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⚡Cap 16 |El Pulso del Corazón
❤️
Tarde pero aquí lo tienes.
Capítulo 16
Ana había conseguido quedarse unos días más con Gal, gracias a que su madre le creyó cuando le dijo que se habían marchado del club de esa manera porque su nariz había sangrado de nuevo.
Ella sabía muy bien que mentirle a su mamá estaba mal, pero no quería dejar aún el departamento de Gal. Estaba disfrutando aquella relación y por primera vez en mucho tiempo, realmente era feliz.
—¿Entonces? —le preguntó Jenn mientras Ana se sentaba frente a ella. Había quedado de ver a su amiga después de terminar su guardia.
—¿Qué cosa? —quiso saber Ana haciéndole señas al mesero para pedirle un café.
—¿Dónde dejaste a Gal? —dijo Jenn con una sonrisa.
Ana no pudo evitar el cosquilleo en su estómago al escuchar ese nombre y entender el significado de esa pregunta. Era como el recordatorio de que Gal y ella estaban juntas, de que eso estaba pasando de verdad.
—Se quedó a terminar unos asuntos en el hospital. La veré más tarde en…
—¿Tu departamento? —La interrumpió Jenn riendo—. Oh, vamos. Ya vives con ella, Ana.
—¡Claro que no! Solo he estado ahí unos días.
—¡Casi un mes!
—Ella estaba mal…
—¿Y volverás a tu casa? ¿Al menos estarás ahí en Navidad?
Ana abrió mucho los ojos. Con todo el asunto del accidente de Gal y sus guardias, había olvidado por completo la Navidad.
—Carajo, faltan unos días…
—¿Llevarás a Gal a la cena de tu casa?
—No… creo. Ella dijo que le tocaba guardia ese día.
—¡Pero ustedes tienen casi los mismos horarios! ¿Tú también estarás de guardia?
—No, generalmente esas fechas… Creo que Gal se ofreció voluntariamente.
—Tu chica está loca.
Ana soltó una carcajada.
—Es que su familia no es religiosa, no celebran la Navidad.
—¿Y qué hacen en Navidad?
—Nada. Además sus padres están en una expedición en la Fosa de las Marianas ahora.
—¡Oh! Suegros científicos… Un momento… Esas expediciones no se hacen en invierno, ¿o sí?
—¿Qué?
—No sé dónde leí eso —dijo Jenn muy pensativa—. Por el clima invernal no es común que se hagan esos viajes al mar.
Ana parpadeó muchas veces tratando de recordar todo lo que Gal le había dicho sobre el trabajo de sus padres.
—Pues no sé qué tipo de expedición sea. No he querido preguntar mucho al respecto.
—¿Por qué no? —preguntó Jenn al mismo tiempo que el café de Ana llegó a la mesa. Le dio un sorbo antes de responder:
—Porque no quiero que Gal piense que la estoy presionando para conocer a su familia.
—¡Pero si ya viven juntas!
—Claro que no
—Como sea. Debemos terminar pronto aquí. Necesito que me acompañes a elegir cuál será la ropa interior que usaré en mi noche de bodas.
—Por favor, no.
—No seas aguafiestas. Además, tu hermano será el que vea…
—¡Puaj! —interrumpió ella haciendo una mueca de asco.
—Ah pero seguro no haces eso cuando ves a Gal desnuda.
Ana quiso responder, pero el recuerdo de Gal quitándose la ropa la aturdió.
—Eh… —Logró decir. Jenn volvió a reír.
—Me da mucho gusto verte tan feliz. Ya estaba pensando en visitar a Tessa y darle unas buenas cachetadas.
—¿Por qué harias eso?
—Porque soy tu mejor amiga y mi deber es asesinar a quien te haga sufrir. Gal se porta bien contigo, ¿verdad?
—Por supuesto que sí —dijo ella sonriendo—. Ella es… muy linda.
Jenn soltó otra carcajada.
—Me encanta cuando intentas contener tu emoción. Pero estás hablando conmigo, puedes gritar como adolescente.
Ana miró por la ventana y luego regresó su atención a su amiga.
—Ella es totalmente encantadora. Es tan hermosa y cuando me mira… Jenn… Sus ojos son… Y cuando me besa…
—Oh, por Dios… —Jenn se acercó más a ella, casi saltando sobre la mesa—. Ana… ¿estás enamorada?
—¡¿Qué clase de pregunta es esa?! ¡Por supuesto que sí! ¿Qué otra razón tendría para ser su novia?
—¡No me habías dicho! Creí que solo te gustaba mucho, no creí que ya…
Ana sonrió y miró a su amiga un momento antes de decir:
—He estado enamorada de Gal desde la universidad. Ya sabes, era un amor platónico. Yo estaba con Tessa en ese momento, pero cada vez que veía a Gal… sentía algo. No tenía muy claro entonces lo que era, pero ahora sí.
—Que hermoso… —dijo Jenn con los ojos húmedos como si fuera un cachorro—. ¿Y qué te dijo Gal?
—¿Sobre qué?
—Sobre que la amas.
—Ah… Pues… no le… he dicho.
—¡Pero qué carajo! —gritó Jenn dando un golpe a la mesa. Ana notó que todos en la cafetería giraron sus cabezas hacia ellas—- ¡¿Porqué no le has dicho?!
—Es muy pronto…
—¡Ya viven juntas!
—No vivimos juntas…
—¿Duermes en su departamento?
—Sí.
—¿Hacen las compras juntas?
—Sí.
—¿Tienes tu ropa en su closet?
—Sí.
—¿Tienes tu shampoo en su baño?
—Sí. Oye ya bast…
—¿Te sabes su fecha de pago de la luz?
—Sí.
—¿Ves?
—Eso es porque Gal tiene un calendario en la pared con todas los datos de sus servicios.
—Creo que deberías decirle.
Ana suspiró.
—Solo no quiero asustarla.
—Dices eso a cada rato, con cada cosa sobre Gal. ¿Acaso te ha dado señales de querer huir de ti? ¿De temerle al compromiso?
Ana pensó un momento.
—No. —Entonces sonrió—. Ella… quiere estar conmigo. —Ana se tapó la cara—. Soy una tonta.
—Nah, solo nunca habías salido con alguien como ella. Pero… Es linda. Y casi estoy segura que también está enamorada de ti.
El corazón de Ana dio un salto y no pudo evitar sonreír, sintiendo una enorme felicidad.
—Eso… Sí… ¿Lo crees?
—Es que pone cara de tonta cuando te mira. Así me mira Santiago.
Ana volvió a ver por la ventana, pensando en su novia y en las ganas que tenía de decirle… Regresó su atención a su amiga y dijo:
—No puedo creer que te casarás con mi hermano.
—Y hablando de eso… Vámonos —dijo Jenn dejando un billete sobre la mesa—. Tenemos que comprar ropa sexy. ¿Sabes algo? Tal vez deberías comprarle un regalo de Navidad a Gal.
Ana asintió.
—Pasemos por un libro, le encantará.
—Yo iba a recomendarte algo de lencería comestible. Ponte una de esas y Gal no te dejará salir de la cama.
****
Gal corrió para atravesar la calle a su departamento. El viento soplaba más fuerte de lo normal y ya sentía la cara entumecida por el frío. Por eso cuando abrió su puerta, lo primero que hizo fue encender la cafetera. Mientras aquello se terminaba, miró alrededor. No habían tenido mucho tiempo para ordenar aquello, y dado que el lugar era pequeño, se veía peor de lo que realmente estaba.
Se quitó la chamarra y empezó a limpiar, a sacar la basura y a doblar la ropa que habían dejado tirada sobre la cama. Sintió el olor de Ana saliendo de una de las prendas y la acercó a su nariz, pensando luego que eso era muy raro. Sin embargo, sonrió porque le encantaba ese desorden, le encantaba caminar por ahí y tropezarse con algo de Ana. Le encantaba escucharla llegar o decir cosas como «ahora regreso» o «nos vemos luego en casa».
Gal se dejó caer sobre el sofá mientras pensaba. Tenía claras varias cosas. Primero, que sentía algo muy profundo por Ana. Lo más profundo y real que había sentido en su vida. Segundo, que sin duda sentiría mucho pesar el día en que Ana regresara a su casa. Tercero, y lo que le causaba más ruido mental, era que en una escala de prioridades, Ana estaba en primer lugar. Arriba de todo, incluso de la medicina.
Gal suspiró entendiendo que su situación había cambiado. Y sabiendo que para continuar con Ana debía decirle toda la verdad. Aquel pensamiento la hizo levantarse de un brinco y comenzar a caminar por su departamento. ¿Cómo decirle eso a alguien? ¿Cómo se empieza con esa conversación?
Trató de calmarse pensando que eso había pasado mucho tiempo atrás y que la muerte era un hecho de la vida. Hechos. Solo debía contarle a Ana los hechos.
Su cuerpo tembló. ¿Qué pensaría Ana? Llevaban varias semanas hablando y saliendo, y ella había dejado pasar muchas oportunidades para contarle. De hecho, nadie sabía aquella historia.
Entonces pensó en la familia de Ana. Los Galindo llevaban generaciones de riqueza y eran parte del círculo de los San Román, la realeza de Castilnovo. ¿Ella encajaría ahí? ¿Una huérfana que solo tenía su incipiente carrera en medicina?
Recordó las preguntas que los padres de Ana habían hecho sobre su familia. ¿Estarían de acuerdo en que su hija saliera con alguien que no tenía nada? ¿Y Ana querría estar con ella a pesar de eso? ¿O también la abandonaría?
Volvió a sentarse en el sofá pues de repente sintió que sus piernas no tenían fuerza. Ana se iría, igual que sus padres, igual que aquella familia que la despreció… Apretó los ojos para apartar esos recuerdos de su mente. No quería pensar en esos días oscuros.
Resopló intentando calmar su cuerpo. Miró por la ventana pero su mente estaba mucho más allá. Se había repetido por años que la soledad era buena, que le gustaba. Lo cierto era que la soledad siempre había sido su única opción.
Abandono, eso era lo único constante en su vida. Si Ana se iba… Apretó los labios tratando de contener el dolor que sintió en su pecho. Si Ana se iba, ella tendría que continuar. Pero… si se quedaba…
Giró hacia la puerta cuando se abrió. Ana sonrió en cuanto la vio y Gal suspiró.
—Hola, guapa —dijo Ana dejando sus cosas sobre la mesa—. Perdona la tardanza, Jenn se la pasó comprando mil tonterías por toda la plaza y luego me hizo opinar sobre qué tanga era la que le quedaría mejor en su noche de bodas. Así que debes prometer que jamás me dejarás salir de nuevo de compras con ella, porque… —Ana detuvo su monólogo y la observó detenidamente—. ¿Estás bien?
—Sí —dijo ella abrazando a su novia. Había tanto que quería confesarle. Sobre su vida y sobre sus sentimientos. Abrió la boca para decir algo, pero la sintió cerrada. Carraspeó—. Entonces, ¿todo bien?
—Ahora sí.
Ana buscó su boca y la besó. Gal respondió enseguida. Fue un contacto suave, delicado. Abrazó fuerte a Ana, buscando la forma de hacer que se quedara con ella por mucho tiempo. Todo el tiempo de su vida.
—En realidad estaba… pensando que… —comenzó a decir Gal separándose unos centímetros de Ana. Hechos. Solo debía decir hechos—. Yo… Cuando… —Los ojos de Ana le oprimían las fuerzas—. Lo que… siento… Ana… Yo… —Parpadeó varias veces, incapaz de continuar.
—Oye… —Su novia le sujetó el rostro y le sonrió—. Si te cuesta decirlo, puedes hacerlo luego.
Ella negó con la cabeza.
—Es… No debería… costar tanto.
—¿Te pongo nerviosa? Si quieres puedo cerrar los ojos —dijo Ana cerrándolos—. ¿Hiciste algo malo?
—No.
—¿Besaste a otra chica?
—Por supuesto que no.
—¡¿Te comiste mis chocolates?!
—Tampoco —dijo Gal sin poder evitar reír un poco.
—Entonces no entiendo.
Gal respiró hondo y pegó su cuerpo al de Ana. Abrió la boca para hablar, pensando que lo más sencillo sería empezar diciéndole lo que sentía por ella. Pero aquello también quedó atorado en su garganta.
Gal suspiró, bastante frustrada por su incapacidad de decir… Por su mente pasó toda su vida y entendió que nunca había dicho esas palabras. A nadie. Ni a sus padres.
—Lo siento… —susurró mirando al suelo. Ana usó sus manos para hacerle levantar la cara. Su novia tenía los ojos abiertos de nuevo y la miraba con tanta dulzura que Gal tembló. Intentó hablar otra vez, pero solo se le escapó un quejido. Ana sonrió y antes de que Gal pudiera hacer algo más…
—Yo también te amo.
Gal sintió electricidad en todo su cuerpo. Sintió su piel erizada, sintió una sonrisa en su cara, tan grande que era como si le faltara cara. Un calor creció por todo su cuerpo, como si le llenara cada célula. Quería gritar, saltar y estar para siempre con esa hermosa mujer, que también sonreía. Tomó una mano de Ana y la colocó sobre su pecho. «Te amo», pensó mil veces mientras miraba los ojos de su novia.
Muy despacio, volvió a besar a Ana, sin dejar de pensar que la amaba. Que la quería siempre, cada noche, cada día. Sentía un cosquilleo por todas partes, sentía que su cara ardía, junto al resto de su cuerpo. Pero no ardía por deseo, ardía por algo más fuerte que eso, más fuerte que la piel o la existencia.
Tanto tiempo se había negado a eso, que se arrepintió de no haberse acercado antes a Ana. Cuántos momentos se había perdido. Cuanto amor. Cuánta compañía.
No quería hacer eso con prisa, no quería que terminara pronto. Así que con suavidad, empezó a abrir la ropa de Ana, que solo se aferró a ella mientras suspiraba. Gal atrapó de nuevo la boca de su novia, que en ese momento estaba en ropa interior. La empujó lentamente hacia la cama, donde Ana aprovechó para bajarle los pantalones. Gal notó la mirada coqueta de su chica y soltó una carcajada al tiempo que se acostaba sobre ella.
Ana la recibió y la besó despacio mientras le acomodaba los mechones de cabello. Gal adoraba que Ana hiciera eso. Adoraba sus ojos, su piel. Bajó la mirada por aquel cuerpo hermoso y sintió algo en su pecho. No logró distinguir lo que era, solo sabía que ya no había vuelta atrás. Ana era el hogar que ella nunca había tenido. Era el sitio donde quería pertenecer. Y por un momento se odió por no haber sido sincera desde el comienzo. Pero cuando Ana acaricio su espalda y volvió a besarla, Gal olvidó cualquier pesar, olvidó su pasado y el dolor.
Continuó con los besos, terminó de quitarle la ropa a Ana y permitió que Ana la desnudara. Giró sobre la cama, sintiendo el cuerpo de su novia apretando el suyo. Los ojos hermosos de Ana no dejaban de observarla. Gal solo podía responder con besos y sonrisas, porque esa noche por fin estaba lista para hacer el amor.
****
Ana se sentó sobre el colchón y miró alrededor. El departamento estaba a oscuras aunque no necesitaba luz para distinguir lo que estaba frente a ella.
Gal dormía boca abajo. Ana sonrió al ver su cuerpo desnudo y su rostro hermoso. Aquello había empezado de día y según su reloj, eran las diez de la noche. No se había dado cuenta del momento en que se había quedado dormida.
Se inclinó a besar la mejilla de Gal, que ni se movió. Ana se levantó de la cama y fue a darse una ducha, tratando de contener sus ganas de gritar de felicidad. Desde que habían comenzado a tener relaciones, todo había estado muy bien, pero Ana había experimentado otra cosa durante ese día. Gal se había comportado diferente. Sus besos, sus manos, su mirada. Ana estaba totalmente segura de que Gal la amaba. Y aunque su novia había sido incapaz de decirlo, Ana lo tenía claro. Lo había sentido en cada caricia, en cada beso, en cada suspiro.
Cuando salió del baño se dio cuenta que Gal estaba despierta, así que se sentó en la orilla de la cama mientras se secaba el cabello.
—Hola, monstruo —le dijo a Gal, que solo bajó los ojos por su cuerpo.
—Solo quiero decirte que estás en un potencial peligro.
—¿Sí? ¿Por qué?
Gal esbozó una sonrisa y le hizo una indicación para que se mirara.
—No puedes estar desnuda y… pensar que te dejaré tranquila.
—Lo mismo podría decirte. ¿Sabes que eres ultra sexy? —Ana se acostó junto a su novia—. ¿Por qué no te metiste al agua conmigo?
Gal volvió a sonreír. Ana amaba eso.
—¿Quieres la verdad? Mi cuerpo ha hecho mucha actividad física en las últimas horas y estoy agotada.
Ana soltó una carcajada.
—¿Pero quién era la que hace rato quería uno más y luego otro?
Las mejillas de Gal se sonrojaron.
—Es que… —Su novia giró el cuerpo hacia ella y empezó a acariciarle los pechos—. Eres como… oxígeno.
—¿Te mantengo viva?
—Sí.
Ana se sorprendió ante la rapidez con que Gal respondió eso. La mirada de su novia era intensa y Ana sonrió ante lo que aquello significaba. Empezó a dar suaves besos a los labios de Gal.
—Ya te dije… que también… te amo.
Gal no respondió nada y Ana tampoco esperaba que lo hiciera. En cambio, Gal la miró de una manera tan hermosa que Ana tuvo claro que a veces las palabras no eran necesarias.
Su novia abrió la boca, como queriendo decirle algo. La vio esforzarse como si para aquello necesitara más fuerza de la que tenía.
—Ana… —logró decir Gal—. Quisiera tener… la facilidad de… decir… Hay cosas que… que…
—Tranquila —susurró ella—. No necesitas decirlo, lo sé. Me lo haces sentir cuando me besas, cuando me miras.
Gal apretó los labios y se acercó más a ella.
—Es que… no solo se… trata de nosotras. Es… debo decirte… Ana… M-mis p…
Las dos dieron un brinco cuando el celular de Ana sonó fuerte. Ella corrió a callarlo pues por la hora y la intimidad que estaban teniendo, aquel sonido resultaba como el estruendo de una bomba nuclear.
—Perdón, era mi mamá… —Ana detectó un nuevo mensaje y lo abrió—. Quiere saber si iremos a la cena navideña…
—¿Iremos? —preguntó Gal.
—Sí, o sea… —Ana se acostó de nuevo junto a su novia y decidió que había llegado la hora de dejar de temer a las reacciones de Gal—. Sabe que yo iré y aunque me dijiste que estarías de guardia… Ahm… Las cosas entre nosotras han cambiado y… de verdad me encantaría que estuvieras conmigo esa noche. ¿Lo harías?
Gal la miró un momento con su habitual seriedad.
—No hay nada… que no... haría por ti.
Ana sonrió ante esas palabras y abrazó a Gal, buscando enseguida sus labios. Pero ese beso pronto despertó algo más en ella.
—¿Segura que estás muy cansada?
Gal sonrió ante esa pregunta, bajó la mirada por su cuerpo desnudo y con un movimiento rápido se colocó entre sus piernas.
—Veamos… qué puedo hacer.
Ana soltó una carcajada y dejó que Gal siguiera con eso.
****
Gal miró la maleta que Ana había puesto junto a la puerta y sintió una tremenda tristeza. Pero trató de ser racional: Ana ya no podía continuar ahí. Y al menos, por el momento, tendría que dormir lejos de ella cada noche.
Aquellos pensamientos se esfumaron cuando Ana apareció. Estaban rumbo a la cena de Nochebuena en casa de los padres de Ana y la chica se veía espectacular con el vestido rojo que se había comprado.
Gal miró a Ana de arriba abajo y no pudo evitar algunos pensamientos subidos de tono.
—¿Sabes que puedo leerte la mente? —le preguntó su novia buscando algo en su bolso.
—¿En serio?
—Sí. Y eso que estás pensando no es algo apto para esta noche. Hoy es de paz y amor.
—Pues… —Gal amplió su sonrisa—. No veo la contradicción. Justo eso… quiero hacerte.
La cara que puso Ana hizo que Gal riera. Su novia negó con la cabeza y estiró la mano hacia ella para entregarle algo.
—Ten. Tus llaves
Gal parpadeó varias veces observando aquello.
—Quédatelas —dijo entonces. Ana levantó una ceja—. Tal vez un día quieras venir a regar mis plantas.
—No tienes plantas.
Gal miró su departamento, dándose cuenta que aquello era verdad.
—Tendré que comprar algunas.
Ana se acercó a ella y la besó despacio.
—¿Estás bien con esto? Porque yo estoy odiando este momento.
—También lo estoy odiando —susurró ella—. Pero debemos hacerlo así. No quisiera que tuvieras problemas con tus padres.
Ana suspiró.
—De acuerdo. Vámonos.
Gal se había concentrado tanto en la idea de que Ana se marcharía esa noche de su departamento, que apenas le había puesto atención al hecho de que por primera vez en su vida celebraría Navidad. Y eso pasaría en casa de Ana, con la familia de Ana. Gal ya conocía a los padres y a uno de los hermanos. Pero sabía que faltaban muchos miembros del clan Galindo.
Mientras se acercaban a la zona donde vivía Ana, el panorama iba cambiando. Las calles eran anchas, las avenidas eran bonitas, bien iluminadas. Las casas estaban en terrenos muy grandes rodeadas por muros de varios metros. Aunque en una ocasión había ido junto a Willy a recoger a Ana, aquella vez estaba tan nerviosa por la salida que no había prestado atención.
Pero en ese momento quedaba muy claro que el mundo de Ana era uno completamente diferente al suyo. Miró a su novia, que a pesar de eso, estaba ahí con ella. Gal podía tocarla. Ana era real y nunca la había sentido como alguien lejana.
La enorme puerta se abrió y Ana aceleró para entrar a la propiedad. Una casa muy grande podía verse al fondo, rodeada de mucho verde. Gal sonrió al ver la cantidad de luces navideñas y giró el rostro hacia su novia.
—Mi madre ama decorar.
Había varios autos estacionados ahí y se podía escuchar música navideña dentro de la casa. Gal bajó y se quedó de pie observando todo eso. Sentía algo extraño, como si estuviera a punto de cruzar un umbral sin retorno. Pero eso no le pareció mal. Y menos cuando Ana estiró la mano para sujetar la suya.
—No bajamos los regalos —le dijo a tu novia mientras la seguía hasta la puerta de la casa.
—Luego venimos por ellos. —Pero antes de entrar, Ana la detuvo—. Si te sientes abrumada por algo, podemos irnos ¿de acuerdo?
—Estaré bien.
—¿Segura?
Gal asintió y dijo:
—Estoy contigo.
Continuará…
Pd. Nuevo cap. cada viernes.