana, esos modales…
 —Al cuerno con tus modales. ¿Dónde está Gal?
 —¿Por qué crees que yo sé eso?
 —Sé que por tu culpa la despidieron. No te atrevas a negarlo.
 —Me hice cargo de la situación —dijo Leopoldo con firmeza—. No iba a permitir que una… —Su padre se paró frente a ella y susurró—. Una huérfana manchara la reputación de la familia.
 —¿Dónde está Gal?
 —No lo sé —dijo su padre encogiendo sus hombros—. No me interesa y tampoco debería interesarte a ti. ¿O ya olvidaste lo que te hizo?
 —A ti no te importa lo que me hizo —dijo Ana con una risita amarga—. Lo que no le perdonas a Gal es que no haya nacido en una cuna de oro. ¿Dices que una huérfana no es digna de mí? ¿Entonces por qué insistes una y otra vez en que me acerque a Alejandra? ¡Ella también es huérfana papá, ¿ya lo olvidaste?!
 —Pero ella es una San Román.
 Ana volvió a soltar otra carcajada.
 —Acusaste a Gal de acercarse a mí por interés y mira nada más lo que haces tú.
 —Ella nos engañó a todos, Ana. Ni siquiera sabes lo que esa chica quería.
 Ana miró hacia el jardín al otro lado del enorme ventanal.
 —Ella me quería a mi. Me amaba. Eso era todo. Y yo... —La voz se le quebró—. Dejé que tú le hicieras esto.
 Ana se dio la vuelta pero su padre la detuvo.
 —¿A dónde vas?
 —A buscarla.
 —No cometas ese error.
 —El error fue alejarme de ella sin escucharla. Debí hacerlo y debí protegerla de ti.
 —Ana, no…
 Ella miró una vez más a su padre.
 —No te atrevas a lastimarla de nuevo, ¿oíste? Ella es mi novia y si no respetas eso, esta será la última vez que nos veamos.
 Su papá abrió mucho los ojos. Parecía que iba a decir algo pero Ana no se quedó a escucharlo. Corrió de nuevo hacia su coche y salió a toda velocidad de ahí. Marcó el número de Gal pero era como si su línea no existiera. Un escalofrío bajó por su columna al recordar las palabras de Willy: «Ni siquiera sé si está viva».
 Sacudió la cabeza para espantar cualquier pensamiento de ese tipo. No podía ponerse a llorar otra vez. Debía encontrar a Gal a como diera lugar.


Ana estaba desesperada. Willy acababa de llamar con malas noticias. No había rastros de Gal, así que Ana fue a la policía a pedir ayuda. Pero al salir de ahí, sintió que debía hacer más. Quería recorrer cada calle de Ciudad Montejo, quería gritar una y otra vez su nombre con la esperanza de que la chica la escuchara. Era casi medianoche cuando tocó el timbre del departamento de Jenn. Su amiga tenía el cabello revuelto y señales de sueño cuando abrió la puerta.
 —Tenías razón —le dijo a Jenn en cuanto la vio.
 —Me dicen eso siempre. ¿En qué tuve razón esta vez?
 —Con lo de Gal —dijo ella entrando al departamento—. No debí involucrar a mi familia porque ahora mi padre hizo que la corrieran del hospital y de su departamento.
 —Madre Santa —dijo Jenn con la boca abierta.
 —¿Qué pasa? —Santiago había salido de su habitación—. ¿Qué haces aquí tan tarde?
 —Estoy buscando a Gal.
 —Pffff. ¿A esa chica?
 —Esa chica es mi novia —dijo ella con firmeza.
 —Pero…
 —¡Tú cállate Santiago! —le exigió Jenn a su prometido—. ¿Necesitas ayuda? ¿Quieres que salga a buscarla contigo? —Se ofreció su amiga.
 Ana sintió sus ojos llenándose de lágrimas. Jenn la abrazó enseguida.
 —Me equivoqué. Elegí mal, Jenn.
 —Hey, no es tan malo. Lo puedes remediar.
 —¡Claro que no! —gritó Santiago—. ¿En serio, Ana? ¿Perdonarás lo que nos hizo?
 —¡¿Qué te hizo a tí, cabezón?! —preguntó Jenn.
 Entonces Ana pensó en algo.
 —¿Tú lo ayudaste, cierto? Ayudaste a papá con todo esto.
 Su hermano no respondió enseguida, pero cuando lo hizo, dijo:
 —Fue por tu bien.
 —¡¿Mi bien?! ¡¿Dónde está Gal?! ¡¿Qué le hicieron?!
 Ana se lanzó sobre su hermano y lo derribó.
 —¡Ana!
 —¡Dime dónde está! —exigió torciendo un dedo de Santiago.
 —¡Me lastimas!
 —¡¿Dónde está Gal?! —Ana jaló las patillas de su hermano con todas sus fuerzas.
 —¡Yo no sé nada!
 Ana le dio un codazo a Santiago en su entrepierna.
 —¡Oye, su pene me sirve! —se quejó Jenn.
 —Ana… —dijo Santiago sin aire.
 —¡¿Dónde está Gal?!
 —Des… des… terrada —balbuceó Santiago en el suelo.
 —¿Qué?
 —Papá envió una soli... citud a la oficina… del Duque. Pidió… el destierro para… Gal.
 Ana palideció ante eso. Miró a Jenn que le jaló el cabello a Santiago y le preguntó:
 —¡¿Y tú le ayudaste?! ¡¿Cuándo hicieron eso?
 —Hace días —dijo Santiago tratando de levantarse del suelo—. Justo después de… pedir al hospital que la despidieran… a solicitud de Ana.
 —¡¿Qué?! —preguntó ella horrorizada.
 —Papá dijo que era mejor así. Gal debía saber que fuiste tú la culpable de…
 —¡Idiota! —Ana le lanzó una cachetada tan fuerte a su hermano que hasta ella sintió que algo se le rompió en la mano. Temblaba de rabia.
 —Empieza a hablar —dijo Jenn agarrando una lámpara para apuntar a la cabeza de su prometido como si de un bate de béisbol se tratara—. ¿Qué hizo tu padre en el hospital?
 —Sabes que todos en la administración son amigos de papá —dijo Santiago con los ojos en ella—. No fue difícil que la despidieran. Y papá dejó claro que debían asegurarle a Gal que habías sido tú la que había solicitado el favor. Lo mismo hicimos en su departamento. El edificio es de Pablo, así que con una llamada papá lo arregló también. Le dijimos que no era necesario ocultarle que había alguien detrás de su desalojo. Y… también hicimos lo del banco. Papá le pidió a Roger Trava que congelara el dinero de Gal.
 —¿Y lo del destierro? —preguntó Jenn. Ana agradeció por su pregunta, pues ella estaba tan molesta que no podía hablar.

—Bueno, hay una ley sobre eso. Casi no se usa pero papá hizo todo el trámite en la oficina de Don Guillermo. Dijo que seguro se lo conceden, ya que son amigos. Y si Gal no está por ninguna parte, me imagino que ya la sacaron de Castilnovo.
 Ana dio un paso hacia su hermano, dispuesta a matarlo pero Jenn se le adelantó.
 —¿Qué clase de persona eres? —preguntó Jenn con voz gélida—. Vete de mi departamento.
 —No hablas en serio.
 —Hablo muy en serio, Santiago. Ahora tengo ganas de tirarte por la ventana, idiota. ¡Vete! —Jenn levantó la lámpara como si fuera a romperla en la cabeza de su prometido, que se apresuró a salir de ahí.
 Ana seguía clavada en su lugar, incapaz de procesar todo eso. Su familia se había encargado de acorralar a Gal. De arrebatarle toda seguridad. Gal estaba ahí afuera sola y Ana sentía que moriría de impotencia.
 Y si el destierro ya se había ejecutado, ¿cómo encontraría a Gal?

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… Continuará…