⚡Cap 17|El Pulso del Corazón

❤️

Si estás en mi canal de WhatApp esto seguro lo sabes. Así que puedes saltar a leer el capítulo. Si no estás en el canal, lee:

Esta historia es parte de un universo que empezó a formarse hace años.

Como aquí no he compartido la hisotira principal, hay coasas donde no soy tan explícita porque no quiero hacerte spolier.

¿Porqué?
Porque la historia principal pronto estará aquí también.

Y luego otra historia y otra y otra.

La buena noticia es que varias de esas nuevas historias ya están escritas o empezadas. Y hace unos días se me ocurrieron 2 más, así que pasarás los sigueintes meses leyendo mcuhos sobre amor entre chicas que se chupan sus bocas.

Ahora sí.

Disfruta.

Capítulo 17

Gal nunca pensaba en las estrellas de cine pero en ese momento sintió que su vida sería algo así. Apenas puso un pie en casa de Ana fue bombardeada con presentaciones, abrazos, apretones de mano y mil preguntas.

Jenn estaba ahí y le dio un caderazo a Ana para apartarla de su lado y llevarla de aquí para allá por toda la casa.
 —Y ella es Martha, la esposa de Luis… —le dijo Jenn.
 —¿Y Luis es…?
 —¡El hermano mayor de Ana y Santiago!
 —Ah, sí.
 Jenn se acercó a ella y le susurró al oído.
 —Si un día necesitas algo de dudosa procedencia, ella es tu chica. Consigue todas las marcas a precios de risa.
 Gal parpadeó varias veces sin saber qué decir. Aunque no fue necesario, ya que fue salvada por la hermosa presencia de Ana, que llegó con un trago para ella.
 —Sin alcohol —le dijo. Gal le sonrió a su novia—. ¿Todo bien?
 —Sí. Jenn me ha presentado a todos.
 —Solo quiero que te sientas incluida en la familia —comentó la amiga loca.
 —Jenn, ¿podrías ayudarle a Santiago a bajar los regalos de mi auto? —dijo Ana, y Gal se dio cuenta que solo era una excusa para librarse de su amiga.
 —Solo espero que hayas traído uno para mí —dijo Jenn antes de irse.
 —Lo siento. yo debí presentarme a todos pero mi madre me llamó para ayudarle con algo y…
 —Está bien. Jenn es graciosa. —Gal se acercó a Ana—. Y me fue contando los trapitos sucios de todos…
 Ana giró los ojos como signo de exasperación.
 —No le hagas caso.
 —¿Entonces nada es verdad?
 —Seguramente todo es cierto, pero igual no le hagas caso.
 Gal sonrió, bebió un sorbo de su bebida y miró alrededor. Todos los hermanos y sobrinos de Ana estaban dando vueltas por ahí. El enorme árbol de navidad adornaba el salón principal y todo en aquella casa era elegante.
 —Tu casa es muy linda.
 —Gracias, pero es la casa de mis padres —dijo su novia sonriendo—. Cuando te dije aquello sobre mudarme, hablaba en serio.
 —¿Cuándo quieres hacerlo?
 Ana pensó un momento y dijo:
 —En un par de meses. ¿Me ayudarías a elegir departamento?
 —Claro que sí —respondió ella sonriendo. Ana se acercó a sus labios y le dio un beso suave, haciendo que Gal se pusiera muy nerviosa.
 Miró hacia todos lados para asegurarse de que nadie las hubiera visto.
 —¿Qué pasa?
 —Es que… estamos con tu familia… y me… besaste.
 Ana soltó una risita.
 —Eres mi novia, ellos lo saben. Lo raro sería que no te besara —dijo Ana abrazándola por el cuello.
 —¿Pero… está permitido?
 —¿Permitido?
 —Si. Tu sabes. En… una familia.
 —Creo que depende de la familia. Mis hermanos nunca tuvieron problemas por besar a sus parejas, no veo porqué yo sí debería tenerlo.
 —Es un excelente razonamiento.
 —¡Gal! —El padre de Ana apareció.
 —Buenas noches, doctor —dijo Gal sintiendo algo de ardor en las mejillas. Ana dejó de abrazarla por el cuello y se colgó de su brazo con el cuerpo muy pegado al suyo.
 —Que gusto verte aquí —dijo Leopoldo—. Hija, ¿y tu madre? ¿Ya empezaremos?
 —Ahm… Creo que estaba con Mag…
 —¡Aquí estamos! —Sonia y una mujer a la que Gal identificó como la famosa cocinera de la familia, llegaron hasta donde ellos estaban.
 De repente todos fueron hacia ese salón, haciendo que Gal se sintiera algo apretada con tantas personas alrededor. Después de que la madre de Ana le diera un afectuoso abrazo, todos hicieron un gran círculo.
 Gal miró a su novia pues no sabía lo que eso significaba. De repente tuvo miedo de que sacaran una silla y la obligaran a sentarse en medio para interrogarla.
 Pero eso no ocurrió. Entonces se fijó que la madre de Ana tenía abrazada una pequeña estatua.
 —¿Qué ocurre? —le susurró a Ana al oído.
 —Vamos a empezar… —Su novia le sonrió y acercó más su boca a su oreja para susurrarle—. Acostaremos al niño.
 —¿Qué niño? —Gal observó a los dos sobrinos varones de Ana,  sin entender porqué acostarían a uno de ellos.
 Escuchó una risita junto a ella y vio a Ana haciendo una indicación con la cabeza.
 —El niño Jesús —susurró su chica.
 Gal entonces se fijó en la estatua y vio que era de un bebé. Frunció el ceño sin entender nada pero prefirió no hablar. La música comenzó, una canción que hablaba de un niño y pastores. Gal comprendió entonces que aquello era un ritual religioso. Con todo el respeto que podía, se limitó a observar cómo se iban pasando el niño unos a otros. Vio a Ana sostener la estatua como si fuera un bebé de verdad, arrullarlo, darle un beso y girar hacia ella. Gal se sintió torpe cuando abrazó al niño. Cruzó una mirada con Ana, que le hizo una seña para que lo besara. Gal bajó la vista hacia esa estatua y se dio cuenta que parecía muy real. Cada detalle era perfecto. Ella nunca había visto cómo las familias celebraban la Navidad. Creyó que era solo cosa de cenar y abrir regalos, pero veía que en la  familia de Ana, la navidad significaba algo más. Acercó sus labios al niño y besó su frente, para luego dárselo a Jenn.
 El padre de Ana empezó a leer algo sobre un nacimiento y sobre lo que significaba eso para la humanidad. Esperanza, amor, comprensión. Gal dio un paso adelante para ver cómo el sobrino más pequeño acostaba al niño en una representación algo rara. Observó al padre y a la madre, y sintió una punzada en el pecho cuando vio a las tres figuras juntas.
 Fue el turno de la madre de Ana de leer algo sobre la familia y la unidad. Gal escuchaba con atención lo que la mujer decía. Familia. Ella nunca había tenido eso en realidad. Sus padres se habían conocido en la universidad, ambos apasionados del mar, no tenían planeado tener hijos. Ella había sido una sorpresa y aunque decidieron tenerla, en cuanto tuvo edad suficiente para atenderse sola sus papás la dejaban en casa mientras ellos se iban de expedición.
 Todos empezaron a abrazarse cuando la madre de Ana terminó de leer. Se deseaban feliz navidad, reían, se daban besos. Los hermanos de Ana la abrazaron, haciendo que Gal se sintiera algo rara, pero notó que para nadie en la familia era incómoda su presencia.
 —Oye… —La voz de Ana la llamó. Gal giró hacia su chica, que le sostuvo la cara con ambas manos—. Feliz navidad.
 Gal no se movió, solo cerró los ojos y correspondió el suave beso que Ana le dio. Ana no tuvo prisa en separar sus labios de los suyos y por un momento, Gal olvidó donde estaba.
 —¡Hey, hey, chiflando y aplaudiendo! —dijo Santiago, empujando a Ana—. Cuñada, feliz Navidad.
 Gal no pudo evitar reír cuando vio la cara de enfado de Ana, que le dio un golpe a su hermano. Pero Santiago la ignoró y abrazó a Gal.
 —Feliz… Navidad —respondió ella bastante apenada.
 —Entonces… —Santiago la abrazó por los hombros y le dio la espalda a Ana—. Jenn me dijo algo sobre un anillo de compromiso para mi hermana…
 —¡Santiago! —Ana jaló a Gal—. No empieces con tus bromas tontas.
 —No es ninguna broma, ¿verdad, Gal?
 —Eh…
 Gal notó que Ana estaba muy roja.
 —No le hagas caso. Además… —Ana miró a su hermano—. Tú tardaste años en comprometerte.
 —Porque yo soy hombre, pero he escuchado que con ustedes todo siempre va más rápido, ¿no? —dijo su hermano haciendo un guiño.
 —¿Te casarás con mi tía? —le preguntó de repente una de las sobrinas de Ana.
 —¡Ya basta! —gritó Ana, jalándola para sacarla de ahí. Con paso veloz, Gal siguió a Ana escaleras arriba. Entraron a una habitación—. Son una banda de imprudentes —dijo entonces Ana.
 Gal dejó de mirar alrededor y se concentró en su novia.
 —Tu habitación es como tú.
 —¿Como yo?
 —Es… normal…
 —¿Te parezco normal? —dijo Ana sonriendo.
 —No. O sea sí. A primera vista pareces una chica normal pero… cuando te acercas…ves… cosas lindas.
 Ana la abrazó. Gal podía sentir su respiración golpeando su piel. Rodeó la cintura de Ana, reconociendo enseguida esa figura.
 —Perdón por esos comentarios.
 —No me molestan.
 —¡Es que son imprudentes! ¡Apenas llevamos un mes juntas, ¿cómo se les ocurre hablar de matrimonio?!
 Gal parpadeó varias veces, hasta que dijo:
 —¿Y al cuanto tiempo se habla de matrimonio?
 —¿Quieres hablar de matrimonio? —dijo Ana sorprendida, aflojando un poco el abrazo.
 Gal sonrió.
 —No. Pero veo que es un tema que debe abordarse respetando cierto tiempo. Por eso te lo pregunto. ¿Alguna vez hablaste de eso con tu ex?
 —No  —dijo Ana sonriendo otra vez—. No niego que yo pensé en eso un par de veces pero fue solo cosa mía. Ella nunca mencionó nada y yo nunca sentí la confianza para hacerlo.
 —¿O sea que te hubiera gustado casarte con ella?
 Ana pensó un poco antes de hablar de nuevo.
 —En realidad lo que me gustaría es casarme. Ella era una candidata pero las cosas no nos llevaron a ese punto. Pero sí. En algún momento de mi vida… con la chica adecuada… me gustaría.
 Gal asintió lentamente absorbiendo esa información.
 —Bien… —dijo ella.
 —¿Bien, qué?
 —Me parece que es un razonamiento muy bueno.
 —¿Por qué te lo parece? —preguntó Ana sonriendo.
 —Sabes lo que quieres y también sabes que no quieres casarte solo por hacerlo, sino que esperas a la chica adecuada. 
 —Sí, básicamente eso es.
 Gal sintió un cosquilleo por todo su cuerpo. Miró a Ana y notó que muchas palabras querían salir por su boca. Pero todas estaban en desorden, bombardeadas por emociones que ella apenas podía identificar y controlar.
 —Yo… supongo… —Calor. Eso sentía en la cara—. Me g-gustaria… averiguar… si… si…
 —¿Si, que? —susurró Ana muy cerca de sus labios.
 Gal sintió su corazón bajar hasta su estómago y luego regresar a su lugar con violencia.
 —Si yo podría… ser esa chica.
 Ana abrió mucho los ojos y quiso decir algo pero luego cerró la boca. Gal tembló al ver cómo esos ojos verdes se llenaban de algo poderoso.
 —Eso sería muy lindo —susurró Ana antes de atrapar sus labios. Gal no dudó ni un segundo en responder ese beso. Abrazó fuerte a Ana y exploró su boca. Su novia la jaló hacia su cuerpo y Gal pudo sentir el deseo de Ana despertando.
 —¿Quieres hacerlo ahora? —balbuceó contra los labios de su novia.
 —Siempre quiero hacerlo —dijo Ana riendo sin dejar de besarla.
 —Pero…
 —¿No quieres?
 —Claro que quiero, pero… tu familia…
 Ana se detuvo y soltó una carcajada.
 —Los había olvidado. Siempre haces que olvide todo…
 —Creo que es… mi superpoder.
 Ana la miró con intensidad.
 —Te amo tanto —dijo su novia con los ojos húmedos.
 La garganta de Gal se cerró. Su cuerpo tembló y el calor volvió a su cara. Luchó contra el nudo en su cuello. Ella también quería decirlo. Quería que Ana lo escuchara. Abrió la boca, concentrada en decir una palabra a la vez.
 —I-i-igual… —soltó con todas las fuerzas que tuvo.
 Se sintió terrible por aquello, buscando enseguida la mirada de Ana para disculparse. Pero su novia sonreía de forma tan hermosa que la respiración de Gal se detuvo por varios segundos.
 Ana la abrazó fuerte y Gal no pudo hacer más que lo mismo. La apretó contra su cuerpo, acomodó la cabeza en el hombro de Ana y cerró los ojos, pensando que aquella era su Navidad favorita.


*****

Todo era un caos, como cada Navidad. Ana veía a su familia, ya todos sentados cenando. Escuchaba el ruido, las voces, las risas, la música de fondo. Pero entre todas esas personas solo una capturaba toda su atención.
 Gal estaba sentada junto a ella, mirando todo en silencio. Su novia solo hablaba cuando alguien le hacía alguna pregunta directamente. El resto del tiempo solo escuchaba y comía. Ana sonrió cuando su novia le dirigió una mirada.
 Ella adoraba tenerla ahí esa noche. Adoraba esa calma que sentía con Gal, esa certeza de que Gal era el lugar indicado. Su relación anterior había sido algo inestable, con retos emocionales que la dejaban agotada por semanas. Sin embargo, Gal era lo opuesto. Era estabilidad, era como sentarse frente al mar en un día perfecto. Y en ese momento Ana estaba totalmente segura de que sus sentimientos eran correspondidos totalmente. Gal se lo había dicho. No con todas las palabras, pero ella no necesitaba eso. Lo sentía, lo vivía cada vez que Gal la tocaba. Cada vez que la miraba.
 —¡Con  razón mi papá está tan feliz! —dijo entonces Amanda, su hermana. Ana puso su atención en aquellas palabras ya que todos giraron hacia ellas—. Eres una suertuda Gal. M ex esposo sufrió mucho antes de tener un lugar en esta mesa. Pero claro, a mi papá le dices algo sobre el mar y ya lo tienes en tu bolsa.
 —Eso no es verdad. —Se defendió su padre.
 —¡Claro que sí! —dijo Santiago—. No has dejado de hablar de los padres exploradores de Gal.
 Ana soltó una carcajada al ver el sonrojo de su padre. Miró a Gal, que estaba muy seria viendo su plato de comida. Sintió una punzada de preocupación.
 —Gal… —susurró inclinándose hacia su novia, que lentamente giró la cabeza hacia ella.
 —Entonces, ¿cuándo vuelven tus padres, Gal? —preguntó Jenn.
 Gal parpadeó varias veces y miró a todos antes de responder.
 —No tienen fecha.
 —¡¿Qué?! ¿Cuánto tiempo llevan en altamar? 
 Gal tomó un sorbo de su bebida antes de volver a hablar.
 —Mucho tiempo.
 —He escuchado que esos viajes duran meses, ¿es verdad?
 Gal asintió y todos murmuraron con asombro.
 —Es una lástima que no estén aquí estas fechas —dijo entonces su padre—. Pero en cuanto regresen me gustaría invitarlos a comer con nosotros…
 Todos estallaron en risas.
 —¡¿Ves, papá?! ¡Estás maravillado con Gal y sus padres!
 —Bueno, bueno, lo dicen como si a ustedes los hubiera tratado mal…
 —¡A mi ex lo dejabas fuera de la casa por horas! —exclamó su hermana, haciendo que Ana riera al recordar aquello.
 —Ya, dejen de ser tan metiches —se quejó Leopoldo—. Gal, ¿le darás mi invitación a tus padres?
 —Claro que sí, doctor —dijo Gal esbozando una sonrisa que a Ana le pareció tensa. Metió una mano bajo la mesa y la colocó sobre la pierna de Gal, que volvió a mirarla.
 —¿Estás bien?
 —Sí —dijo Gal regresando su atención a la comida—. Solo creo que… esto es delicioso.
 Ana volvió a reír y miró a Mag.
 —Es que tenemos a la mejor cocinera de todo Castilnovo.
 —¿Ella no pasa Navidad con su familia? —preguntó Gal bajando la voz.
 —No —dijo ella sonriendo—. ¡Hey, Mag! ¿Por qué nunca pasas Navidad con tu hijo?
 La cocinera frunció el ceño y gruñó antes de responder.
 —Porque vive en Tokyo con su esposa japonesa. Y que Dios me lleve antes de comer sentada en el suelo usando unos palitos.
 Ana estalló en una carcajada cuando vio a Gal tapándose la boca para no escupir.
 —Así comen ellos, Mag… —dijo Santiago.
 —¿Y qué culpa tengo yo? —Mag levantó sus cubiertos para que todos los vieran antes de usarlos para cortar un enorme trozo de carne y llevárselo a la boca con furia.
 —No le agreda su nuera —le susurró Ana a su novia—. Tienes suerte… —¿Por agradarle a tus padres?
 Ella se encogió de hombros y dijo.
 —Eres la única a la que le han abierto la puerta tan pronto. Lo del ex de mi hermana es verdad. Mi papá lo mantuvo fuera durante años. Así que eres una chica afortunada.
 Gal la miró de una manera muy dulce. Ana vio sus mejillas rojas.
 —Sí, lo soy —dijo su novia agarrándole la mano que tenía sobre la mesa.
 —¿Sabes qué creo? —preguntó ella acercando su boca a la oreja de Gal—. Que tienes demasiada ropa.
 Gal se mordió el labio inferior, miró rápido alrededor para asegurarse que nadie las observaba y le dijo:
 —¿Qué te parece si más tarde me la quitas?
 —Trato hecho —respondió ella levantando su copa para brindar con Gal.


******

Gal sonrió mientras veía las fotos sobre una mesita del salón. Ana siempre había sido una chica hermosa. Encontró una fotografía de su novia en la universidad y la recordó en ese entonces. Ella siempre miraba a Ana caminando por los pasillos de la escuela. Con su mochila, sus libros, corriendo de una clase a otra. Esos días Ana era alguien lejana, alguien que solo vivía en sus fantasías.
Sin embargo, en ese momento ella estaba en casa de esa hermosa joven. Con su familia. Compartiendo una tradición importante para los Galindo. Ella era la novia de Ana, era quien podía besarla, tocarla. Era quien quería cumplir cada uno de los sueños de esa mujer. Frunció el ceño pensando que una de las razones por la que los Galindo confiaron en ella, eran sus padres. Leopoldo Galindo estaba muy emocionado por la posibilidad de compartir su mesa con exploradores marinos, y Gal no sabía cómo romper esa ilusión.
Y si la rompía, ¿qué pasaría con Ana y ella? No quería pasar años excluida de esa casa, como el ex marido de Amanda. Pero si ya había logrado abrir esa puerta, tal vez debía esforzarse por mantenerla así. Confesar que solo era una huérfana sin dinero podría hacer que su relación con Ana peligrara.
 Gal estaba segura que el gran doctor Leopoldo Galindo no aprobaría que Ana estuviera con una chica como ella, así que la conclusión  era lógica.
 —¿Quieres un café? —preguntó alguien a su espalda. Leopoldo le extendió una taza.
 —Sí, gracias.
 —Esas me gustan mucho —dijo el hombre señalando las fotografías—. No estuve en muchos de esos momentos, pero me hace feliz ver que mis hijos lo eran.
 —¿Por qué no estuvo?
 —Por muchos años lo único en mi mente fue trabajar muy duro. Conseguí cosas muy buenas pero a un precio alto. —Leopoldo la observó un momento mas. Gal notó que el hombre quería continuar hablando, así que se mantuvo callada—. He escuchado cosas sobre ti.
 —¿Cosas? —El corazón de Gal dio un salto. El doctor soltó una carcajada.
 —Cosas buenas en realidad. Sabes que los doctores más viejos del hospital son amigos míos. Y cuando supe de Ana y tú… Pregunté. Espero que me perdones por eso, pero debes entender…
 —Se preocupa por su  hija.
 —Sí —dijo Leopoldo sentándose y haciéndole una señal para que ella también lo hiciera—. Cuando tienes hijos siempre te preocupas por ellos, no importa su edad. Mis colegas solo me hablaron maravillas de ti, Gal. Dicen que eres brillante, trabajadora y con un futuro extraordinario…
 —G-gracias —susurró ella muy apenada.
 —Ana ha pasado por cosas duras. La última chica… —Leopoldo frunció el ceño—. Pero creo que tú no estás jugando con ella, ¿verdad?
 —Claro que no, doctor —dijo sin pensarlo ni un segundo—. Ana es.. maravillosa… Es… —Las palabras se quedaron atoradas en su garganta. No había forma de explicar lo grandiosa que era Ana. Leopoldo sonrió.
 —Bien —dijo el hombre tomando su café—. Quiero que mi hija esté con una chica que la valore, la respete y le dé la vida que merece y a la que está acostumbrada, ¿entiendes?
 —Sí, doctor.
 —¿Vives en la casa familiar?
 —No. Vivo en un departamento.
 —¿Departamento? ¿En qué zona?
 —Cerca de la Plaza Altamirano.
 —¿Y donde queda la casa de tus padres?
 Gal pensó con rapidez. No podía decir la verdad, teniendo en cuenta las expectativas de aquel hombre.
 —En Montecristo.
 —Buena zona —murmuró el doctor bebiendo más café—. ¿Hace cuánto que tus padres están fuera?
 —Siete meses.
 —¿Tanto?
 —Hay expediciones que tardan años.
 —¿En serio? —preguntó Leopoldo con entusiasmo.
 —Sí,. Dependiendo del tipo de expedición. Si es de aguas profundas, de preservación de la vida marina, polares… Es… según la investigación que lleven.
 —Fascinante. ¿Y tus padres qué cargos tienen?
 Gal contuvo el aliento.
 —Mi padre es jefe de expedición y mi madre es la encargada del muestreo biológico y geológico.
 —Asombroso. Pero… pero… ¿ellos pueden llamar a tierra?
 —Sí, en caso de que la nave tenga tecnología satelital, que casi siempre la tiene.
 —Debe ser maravilloso despertar con el mar rodeándote.
 —Sí… —Gal miró hacia la entrada del salón. Ana estaba ahí de pie escuchando todo. Su novia le sonrió cuando sus miradas se cruzaron.
 —Ya todos se han marchado —dijo su chica acercándose a ella.
 —¿Y los regalos? —preguntó.
 —Eso es mañana, Gal. Más bien, al rato —dijo Ana señalado su reloj—. Antes de la comida de Navidad.
 —¿Comida? —dijo ella. Leopoldo soltó una carcajada y comentó:
 —Seguirá la fiesta, Gal. Es el día de Navidad y es cuando nos damos los regalos.
 —Entonces…. —Gal se puso de pie—. Debo pedir un taxi.
 —Yo te llevaré —dijo Ana.
 —Son las tres de la mañana…  —debatió ella.
 —Nada de taxis ni de estar dando vueltas a esta hora —sentenció Leopoldo desde su lugar—. ¿Por qué no te quedas a dormir aquí?
 Gal abrió mucho los ojos y miró a Ana, que tenía una expresión parecida a la de ella..
 —Esa es una gran idea, papá. ¿Te quedas? —le preguntó su novia mirándola.
 —Claro…  Eh… Muchas gracias por la hospitalidad, doctor.
 —No es nada —dijo el hombre parándose para salir de ahí—. Solo… no quiero saber en qué habitación se quedará, ¿de acuerdo, Ana?
 —Sí , papa.
 —Y recuerda que tengo el sueño muy ligero —terminó Leopoldo saliendo de ahí con la cara roja. Gal observó la Ana, que se mordía la lengua para no reír.
 —¿Qué fue eso? —preguntó ella.
 —Ese fue mi padre dándote su bendición —respondió su novia abrazándola.
 —¿Eso hizo?
 —Sí. Y también lanzó una sutil amenaza para que no tengamos sexo esta noche —susurró Ana.
 —¿Obedeceremos?
 Ana sonrió y se acercó a su oreja.
 —Llevo horas con ganas de que me quites la ropa. Así que tendrás que averiguar cómo tocarme sin hacer ruido.
 Gal asintió.
 —Creo que… será una tarea interesante.
 Ana le dio un beso fugaz en los labios y le tomó la mano para llevarla a su habitación.

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… Continuará… el siguiente viernes…


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Ahí comparto secretos que ya quisiera saber la CIA.

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