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⚡Cap 20|El Pulso del Corazón
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Capítulo 20
Ana detestaba los días largos, donde no solo tenía que cumplir como doctora, sino también como hija y amiga. Había salido tarde del hospital y no había podido llevar a Gal a su departamento, eso ya la ponía de malas. Pero luego, su madre había pedido un favor, luego Jenn y luego su padre quiso que lo acompañara al club a saludar a unos amigos.
Ana quiso salir corriendo del club en cuanto sus pies entraron en él, pero no quería hacer sentir mal a su padre. Leopoldo Galindo amaba pasar tiempo con sus hijos, ya que por fin estaba retirado y tenía tiempo de verlos. Y Ana no sabía cómo decirle que lo que ella más quería en realidad, era ir a ver a su novia.
Así que cuando por fin se desocupó, era casi de noche. Y lo último que había sabido de Gal era que estaría todo el día en su departamento. Quiso llamarla para invitarla a cenar, pero luego pensó que sería mejor llegar de sorpresa. Ella quería ser ese tipo de novia para Gal, pues sabía que su chica estaba acostumbrada a horarios y rutina. Y Ana estaba convencida que una relación debía tener más momentos espontáneos.
Sin embargo, cuando entró al departamento de Gal, lo encontró vacío. Lo primero que pensó fue que Gal había salido a comprar y luego al ver la hora, supo dónde podría estar su novia: en su lugar favorito para cenar.
Cuando llegó al lugar, Ana sintió esa emoción tan conocida ya. Su estómago dio vueltas, anticipando el momento de ver a su novia. Sonrió cuando vio a Gal parada a unos cuantos metros. Pero entonces, vio que Gal no estaba sola.
—¡¿Tus padres?! ¡Qué maravilla! —decía Willy—. Por fin los conozco. Llevo años pensando que Gal nació por generación espontánea.
—Nada de eso. Este tesoro submarino vino de aquí —dijo una mujer pellizcando la mejilla de Gal.
—Vámonos, ya —dijo su novia mirando hacia la puerta.
Ana sonrió cuando los ojos de Gal encontraron los suyos. En esa fracción de segundos se volvió a enamorar de esa bella doctora. Pero también sintió un repentino nerviosismo al entender quienes eran las personas que estaban con Gal.
Su novia se acercó casi corriendo.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó Gal
—Quise sorprenderte en tu departamento pero no estabas y… pensé que tal vez estarías aquí… ¡Oh, por Dios! —Ana se acomodó la ropa y el cabello, y se inclinó hacia Gal para susurrarle—: ¿Me veo bien?
—¡Ana, ven aquí! —grito Willy dando brincos en su lugar como si fuera imposible verlo si no lo hacía.
Temblando un poco, Ana agarró la mano de Gal y se acercó a la pareja que no dejaba de mirarla. Sonrió de la forma más amable que pudo, tomando en cuenta los nervios que sentía.
—Señores, ella es su nuera —dijo Willy con entusiasmo—. ¡Ay, perdón, perdón! ¡Gal, tú tienes que presentarla!
Entonces Ana notó la seriedad extrema de Gal. Y también notó su palidez.
—¿Estás bien? —le preguntó a su chica, que solo apretó los labios y asintió con la cabeza.
—¡Pero qué hermosa eres! —dijo entonces la mujer. Ana correspondió el afectuoso abrazo.
—¡Por fin te conocemos, corazón! —dijo el hombre estrechándola también.
—Que gusto conocerlos. Gal no me dijo que estaban aquí.
—¡Ni siquiera ella sabía! —dijo su suegro—. Acabamos de llegar y Gal nos invitó a cenar aquí, ¿verdad, hija?
Gal volvió a asentir. Ana frunció el ceño al ver la actitud de su novia. Parecía a punto de desmayarse.
—Estás muy pálida —le dijo a Gal.
—Demasiadas emociones juntas —dijo su suegra—. Gal quería hacer una gran presentación contigo, nos lo acaba de decir. Pero supongo que la vida nos ha sorprendido.
—Pero aún podemos tener una gran presentación con tus padres, ¿verdad, pequeña? —dijo su suegro mirando a Gal, que solo asintió de nuevo.
—Será un placer recibirlos en casa. Mis padres estarán encantados cuando sepan que ya están aquí —dijo ella.
—Gal nos ha contado lo maravilloso que la han tratado en tu familia, muchas gracias por ser tan buenos con mi pequeño delfín. —Ana sonrió al ver cómo su suegra abrazó a Gal, que de la palidez había pasado a un rojo intenso.
—¡Pero qué extraños somos! —dijo su suegro—. Ni siquiera te hemos dicho nuestros nombres. Yo soy Tobías y ella es mi esposa, Matilde.
—Yo soy Ana, mucho gusto —dijo ella algo torpe recibiendo otro abrazo de su suegra—. Entonces, ¿ya se iban? ¿Quieren dar un paseo por la ciudad?
—Pues... —Su suegro miró su reloj.
—Tienen un compromiso —dijo entonces Gal, que parecía que por fin recordó cómo hablar—. Sus amigos los esperan para… ponerse al día de su viaje. ¿Verdad?
—Así es —dijo su suegra asintiendo—. Pero nos veremos pronto, hermosa.
—Me gustaría invitarlos a una comida en mi casa. ¿Podrían este fin de semana?
—¡Por supuesto! —dijo su suegro—. Tengo unas buenas historias que contarle a tu padre. Me he enterado que ama el mar.
Ana soltó una carcajada y se colocó un mechón de cabello detrás de su oreja.
—Le encantará escuchar todo lo que puedan contarle.
—Dalo por hecho. Ahora tenemos que correr pero estamos en contacto, corazón.
Ana sonrió al recibir otros abrazos y esperó a que Willy y Gal también se despidieran.
—¡Oh, por Dios! —dijo tocándose el corazón cuando se quedaron solos los tres—. ¡Tus padres están aquí!
—Querida amiga, eso de reunirlos con tus suegros… —Willy le dio unas palmaditas a Gal en el hombro—. Esto me huele a cosa seria, ¿eh?
—Tenemos algo serio —le dijo ella a su amigo, que iba a responder pero algo llamó su atención.
—¡Verónica, por aquí!
Willy corrió hacia una mujer que a Ana le resultó familiar. Cuando regresó su atención a Gal, su novia seguía muy seria.
—¿Estás bien? ¿Gal?
—Tenemos que hablar.
Gal le agarró la mano y la jaló hacia la calle. Ana se mantuvo callada durante todo el trayecto al departamento de su novia, que parecía muy agitada.
—¿Qué sucede? —se animó a preguntar cuando Gal cerró la puerta de su departamento tras ellas.
—Es que…
Ana estudió la postura de Gal. Su novia miraba al suelo y se balanceaba ligeramente sobre sus pies.
—¿Estás enojada? —Gal negó con la cabeza—. ¿Pelearon? —Gal volvió a negar—. ¿No te hace feliz ver a tus padres? ¿Gal?
Se acercó a su novia, que seguía con la mirada clavada en el suelo. Iba a decir algo más cuando Gal por fin habló.
—Es… complicado.
—¿Tus padres son complicados? —Silencio—. ¡Gal! —Pero su novia parecía petrificada. Ana la agarró de los hombros y la zarandeó un poco.
—Ellos… Ana... Ellos… —Gal parecía incapaz de continuar.
—Me dijiste que están endeudados… ¿ese es el problema? —preguntó con suavidad. Gal clavó sus ojos en ella—. Sabes que la situación económica de tu familia no me importa. O sea, si te preocupan sus deudas, podría ayudarte a pagarlas, no es que no me importen. Lo que quiero decir es que yo no me fijo en cuánto dinero tienen o no las personas.
Gal asintió despacio. Ana observó la expresión pensativa de su novia.
—No es necesario que me ayudes con eso…
—¿Por eso estás preocupada? ¿Es mucho dinero?
—Es… es una deuda… que pesa… como un gran… secreto…
—Entonces déjame ayudarte.
—No —dijo Gal con firmeza.
—Pero…
—No, Ana.
Ella suspiró intentando no perder la paciencia.
—Si es algo que te preocupa o que... te pone en riesgo… ¿Es una deuda legal o…?
—Ya te dije que no te preocupes. —Gal intentó esquivarla pero ella la detuvo.
—Si estás en peligro solo dilo.
—No es nada peligroso. Se arreglará.
—¿Por eso no te emociona ver a tus padres? ¿Por este problema? ¿Gal? —Silencio—. ¡¿Gal?!
—¡¿Qué quieres?! —estalló su novia, haciendo que ella diera un brinco—. ¡Ya te dije que se resolverá, ¿por qué te empeñas en saber?!
—¡Porque eres mi novia! —gritó ella también—. ¡No sé por qué te cuesta tanto hablar! ¡Si no quieres compartir tus asuntos familiares conmigo solo dilo!
—¡No, Ana, no quiero compartirlos, ¿de acuerdo?! ¡No todos podemos tener la vida perfecta que tú tienes!
—¡Yo no tengo una vida perfecta! —dijo ella verdaderamente molesta.
—¡¿No?! ¡Tienes casa, dinero, familia, influencias! ¡¿Qué parte de tu vida es dura?!
Ana respiró hondo tratando de pensar en cómo diablos habían llegado a ese punto.
—¿Qué te pasa?
—Nada —dijo Gal con el ceño fruncido.
—¿De verdad quieres ser mi novia, Gal? Porque una relación no solo es sexo y risas, tambén es comunicación. Es compartir lo que una es. Pero… tal vez... no estás dispuesta a eso.
Ana sentía su corazón apretado. Y cada segundo que pasaba sin escuchar una palabra de Gal, le dolía. Su novia dio un par de pasos hacia ella pero seguía sin decir nada. Ana suspiró. En la universidad siempre le llegaron rumores sobre la seriedad de Gal Rivadeneyra. Escuchó sobre su carácter aislado, sobre su resistencia a convivir con otras personas. Eso le parecía misterioso, hasta cierto punto, seductor. Y cuando en el hospital se habían acercado un poco, esa actitud de Gal le había parecido adorable. Pero en esos momentos, tenía ganas de arrancarle los pelos de la cabeza.
—No quise lastimarte —susurró Gal sin mirarla a los ojos—. Hay cosas que… prefiero… callar. No es por ti. Es que… no sé… cómo… explicar…
—Pues tendrás que aprender a hablar de todo eso conmigo, Gal. Si quieres que seamos de verdad una pareja… debes hacerlo.
—Si quiero —dijo Gal con un hilo de voz—. Perdón por… decir eso... de tu vida.
Ella asintió antes de decir con voz firme:
—No vuelvas a gritarme, ¿entendido? No quiero una relación así. Puedo entender si un día nos enojamos, pero no pienso tolerar gritos.
—Está bien.
—Entonces… ¿quieres hablar de tus padres?
Gal dio un par de pasos hacia atrás, alejándose de ella. Ana pudo ver mucho dolor en sus ojos. O al menos eso le pareció por un instante, porque luego ya no había nada. Gal habló con voz fría.
—Impuestos.
—¿Impuestos? —Ella frunció el ceño.
—La deuda de mis padres. Debían… deben… impuestos.
—¿Cuánto?
Gal dudó un momento, pero luego dijo:
—Un millón.
—¿Un millón? ¿Cuántos años no pagaron? —Se atrevió a preguntar. Gal hizo una mueca de incomodidad.
—Pues… trece.
Ana iba a soltar una gran exclamación pero prefirió quedarse callada mientras pensaba.
—¿Y están en problemas por eso?
—Sí.
—¿Tú estás en problemas por eso?
—No. Ellos… —Gal miró hacia la ventana—. Venderán su casa para pagar y luego se mudarán a Islandia.
—¡¿Islandia?!
—Eso dijeron. Trabajarán ahí. Les gusta esa zona del mundo así que…
—¿Tú te... irás con ellos? —preguntó Ana y sintió un momento de pánico.
Gal esbozó una sonrisa y la miró.
—Claro que no. Mi novia vive aquí, ¿qué haría yo en Islandia? ¿Comer tiburón fermentado?
—Que asco.
Gal se acercó despacio a ella y la sujetó de la cintura.
—Perdóname por todo esto —susurró su novia—. Yo no… Solo… Solo quiero estar… contigo.
—Sabes que puedes contarme cualquier cosa. No importa que tan horrible, vergonzoso o doloroso sea. Debes confiar en mí, ¿de acuerdo? De otra manera esto no tendrá futuro. Y yo… de verdad quiero un futuro a tu lado.
—Yo también. Por eso… la comida con nuestros padres…
—¿Te parece bien este fin de semana? ¿O crees que es pronto para...?
—Está bien.
Ella asintió pensando en otra cosa.
—¿Tus padres están bien con esa idea de vender su casa?
—¿Por qué no lo estarían?
—Es su casa, Gal. Tal vez emocionalmente sea duro. ¿Es la única forma que tienen para conseguir el dinero?
—Eh… sí.
—¿A ti no te molesta que la vendan? ¿Es la casa donde creciste?
—No me molesta. Y sí, ahí crecí.
Ana sonrió imaginando a una Gal pequeña, con el cabello negro y la mirada profunda.
—¿Me llevarías a conocerla? —preguntó con una sonrisa.
—¿Por qué quieres conocerla? —preguntó Gal sin parpadear.
—Porque sería lindo ver el lugar donde creciste. Tu habitación, tus cosas.
Gal asintió lentamente antes de decir:
—Claro… Podemos ir un día de estos…
—¡Genial! Oye, ¿qué comida prefieren tus padres? Estoy pensando en pedirle a Mag algo espectacular para recibirlos en casa…
Pero Ana no pudo continuar hablando. De repente Gal se había arrojado a sus labios y en ese momento los embestía con fuerza. Ana cerró los ojos y permitió que la lengua de Gal explorara su boca. Dejó que unas manos ajenas tocaran su cuerpo y no puso resistencia cuando su novia la llevó hasta la cama. Quiso decir algo más sobre no estar de acuerdo con el sexo de reconciliación, pero su mente se nubló cuando sintió el cuerpo de Gal sobre el suyo.
****
Gal se tapó la boca para no gritar. Estaba de pie frente a la ventana pensando en todas las mentiras que había dicho en menos de una hora. Se odiaba por lo que había permitido que pasara.
Cerró los ojos horrorizada al recordar la forma en que le había gritado a Ana. No podía hacerle eso, todo ahí era su culpa. Ana sólo quería ayudarla. Ana se preocupaba por ella. En cambio, ella estaba siendo totalmente deshonesta. ¿Pero qué podía hacer ya? En ese punto solo podía continuar con eso hasta el final. Si lo pensaba de manera fría, solo era una comida. Luego fingiría que sus padres se habían marchado y luego podría fingir una pelea con ellos o simplemente dejar que el tiempo y la vida pasaran.
Ana acababa de marcharse. Despues de tener sexo y de bañarse juntas, su novia había tenido que irse a su casa a dormir. Y si Gal era sincera con ella misma, debía admitir que al inicio solo había besado a Ana para evitar hablar más y soltar más mentiras.
—Eres un monstruo —le susurró a su reflejo en la ventana.
Suspiró y agarró su celular para enviarles un mensaje a sus padres falsos. Debía confirmar el lugar y hora de la comida con los Galindo y recalcar que leyeran muy bien toda la información que les había proporcionado.
Si aquello salía bien podría estar con Ana sin que su familia se opusiera. Los Galindo por fin confiarían totalmente en ella. Después de eso solo tendría que enfocarse en construir una carrera exitosa. Recordó entonces las palabras de Leopoldo. Ana estaba acostumbrada a un nivel de vida que ella no podía darle por el momento, pero estaba segura de que un día su éxito podría opacar al del mismísimo Leopoldo Galindo.
Con decisión, fue hacia su computadora y la encendió. Si quería ser la mejor cardióloga del mundo debía dedicarse en cuerpo y alma a eso. Abrió uno de los archivos y empezó a estudiar. Tenía solo toda la noche para avanzar con eso.
Durante toda su guardia se sintió llena de una energía maníaca. Iba de aquí para allá. Estaba en urgencias, en la consulta, en la oficina de Cepeda asistiéndolo en casos complicados. Entraba a revisar pacientes, daba indicaciones a las enfermeras, ordenaba estudios. No se detuvo a descansar en ningún momento, ni cuando Willy le dijo que tenía cara de mapache desvelado.
—Y entonces ella dijo que había escuchado cosas terribles sobre mí, ¿puedes creerlo? —le dijo su amigo sentado frente a ella en la cafetería.
—Uhm, seguro son cosas ciertas —respondió Gal sin levantar la vista de su libro.
—Sabes que no soy tan terrible. Ladro más de lo que muerdo…
—Tú solito te creaste esa fama. —Gal cambió la hoja de su libro.
—Y yo no sé como logras escuchar y leer al mismo tiempo.
—Años de práctica.
—¿Y qué tal los nervios?
—¿Cuales nervios?
—Esos que estás tratando de controlar justo ahora.
—Yo no siento nervios.
—Oh, vamos.
—Los nervios son una respuesta física ante la incertidumbre. No tengo ninguna incertidumbre.
—¿En serio? ¿No sientes nervios por la comida entre tus suegros y tus padres?
—No.
—No te creo. Gal, hace unos meses apenas eras una larva funcional. Ahora tu novia es una de las personas más guapas del mundo según tus propias palabras, y además es hija de papi.
—Ana no es hija de papi.
—Sabes a lo que me refiero. Te sacaste la lotería con ella. Bella, divertida, inteligente, rica. ¿De casualidad tiene hermanas?
—Una. Es mayor y está divorciada.
—¿En serio?
—No te haría caso ni en un millón de años.
—Deja ese libro. —Su amigo le arrebató lo que leía. Gal lo miró con el ceño fruncido—. Familias como las de tu novia se toman muy en serio estas presentaciones, Gal.
—Lo sé.
—¿Segura?
—Sí.
—Entonces espero que te bañes antes de ir.
—Yo siempre me baño.
—Pues báñate más. Y sonríe. Habla, tienes que ser encantadora. Carajo, siento que te estoy pidiendo imposibles.
—¿Porqué mejor no te preocupas por tu siguiente cita romántica?
—No sé si tendré otra…
—¿Qué hiciste, idiota?
—¡Solo quise besarla! Ya sabes, declaración de intenciones. Pero ella me empujó y entró a su casa.
—¿Y solo querías un beso?
—¡Claro que sí! Declaración de intenciones, ¿recuerdas? Eso que no hiciste con Ana en tu primera cita.
—Pero me fue mejor que a ti.
Willy se cruzó de brazos y dijo:
—Diablos, tal vez debo ser aburrido como tú para que las chicas se enamoren de mi. Kelly sigue preguntando si aún sigues con Ana.
—¿Quién es Kelly?
—Kelly. Kelly… ¡Carajo, Gal! ¡Llevo meses hablando de Kelly y la fascinación que siente por ti! ¡Presta atención!
—No me interesa —dijo ella recuperando su libro para continuar leyendo— Sólo quiero a Ana.
—Tienes suerte con esta boca —dijo Willy, haciendo que Gal levantara de nuevo la vista. Ana había llegado y miraba atenta a su amigo.
—¿Suerte con Gal? ¿Por?
—Porque puede haber mil mujeres detrás de ella pero no le interesan en lo absoluto. Solo vive por una tal Ana Galindo.
—No hay mil mujeres detrás de mí —se quejó ella.
Willy levantó la mano y empezó a contar sus dedos.
—Cuatro. Al menos sé de cuatro.
Gal negó con la cabeza y miró a su novia, que le sonreía.
—¿En serio solo vives por Ana Galindo? —preguntó su chica inclinándose para besar sus labios.
—Sabes que sí —susurró Gal, sintiendo sus mejillas arder cuando vio la sonrisa burlona de Willy.
—Estás tan jodida —dijo su amigo—. Pero bueno, estoy feliz de que al fin dejaras que esta hermosa jovencita entrara en tu corazón. Recuerdo cuando solo babeabas por ella por todos los pasillos…
—¿No tienes que irte a casa ya?
—Espero a Verónica.
—Dijiste que te gritó.
—¿También ella? —se metió Ana, haciendo que Gal soltara una carcajada.
—Es solo un tropiezo inicial. Quien sabe, tal vez en un mes ya esté camino a conocer a sus padres, eh.
—Hablando de eso… —dijo Ana llamando su atención—. Debemos irnos. Tengo que ayudar a mi madre a preparar todo…
—Claro, yo también les ayudaré —dijo ella poniéndose de pie.
—No es necesario.
—Tu familia se está tomando muchas molestias por la mía…
—No, Gal… Es que… —Ana se acercó para susurrarle—. Sabes que mis padres son bastante tradicionales en esas cosas. Ahm… Esperan que tus padres y tú lleguen juntos… Tal vez con... flores o algo así.
—¿Flores?
—Sí. Es la… costumbre.
Gal parpadeó muchas veces.
—De acuerdo.
—Puedes dejarme en mi casa y llevarte mi auto para recoger a tus padres…
—No es necesario, usaremos… el de mi padre.
—Perdón, no sabía… que tenía auto —dijo Ana con las mejillas rojas.
—No tenías porqué saberlo.
—Entonces te dejaré en tu departamento, ¿te parece?
Ella asintió y caminó junto a Ana hacia la salida.
Gal respiró hondo cuando el vehículo avanzó hasta la entrada de la casa de los Galindo. Apretó fuerte el enorme ramo de flores que tenía sobre sus piernas y miró a sus acompañantes.
—Quiero total profesionalismo, ¿entienden?
—Tranquila, Gal. Llevamos más de veinte años actuando.
—Sean encantadores, hablen del mar, de la comida, de lo responsable y brillante que soy…
—Mira, después de esta visita esos señores te suplicarán que te cases con su hija, ¿qué te parece?
—Eh… no es para tanto.
—Sí, si. Ya lo verás, mi pequeño delfín —dijo su madre falsa.
—Evita esos apodos.
—Por supuesto que no. ¿Sabes cuántos puntos ganarás ante ellos cuando tu madre te llame así? Los apodos de una madre son encantadores, Gal.
—De acuerdo, pero no te pases.
El auto se detuvo y Gal respiró hondo. Bajó y esperó a sus padres para subir juntos los escalones hasta la puerta, donde alguien abrió antes de que tocaran.
Ana estaba ahí. Gal no pudo evitar suspirar cuando vio su hermoso vestido, su cabello suelto y su sonrisa radiante. Se sintió bastante aturdida cuando su novia le besó los labios y luego abrazó a sus padres.
—Adelante, por favor —dijo Ana.
Sus padres falsos entraron con paso decidido. Ella se quedó un poco atrás pensando que no había ninguna razón para morir de nervios ese día.
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____ Continuará___
Pd. Cada viernes nuevo cap.
Pd2. algo tarde pero llegó.
Pd3. Comenta o el diablo te chupará la cola.
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