⚡Cap 24 | El Pulso del Corazón

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Será duro.

Cada semana un cap. nuevo.

EL PULSO DEL CORAZÓN

Capítulo 24

Un escalofrío doloroso bajó por su cuerpo mientras los ojos de Ana seguían clavados en ella como una daga envenenada. Gal sentía la garganta cerrada y el cerebro apretado. Dolía. Cada parte de su cuerpo dolía aunque ella no pudiera decir exactamente de dónde venía ese dolor. Solo sabía que era intenso. Y cada segundo de silencio de su chica era como una condena de muerte.
 —Dime que hay una explicación para esto… —comenzó a decir Ana con la voz cortada—. Dime que es una confusión… Dime… que lo que estoy pensando… Gal… ¡DIME ALGO!
 Pero ella no podía hablar. Físicamente se sentía asfixiada. Tanto por la presencia de Ana como por la carpeta en sus manos. Regresó la mirada a esas hojas y el dolor creció. Las voces volvieron. La pesadilla despertó otra vez. Ella quería olvidar, quería pensar que su pasado había sido solo un mal sueño. Pero Ana, la mujer que amaba le había puesto esa bomba en las manos. La había regresado a la realidad. Y Gal odiaba la realidad. Si detestaba pensar en eso, ¿cómo esperaba Ana que siquiera pudiera decir algo al respecto?
 Miró de nuevo a su novia y quiso gritar. Quiso llorar, quiso arrojarse a sus brazos y pedirle que la ayudara a apagar el dolor. Dio un paso hacia Ana pero su novia retrocedió. Esa simple reacción de Ana hizo que Gal sintiera de nuevo una soledad aplastante.
 —¿Cómo lo conseguiste? —Se le escapó mirando de nuevo su expediente.
 —¿Es cierto? ¿Lo que dice ahí es verdad? —preguntó Ana pero Gal no podía mover un centímetro de su cuerpo. Las lágrimas empezaron a salir de los ojos de Ana—. ¿Pensabas contármelo algún día? ¿O querías seguir jugando conmigo?
 Gal dio otro paso hacia Ana pero su novia volvió a retroceder. El dolor se hizo más grande en su pecho. Pero Gal tenía claro que no podía permitir que Ana llorara por su culpa.
 —No juego contigo… —susurró con esfuerzo.
 —¿An, no? —Los ojos de Ana la miraron con tanta rabia que Gal sintió que iba a caer al suelo en cualquier momento, totalmente destruida por el dolor—. Yo no sé qué clase de mente retorcida tienes, Gal. No sé quienes son esas personas que te atreviste a llevar a mi casa. No sé qué planeabas hacer con todo esto… Así que te exijo una confesión… —dijo Ana cada vez más agitada—. Vine a comprobar si tienes el valor de decirme exactamente quien eres…
 —Sabes quien soy…
 Ana soltó una risa amarga y la observó con ironía.
 —Una mentirosa, eso es lo que eres, Gal.
 —No quería… Ana… Yo no quería…
 —¡¿Y porqué lo hiciste?! ¡¿Por qué?! ¡¿Qué pretendías?! ¡¿Acceso a mi familia?! ¡¿Acostarte conmigo nada más?!
 —No —dijo con firmeza. Ella no permitiría eso—. No fue por eso. Yo nunca… Ana… —El aire le faltaba. La carpeta en sus manos era como una pesa de mil toneladas que la jalaba hacia el infierno. Gal soltó las hojas y dio un paso adelante totalmente dispuesta a morir si era necesario—. No pienses eso de ti. Tú no eres un juego, Ana. Yo te a…
 —¡No te atrevas! —interrumpió la chica con la voz quebrada—. No te atrevas a decir eso. No quieras manipularme, no intentes… Fue muy fácil, ¿no? Decirme todas esas mentiras…
 Gal negó con la cabeza. A pesar del dolor pudo ver que esa situación solo tenía un final. Una de las dos tendría que salir de ahí destruida. Gal tenía claro quién sería.
 —Tú eres maravillosa, Ana. No pienses… ni por un segundo pienses que… fuiste un juego —dijo con todas las fuerzas que le quedaban—. Tú hiciste lo correcto en cada ocasión, y si te dije… —Respiró hondo entendiendo lo que las siguientes palabras significaban—. Si te mentí…
 —¿Entonces es verdad? ¿Ese expediente dice la verdad?
 Gal dio un paso adelante y  miró los ojos de Ana.
 —Sí.
 Ana se tapó la cara y negó varias veces mientras lloraba. Gal no podía soportar eso. Era peor que pensar en sus padres. Se acercó despacio a Ana pero su novia la empujó en cuanto notó su cercanía.
 —¡Aléjate! ¡No te atrevas!
 Gal clavó los ojos en el suelo.
 —Tú me amas —dijo entonces—. Estás aquí, viniste a hablar. Eso significa que…
 —Significa nada, Gal. —Los ojos de Ana se llenaron de rabia nuevamente—. ¿Crees que después de esto…?
 Ana caminó al frente para intentar esquivarla y salir de ahí pero Gal se interpuso en su camino.
 —No te vayas, por favor —pidió aferrándose a una última esperanza.
 —No quiero verte, Gal. Quítate.
 Gal apretó la mandíbula y durante esa fracción de segundos quiso memorizar el rostro de Ana. Estaban frente a frente, cerca. Tal vez la última vez que lo estarían.
 —Perdóname… —susurró ella.
 Los ojos de Ana se empañaron de nuevo.
 —Déjame pasar.
 —Espera, por favor…
 —¡Que te quites! —gritó Ana—. ¡¿No entiendes que ya no quiero saber nada de ti?!
 Gal contuvo el grito doloroso que quiso salir de su boca. Asintió lentamente y se hizo a un lado para dejar que Ana se fuera. Ya no veía nada por las lágrimas acumuladas en sus ojos. No podía hablar por el nudo en su garganta. Bajó la vista al suelo, sin saber si Ana seguía ahí o no. Entonces un sonido se hizo más fuerte. Ana lloraba. Ana seguía ahí aunque ya tenía el camino despejado. Sus ojos se cruzaron y Gal se tambaleó un poco pero se atrevió a susurrar una vez más:
 —Perdóname.
 —Si lo que hiciste te da aunque sea un poco de vergüenza… entonces… espero que no… vuelvas a buscarme.
 Ana pasó a su lado y salió del departamento. Lentamente Gal fue cayendo al suelo donde, curiosamente, la voz de su madre llegó. Recordó la ocasión en que su mamá había descrito el descenso a la Fosa de las Marianas. Había dicho que era como un vacío, como morir. Pero en ese momento Gal estuvo segura que la muerte debía sentirse como lo que ella estaba sintiendo tumbada en el suelo.


*****

Ana no podía respirar. Se apoyó en la pared para no caer y siguió caminando hacia la salida del edificio. Cada paso costaba. Cada metro lejos de Gal le dolía. Pero las palabras en ese expediente volvieron. Gal le había mentido. Y no solo a ella, también a su familia. Ella no estaba segura de quién era Gal. ¿Qué había sido real entre ellas y qué cosas  habían sido parte del engaño? ¿Que esperaba ganar Gal de todo eso?
 Cuando subió a su coche dejó que las lágrimas salieran a su antojo. Se abrazó del volante y gritó. Su pecho ardía, su cabeza iba a estallar. Sentía el impulso de correr hacia Gal y besarla. Y también sentía el impulso de patear su trasero mentiroso.
 Estaba tan aturdida que no tenía idea de cómo había logrado llegar a su casa. No recordaba el camino. Ni siquiera sabía si eso era real o estaba soñando o alucinando. Tal vez se había desmayado en la calle y seguía ahí tirada. O tal vez llevaba años en coma en un hospital. Ana no estaba segura de nada. Ni de existir. Pero de repente alguien la estaba abrazando. Voces, personas. Reconoció su habitación y se tumbó sobre su cama. Más voces, preguntas que no entendía y dolor. Mucho dolor. Cerró los ojos suplicando que el fuego en su cuerpo parara. Quería despertar junto a Gal y que le dijera que todo había sido una pesadilla. Quería que ese expediente no existiera. Quería que su novia la abrazara. Entonces pensó que tal vez eso era real y ella ya no tenía novia. Gal ya no estaría en su vida. Volvió a soltar un grito y más pasos se escucharon. Una cara conocida apareció frente a ella y la zarandeó con violencia.
 —¡Ana! —Jenn la arrojó sobre las almohadas y fue como si Ana despertara de un sueño profundo—. ¡¿Me escuchas?! —Más jaloneos—. ¿Qué sucedió, Ana? ¿Estás bien?
 Ana miró a su alrededor, ahí estaban sus padres, su hermano Santiago y Jennifer. Regresó la mirada a su mejor amiga y empezó a llorar de nuevo, aferrándose a ella.
 —Es cierto, Jenn. Es verdad —dijo con voz gangosa.
 —¿Lo de Gal? —preguntó su amiga. Ella asintió.
 —¿Qué pasa con Gal? —Se escuchó la voz de su padre.
 —Pelea de novias —dijo entonces Jenn—. Ya sabe cómo son estas cosas.
 —¡Esto no fue solo una pelea! —dijo su madre, acercándose a ella—. ¿Qué sucedió, hija? ¿Qué hizo Gal?
 Ana volvió a mirar a su familia y luego a Jenn, que negó ligeramente con la cabeza. Pero Ana sintió de nuevo la rabia hirviendo en ella. Se sintió engañada, burlada.
 —Gal nos mintió a todos —dijo con furia—. Esa mentirosa entró a esta casa y…. y…
 —¿De qué hablas? —presionó su padre.
 —Ana sólo está enojada con su novia —intervino Jennifer.
 —Ya no es mi novia —aclaró ella.
 —¿Qué te hizo? —preguntó Santiago con el ceño fruncido.
 —Solo fue un malentendido. Creo que deberíamos dejar que Ana descanse y se tranquilice —comentó Jenn.
 —¡Nos engañó a todos! —gritó ella furiosa—. ¡Sus padres están muertos! ¡Gal creció en un orfanato!
 Su declaración retumbó en la habitación. Por varios segundos nadie se movió ni dijo nada.
 —Pero… conocemos a sus padres… —dijo Leopoldo totalmente confundido.
 —No son sus padres, papá. No tengo idea de quienes son, pero los verdaderos padres de Gal murieron hace muchos años
 —¡¿Una huérfana?! —Leopoldo Galindo frunció el ceño y su mirada se endureció—. ¡¿Cómo se atrevió esa chica?!
 —Ana, ¿estás segura de eso? —preguntó su madre con voz tranquila. Ella asintió.
 —Totalmente, mamá.
 Sonia bajó la mirada, pensativa. Ana quería preguntarle qué cosas tenía en la cabeza, pero su papá habló de nuevo.
 —Lo dijiste muy bien Ana, esa chica ya no puede ser tu novia.
 Ana sintió mucho pesar escuchando esas palabras, pero la mirada furiosa de su padre le hizo pensar que el hombre tenía razón. Gal solo les había visto la cara a todos. Había entrado a su casa acompañada de un par de personas que agrandaron la mentira.
 —Tal vez querían robarnos —dijo Santiago—. Estudiarnos, ver la casa por dentro, saber cuánto dinero podían obtener.
 —No digas tonterías —le dijo Jenn a su prometido—. Gal estaba aquí por Ana…
 —¡Exacto! ¡Para secuestrarla! —dijo Santiago.
 —No, tonto. Gal ama a Ana —aclaró Jenn.
 —¡Tonterías! —dijo Leopoldo—. Ahora mismo me encargaré de Gal. Me aseguraré de que no pueda... —murmuraba su padre mientras iba a la salida.
 —¡Leopoldo, espera! —dijo Sonia corriendo detrás de su marido.
 Ana estaba aturdida y en su mente retumbaban las palabras de Jenn. ¿Era cierto? ¿Gal la amaba? Las lágrimas regresaron a sus ojos. No estaba segura de que eso fuera cierto. Quería creer que sí. Que cada momento juntas, cada ocasión en su cama, era real. Para ambas. Pero ¿y si Santiago tenía razón? ¿Y si Gal y sus cómplices buscaban algo más? Se sintió sucia pensando que tal vez se había entregado a alguien que solo la estaba utilizando. ¿Qué era real? ¿Qué era mentira?
 —¡Fuera de aquí! —gritó Jenn empujando a su prometido. Ana la observó acercarse de nuevo a ella. Su amiga se sentó a su lado—. No debiste decirles eso.
 —¿Por qué no? Es la verdad.
 —Porque ahora tu padre querrá destruir a Gal y Santiago se encargará de arruinar su reputación frente a todo Castilnovo.
 —Se lo merece.
 —¿En serio lo crees? —Jenn suspiró—. No puedo detener a tu padre, solo puedo intentarlo con Santiago. Del resto de tu familia tendrás que hacerte cargo tú.
 —No quiero detenerlos —dijo entonces ella—. Todo esto que siento… este dolor… Gal lo hizo.
 —No, Ana. El dolor que sientes es porque la amas. Si no la amaras, esto no te importaría tanto.
 —¡Ella me engañó!

—¿Y porqué lo hizo? ¿Quienes son esas personas que trajo aquí?
 —No lo sé.
 —¿No sabes? ¿Hablaste con Gal?
 —Sí.
 —¿Entonces por qué no sabes eso?
 Ana pensó un momento.
 —Gal no lo dijo.
 —¿Y qué te dijo?
 —Dijo… Ella solo pidió  que… la perdonara.
 Jenn la miró con tanto dolor que a Ana se le partió el corazón otra vez.
 —O sea que no sabes la historia de Gal. Y antes de averiguar quien es en realidad, viniste aquí y se la entregaste a tu familia. Ana… Ellos van a destrozarla, tú lo sabes.
 —No me importa. Jenn, ella me engañó desde el inicio. Si me hubiera querido… —Su voz se quebró otra vez—. Si de verdad me hubiera amado, ella…
 Ya no podía hablar más. El dolor volvió. El engaño. Cada palabra de ese expediente. Los recuerdos de Gal. ¿Cuándo empezó a mentirle? Ana intentó recordar la primera ocasión en que Gal le habló de sus padres. ¿Ya tenía preparada la mentira? ¿Esas dos personas ya eran parte del plan y solo esperaban el momento oportuno para aparecer? ¿Qué quería Gal con todo eso? ¿Dinero? ¿Estatus? ¿Sexo?
 —Creo que estás cometiendo un error.
 —Lo dices porque Gal no te engañó a ti.
 —¿Disculpa? Claro que Gal me engaño a mí también. A todos, Ana. Pero aquí no importamos los demás, solo ustedes dos. Y si yo tengo mil preguntas para Gal, me imagino que tú tienes dos mil. Pero en lugar de preguntarle viniste aquí a acusarla con tus papás. Y ellos que tampoco saben nada sobre Gal saldrán a cazarla. ¿Te parece lógico eso?
 —Yo no pensé…
 —¡Pues claro que no pensaste! Donde tú ves a tu novia que te dijo una mentira, tu padre ve a una plebeya huérfana indigna de una Galindo. Tu orgulloso padre irá por venganza por algo que no le afecta  a él en lo más mínimo, Ana.
 —¡Pero nos engañó a todos!
 Jenn negó con la cabeza y la miró.
 —Piensa un poco, Ana. Tú conoces a Gal.
 —No la conozco.
 —Claro que sí. Ahora estás herida, pero piensa con lógica un momento. ¿Por qué alguien como Gal se negaría a hablarte de su pasado? ¿Por qué estaba armando una conspiración contra los Galindo? ¿En serio lo crees? —Ana sentía su cabeza más confundida que antes. Más preguntas saltaron en su mente y se arrepintió de haber huido del departamento de Gal.
 —Creí que irías a matarla. Eso dijiste, ¿recuerdas? Si ella me lastimaba…
 Jenn se encogió de hombros.
 —Gal es una boba cuando se trata de ti, Ana. Es una patética enamorada. No podría matar a alguien que te ama… Tal vez solo a tu hermano. ¡Es tan terco a veces!
 —No quiero perdonarla, Jenn. Dices que me ama pero ahora no siento eso. Ahora solo creo que todo fue una mentira. Ya no confío en ella.
 Su amiga le dio unas palmaditas en la espalda.
 —Supongo que sólo puedes hacer una cosa. O la olvidas o la perdonas. Elige aquella con la que puedas vivir.
 Ana iba a responder pero su madre entró.
 —Le he pedido a Mag que te traiga algo para comer. Luego deberás tomar esto. —Su mamá le mostró una caja de tranquilizantes.
 —Esto es muy fuerte mamá —dijo ella leyendo la dosis.
 —Lo necesitas, estás muy alterada.
 —¿Dónde está mi padre?
 —Salió.
 —¿A dónde? —preguntó ella con un terrible presentimiento.
 Su mamá se acercó y le acarició la mejilla.
 —Nosotros lo manejaremos, tú ya no debes preocuparte.
 —¿Qué manejarán? ¿Qué harán?
 —Gal —dijo su madre y Ana sintió un escalofrío—. Protegeremos a la familia. Tú solo come algo y duerme. Esa chica ya no volverá a molestarte nunca más.
 Sonia le dirigió una última mirada y se fue. Ana cruzó una mirada con Jenn.
 —¿Harás algo? —le preguntó su amiga.
 Ana caminó hacia la ventana de su habitación. Sentía su cuerpo ligero, sus ojos cansados, su cabeza adolorida, su corazón roto. Se tocó el pecho y pensó que irónicamente una cardióloga se lo había destrozado.
 —No —dijo con firmeza—. Ella se lo merece.
 Escuchó un suspiro detrás de ella y los pasos de Jenn caminando hacia la salida.
 —Ni siquiera sabes eso. Pero bueno, supongo que ya tomaste tu decisión. Lo verdaderamente terrible, es que nadie merece lo que tu familia le hará a esa chica.



*****

Cuando meses atrás Ana se acercó a ella, Gal empezó a sentir que ya no estaba sola. Que había alguien a quien le importaba. Y cuando Ana le había dicho que la amaba, Gal había tenido la certeza de que por fin tenía un hogar. Pero de nuevo la vida le estaba mostrando que tenía a sus favoritos y que la felicidad que había sentido esos meses, solo era prestada. Era pasajera.
 Cuando Ana salió de su departamento y azotó la puerta, Gal supo que la había perdido. La misma Ana le pidió que no la buscara. Gal podía respetar eso. Podía entender que lo había arruinado. Que su vida era así y no debía hacer nada por cambiarla. Existir, respirar. Lo mismo de antes. ¿Valía la pena? ¿Para qué? ¿Cuál era el objetivo de su vida? ¿Una carrera? ¿Ser la mejor cardióloga? ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Para quién?
 Entró al hospital sin estar segura de dónde había sacado las fuerzas para levantarse del suelo después de que Ana se fue. No entendía porqué aún seguía con vida. No podía descubrir cuál era el propósito de que respirara. Sola. Sin nadie.  Así se sentía.
 Uno de sus compañeros le dijo que el doctor Cepeda había solicitado verla en cuanto llegara. Gal asintió con la cabeza y se dirigió a la oficina de su mentor, donde seguramente tendría que sacar más fuerzas para llevar a cabo su nuevo puesto de trabajo. Pero eso estaba bien. Después de perder a Ana, ese hospital era todo lo que le quedaba.
 —Gal… —dijo Cepeda en cuanto la vio entrar.
 —Estoy lista para empezar, doctor.
 —Gal… Siéntate.—Ella lo hizo y su mentor dijo—: Ha habido un  contratiempo, Gal.
 —¿Cuál?
 —Ahm... —Cepeda buscó un documento sobre su escritorio—. La investigación debe ser dirigida por un médico de este hospital…
 —Yo soy médico en este hospital.
 Cepeda le entregó el documento.
 —Ya no, Gal.
 Gal leyó el papel en sus manos.
 —¿Me despidieron? —preguntó ella con un agujero en su pecho.
 —Lo siento, Gal. De verdad. La administración del hospital recibió reportes sobre conductas inapropiadas de tu parte…
 Gal ya no escuchaba nada. Ese pedacito de cuerda que aún le mantenía en pie, se había roto. Ella sabía perfectamente que nadie podía quejarse sobre su rendimiento en ese hospital. Era impecable. Pero ella no era tonta. Sabía que eso no era por su trabajo en el hospital.
 —¿Quién hizo esto? —dijo sin levantar la vista del papel.
 —La administración no me dijo…
 —¿Quién fue? —preguntó ella con rabia.
 —Ana Galindo.
 Fue como una flecha en su corazón. Gal sintió el nudo crecer de nuevo en su garganta. Ese era el precio que Ana quería que pagara. Su sentencia. Era el precio más alto y Ana sabía eso. Por eso era más cruel. Ana quería su sangre, eso a Gal le quedó muy claro. La mujer que juró amarla le estaba quitando lo único que le quedaba.
 —¿Puedo apelar? ¿Hablar con alguien?
 Cepeda tragó grueso y negó con la cabeza.
 —Lo siento, Gal. Tienes que salir de aquí ahora mismo. No eres bienvenida en este hospital.
 Gal aguantó las lágrimas que querían salir de sus ojos. Soledad. Vacío.
 Se puso de pie.
 —Recogeré mis cosas —dijo estirando la mano para estrechar la de Cepeda—. Gracias por todo lo que me enseñó, doctor.
 —Gal, ojalá pudiera hacer algo más para ayudarte. Pero no… no me escucharon. Tal vez podría recomendarte para otro hospital, uno pequeño aunque sea.
 —No se preocupe doctor, estaré bien —dijo con un zumbido aumentando en sus oídos. Sin mirar de nuevo a su mentor, salió de ahí.
 Afuera de la oficina de Cepeda un par de guardias de seguridad la estaban esperando. Gal apretó la mandíbula y fue hasta su casillero a recoger sus cosas ante la mirada de los dos hombres. Era como si pensaran que iba a robarse hasta las macetas del pasillo. Nadie se acercó a ella a preguntar. Nadie la defendió ni la miró. Gal  salió a la calle y vio las puertas de ese hospital cerrarse detrás de ella.
 Miró hacia el frente pensando que la vida era rara. Solo un día antes creyó que lo tenía todo: Un trabajo increíble que había conseguido tras meses de esfuerzo y una mujer maravillosa.
 Pero solo veinticuatro horas después estaba de pie en la calle, sin trabajo, sin mujer y con el corazón vacío.

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