⚡Cap 22 | El Pulso del Corazón

❤️

Justo a tiempo. Terminé este capítulo a las 4:58 pm jajajaa.

Espero que lo disfrutes.

Capítulo 22

Ana salió corriendo de su habitación para evitar que se le hiciera más tarde. Era el cumpleaños de su padre y  toda la familia ya estaba rumbo al muelle para abordar el yate donde celebrarían todos juntos. Sacó su celular y marcó el número de su novia.
 —Hola —dijo una voz al otro lado de la línea.
 —¿Ya estás lista? Estoy saliendo de mi casa.
 —Ana… Uhmm… Tengo un contratiempo en el hospital, llegaré tarde.
 ¿Contratiempo? Dijiste que solo te faltaba firmar un par de altas de tus pacientes…
 Sí, eso… Pero llegó alguien a urgencias… Es algo complicado…
 —Intenta darte prisa, ¿de acuerdo? Tus padres irán y mi papá espera verte ahí también.
 —Intentaré llegar.
 —Tienes que llegar, Gal. No zarparemos sin ti, ¿oíste?
 —Nos vemos luego.
Y  la llamada se cortó.
 Ana frunció el ceño pero no tenía tiempo para enojarse con su novia. Debía pasar por algunas cosas que su madre había olvidado y luego alcanzarlos a todos en el muelle. También debía estar pendiente de la llegada de los padres de Gal, pues sabía que esa sería la ocasión perfecta para poner la cereza sobre el pastel.
 Agradeció a todos los Dioses por poder avanzar sin tanto tráfico hasta los lugares donde su mamá le había indicado y luego, cuando se encaminó hacia la playa, también encontró la carretera despejada.
 Estacionó el auto junto al de su hermana y pidió auxilio para bajar todo lo que había llevado.
 —Por fin llegas —le dijo Jenn mientras cargaba una bolsa que ella le pasó—. ¿Dónde está Gal?
 —No debe tardar en llegar.
 —¿Segura? Ya han llegado casi todos. No creo que tu padre la espere aunque sea su nuera favorita.
 Ana esbozó una sonrisa.
 —Gal no es su nuera favorita, esa eres tú.
 —Déjalo así, Ana. Estoy en paz con eso. Gal y sus padres son la nueva adoración de tu papá, está ansioso porque lleguen.
 —Creí que ya estarían aquí.
 —No, pero… —Jenn giró la cabeza cuando un auto llamó su atención y Ana lo reconoció enseguida. Sus suegros bajaron con mirada de asombro viendo el enorme yate detrás de ella.
 —Esto es celebrar con estilo —dijo su suegro acercándose para besarle la mejilla—. ¿Todo bien, corazón?
 —Claro que sí, qué bueno que vinieron.
 —No nos perderíamos algo así. ¿Dónde está mi hija? —preguntó su suegra.
 —No ha llegado.

—¡Esa chiquilla! —dijo Tobías mirando su reloj.
 —Jenn, ¿podrías acompañarlos? Le llamaré a Gal para saber si ya está cerca.
 —Será un placer. Señores, síganme por favor y abordemos juntos este maravilloso navío que espero sea más fuerte que el Titanic.
 —Si hacen una película sobre mí en un naufragio espero que me interprete Scarlett Johanson —dijo Matilde mientras seguía a Jenn.
 —Y a mi, Henry Cavil —escuchó decir a su suegro.
 —¡Ya quisieras! —replicó su suegra—. Sería alguien feo como Adam Driver.
 Ana soltó una risita por la ridícula discusión de sus suegros y marcó de nuevo el número de Gal. Sin embargo, después de varios intentos, su novia no le respondió. Ana miró hacia la entrada del embarcadero pero no se veían rastros de ningún auto acercándose. Suspiró y terminó de bajar las cosas de su auto, deseando con todas sus fuerzas que Gal llegara a tiempo.


****

Había pocas cosas que ella odiaba de verdad. La cebolla, por ejemplo. O las películas de perros que morían. Pero no cabía duda de que lo que más odiaba era el mar. Gal de verdad lo odiaba. Le parecía repulsivo, algo siniestro y retorcido. Y no entendía la fascinación que algunas personas sentían por él. Por eso cuando Ana le dijo que su padre amaba el mar, su primer pensamiento había sido que Leooldo Galindo estaba mal de la cabeza. Y luego, cuando había escuchado que su fiesta de cumpleaños la celebraría ahí, Gal había tenido muy claro que por nada del maldito universo acudiría a esa fiesta.
 El taxi se detuvo y Gal bajó de él. Se colocó la mochila en el hombro y caminó. Con el ceño fruncido, mantuvo la vista en el suelo, incapaz de mirar hacia adelante, incapaz de entender por qué eso que sentía por Ana la había llevado hasta ahí.
 —¡Gal! —Ana corrió hasta ella y se lanzó a sus brazos—. Por fin llegas —dijo su novia dándole un beso.
 —Perdona la tardanza.
 —Está bien, están llegando los últimos invitados. Tus padres ya están aquí.
 —¿Mis padres?
 Gal parpadeó varias veces. Tobías y Matilde no deberían estar ahí. Les había dicho que no era necesario que se presentaran ya que el trabajo por el que los había contratado estaba terminado.
 Resistió el impulso de arrebatarse del agarre de Ana para salir corriendo de ahí cuando vio el enorme color azul que se extendía frente a ella.
 Su respiración empezó a agitarse y su pecho a presionar fuerte cuando atravesó la pasarela y subió al yate. A pesar del excesivo lujo de aquel navío, lo único que Gal podía sentir eran unas tremendas ganas de vomitar.
 —¡Ahí está! —dijo el doctor Galindo. Sus padres falsos giraron hacia ella y la recibieron con una sonrisa — ¡Al fin llegas, Gal! Ya iba a mandar por ti.
 —Sí… Perdón es que… el hospital me entretuvo. Feliz cumpleaños, doctor —dijo ella con torpeza sacando un regalo de su mochila.
 —¡No era necesario, hija! —dijo Leopoldo estrechándola en un abrazo paternal—. Pero te lo agradezco.
 —Señor, me informan que ya todos los invitados han llegado, ¿zarpamos? —preguntó alguien de la tripulación.
 —¡Vámonos! —dijo Leopoldo—. Deben disculparme un momento, iré a hablar con el capitán. Mientras tanto, Ana, atiende a tus suegros.
 —Claro, papá.
 —¡Ana, necesito ayuda aquí! —Se escuchó el grito de Jenn al otro lado de la cubierta.
 —Enseguida regreso. Pidan a los meseros todo lo que deseen, por favor.
 —No te preocupes, corazón —dijo su padre falso. Ana corrió hacia Jenn y Gal aprovechó para decir:
 —¿Qué rayos hacen aquí?
 —Vinimos a disfrutar la ocasión —susurró Matilde—. ¿Sabes cuántas veces nos han invitado a un yate? ¡Jamás!
 —Les dije que el trabajo estaba completo, que ya no quería más de esta farsa.
 —Traquila, Gal —dijo su padre falso tomando una copa de la charola—. Estamos aquí para disfrutar y ayudarte.
 —¿Ayudarme?
 —¿Ya viste quienes están aquí? No podrías sola con esto, necesitas nuestro encanto.  Verás que al terminar esta fiesta todos los amigos ricos de tu novia te amarán —comentó su padre falso.
 Gal miró alrededor y tragó grueso cuando vio la costa alejándose y el mar abierto frente a ella. Eso era tanto o más aterrador que la gente ahí. Gal descubrió a varias personas que conocía por revistas, periódicos o noticias. Gente tremendamente poderosa. Aunque no había demasiados invitados, los que estaban bastaban para intimidarla.
 —De acuerdo, solo no alarguen más esto, por favor. Una vez más y ya.
 —Oye, somos de tu equipo —le dijo su madre falsa haciéndole un cariño en la mejilla— Queremos que te quedes con la chica. Y… ¿estás bien?
 —Sí, ¿por qué?
 —Estás pálida.
 —Solo estoy cansada —dijo llamando a un mesero para pedirle agua. Aunque después de que el líquido pasó por su garganta, Gal pensó que tal vez necesitaría algo más fuerte para enfrentar aquello.




Ana soltó una carcajada junto a ella  cuando su padre falso terminó de contar esa anécdota. Llevaban horas en el yate. Ana estaba tomada de su mano, las dos sentadas en la mesa donde sus suegros y sus padres falsos compartían bebidas, alimentos y charla.
 No había duda de que sus suegros y sus padres falsos habían logrado conectar. Todos ahí parecían estar disfrutando, menos ella. Sentía que podía hablar menos de lo normal pues si abría la boca vomitaría.  Por eso se concentró en mantener sus ojos siempre fijos en un punto en el suelo. Ana le había preguntado varias veces si se sentía bien.
 —Necesito ir al baño… —susurró ella.
 Empezó a caminar hacia los baños, pero no podía ir derecho, se tambaleaba.
 —¡Ni un trago más, Gal! —gritó Santiago.
 —Estás mareada, ¿verdad? —preguntó Ana alcanzándola. Ella solo asintió—. ¿Quieres vomitar? —Volvió a asentir—. Podías haberme dicho antes, tengo pastillas para los mareos. Mi mamá tampoco disfruta mucho estos viajes así que siempre sube drogada —dijo Ana riendo.
 —Quiero todo el frasco —murmuró Gal entrando al baño. Se agarró fuerte del lavabo e inclinó la cabeza.
 —Gal…
 —Estaré bien.
 —Te traeré las pastillas —dijo Ana dejándola sola un momento. Gal se concentró en respirar y apartar de su cabeza los recuerdos—. Cállense, por favor… —susurró casi sin aliento.
 Esos rostros frente a su puerta. Las palabras de la trabajadora social. Las maletas que tuvo que hacer a toda prisa. La despedida que nunca pudo tener…
 Ana regresó y abrió el frasco para sacar una pastilla.
 —¿Cuánto falta…? —le preguntó a su novia.
 —Ya estamos regresando. En una hora estaremos en tierra.
 —De acuerdo… solo tengo que… —Gal se echó a la boca la pastilla que le entregó y cerró los ojos.
 —No sabía que te mareabas…
 —Estoy bien.
 —Pareces a punto de vomitar y… desmayarte.
 —Pasará…
 —¿Necesitan ayuda? —dijo la voz de una chica.
 —Estamos bien, gracias —le dijo Ana.
 —¿Mareos, eh? ¿Quieren una pastilla?
 —Ya tenemos  —dijo Ana nuevamente.
 En ese momento Gal levantó el rostro y observó a la muchacha parada en la puerta. Era una mesera. Pero había algo más. Su corazón dio un brinco cuando supo de dónde la conocía.
 —Oye… —La mesera dio un paso hacia adelante y miró a Gal analíticamente—. ¿Te conozco?
 Gal clavó los ojos oscuros en la muchacha y negó con la cabeza.
 —No —dijo con firmeza—. Ana ya me siento mejor, vámonos.
 Tomó la mano de Ana para salir de ahí. Pasó junto a  la chica, que dijo:
 —Ah, perdón… Es que... me pareces familiar. ¿De la fiesta de Isabel? ¿No?
 —¡Que no te conozco! —gritó Gal saliendo de ahí a  toda prisa.
 —Oye, ¿qué sucede? —le preguntó Ana.

—Nada, solo me duele la cabeza y no tolero las preguntas redundantes.
 —Pero no tenías que ser grosera con esa chica.
 Gal respiró hondo para tratar de calmar sus nervios.
 —Fue sin querer.
 —¿También te duele la cabeza? ¡Gal! —Ana se detuvo a mitad de la cubierta y la obligó a mirarla—. Habla, por el amor del universo, dime algo.
 Ella parpadeó varias veces sintiendo un nudo en su garganta. Quería llorar, quería decirle a Ana que sentía su alma partida en dos, quería que su novia supiera todo de ella. Pero entonces las risas de sus padres falsos llegaron hasta ahí. No podía dar marcha atrás, no podía decirle que esas dos personas no tenían ninguna relación con ella y solo los había usado para engañarlos a todos.
 Abrió la boca tratando de articular palabra pero los recuerdos, las voces de sus verdaderos padres, la pesadilla que pasó después, todo le estaba apretando tanto el corazón que sintió que explotaría.
 —Ana… —logró decir casi sin aliento.
 —¿Qué sucede? ¿Qué te pasa? —preguntó Ana con angustia acercándose más a ella.
 Gal sabía que debía decirle la verdad, sabía que Ana no merecía eso, no merecía nada de lo que ella hacía. Porque lo que Gal tenía más claro que nunca, era que el motivo por el que había ido a ese lugar que odiaba, era Ana. Solo por ella estaba ahí, por lo que sentía por esa chica. Eso que saltaba en su pecho cuando veía a Ana, cuando escuchaba su voz, cuando sentía sus manos, su piel, sus besos. Ella, que no tenía nada, lo tenía todo cuando Ana la miraba. Respiró hondo para dejar salir la tormenta en su pecho.
 —Te amo —dijo Gal sin pensar.

Ana abrió mucho los ojos, como si esas palabras le hubieran taladrado el cerebro. Gal sintió un tirón en el estómago y luego muchas hormigas corriendo por su cuerpo. Incapaz de creer lo que había dicho, se sintió más vulnerable que nunca con los ojos de Ana sobre ella.
 —¿Q-qué?
 Temblaba. Todo en ella temblaba. Apretó los ojos lo más fuerte que pudo y volvió a decir:
 —Te amo.
 Silencio. El murmullo de los invitados, la brisa de la tarde, las olas rompiendo contra el yate, todo se apagó. Gal solo escuchaba su propia respiración agitada. Incapaz de resistir lo que sentía, abrió los ojos despacio, solo para encontrar un relámpago moviéndose veloz hacia ella.
 Ana saltó a sus brazos y estampó un beso en sus labios. Gal la sostuvo a tiempo, evitando caer. Todo desapareció de nuevo, pero en esa ocasión, también se esfumó el dolor. Las voces callaron, los recuerdos dolorosos se fueron y en su lugar Gal sintió algo cálido creciendo en su pecho. Sonrió contra la boca de su novia y los ruidos se desbloquearon. Escuchó gritos, aplausos y chiflidos.
 —¡No me digas, no me digas! —gritó Jenn corriendo hacia ellas—. ¡¿Te dio anillo?! ¡¿Te lo dio?! —La mejor amiga de su novia buscaba desesperadamente en las manos de Ana.
 —¡Ella me ama! —gritó Ana levantando los brazos en señal de victoria, volviendo a abrazarla luego. Gal empezó a reír al ver la cara de confusión de Jenn.
 —¡¿No se lo habías dicho?! —preguntó la mejor amiga de su novia y le dio un zape—. ¿Qué rayos pasa contigo, Gal?
 —¡Jenn, haces mal tercio! —gritó Amanda, la hermana de Ana.
 —¡Disculpa, yo también soy parte de esta relación! —se defendió Jenn.
 —¿Nos vamos de aquí? —le preguntó Ana cerca de su oído. Gal asintió y se dejó arrastrar por su novia.



******

Ana sentía cosquillas en su rostro, en su estómago, en todo el cuerpo mientras casi corría jalando a Gal. Cuando llegaron a la terraza trasera, se lanzó de nuevo contra esos labios que la volvían loca. Gal respondió enseguida, sujetando fuerte su cintura. Ana empujó a Gal hacia una silla y se sentó sobre ella, montando sus piernas, sin dejar de besarla.
 —Justo ahora detesto estar en este yate —susurró contra los labios de Gal que dejó salir una risita.
 —¿Sí? ¿Por qué?
 Ana sonrió y se detuvo a admirar la belleza de Gal. Su cabello negro, sus ojos oscuros y penetrantes, su piel lisa, sus labios perfectos.
 —También te amo. Te amo, te amo —dijo sintiendo sus ojos llenarse de lágrimas.
 —¿Qué sucede?
 —No lo sé… —respondió ella sintiéndose ridícula—. Estoy bien, solo… No esperaba que dijeras…
 Gal asintió varias veces. Ana la observó respirar hondo y decir con las mejillas muy rojas:
 —Que te amo…
 Ana soltó una carcajada nerviosa y volvió a besar a Gal.
 —Siento que tengo más de lo que alguna vez soñé. Mi familia, mi carrera y tú. Sobre todo, tú. Te quiero siempre conmigo, Gal —susurró pegando su rostro al de su novia.
 Gal la apretó más contra su cuerpo, haciendo que Ana notara el deseo brotando en su novia.
 —Estoy de acuerdo, estar aquí en este momento, apesta.
 —¿Quieres ir a un camarote?
 —Sí, pero sospecho que Jenn entraría a tratar de ser parte de esta relación —bromeó Gal.
 —Es una pesadilla.
 —Ella te ama. No más que yo…
 —¡Oh, por Dios! —gritó Ana sintiendo otra explosión en su cuerpo. Estampó otro beso en los labios de Gal.
 Su novia la miró en silencio un par de segundos. Ana notó que quería decirle algo.
 —Perdón por… tardar demasiado.
 —Está bien.
 Gal deslizó una mano por su cuerpo, haciendo que Ana se estremeciera. Los ojos de su novia miraron detrás de ella. Ana notó el mar en las pupilas de Gal.
 —Quiero confesarte una cosa.
 —¿Qué?
 —Mentí. En realidad… no... me gusta… el mar.
 Ana soltó una carcajada.
 —Ya lo noté, Gal.
 —Pero lo que no sabes es que…. —Gal sonrió—. Te ves hermosa en él.
 Ana sonrió también y pegó su frente a la de su novia.
 —Te amo con todo mi corazón.
 —Yo también.
 


Estaban de regreso. Los invitados ya habían bajado. Incluso su familia y la de Gal estaban ya en el muelle. Ana los vio platicando con total confianza mientras caminaba a uno de los camarotes donde había dejado sus cosas.
Sus padres y hermanos no habían dejado de tomarles el pelo después de la confesión pública de Gal. Ana aún sentía mariposas en su estómago al recordar ese momento. Sonrió como boba pensando en Gal. en lo que tenían, en lo que podrían construir juntas. Sabía que ni Gal ni ella estaban jugando. Sabía que las palabras de su novia eran reales. Y sabía que en ese momento, tenía todas las oportunidades y posibilidades a sus pies.
Recogió rápido sus cosas y caminó de vuelta hacia el muelle. Ya estaba por bajar cuando encontró a la mesera. La chica estaba recogiendo la basura generada en la fiesta.
—Gracias por todo —dijo sacando un billete de su cartera para ofrecerle una propina a la chica, que abrió los ojos con asombro.
—Gracias, eres muy generosa.
—No es nada —dijo Ana siguiendo su camino. Pero giró hacia la chica al recordar algo—. Y disculpa la brusquedad de mi novia cuando te gritó, ella no se sentía muy bien.
—No hay problema. Mucha gente se pone mal en los barcos.
—Sí, Gal es de esas.
—¿Gal? ¡Claro, Gal! —dijo la chica dando un brinco de emoción—. Espera, recuerdo que su nombre era más horrible. Galina… Galarena…
—Galenira…
—¡Eso! Que terrible.
—Entonces, ¿sí la conoces? —dijo ella sonriendo.
—Sí. O sea, no fuimos amigas ni nada. De hecho cuando llegué al orfanato ella ya estaba por salir, así que…
—¿O-orfanato? —interrumpió ella.
—Sí. Es que yo también soy huérfana.
—No, no. Debes estar confundida. Gal no es huérfana —dijo con la cabeza aturdida.
—Pues según yo todos los niños que viven en un orfanato son huérfanos.
—¡Michel, apúrate a sacar la basura! —gritó alguien.
—¡Ya voy! Como sea, dale mis saludos a Gal. Vaya, sí que se ha superado en la vida. —Michel iba a marcharse pero Ana la detuvo.
—¿Estás… segura que es la misma Gal?
—¿A cuántas personas conoces que se llamen Galenira? —Entonces la chica frunció el ceño—. Era muy seria, eso también lo recuerdo.
Ana se quedó clavada en su lugar mucho rato después de que la chica se marchó. Algo estaba mal. Debía haber un error, una explicación lógica. Llegó hasta el borde del yate y miró hacia el muelle. Ahí estaba Gal con sus padres. Sus padres. No. Gal no era huérfana.
No podía serlo.

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…. Continuará….


Pd. Recibe un capítulo cada semaa.


Pd2. Si esta historia te gusta, reaccona con un corazón.

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