⚡Cap 21 | El Pulso del Corazón

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Unas horas tarde pero llegó.

Capítulo 21

Gal parpadeó y todo volvió a su velocidad normal. Estaba sentada en el salón junto a sus padres falsos y los Galindo. Ana estaba a su lado, tomada de su mano. Gal observó a todos ahí, riendo de la última anécdota que su padre falso había contado. Leopoldo Galindo estaba maravillado escuchando aquello y Gal sintió un tremendo remordimiento al recordar que todo era una mentira.
 Su novia la miró un momento, riendo también por aquella historia. Gal intentó devolverle la sonrisa pero sentía la cara entumecida.
 —¿Qué sucede? —le preguntó Ana. Ella quiso responder pero enseguida notó su garganta cerrada. Así que negó con la cabeza e intentó sonreír—. ¿Tienes hambre?
 Gal asintió y notó que Sonia giró la cabeza hacia ellas.
 —¿Qué les parece si pasamos todos al comedor? —dijo la madre de Ana y Gal entendió que había escuchado la pregunta que su novia le había hecho.
 Respiró hondo y siguió a todos al comedor mientras pensaba. Solo era cuestión de resistir unas horas. Durante el tiempo que llevaban ahí, sus padres falsos se habían portado de forma encantadora.
 Miró a su novia, que en ese momento estaba ayudando a su madre falsa a sentarse. Todo era por ella. Para estar con ella. Para amarla a ella. Cuando se sentó a la mesa, notó lo impresionante que estaba.
 La vajilla era la más elegante que había visto en su vida y Mag había aparecido acompañada por varias personas que empezaron a dejar enormes platos frente a ellos.
 —Pues yo creo que esta comida se merece un buen vino, ¿no crees, Tobías? —le preguntó Leopoldo a su padre falso mientras abría una botella.
 —Estoy ansioso por probar. En el barco solo tenemos agua y cerveza de muy mala calidad.
 —Eso lo hacen a propósito para evitar que nos volvamos alcohólicos en altamar —dijo su madre falsa.
 —Yo sigo impactado por la cantidad de tiempo que puedan estar en un barco. Yo amo el mar, pero creo que me volvería loco después de algunas semanas ahí —dijo Leopoldo dejando las copas servidas frente a sus invitados.
 —Lo más duro es estar lejos de mi pequeño delfín —dijo su madre falsa mirándola. Gal sintió su cara ardiendo cuando todos la observaron—. Pero ella ya es una adulta y veo que está muy bien acompañada.
 —Por Gal ni se preocupen cuando estén en su siguiente expedición —dijo Sonia—. Nosotros estamos al pendiente de ella. Además, Ana… Bueno, ella no le quita los ojos de encima.
 —Mamá… —murmuró su novia con la cara roja también.
 —Es la verdad —se defendió Sonia.
 Gal esbozó una sonrisa cuando la mirada de Ana se cruzó con la suya. Leopoldo se aclaró la garganta haciendo que todos lo miraran.
 —Sé que en las expediciones la comida no es muy buena, así que hemos preparado un buffet mediterráneo para ustedes.
 —¿Hemos? —preguntó Sonia.
 —Bien, bien. Mi esposa y nuestra Chef se encargaron de eso. Provecho.
 Gal se sirvió un poco de todo lo que vio cerca de ella y empezó a comer en silencio. Escuchaba comentarios por aquí y por allá. Asentía cuando le preguntaban algo y se esforzaba por sonreír.
 Ana estaba muy animada hablando sin parar. Su novia reía, intercambiaba comentarios con su madre falsa y escuchaba con atención todas las anécdotas inventadas que Tobías y Matilde le contaban.
 Gal se preguntó si sus verdaderos padres hubieran dado esa impresión a los Galindo. ¿Serían tan platicadores? ¿Tendrían tan buenas anécdotas sobre el mar? ¿Hubieran asistido a esa comida con los Galindo? ¿Qué pensarían de Ana?
 No recordaba mucho de ellos. Durante su infancia, pasó más tiempo con su madre. Pero luego, ella también se había ausentado por el trabajo. Así que todo lo que recordaba de su adolescencia, era la casa vacía. No recordaba ni siquiera la voz de sus padres. O su comida favorita. Tal vez hubieran detestado el buffet mediterráneo. O tal vez no. Gal frunció el ceño al sentir una punzada en su pecho. No tenía ni idea de quiénes habían sido sus padres. Sus gustos, sus dolores. Nunca estaban. Y luego, un día subieron a un barco y jamás volvieron.
 —¿Ya probaste esto? —le preguntó Ana a su lado. Ella negó con la cabeza.
 Enseguida, su novia le ofreció un trocito de aquello. Gal abrió la boca, aceptando la oferta de su novia. Sonrió al descubrir el increíble sabor de la comida.
 —Que adorables se ven juntas —dijo su madre falsa—. Con razón Gal no ha dejado de hablar de ti, cariño —le dijo Matilde a Ana.
 —Oh, sí. Mi pequeña está totalmente enamorada —continuó su padre falso.
 Gal nunca había sentido la cara tan caliente en toda su vida. Clavó la mirada en su plato y trató de ignorar las risas de sus padres falsos ante su comportamiento.
 —Durante la expedición no pudimos comunicarnos tanto, pero cada vez que lo hicimos, Gal no paraba de contarnos sobre Ana —dijo Matlde—. Por cierto, cariño, estamos muy agradecidos contigo por haber cuidado de Gal cuando se rompió la nariz.
 —No fue nada… —respondió Ana.
 —No minimices tu ayuda —dijo Tobías—. Gal puede ser bastante descuidada con ella misma. Es una doctora que se preocupa por sus pacientes pero cuando se trata de ella…
 —Ya, ya. No es momento de regañar a Gal —dijo su madre falsa.
 Leopoldo soltó una carcajada y dijo:
 —Una madre siempre defiende a sus hijos. Pero lo que hace Gal es muy común en los médicos.
 —Eso es cierto —dijo Sonia—. Lo mismo hacías tú, amor.
 Gal continuó mirando como sus padres falsos y los padres de Ana seguían platicando durante toda la comida. Y cuando acabó, fueron invitados al jardín, para tomar té y comer los postres que Mag había preparado. Gal vio como sus padres falsos comían y comían sin parar y pensó que tal vez la vida como actores de teatro no era bien pagada.
 Miró su reloj y supo que eso estaba por acabar. Solo debía aguantar un poco más y todo terminaría. Más animada de lo que se había sentido antes, tomó un plato de postre y empezó a comer mientras admiraba la sonrisa perfecta de Ana.

****

Se tapó la boca cuando una enorme carcajada quiso salir de ella. El padre de Gal había terminado de contarle una gran anécdota y todos habían estallado en risas. Incluso Gal estaba más relajada y Ana notó que por fin su novia había superado sus nervios iniciales.
 Miró cómo Matilde le hacía un cariñito a Gal, acariciando su mejilla, y un pensamiento raro le llegó a la mente: Gal no se parecía a ninguno de ellos. Eso se le hizo gracioso, pues nada en el físico ni en la personalidad de Gal se parecía a sus padres.
 Se pegó más a su novia y aprovechó que sus padres estaban ocupados riendo para deslizar una mano por la espalda de Gal. Recostó su cabeza en el hombro de la chica, que giró el rostro hacia ella.
 —¿Qué? —preguntó Gal con una sonrisa.
 —Esto salió mejor de lo que esperaba.
 —Eso parece —dijo Gal comiendo su crepa rellena de frutos secos.
 —¿Te irás con ellos después de la comida?
 Gal levantó una ceja.
 —¿Tienes algún plan en mente?
 Ana se acercó a su oreja para decir:
 —Quiero pasar la noche contigo.
 —¿Toda la noche?
 —Toda.
 —¿Y… podrás?
 —¿Ves eso? —Su novia  le mostró la escena frente a ellas. Leopoldo y Tobías reían a carcajadas de algo, y Matilde y Sonia hablaban de una receta que veían en su celular.
 —Parece algo bueno.
 —Mi padre está enamorado del tuyo —dijo Ana riendo.
 —¿Y por eso pasarás la noche conmigo?
 —Sí. —Su novia rosó sus labios—. Ya quiero mudarme de esta casa.
 —¿En serio?
 —He contactado con una agente para que me consiga un departamento.
 Gal soltó una risita.
 —Ustedes los ricos y su incapacidad para usar el marketplace de Facebook.
 —¡Oye! —Ana le pellizcó un brazo—. No tengo tiempo para estar pasando horas buscando. Tengo que cubrir mis guardias y… hacer el amor con mi novia —terminó Ana en un susurro.
 Gal se puso bastante nerviosa por aquellas palabras y observó a las demás personas ahí.
 —¿Quieres… que… subamos a tu habitación ahora?
 —Sí. Pero creo que se darían cuenta.
 —Podemos hacerlo rápido.
 Ana volvió a acariciar la espalda de Gal lo más lento que pudo.
 —Quiero que te tomes tu tiempo para… ya sabes.
 Las mejillas de su novia quedaron rojas. Ana se estiró para darle un beso en la mejilla.
 —D-de acuerdo —logró decir. Trató de no mirar más a Ana pues las imágenes en su cabeza eran bastante indecorosas.
 —Es tan fácil ponerte nerviosa.
 —Estamos frente a tus padres….
 —Y los tuyos. Son lindos, ¿sabes? —dijo Ana—. Creí que serían… diferentes. Serios.
 —¿Como yo?
 —Sí. Creí que no pararían de hablar de ciencia. Pero son… normales. ¿Estás bien?
 —Sí, ¿por?
 —Tienes esa mirada otra vez.
 —¿Cuál?
 —No sé, una rara. Como que… te apagas.
 —¿Me apago?
 —Sí. —Ana sonrió y pensó un poco antes de decir—: Es como si estuvieras totalmente al límite de tus fuerzas y de repente… Pfff.
 —Tal vez solo estoy cansada.
 —Y yo aquí proponiéndote una noche de sexo.
 —Con eso si puedo.
 —¿Ah, sí? ¿Y con qué no podrías? 
 —Trapear. Definitivamente no podría trapear.

Era media tarde cuando llegó el momento de la despedida y sus padres insistieron en acompañar a los Rivadeneyra hasta su auto.
 Ana caminó de la mano de Gal, que también iba a despedirse de sus padres, pues les dijeron a todos que irían al cine esa noche.
 —Muchas gracias por tantas atenciones —dijo Matilde.
 —Cuando quieran, siempre serán bienvenidos —respondió Sonia.
 —De hecho… —Leopoldo llamó la atención de todos—. Mi cumpleaños será la siguiente semana y me gustaría que nos acompañaran.
 —¡Oh, una fiesta! —dijo Tobías.
 Ana sonrió feliz ante la invitación de su padre y miró a Gal, que parecía tremendamente sorprendida.
 —Es más bien una reunión familiar. No será aquí. Cada año celebro en el mar.
 —¡¿El mar?! —preguntó Gal y Ana notó que ese comentario se le había escapado a su novia. Su padre asintió con entusiasmo.
 —Pasaremos el día en un yate.
 —¡Estupendo! ¡Será un placer acompañarlos! —dijo Matilde.
 Leopoldo asintió con la cabeza y dijo:
 —El placer será nuestro. Ustedes son personas extraordinarias. Y me parece que hicieron un excelente trabajo con Gal. Ella es una profesional brillante, un gran ser humano, muy amable, respetuosa e inteligente. Quiero que sepan que mi esposa y yo aprobamos por completo su relación con Ana.
 Ana quiso gritar al escuchar el repentino comentario de su padre. Giró para ver a Gal que tenía la boca abierta.
 —Doctor… —Tobias extendió la mano hacia Leopoldo, que la estrechó—. Nuestra hija es la afortunada. No solo por Ana, que es maravillosa, sino también por ustedes. Cuando mi esposa y yo regresemos al mar, estaremos tranquilos al saber que se quedará aquí.
 Su padre abrazó al de Gal y  volvió a estrechar su mano. Estaba hecho. Su padre, el doctor exigente, había cedido por completo. Aunque antes ya habían aceptado que trajera a Gal a casa, en ese momento Ana tuvo claro que su familia no pondría ninguna resistencia a su noviazgo. Su padre por fin dejaría de presionar para que encontrara a alguien “digna”. Gal lo era.
 Apretó los labios para no gritar de emoción y se despidió de sus suegros más feliz que nunca en su vida. Se quedó a varios metros de distancia permitiendo que Gal y sus padres caminaran hasta el auto de ellos. Vio a su novia abrazarlos antes de que subieran a su coche.
 —Supongo que estás feliz… —le dijo su padre, parado a su lado.
 —Muy feliz.
 Leopoldo asintió con la cabeza.
 —Lo veo. No solo por hoy. En general… pareces más feliz que nunca.
 —Es que…
 —Gal. Entiendo —terminó Leopoldo.
 —Nuestra niña también está enamorada —dijo su madre.
 —¿Y saldrán hoy? —preguntó su papá.
 —Sí, iremos al cine y luego seguramente a cenar por ahí.
 —Entonces asumo que llegarás tarde, ¿verdad? —Su padre levantó una ceja.
 —Ahm… Pues… Sí. En realidad… Papá…
 Leopoldo negó con la cabeza y jaló a su mujer para caminar hacia su casa.
 —Bien, bien. Que tus hermanos no se enteren que te dejé dormir en casa de tu novia —dijo su padre esbozando una sonrisa—. Dirán que eres mi hija favorita.
 —Tendré la boca cerrada —dijo Ana viendo como sus padres entraban a su casa.
 Cuando regresó su atención al frente, vio el auto de sus suegros saliendo de la propiedad y a Gal caminando hacia ella. Sin esperar nada, corrió hacia su novia y se arrojó a sus brazos.
 —¿Qué pasa? —le preguntó Gal.
 —Necesito que me ayudes a hacer mi maleta.

*****

Gal sentía su corazón haciendo cosas cada vez más extrañas. Pero entendía que no era por una enfermedad, más bien era todo lo que Ana provocaba en ella. Era muy temprano cuando se despertó y se encontró con una hermosa mujer durmiendo a su lado. Se pasó un gran rato observando el cuerpo desnudo de su novia hasta que Ana despertó y la descubrió mirándola.
 A esas alturas, Gal ya no sentía vergüenza por ese tipo de cosas. Sobre todo, se sentía menos apenada cuando se trataba de Ana y ella desnudas haciendo cosas sobre una cama. Era como si algo dentro de ella cambiara. En esos momentos quería hasta cantar.
 —¿Sabes algo? No sé para qué necesitarías ropa. Conmigo puedes andar desnuda todo el tiempo —le dijo a Ana poco antes de bajar del auto al llegar al hospital.
 —Necesito ropa para venir a trabajar, ¿o quieres que también esté desnuda por aquí?
 —Entonces solo necesitas una bata… que luego te puedo quitar.
 —Me gusta cuando aparece la Gal pervertida —le dijo su novia haciendo un guiño hacia ella.
 Gal sonreía cuando entraron al hospital. Era como estar soñando, como tener algo que no sabía que era posible tener. Ana era maravillosa. Estaban juntas, todos lo sabían ya. No había nada en el mundo que la preocupara. En ese momento se sentía invencible. Sabía que era cuestión de tiempo para terminar su especialidad y para ir ganando prestigio y dinero con su carrera.
 Recibió con gusto el beso que Ana le dio cuando se marchó al área de cirugía y caminó con determinación por el pasillo para empezar con todos sus pendientes. 

Nada podría detenerla. Nada podría salir mal. Lo único que tendría que solucionar, era la invitación a sus padres falsos a la fiesta de Leopoldo Galindo. Y ella debía encontrar una excusa para faltar también. Por nada del mundo quería ver el mar y mucho menos pasear en él.
 En cuanto abrió la puerta de la oficina de cardiólogos, se encontró cara a cara con Willy.
 —Cepeda me ha pedido que te ayude con este paciente —le dijo su amigo entregándole un expediente.
 Gal le echó un rápido vistazo y se dio cuenta que era necesario que acudiera de inmediato a revisarlo. Así que giró sobre sus talones.
 —Espera… Entonces, ¿cómo te fue? —le preguntó Willy caminando a su lado.
 —¿Con qué?
 —¿Cómo que con qué? ¡La comida con los Galindo!
 —Ah… Pues bien.
 —¿Solo eso?
 Gal sonrió.
 —Muy bien. El doctor Galindo dijo que aprueba totalmente mi relación con Ana.
 —¡Eso no solo es “bien”, Gal! ¡Es una bomba!
 Gal empujó la puerta y encontró al paciente. Un hombre extremadamente mayor que los observó con curiosidad.
 —¿Vienen a darme de alta? Ya quiero irme.
 —No tan deprisa —dijo Willy acercándose al hombre mientras ella iba directo a los monitores.
 —¿Y qué pasará ahora? —escuchó la voz de su amigo.
 —Pues… seguiremos saliendo. Ella se quedó a dormir conmigo anoche.
 —¿En serio? ¿No se meterá en problemas? Abra la boca. —Willy empezó a revisar al paciente.
 —Su papá lo autorizó.
 Willy estalló en una carcajada.
 —¡Oh, sí! ¡La grandiosa Gal Rivadeneyra tiene a los Galindo en su bolsillo! ¿Cuándo es la boda?
 —No exageres —dijo Gal colocando un estetoscopio en el pecho del paciente—. No me gusta ese ritmo cardíaco.
 Gal regresó su atención al expediente.
 —¿Qué tendría de malo? —preguntó entonces Willy.
 —Es demasiado irregular…
 —No, ¿qué tendría de malo casarte con Ana?
 —Es pronto.
 —Llevan como seis meses juntas,
 —Cinco.
 —Yo me casé a las tres semanas de conocerla —dijo entonces el anciano.
 —¿En serio? —Willy preguntó con una sonrisa—. ¿Y qué tal? 

           —La abandoné un mes después.

           —Ok, mal ejemplo. Solo digo que Ana es grandiosa. Deberías asegurarla…

           —Estamos bien…  A ver, respire profundo —le pidió al hombre volviendo a usar su estetoscopio—. Ajá… tiene un soplo mitral leve.
            —¿Significa que estoy grave?

—No, significa que llegamos antes de que se pusiera grave —dijo ella anotando nuevos medicamentos en la bitácora.
—Yo creo que mínimo deberían estar pensando en vivir juntas —prosiguió Willy.
—Ella se mudará pronto de casa de sus padres.
—¿Ves? ¡Es el destino!
—Cada quien vivirá en su departamento.
—¡Estás loca!
—Eso fue lo que hice también —dijo el anciano—. Ella vivía en su casa y yo en la mía.
—¿Por qué? —preguntó Willy.
—Bueno, ella era mi novia… y yo vivía en casa con mi segunda esposa, así que…
—Le pondré un sedante —susurró Willy.
—No sería mala idea —dijo Gal con una sonrisa.
—Tal vez ella podría ser mi quinta esposa —dijo entonces el paciente mirando hacia la puerta.
Ana acababa de entrar y Gal sintió que su corazón bailaba el jarabe tapatío.
—Mala suerte, ella ya está ocupada —dijo Willy riendo.
—Gal, necesito que me ayudes cuando termines aquí. Tenemos un paciente… que requiere una gran atención —dijo Ana.
—¿Tú también serás mi doctora? —Se metió el anciano.
—No, pero si necesita algo con gusto le ayudo… —dijo Ana con amabilidad.
—¿Te casas conmigo? —preguntó el viejo.
Ana soltó una risita.
—Claro que sí. ¿Ya oyeron? Deben tratar muy bien a mi futuro esposo.
—Dile a Willy, quería dormirlo con un sedante —le susurró ella a su novia, que volvió a reír.
—¿Terminaste aquí?
—Sí —dijo Gal dando un último vistazo a los monitores—. Volveré en la ronda de la tarde.
—Vámonos —dijo ella jalándola.
—¿Por qué tanta urgencia? ¿Es grave?
—No. Está estable. Es un sacerdote. Llegó hace un rato a urgencias pero… no me da buena espina. Creo que debemos hacerle más estudios. Gal, creo que puede ser algo cardiaco —dijo Ana mientras caminaban por un pasillo.
—¿Y le dieron una habitación? Dijiste que no parece grave.
—Es que… viene fuertemente custodiado… —dijo ella con una sonrisa.
Gal vio que afuera del cuarto estaban parados dos hombres de traje negro, uno a cada lado de la puerta. Ana los saludó con un movimiento de cabeza y abrió.
En cuanto Gal entró, se detuvo de golpe. Quiso decir algo pero no sabía qué. Una joven de mirada gris la observaba. Era tan hermosa que fue como si robara el oxígeno de la habitación. Gal pudo sentir una energía saliendo de esa chica, que parecía eclipsar todo a su alrededor.
—Princesa Cristina, le presento a la doctora Gal Rivadeneyra, nuestra mejor cardióloga —dijo Ana.
—Mucho gusto, doctora —dijo la aludida con una sonrisa.
—El placer es mío, Alteza —dijo Gal inclinando la cabeza, tratando de recordar la forma adecuada de tratar a alguien de la Familia Real.
—Y yo soy el padre Sebastián, el rehén que tienen aquí contra su voluntad —dijo el hombre que estaba en la camilla.
—Solo permita que lo revisen, por favor —pidió Cristina.
Gal notó enseguida la dulzura de esa voz. En otras ocasiones la había escuchado dando discursos y sonaba bastante imponente. Pero en ese momento, parecía más una nieta preocupada por su abuelo.
—Es por tanto helado que comes —dijo una mujer mayor que estaba de pie junto a la camilla.
—Soco, soco, no empieces… —se quejó el padre.
—¿Qué fue lo que ocurrió? —preguntó Gal.
—Yo se lo diré, doctora. Este hombre come como si fuera a morir mañana —dijo la tal Soco.
—¡Claro que no!
—Se desmayó hace rato, doctora —continuó la mujer—. Dijo que no podía respirar y se desmayó en mi tienda.
—¡Pero si estoy bien! —se quejó el padre tratando de levantarse de la cama.
—Padre, por favor —pidió la princesa, haciendo que Gal se sintiera nerviosa por estar junto a ella. Pero al recordar que ella era la doctora, intervino con determinación.
—Hagamos una cosa —le dijo al padre—. Lo revisaré rápido para que pueda marcharse pronto si no encuentro nada grave, ¿de acuerdo?
—Bien, pero no quiero quedarme aquí… —Entonces el sacerdote miró a la princesa—. ¿Ya le avisaste que estoy en el hospital, verdad?
—Sí —dijo Cristina con una sonrisa de culpabilidad que a Gal le hizo gracia.
Aquella chica era la segunda persona más poderosa de Castilnovo y parecía una chiquilla descubierta en una travesura. Y aunque Gal no entendía de qué hablaban, si percibió el enfado del padre.
—¡No era necesario! Ni siquiera tú deberías estar aquí, tienes mejores cosas qué hacer que…
—Por supuesto que no. Mi lugar es aquí —dijo Cristina con el ceño fruncido.
Gal empezó a revisar al sacerdote.
Notó las venas de su cuello, el ligero color azul de sus labios, y los tobillos hinchados. Luego se acercó a revisarle la presión y el pulso.
—¿Y bien? —preguntó el sacerdote.
—Tendrá que quedarse en el hospital.
—¡¿Qué?! No, no. Mañana tengo que oficiar tres misas.
—Nada de eso —dijo  una guapísima chica de ojos color esmeralda que acababa de entrar por la puerta—. Si la doctora dice que debes quedarte, te quedarás.
—Estoy bien —dijo el padre Sebastián.
—Hola, Ana —dijo la recién llegada dando un beso en la mejilla de su novia. Gal frunció el ceño.
—Hola, Ale… Ella es la cardióloga Gal Rivadeneyra, se encargará del padre Sebastián.
La mirada de Alejandra era tan intensa que Gal sintió que no podría volver a hablar por el resto de su vida. En una fracción de segundos recorrió su rostro perfecto y su cabello castaño. Alejandra San Román dio unos pasos hacia ella,  haciendo ver un porte que proyecta tal elegancia y seguridad, que Gal por fin entendió porqué el papá de Ana estaba empeñado en que Alejandra fuera la novia de su hija.
—Hola —dijo Ale estrechando su mano—. Muchas gracias por atenderlo tan pronto. Sé que no es una urgencia pero… —Ale miró a Ana.
—No te preocupes. Cuando Cris me avisó que venían en camino fui a esperarlos a urgencias y los traje aquí.
—Gracias…
—Por nada. Para eso son las amigas, ¿no? —dijo Ana.
Gal sintió un golpe de realidad viendo todo aquello. Ella jamás en su vida pensó estar en presencia de esas personas, pero Ana estaba totalmente acostumbrada a hablar con ellas.
—¿Y qué hay que hacer ahora, doctora? —le preguntó Cristina acercándose también. Gal se sintió algo abrumada por estar en medio de las San Román. No sabía qué mirada pesaba más, si la gris o la verde.
—Debemos hacerle un electrocardiograma primero y lo estaremos monitoreando las próximas 24 horas. Después de eso veremos qué sucede y tomaremos decisiones de acuerdo a los resultados.
—Pero estará bien, ¿verdad? —susurró Alejandra inclinándose más a ella. Se veía realmente preocupada.
—Ale... —Cristina puso una mano sobre el brazo de Alejandra, que la miró un segundo y esbozó una sonrisa.
—En estos momentos hay que indagar para poder responder luego todas las preguntas —dijo ella. Pero la mirada triste de Alejandra le apachurró el corazón—. No debería comentar esto ahora pero… No creo que sea algo grave. Deberías estar… tranquila —se atrevió a decir, sintiendo enseguida que tal vez se había pasado de la raya.
Pero entonces Alejandra le sonrió de forma radiante.
—Te juro que si lo curas te daré un gran beso.
—¡Oye! —gritaron Cris y Ana al mismo tiempo.
—Para tú información, solo yo puedo besarla —dijo Ana cruzando sus brazos.
—¡Oh! ¿Es tu novia? —preguntó Cristina. Ana asintió.
—No importa, igual te daré un gran beso si haces que ese anciano terco salga de aquí como nuevo —le repitió Alejandra.
—¡Oye, tú también tienes novia ¿lo olvidaste?! —volvió a quejarse Cristina pellizcando el brazo de Alejandra.
—¡Un beso en la mejilla! —aclaró aquella.
Gal carraspeó y dijo:
—Haré todo lo que pueda…¡No por el beso! —Su cara le ardía—. Es mi… trabajo… Regresaré en cuanto tengamos los resultados. Con permiso —dijo saliendo de ahí lo más rápido posible.
Fue casi corriendo hasta el consultorio de cardiología y respiró hondo. Hizo algunas llamadas para apresurar los resultados y solo levantó la vista cuando su puerta se abrió.
—¿Todo bien? —preguntó Ana.
—Sí, estaba terminando de ordenar los estudios para mis dos pacientes… ¿Ya se fueron?
—¿Las San Román? —Gal asintió y Ana continuó diciendo—: Cristina sí, tiene mil cosas que hacer. Alejandra dijo que se quedará pegada a esa camilla hasta que el padre sea dado de alta.
Gal pensó un momento hasta que se atrevió a preguntar:
—¿Entonces es normal que la princesa de Castilnovo te llame a tu celular?
—Sí. Somos amigas… Ya te había dicho. No es como que nos veamos para tomar café ni nada de eso. Ella es la segunda persona más ocupada del universo. Pero en general, sí. Nos vemos por ahí a veces.
—¿Y Alejandra? ¿Con ella hablas más?
—Ella es la tercera persona más ocupada del universo —dijo Ana riendo.
—Son un poco… abrumadoras. Es como estar parada frente a… personajes mitológicos.
—Te acostumbrarás. Además creo que esto será muy bueno para tu carrera —dijo Ana jalándola para ponerla frente a ella, abrazándola por el cuello.
—¿Y eso por qué?
—Imagina por un momento que mi papá es el doctor del rey del mundo. Tú podrías ser la doctora de la hija y la sobrina del rey del mundo.
—En realidad no creo que el padre Sebastián tenga algo complicado…
—No importa, Gal. Las San Román son personas super agradecidas. Ayúdalas con esto y cuando menos lo esperes ellas harán algo grandioso por ti. Podrían abrirte muchas puertas. Tú te lo mereces completamente.
—Bien… Haré mi trabajo y… veremos qué tal. Y... Ahm… ¿En serio… en serio nunca te gustó Alejandra?
Ana soltó una carcajada.
—La que siempre me ha gustado eres tú.
Gal iba a decir algo pero lo olvidó por completo cuando los labios de Ana atraparon los suyos.

…..

… Continuará…


Pd. Cada semana un capítulo nuevo.

Pd2. A continuación un mensaje de mi hija ,que la semana pasada cumplió 2 años.

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