⚡Cap 18|El Pulso del Corazón

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Capítulo 18

Despertar en esa cama junto a Gal había sido maravilloso. Ana nunca había compartido esa habitación con nadie pero definitivamente estaba encantada de tener a su novia ahí con ella esa mañana.

 Durante toda su vida esos días festivos eran sinónimo de diversión, felicidad, familia. Cuando sus abuelos estaban vivos, era normal tenerlos ahí en casa durante las celebraciones navideñas. Y lo que Ana recordaba con especial cariño, era cómo sus abuelos la mimaban durante el desayuno de ese día. Le daban regalos, dinero, abrazos y promesas de salir juntos.
 Al pasar de los años, la Navidad era la oportunidad perfecta para estar con su familia y para reflexionar sobre su vida. En cuanto a su vida amorosa, nunca había pensado que podría sentir esa conexión con alguien. Esas ganas de estar todo el tiempo con alguien. De sentir su presencia, su piel, sus besos y su apoyo.
 Definitivamente estaba enamorada. Definitivamente quería más mañanas como esa junto a Gal. Y sobre todo, definitivamente quería que su relación durara mucho, Mucho, mucho.
 —¿Tengo algo en la cara? —le preguntó Gal mientras bajaban al primer piso.
 —No —dijo ella sintiéndose algo ridícula por no poder dejar de mirar a su novia. Pero entonces se fijó en algo. Sonrió—. Tienes un poco de mi labial en la mejilla.
 Ana se detuvo un momento para limpiar la cara de Gal, que se mantuvo quieta con los ojos fijos en ella.
 —Es raro… estar aquí.
 —Sí. Pero me encanta. ¿A ti no?
 Gal asintió, tan seria como de costumbre.
 —¡Ana, ven un momento por favor! —Se escuchó la voz de su padre desde el salón.
 —Espérame en la cocina —le dijo a Gal antes de dirigirse al encuentro de su padre, que la esperaba junto al árbol de navidad.
 —Necesito que me ayudes a ordenar este desastre —dijo Leopoldo.
 —¿Qué desastre, papá?
 —Este. Mira, quiero que los regalos de mis nietos estén en orden según su edad. Pero tu madre olvidó escribir el nombre de cada uno y no sé de quién es qué cosa.
 —¿Por qué no esperas a mamá?
 —Porque… —Su padre se acercó y bajó la voz—. Tengo un regalo para ella. No quiero que lo note. Y también le compramos uno a Gal.
 Ana parpadeó varias veces.
 —¿Ustedes… le compraron un regalo… a mi novia?
 —Sí —dijo su papá bastante distraído mientras buscaba una caja—. Te lo enseñaría pero ya está envuelto. 
 Ana se dio cuenta que tenía la boca abierta. Sacudió la cabeza y sonrió.
 —Pues gracias.
 —No es nada —dijo su padre.
 —Sí lo es. Gracias por tratarla tan bien y por dejar que se quedara aquí anoche.
 Leopoldo la miró en silencio por varios segundos antes de volver a hablar.
 —En realidad me sorprendió que no me hablaras de ella antes…
 —Es que... todo fue muy rápido, papá.
 —¿Rápido? Creí que te habías tomado tiempo para conocerla bien.
 —O sea… La conozco desde la universidad pero… hace unas semanas que nos acercamos y… luego ella se accidentó y… Yo… Perdón por no decirte nada antes.
 Leopoldo suspiró.
 —Sé que a veces he sido pesado contigo con el tema del amor, pero ahora te veo con Gal y… es… lindo.
 —¿Lindo?
 —Lo que todo padre quiere es ver a sus hijos felices. Yo solo quiero verte bien. Con alguien digna de una Galindo.
 Ana soltó una carcajada.
 —Ella es digna de mí, papá.
 —Creo que Gal es una buena persona. Pero me gustaría saber más sobre su familia.
 —Ellos no están aquí ahora…
 —Lo sé, pero he estado preguntando y nadie los conoce.
 —¿Le preguntaste a tus amigos del club? —Ana negó con la cabeza—. Papá, la familia de Gal es de científicos, dudo que frecuente los sitios donde van tus amigos.
 —¿Estás diciendo que mis amigos son tontos?
 —No. Solo digo que… —Ana se sintió algo incómoda por lo que debía decir—. Ellos no son de nuestro círculo. Así que no esperes que tus amigos aristócratas conozcan a la familia de Gal.
 Leopoldo carraspeó.
 —¿Y tú estás bien con eso?
 —¿Con qué?
 —Bueno…  Has salido con chicas de muy buenas familias.
 —Solo he tenido una novia, papá…
 —Sí, pero sé muy bien que muchas te han invitado a salir.
 —¡¿Cómo sabes eso?!
 —No soy tonto. Además en el club…
 —Hay muchos chismosos —dijo Ana riendo.
 Leopoldo se sonrojó pero volvió a hablar.
 —Puedo tolerar que tu novia no sea parte de alguna de las familias que conocemos… Pero hasta ahí, Ana.
 —¿A qué te refieres con eso?
 —Si Gal es una chica con el futuro que todos aseguran que tendrá y compruebo que sus padres son gente respetable, no pondré ninguna objeción para que continues tu relación con ella.
 Ana frunció el ceño. No quería ser grosera, pero tampoco le agradaba que su padre sintiera que podía portarse así con ella.
 —Entiendo tu preocupación pero ¿en serio crees que estaría con Gal si no fuera maravillosa? Además, papá… no necesito tu autorización para salir con ella.
 —¿No? —preguntó Leopoldo con una sonrisa y Ana entendió que su papá no quería pelear.
 —No. Gal y yo queremos hacer las cosas bien y en cuanto sus padres vuelvan vendrán a conocerlos ¿de acuerdo?

—De acuerdo. —Su papá la abrazó—. No pienses que Gal me desagrada. Pero eres mi hija. Y una Galindo.
 —Si, papá. Lo sé.


*****

 

Cuando Gal entró a la cocina, lo primero que vio fue a Mag poniendo café. Hizo ruido al acercarse a la barra para anunciar su presencia.
 —¿Qué tal la noche? —preguntó Mag sin voltear a verla.
 —Bien —dijo ella.
 —¿Sabes cocinar? Porque pienso preparar un rico desayuno navideño y necesito ayuda.
 —No sé…
 —Hoy aprenderás —le dijo Mag poniendo un bowl frente a ella y unos cuantos huevos.
 Gal parpadeó muchas veces viendo aquello.
 —¿Y qué hago?
 —Romperlos y batirlos. Y no me digas que no sabes cómo. Suturas heridas. Esto es pan comido. Y apúrate, porque Ana seguro llegará con hambre. Tu novia es una chica de buen diente, aunque me imagino que ya lo sabes.
 Gal solo hizo lo que Mag le pidió. y mientras ella se hacía bolas con eso, Mag ya había puesto dos sartenes y encendido el horno mientras le contaba sobre la ocasión en que había servido comida muy picante a un alto miembro de la realeza europea.
 —Y se puso a llorar como niña mientras me gritaba. Y yo solo le dije: ¿cómo puedes ser el comandante en jefe del ejército y ponerte a llorar por unos cuantos chiles en tu comida?
 —¿Y qué pasó?
 —Me despidieron. Salí de ese asqueroso país y vine aquí a probar suerte. Los Galindo me contrataron y he estado con ellos desde entonces. Al menos aquí si toleran el picante.
 Gal esbozó una sonrisa. Mag vertió la mezcla a un recipiente y lo metió al horno.
 —¿Qué más hago?
 —Prepara los huevos revueltos de tu chica.
 Gal fue hasta la estufa y siguió las instrucciones al pie de la letra mientras Mag seguía contándole cosas extrañas de su juventud.
 Estar ahí esa mañana, preparando algo tan mundano como el desayuno, le hizo pensar a Gal en todas las cosas que las familias normales hacían y que ella nunca había experimentado. Sonrió cuando Ana apareció y fue hasta ella.

 —¿Qué haces? —le preguntó su novia riendo.
 —No tengo idea. Es para ti.
 —¿Para mí? —Ana sonrió de una forma tan bella que Gal casi pudo jurar que se habrá vuelto a enamorar en ese instante.
 —Gal saldrá de aquí totalmente capacitada para preparar huevos revueltos y panqueques —dijo Mag lanzando más comida sobre la mesa.
 Gal no sabía cómo esa mujer podía preparar comida tan rápido. Ella apenas había terminado de hacer  los huevos revueltos cuando Mag ya tenía la mesa casi puesta.
 —¿Dónde están todos? —Se escucharon voces en el recibidor.
 Los padres de Ana entraron a la cocina acompañados por el resto de la familia. Gal sonrió algo torpe cuando todos pasaron a abrazarla. En menos de diez minutos se encontraba sentada de nuevo con todos ellos para disfrutar del desayuno navideño.
 Normalmente sus navidades eran trabajando o permaneciendo sola en su departamento comiendo atún o algo congelado. Eso nuevo y cálido que sentía en su pecho era una emoción que Gal aún no podía nombrar. Solo sabía que la hacía feliz. Antes cuando pensaba en estar rodeada de personas, se sentía abrumada. Pero la familia de Ana era extraña. No le prestaban mucha atención, solo la normal. Como si desde siempre hubiera estado ahí con ellos.
 Hablaban entre todos, bromeaban entre todos y siempre la involucraban en cada conversación. Sobre todo notaba que Jenn y Santiago siempre la metían en sus bromas.
 —¿Todo bien? —le preguntó Ana al oído.
 —Sí. Todo estuvo delicioso, aunque estos pantalones que me prestaste me quedan un poco chicos. Es eso o me pasé con la comida.
 Ana la miró divertida y le susurró:
 —Más tarde te los quito.

 Gal sintió que se ruborizaba, pero antes de que pudiera decir algo más, toda la familia se movió al salón para darse los regalos. Ahí todo fue más extraño, ya que para darle un regalo a alguien, primero debían decir cosas sobre esa persona para que los demás adivinaran. Ella estaba parada junto a Ana, entregando los regalos que habían comprado para todos.
 —Ella cree que es la chica más espectacular del universo —decía Ana mientras sujetaba un regalo—. Y se comporta como tal…
 —¡Jennifer! —gritaron todos.
 —No creo ser la más espectacular. Soy la más espectacular —dijo Jeen mientras abrazaba a Ana y recibía su regalo.
 Gal iba a regresar a su lugar, pues según ella ya habían entregado todos los regalos que habían llevado. Pero entonces Ana carraspeó.
 —El último regalo… —Ana tomó otro del montón debajo del árbol—. Es para alguien que siente repulsión por la impuntualidad y puede pasarse horas leyendo…
 —¡Gal! —gritó Santiago.
 Gal sintió una sacudida en su pecho y giró hacia Ana.
 —No era necesario… —susurró.
 —Claro que sí. Es Navidad.
 —¡Que lo abra, que lo abra! —Empezaron a gritar todos.
 —¡Es una tanga! —Se escuchó la voz de Jenn.
 Gal miró a Ana en busca de aprobación. ¿Y si de verdad era una tanga? Pero Ana asintió. Así que Gal rompió la envoltura y abrió mucho los ojos. Un elegante libro de pasta dura estaba entre sus manos. Gal lo observó por varios segundos sin saber qué decir. Regresó su atención a Ana. Quería abrazarla  Quería besarla. Pero solo pudo sonreír.
 —¿Qué es? —preguntó la sobrina mayor a Ana.
 —Es un libro de medicina del siglo XVIII —dijo ella.
 —¡Qué aburrido! —dijo el sobrino mediano. Todos soltaron una carcajada.
 —Ahora quítense, vamos nosotros —dijo Santiago.
 —Espera… —dijo Gal con la mirada clavada en el suelo. No había pensado en hacerlo en público. Por un instante se arrepintió de haber hablado, pero todos la estaban observando.
 —¿Qué pasa? —le preguntó Ana. Gal respiró hondo antes de hablar.
 —Es que… falta un regalo…
 —¿Cuál? —Ana miró hacia el árbol—. Ya dimos todos los que trajimos.
 Ella negó con la cabeza. Metió la mano en un bolsillo de su chamarra y sacó una caja.
 —¡Es un anillo! —gritó Jenn, haciendo que las mejillas de Gal ardieran.
 Ella no quería girar hacia donde estaban todos. Permaneció con la vista fija en Ana. Con los movimientos algo torpes, extendió el regalo hacia Ana, que apretó los labios con una sonrisa contenida.
 —¡Ábrelo! —gritó la hermana de Ana.
 Su novia abrió la caja rectangular. Gal contuvo la respiración tratando de descifrar la expresión de Ana, que con cuidado sacó el regalo: un mango para bisturí. Su novia acercó los ojos para leer la frase grabada. Gal la escuchó susurrar:
 —Para cuando recorras el mundo…
 Gal se cohibió cuando los ojos de Ana la miraron de nuevo. Su novia seguía en silencio.
 —Es de... titanio… durará toda… la vida —terminó Gal sin aire.
 Entonces Ana esbozó una sonrisa y la abrazó. Gal no sabía qué hacer con sus manos. Era consciente de que todos las observaban y se arrepintió por no haber hecho eso a solas.
 —Gracias —le dijo Ana estampando un beso en su mejilla antes de apartarse un poco. Gal se dejó arrastrar por su chica hasta un sofá.
 —En serio creí que le darías un anillo —le dijo Jenn inclinándose un poco hacia ella.
 —Tal vez… la siguiente Navidad —dijo ella tratando de que sonara a broma. Jenn le hizo un guiño.
 Gal regresó su atención al frente, donde los padres de Ana ya estaban dándole los regalos a sus nietos. Ella sentía un fuerte cosquilleo en el cuerpo, especialmente en la mano que Ana le tenía agarrado. Se animó a lanzar una mirada hacia su novia y la descubrió mirándola.
 —Creí que mi sueño de viajar por el mundo para operar a las personas te parecía absurdo…
 Gal negó con la cabeza.
 —No dije que fuera absurdo, solo idealista.
 —Y sin embargo… —Ana levantó su regalo para que Gal lo viera—. Me diste esto.
 —Seguro que lo necesitarás. Me pareció algo práctico para…
 Pero no pudo continuar. Ana se había acercado tanto que acabó rosando sus labios con los suyos.
 —Eres muy linda. Incluso cuando no te lo propones —susurró Ana.
 Gal se sintió más nerviosa, sobre todo por el beso que Ana le había dado ahí. Como no sabía qué responder, solo atinó a sonreír ligeramente.
 —Y este regalo es para alguien que tiene una conexión muy fuerte con el mar.. —dijo entonces el padre de Ana.
 Gal se dio cuenta que todos giraron las cabezas hacia ella y eso la hizo reaccionar. ¿Se referían a ella? ¿Conexión con el mar? Leopoldo le sonrió y asintió rápido.
 Nunca se había sentido más nerviosa en la vida. Dio algunos pasos hasta quedar de pie frente a los padres de Ana, que le dieron una abrazo antes de entregarle el regalo.
 —Espero que te guste… —dijo Sonia invitándola a abrir lo que Gal tenía en sus manos.
 La cara le ardía, así que se apuró para terminar con eso lo más pronto posible.
 Todos soltaron una expresión de asombro cuando Gal levantó el elegante reloj de oro. Cuando se dio cuenta que tenía la boca abierta, la cerró. Se quedó mirando el regalo por varios segundos. Ella nunca habrá visto una cosa tan brillante y bonita.
 —G-gracias —dijo con la garganta seca. Sabía que debía decir algo más. Tal vez darles otro abrazo pero estaba muy abrumada por tanta atención y tampoco sabía muy bien cómo expresar lo que sentía—. Es hermoso —dijo mientras sonreía. Eso era todo de lo que se sentía capaz de dar.
 —¡Genial! —dijo Leopoldo—. ¿Quién sigue?


****


Ana terminó de despedirse de todos sus hermanos y sobrinos. Les dijo adiós con la mano mientras sus autos se alejaban y regresó a la casa. Gal había subido a su habitación solo un par de minutos antes para alistar sus cosas para marcharse.
 Fue hasta su cuarto y, despacio, empujó la puerta. Gal estaba junto a la cama metiendo sus regalos y ropa en una pequeña maleta. Ver eso le causó mucho pesar a Ana, pues la despedida era inevitable. Esas semanas se había acostumbrado a estar con su novia.
 Un movimiento de Gal hizo que Ana saliera de sus pensamientos. La vio acariciar el libro que ella le había regalado. Eso la hizo sonreír. Gal podía no decir muchas cosas con su voz, pero Aa sabía que si prestaba atención, Gal le decía todo con su cuerpo. Su novia metió el libro en la maleta y entonces levantó el reloj que sus padres le habían regalado. La vio suspirar y notó una sonrisa en su rostro.
 —Me parece que ese reloj de verdad te gustó —dijo ella. Gal la miró un momento antes de guardar ese regalo también.
 —Tus padres han sido muy generosos. Se ve bastante costoso…

Gal la miró y Ana supo que debía decir algo, pero no sabía qué.
—Ellos solo querían darte algo que te gustara.
—Tu familia es muy…
—¿Qué?
—Afectuosa.
Eso la hizo soltar una risita.
—Así son las familias. Afectuosas y en ocasiones odiosas. Lo normal.
Gal asintió ligeramente mientras pensaba.
—Mi familia… —Gal se detuvo. Ana vio el titubeo en su novia. Sabía que no debía presionar a Gal pero tenía mucha curiosidad.
—¿No es afectuosa? —preguntó con voz suave.
Gal  se encogió de hombros.
—Supongo que sí.
—¿Eso qué significa? —preguntó ella riendo. Pero Gal no respondió—. ¿Gal…?
—Nunca fueron los más afectuosos pero tampoco fueron malos… —dijo Gal hablando muy rápido.
—¿Has tenido problemas con ellos?
—No realmente —dijo Gal cerrando la maleta—. Estoy lista. ¿Me pides un uber?
—Yo te llevaré —le aclaró ella. Gal volvió a asentir con la cabeza, totalmente seria—. ¿Estás bien?
—Sí.
—Pareces molesta por…
—Estoy bien —la interrumpió su novia—. Solo estoy cansada —terminó Gal suavizando la voz.
Ana observó la expresión tensa de Gal. Descubrió sus manos hechas puño y las venas hinchadas de su cuello. Respiró hondo antes de decir:
—Oye, si tienes algún problema con tu familia, sabes que puedes contarme…
—No tengo problemas con ellos —dijo Gal desviando la mirada.
—¿Segura? Porque le he prometido a mi padre que ellos vendrán a esta casa en cuanto regresen de su expedición.
Gal giró el rostro hacia ella. Ana intentó descifrar lo que estaba pasando por la mente de su novia, que parecía muy concentrada en algo.
—Bien.
—¿Bien, qué?
—Cuando mis… padres vuelvan, los traeré.
—¿Tienes alguna idea de cuando será eso?
Gal pensó un momento y luego negó con la cabeza.
—¿Tu padre te pidió eso?
—Sí —dijo ella usando un tono despreocupado. No quería abrumar más a Gal.
—Supongo que quiere saber si su hija está con alguien…
—No te preocupes por eso. Solo es un poco sobreprotector. —Se apresuró a decir ella.
—¿Y si le llaman?
—¿Qué?
—Sí, tú sabes… Mis padres... No sé si volverán pronto pero… tal vez una llamada… Tal vez tus padres se sientan tranquilos con eso.
—¿Quieres presentarlos por teléfono? —Ana pensó en esa posibilidad pero enseguida negó con la cabeza—. Creo que eso no sería apropiado. Mis papás… Bueno… ellos son de esas personas que se aferran a los modales y la etiqueta.
—Entiendo.
—Mira, no hay que apresurarnos, ¿si? Tus papás no andan por ahí jugando. Están trabajando. Así que no hay prisa. Cuando estén aquí haremos una comida para que se conozcan, ¿de acuerdo?
—Sí —dijo Gal y Ana volvió a percibir inseguridad en su novia,
—¿Segura que estás bien con eso?
Gal asintió.
—Solo no quisiera… Tu familia… todos ellos… —Gal tenía una mirada tan intensa que Ana se estremeció—. No quisiera… defraudarlos —terminó Gal con un hilo de voz.
—No hay forma de que eso pase —susurró ella sosteniendo la cara de Gal entre sus manos—. Eres maravillosa.
Gal apretó los ojos con fuerza.
—Ana… mis padres… están… ellos…
La respiración de Gal empezó a agitarse. Ana la vio abrir la boca para continuar hablando pero ninguna palabra le salió.
—¿Están… enojados contigo…? —dijo ella para ayudar a Gal, que solo negó con la cabeza—. ¿Muy lejos…?
Gal parecía estar haciendo un esfuerzo enorme para mantenerse en pie. Ana empezó a asustarse. Iba a continuar lanzando opciones cuando Gal dijo:
—Endeudados.
Ana frunció el ceño, tratando de encontrar significado a todo eso.
—¿Endeudados?
Gal negó ligeramente pero luego asintió con energía.
—Yo sé que tu familia… O sea que… Tus padres no sé qué… Mi familia… Nosotros no somos…. ricos —terminó Gal casi sin aliento.
Aquella confesión hizo que a Ana se le escapara una risa nerviosa.
—Eso ya lo sé, Gal. Y no importa. Ni a mí ni a mi familia nos importa eso.
—A tus padres sí.
—No, no. —Ana pensó que debía ser totalmente clara con Gal—. No te diré algo que no sepas ya. Mi familia ha tenido dinero desde hace mucho tiempo y eso… Pues… Los amigos de mis padres son gente así también… Pero eso no quiere decir que… Nosotros no nos fijamos en eso con las personas. Es más bien… Mis padres se preocupan más por la… —Ana se detuvo porque lo que debía decir le sonó muy  feo en la cabeza.
—¿La qué?
Ana suspiró.
—Por la condición de las personas. Tú sabes… En Castilnovo han sido siglos de división entre aristócratas y plebeyos y hay... personas que no son bien vistas en… ciertos círculos…
—Como el de tu familia… —dijo Gal.
Ana negó con la cabeza.
—Pero no tienes de qué preocuparte. No eres ninguna hija ilegítima ni nada por el estilo. Eres una doctora, tus padres son científicos… Tal vez no sean aristócratas pero sí son personas respetables. Eso está bien, ¿de acuerdo?
Por un segundo Ana vio angustia en los ojos de Gal pero al parpadear, su mirada se había enfriado.
—Perdón, yo solo…
—Entraste en pánico —dijo Ana riendo. Abrazó fuerte a Gal—. Oye… Te amo. No me interesa nada fuera de esta habitación. Ni lo que quieran mis padres o las deudas de los tuyos. Solo quiero estar contigo.
Los brazos de Gal la rodearon con fuerza, haciendo que Ana se sintiera totalmente segura de sus sentimientos. Ella no se había enamorado de Gal por su familia o su posición. Ella la amaba por ser Gal y ya. Por ser inteligente, hermosa, dedicada y divertida, aunque involuntariamente.
Notó que por fin la respiración de Gal se había tranquilizado y sonrió al darse cuenta de las preocupaciones secretas de su novia.
Buscó los labios de Gal para besarla de la forma más dulce que podía. Con ese beso quería confirmarle que no había nada en el mundo que pudiera apartarla de su lado.

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Pd. Más vale tarde que nunca.


Pd2. Cap cada viernes.

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