⚡Cap. 14 | El Pulso del Corazón.

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Gracias por esperar esta actualización. A petición del público, hay cosas sepsosas en este cap. Yo que tú lo leo a solas.

Ya te dejé la advertencia eh.

Capítulo 14

Gal había pasado gran parte de su vida leyendo libros de medicina. Conocer el cuerpo humano, sus procesos, sistemas, funciones… todo era parte de lo que había empezado a construir años atrás.  Pero en el momento en que deslizó su mano por el brazo de Ana, todo eso se esfumó. No recordaba nada en ninguno de los cientos de libros que había leído que pudiera explicar lo que sentía.

—Entonces… quítame la ropa —dijo su novia.
  El cerebro de Gal tuvo un corto circuito. Miró los ojos de Ana, tan hermosos, tan vivos, y dio un paso más hacia ella. Muy despacio y tratando de controlar sus temblores, metió las manos bajo la blusa de Ana, levantándola por sobre su cabeza para quitársela.
 Contuvo la respiración al ver de nuevo el brasier de Ana y recordó lo que habían hecho en el baño ese día. Gal sabía que ya no tenían excusas para posponer aquello pero ya no podía moverse. Con una sonrisa traviesa, Ana se bajó los pantalones y los pateó a un lado.
 Gal bajó la mirada por ese cuerpo sin poder evitar observar cada detalle. Los lóbulos de Ana, sus clavículas, el largo de sus extremidades, la transición del torso a la pelvis. Se acercó a su novia y volvió a tocarla. Puso una mano sobre su cintura, notando enseguida la temperatura de esa piel estremecida.
 —Creo que… —Se detuvo al sentirse temporalmente aturdida por la mirada verde de Ana.
 —¿Qué?
 —Ningún… modelo anatómico se… acerca a esto.
 —¿Te parece?
 —Estoy totalmente… segura —susurró acercando sus labios a los de Ana, que comenzó a besarla despacio mientras decía:
 —Creo que es irresponsable de tu parte lanzar una afirmación como esa sin haber visto a profundidad al sujeto de estudio.
 —Eso es verdad.
 Alcanzó el broche del brasier de Ana y lo liberó, haciendo que la prenda cayera al suelo. Su respiración se agitó al ver aquello. Según la medicina, los pechos nunca eran simétricos, siempre habían diferencias que se podían ver a simple vista. Pero Gal podía jurar ante una convención médica que los senos de Ana eran anatómicamente insuperables.
 —¿Y bien, doctora?
 Gal sabía que Ana la estaba mirando, pero ella no podía levantar la vista de ese cuerpo. Balbuceó un par de segundos hasta que logró decir:
 —Me parece que estuve en lo correcto desde el principio…
 —Es bueno saber que le gusto a mi novia.
 Con decisión, Ana la abrazó por el cuello y la besó. Gal sintió enseguida esa piel desnuda y deslizó sus manos por la espalda de Ana, hasta llegar a la única ropa que la seguía cubriendo. Quería hacerlo, quería dejar a Ana completamente desnuda, pero su cuerpo estaba bastante aturdido, caliente y tembloroso.  Rompió el beso, totalmente agitada y pegó su frente a la de Ana.
 —Perdón, es que…
 —¿Te duele la nariz? —Ana la miró con preocupación.
 —No.
 —¿Mareos? ¿Sangrado?
 —No… Solo… —Gal esbozó una sonrisa—. No esperaba una respuesta fisiológica tan potente.
 En cuanto dijo eso, Gal sintió su cara muy caliente. Aunque notó que su cuerpo lo estaba más. Ana acarició su cabello con una mano mientras sonreía.
 —En ese caso, ya somos dos. Estoy totalmente loca por ti.
 Gal sintió algo revoloteando en su estómago y quiso poder tener la habilidad de Ana para decir las cosas de esa manera tan simple y directa.  Pensó que tal vez con el tiempo, con la práctica, ella podría hacerlo.
 Llegó hasta la pantaleta de Ana y la bajó despacio, acariciando de camino la piel de su novia. Ana se pegó a ella con más fuerza, haciendo que Gal sonriera ante sus temblores.
 —¿Estás nerviosa?
 —Sí… y muy… excitada… —Ana comenzó a besarle el cuello. Gal la fue guiando hasta la cama.
 Ana cayó de espaldas sobre el colchón y Gal pudo ver su cuerpo totalmente desnudo. Sintió una nueva ola de deseo brotar en toda su piel. Ana era más sensual de lo que imaginaba. Cada centímetro, cada curvatura, todo parecía irreal, casi perfecto. Su novia le hizo una señal con una mano para invitarla a la cama. Gal era incapaz de negarse ante ese gesto de Ana, así que se colocó sobre ella y comenzó a besarla.
 Calor, suavidad, agitación. Ana la aprisionó en un abrazo posesivo. Gal sentía como ese beso iba aumentando en intensidad. Entonces las manos de Ana empezaron a desnudarla. Gal soltó una carcajada cuando su cabeza quedó atrapada entre su ropa.
 —Espera… —le dijo a Ana. Pero cuando logró liberarse, sintió algo bajando por su nariz—. Ay no…
 Con rapidez se tumbó a un costado de Ana, que la miró con preocupación.
 —¿Te dolió algo?
 —Creo que la posición… —dijo mientras se tocaba la nariz. Suspiró aliviada al comprobar que no había sangrado.
 —De acuerdo, tal vez debamos dejar esto para luego…
 —No —dijo ella con firmeza girando hacia Ana—. Aunque… no pueda cumplir…  tu deseo de estar sobre ti… eso no… no significa que…
 Ana sonrió ante aquello.
 —Lo haremos despacio —susurró su chica trepando sobre ella.
 Las manos de Ana llegaron hasta el cierre de su pantalón y mientras se lo abría, se inclinó a besarla.
 Gal no entendía cómo podía sentir su piel ardiendo y aún así no incendiarse. Debería haber fuego, definitivamente. Una llamarada arrasando todo a su paso, eso sentía Gal dentro del cuerpo. Y cuando Ana terminó de quitarle la ropa, Gal suspiró al sentir por primera vez piel con piel.
 Besó a Ana con desesperación, usando sus manos para explorarla mientras la doctora seguía montada en ella. Se sentó sobre el colchón y abrazó a su novia sin dejar de besarla. De la garganta de las dos salían sonidos cada vez más extraños y agitados.
 —Ana… —dijo con voz ronca contra los labios de la chica.
 La cama empezó a moverse. Gal sentía algo húmedo en el cuerpo de su novia. bajó una mano hasta ese lugar haciendo que a Ana se le escapara un gemido.
 —Esto… no es… Dijimos que… lento…
 —¿En serio quieres detenerme?
 —No —dijo Ana extasiada.
 Gal descubrió una nueva mirada en su novia, mientras aumentaba la velocidad de sus movimientos. Aquellos ojos le fascinaban. Esa expresión ardiente de Ana era algo que Gal quería ver cada noche. Quiso decírselo, pero su garganta no podía articular palabras. Ana volvió a besarla y la empujó despacio para recostarla sobre el colchón sin dejar de moverse. Gal podía sentir las piernas de Ana en ambos costados de su cadera. Observó a su novia inclinada sobre ella, miró sus pechos, su cabello cayendo como cortina y… sintió el interior de Ana.
 ¿Qué tanto debes confiar en alguien para permitirle estar contigo de esa manera? Gal tuvo claro que mucho. Ana confiaba en ella tanto como para dejar que la tocara así… Y Gal se sintió extrañamente feliz al pensar aquello. Al tener a alguien tan hermosa como Ana ahí, entregándose.
 Ana mantenía el equilibrio sobre ella sin dejar de mirarla. La doctora tenía la cara roja y una ligera sonrisa que solo desaparecía cuando se inclinaba a besarla. Gal pudo sentir cómo Ana apretó más su cuerpo al suyo y, con un último movimiento, soltó un fuerte suspiro que quedó atrapado contra su boca.
 Más humedad, eso notó Gal saliendo del cuerpo de Ana. Luego, sus latidos fuertes, rápidos. Y después, su sonrisa. Ana se alejó unos centímetros de ella, le acarició la cara y volvió a besarla de una forma muy suave y dulce.
 —¿Estás bien? —le preguntó Gal a su novia.
 —Perfectamente, ¿y tú?
 —Siento un estímulo muy fuerte en mi cuerpo —dijo sonriendo.
 —Tal vez pueda ayudarte con eso —contestó Ana riendo.
 Gal también sonrió, porque no sabía cómo evitarlo y tampoco quería hacerlo. La realidad era que deseaba mucho a Ana, no solo esa noche, sino muchas más. Y no solo quería lo físico, quería… Parpadeó muchas veces al encontrarse de frente con una certeza. Pero antes de que pudiera contemplarla por completo, Ana empezó a besarla de nuevo y su cuerpo fue invadido por muchas cosas pasando al mismo tiempo.
 Los labios de Ana recorrieron su rostro, su cuello. Gal sentía a Ana deslizándose sobre ella. Sentía su cuerpo bajando, su piel besando la suya. Los ojos de Ana se clavaron en los suyos un segundo y Gal notó de nuevo esa mirada diferente.
 Quiso decir algo pero en ese momento la boca de Ana llegó hasta una zona muy sensible de su cuerpo. Gal exhaló sorprendida y  dejó que Ana le diera placer. Podía ver la cabeza de su novia hundida en ella y su cabello regado sobre su abdomen. Aquello la tenía aturdida, no sabía si ese cosquilleo brotaba de alguna parte en concreto, solo sabía que lo tenía en toda la piel. Su cerebro estaba invadido por esas sensaciones que le hacían pensar que, en realidad, nada ahí afuera era importante.
 Enredó sus dedos en el cabello de Ana, que seguía perdida entre sus piernas y la observó sin poder ni siquiera parpadear. Eso era mejor que en sus fantasías. Todas esa ocasiones en que se imaginó a Ana desnuda no eran nada comparadas con ese momento. Un movimiento de la boca de Ana le hizo perder el poco control que le quedaba. Exhaló fuerte y sintió una ola placentera inundar su cuerpo a una velocidad alucinante. Gal se estremeció sobre el colchón y  cerró los ojos. Sintió a Ana abandonar lo que estaba haciendo y tumbarse a su lado.
 No estaba segura de si se había quedado dormida o no. Si había pasado mucho tiempo o no. Solo abrió los ojos cuando una mano bajó por su torso.
 —Hola… —dijo Ana con una expresión tan hermosa que Gal solo pudo besarla—. No sé porque no hicimos esto antes.
 —¿Por mi cara partida en dos?
 Ana soltó una carcajada.
 —Hubiéramos aprovechado la primera cita. Pero fui una cobarde y ni siquiera te besé.
 —Tal vez podríamos repetir esto en nuestra segunda cita.
 Ana volvió a reír y Gal tuvo claro que amaba ese sonido. Su novia bajó la mirada por su cuerpo desnudo.
 —Eres muy sexy, ¿lo sabías?
 —Sí. La expresión de tu cara no me dio una pista. Aunque hay algo que estoy segura que no sabes…
 —¿Qué cosa?
 Gal quiso decirle a Ana lo loca que estaba por ella. Miró esos ojos y pensó en la forma más romántica de confesarle que sentía algo poderoso, algo que a veces no la dejaba ni pensar. Frases absurdas y sin coherencia brotaron en su cabeza. Quiso ordenarlas, pero los ojos de Ana la aturdían. Además, sospechaba que aún no se inventaban las palabras para describir eso en su interior.
 Sintiéndose algo frustrada, tomó la mano de Ana y la colocó sobre su pecho. Su novia sonrió y aceptó el beso suave que Gal depositó en sus labios. Sin dejar de besar a Ana, Gal pensó que ya tendría tiempo de encontrar alguna frase que explicara todo eso.


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Gal era perfecta, Ana lo tenía más claro que nunca mientras su novia la besaba de esa manera tan tierna. Llevaban un largo rato en la cama sin dejar de besarse y aunque Ana quería repetir mil veces lo que habían hecho ahí, tuvo claro que no quería tentar a la suerte. Por esa razón mantuvo ese ritmo lento de los besos.
 Acarició el rostro de Gal, tratando de no bajar la mirada por su cuerpo desnudo. No quería perder la cabeza, no quería que Gal la perdiera.
 Ansiaba con todo su ser sentir toda la pasión de Gal, pero sabía que debía esperar un poco más. Mientras tanto, lo que había sentido sobre esa cama había sido tan fuerte y tan delicioso que no podía quejarse. Gal sabía muy bien cómo tocarla. Esa primera vez juntas había superado cualquier expectativa y Ana estaba feliz por eso. Porque no se había sentido ni presionada ni juzgada ni apenada.
 —¿Tienes hambre? —le preguntó Gal mientras acariciaba su cabello.
 —Ahm… —Ana sonrió—. No había pensado en eso.
 —¿Y eso porqué?
 —¿Quien piensa en comer cuando tiene a su novia sexy desnuda en una cama?
 —Es un gran argumento —dijo Gal y Ana notó un gesto de incomodidad.
 —¿Qué pasa?
 Su novia se tocó la nariz.
 —Una ligera molestia.
 —Mira hacia arriba y descansa un poco. Yo iré a preparar la cena.
 —Puedo ayudarte a leer las instrucciones de la caja…
 —Ja ja ja, qué graciosa.
 Ana se levantó de la cama y empezó a reunir su ropa tirada por todo el suelo. Giró el rostro hacia Gal, que la observaba fijamente.
 —No es necesario que te la pongas —dijo su novia con una voz peligrosamente ronca.
 —¿Y si los vecinos me ven?
 —Tengo cortinas —dijo Gal, haciendo que Ana mirara las ventanas que, efectivamente, estaban cubiertas.
 —¿Y si mi novia me ve?
 —Entonces tu novia sería muy afortunada y… seguramente…
 Gal no terminó la frase. Solo se levantó de la cama y con paso decidido caminó hacia ella y la besó. Ana se dejó abrazar. Ella adoraba sentir el cuerpo de Gal contra el suyo. Adoraba esa forma en que Gal parecía otra persona cuando la tocaba.  La lengua de Gal exploraba su boca y sus manos bajaban por su cuerpo, haciendo que Ana diera un paso atrás.
 —Espera…
 —¿Qué pasa?
 —Es que… te sentí algo… intensa. Sabes que no podemos…
 Gal frunció el ceño.
 —Odio esto —dijo su novia pero luego esbozó una sonrisa y se acercó a ella—. No es justo.
 —Ya podremos luego. Y te prometo que valdrá la pena haber esperado —dijo Ana con voz coqueta.
 —Si sigues haciendo eso no creo poder resistir. —Gal la tomó de la cintura y se pegó a ella—. Llevo… mucho tiempo… queriendo esto.
 —Debió hablarme antes, doctora —bromeó ella.
 —Tenías novia.
 —Tú ni siquiera sabías eso.
 —Es verdad. Entonces creo que… me sentía… intimidada.
 —¿Intimidada? ¿Por qué?
 —¿Te has visto en el espejo? —soltó Gal. Sus mejillas quedaron muy rojas de inmediato. Ana le regaló un beso suave a esa hermosa chica. 
 —Me encanta cuando se te escapan esas frases.
 Gal sonrió algo apenada y Ana supo en ese instante que ya no quería nada más en la vida. Se mordió el labio inferior para evitar decir algo que espantara a Gal y prefirió abrazarla. No buscaba excitarla, buscaba algo más. Los brazos de Gal la rodearon por la cintura y la apretaron fuerte. Ana quería quedarse así horas, días, semanas. Quería poder quedarse con esa chica. Quería poder dormir con ella cada noche, preparar comidas que vinieran en caja y luego reír juntas por el horrible sabor.  Un sonido saliendo del estómago de Gal hizo que se separaran.
 —Creo que tengo hambre —dijo su novia.
 —Ven, monstruo. —Jaló a Gal hasta la cocina, sacó una caja de macarrones con queso y se la entregó a Gal—. A leer instrucciones.


La mañana había sido maravillosa pero apresurada, pues se habían desvelado platicando y besándose, así que cuando Ana abrió los ojos, ya era tarde.
 Se bañó, se vistió rápido y se lanzó sobre Gal para darle un beso antes de salir corriendo de ahí. Milagrosamente el tránsito se apiadó de ella y logró llegar viva y casi a tiempo al hospital.
 Ese día se sentía más feliz que nunca. Atendió consultas, asistió cirugías, se la pasó estudiando en sus ratos de descanso y a media tarde había ido “a revisar” a Gal por órdenes del doctor Cepeda.
 —Debo llevarte al hospital mañana, así que al terminar la guardia vendré por ti —le dijo a su chica después de terminar de examinarla.
 —Ya quiero volver al trabajo.
 —Eres rara —dijo ella riendo.
 Gal iba a decir algo, pero en ese momento su celular sonó en su bolsillo. Ana frunció el ceño al ver el nombre en la pantalla. Presionó el botón para responder y pegó el aparato a su oreja.
 Solo quiero saber si mi hija sigue viva…
 —Hola, mamá.
 —¿Cómo va todo? ¿Cuándo volverás a casa? Ya son diez días los que has dormido fuera, Ana.
 —Cinco —aclaró ella—. Los otros cinco han sido de mis guardias.
 No te pases de lista conmigo señorita… ¿Cómo va todo con la chica que te gusta? ¿Está bien?

Ana sonrió ligeramente y miró a Gal, que en ese momento levantó una ceja al ver su gesto.
 —Gal está mejorando. Yo creo que… en un par de días podrá volver al trabajo.

Y supongo que tú volverás a casa en ese instante, ¿verdad?
—¡Mamá…!
Fue el trato, Ana. Es un milagro que tu padre no sospeche nada.

—No tendría nada de malo que supiera —dijo ella, asombrándose a sí misma—. Soy feliz. Esa es una buena noticia. ¿no crees?
 Lo es, pero sabes que esta regla la pusimos para todos nuestros hijos. En cuanto tu novia pueda volver al trabajo, espero que regreses. ¿Entendido?
 Ella suspiró y dijo:
 —Sí, mamá.
 Bien, si quieres pasa a la casa a buscar más comida. Sabrá Dios las cochinadas que estarán comiendo. Y… Ana…
 —¿Sí?
 Quiero conocerla pronto.
 La llamada se cortó.
 —¿Todo bien? —Dio un salto al escuchar la voz de Gal.
 —Sí. Perdón, es que mi mamá…
 —¿Problemas?
 Negó con la cabeza y pensó si era buena idea contarle eso a Gal. Decidió que si eran ya una pareja, debían hablar de esos asuntos y tomar acuerdos.
 —Es que… —Se rascó la frente al sentirse un poco nerviosa—. Ella quiere que vuelva pronto a casa.  Es un fastidio.
 Ana detectó un segundo de tristeza en los ojos de Gal, pero luego la chica esbozó una sonrisa.
 —Tu mamá solo quiere cuidarte.
 Por un momento ninguna dijo nada, solo se miraron.
 —Aún puedo quedarme aquí algunos días más, ¿está bien?
 —Sabes que sí.
 —Y… hay otra cosa.
 —¿Qué?
 —Es que… mis padres son algo… Ahm… Ellos siempre quieren saber con quién andan sus hijos, ya sean amigos o… parejas. Y… Bueno… Ella… Mi mamá… quiere... conocerte.
 Ana contuvo la respiración mientras veía cómo Gal parpadeaba muchas veces. Por su cabeza pasaron varias cosas. Primero, que Gal iba a pensar que aquello era muy infantil y ridículo. Luego, que iba a asustarse por lo que eso significaba a tan pocos días de haber iniciado su relación. Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando Gal se acercó a ella, muy pensativa.
 —¿Tengo que ir vestida de alguna forma en especial?
 —¿Qué?
 —Para conocer a tus padres.
 Ana soltó una risa nerviosa. Sintió un ligero estremecimiento.
 —No… Está bien como quieras ir. Incluso puedes llevar tu bata. —No podía controlar su risita.
 —¿Qué sucede?
 —Nada. Solo creí que a lo mejor esto iba a… espantarte. No es común lo que mis padres hacen.
 —¿No? ¿Los papás no hacen eso?
 —¡Por supuesto que no, Gal! ¡Pero mis padres son entrometidos y algo paranoicos! Siempre quieren saber con quién están sus hijos. Es algo… invasivo en realidad. Me imagino que tus padres nunca te han hecho algo así, ¿verdad?
 Gal giró hacia el librero y se puso a buscar algo.
 —No, ellos nunca… Supongo que es solo cosa de tus padres.
 —¿Qué buscas?
 —Es que recordé algo que me encargó el doctor Cepeda y debo revisar…
 —Pero estamos hablando.
 —¡Sí! Perdón. —Gal se paró frente a ella. Se veía bastante tensa.
 —Oye, si esto es demasiado puedo inventarle alguna excusa a mi mamá para retrasar el momento.
 —Estoy bien.
 —¿Segura? —Ana no pudo evitar sonar angustiada—. No quisiera que dijeras que todo está bien y en realidad estés muerta de miedo o te enojes por creer que a nuestra edad no tendrías que hacer esto.
 Gal esbozó una sonrisa.
 —Creo que esto te causa más conflicto a ti que a mí.
 —Es que… —Ana se tapó el rostro y negó enérgicamente con la cabeza.
 —Oye…  —Gal la sujetó suavemente de las manos y la hizo mirarla—.  Estoy bien con eso, de verdad. Y si tus padres necesitan conocerme para saber si… estás segura conmigo, lo haré.
 Ana se mantuvo quieta cuando Gal se acercó a besarla. Sintió las manos de su novia acariciando sus mejillas y Ana suspiró. Tal vez debería dejar de preocuparse por esas cosas. Gal era alguien increíble y estaba segura que sus padres no encontrarían nada malo en ella.


****

Gal miró su reloj y supuso que Ana no tardaría mucho en llegar, así que se metió a bañar para ir fresca al hospital. Quería acabar con eso ya. Quería volver al trabajo, quería poder ver a Ana por los pasillos. Y, sobre todo, quería estar bien para acostarse con Ana sin miedo a morir desangrada. Escuchó ruido afuera y enseguida la puerta del baño abriéndose.
 —Espero que seas mi novia… —dijo al aire. La risita de Ana la delató.
 —¿Y en caso de ser otra chica, qué?
 —En ese caso tendría que sacarte de aquí.
 —Interesante… Oye, ¿me puedo bañar contigo?
 Gal sonrió ante esa pregunta. Sintió un escalofrío corriendo por su piel antes de responder:
 —La verdadera pregunta es ¿por qué no estás ya aquí conmigo?
 —Eso es encantador.
 Gal giró el rostro y observó a Ana parada en la orilla de la ducha. Bajó la mirada por el cuerpo desnudo de su chica y trató de mantener una expresión neutral.
 —Un baño no se le niega a nadie. En especial a cirujanas que llegan de una pesada guardia.
 Ana entró a la ducha y Gal la dejó ponerse bajo la regadera. Se quedó mirando cómo el agua caía sobre Ana. Su novia cerró los ojos y se mojó el cabello.
 —Deja de observarme así —murmuró Ana sin abrir los ojos.
 —No pidas … cosas imposibles.
 Entonces Ana la miró. Gal pudo ver una sonrisa hermosa en ese rostro. Una sonrisa que merecía un beso. Así que se acercó a Ana y la besó. Sentía el agua cayendo sobre ellas, pero eso no le importó en lo absoluto. Ana la rodeó por el cuello y dejó que Gal la besara a su antojo.
 —¿Y porqué no habíamos hecho esto antes?
 —Porque no querías provocar ninguna reacción en mi cuerpo.
 Ana soltó una carcajada aunque Gal no entendió el chiste.
 —De verdad eres un encanto.
 Gal sonrió.
 —Te tengo noticias.
 —¿Buenas o malas?
 —Depende de cómo lo tomes.
 Ana dejó de sonreír. Se veía algo preocupada.
 —¿Qué sucede?
 —Solo quiero que sepas que mi cuerpo está teniendo justo ahora una potente reacción.
 —Oh… ¿En serio? Esa es una… gran… gran noticia.
 Gal iba a reír pero Ana atrapó sus labios en un beso firme, tomándola por sorpresa. No esperaba que Ana se le fuera encima de esa manera, pero Gal no pensaba protestar por eso. Al contrario, abrazó fuerte a su novia y la acorraló contra la pared.
 —Creo que esta es… una excelente posición —dijo Gal entre besos.
 Una pierna de Ana le rodeó la cintura haciendo que Gal pensara que era ilógico quemarse de esa forma bajo un chorro de agua. Pero al ver a Ana desnuda, mojada y entre sus brazos, entendió aquello. Su novia tenía de nuevo esa actitud caliente. Esa respiración agitada.
 Ana le jaló el cabello para hacerla levantar la cabeza. Gal sonrió al sentir los labios de Ana besando su cuello, paseando por su piel mientras ella presionaba más sus cuerpos.
 —Siempre logras que no pueda pensar —susurró Ana cerca de su oreja, mordiéndola suavemente.
 Gal miró a la mujer entre sus brazos, bajó los ojos hasta sus pechos. Vio el agua correr por ellos y seguir más allá. Ella quería ser el agua. Quería deslizarse por el cuerpo de Ana. Quería besar cada milímetro de su piel. Quería sentirla. Volvió a besar a Ana mientras usaba sus manos para sujetar fuerte su cintura para hacerla girar.
 Su novia no dijo nada cuando la colocó de frente a la pared y  ella se quedó detrás. Abrazó a Ana. Pasó las manos por sus pechos mientras besaba su cuello. Ana giró el rostro hacia ella para besarle los labios y permitió que Gal bajara una mano hasta ese lugar preciso, donde no tardó en entrar donde quería.
 Gal sentía los glúteos de Ana contra su pelvis, sentía su respiración agitada. Ana levantó la cabeza hacia el techo, entregada a la sensación entre sus piernas. A ella le gustaba sentir así a Ana. Le gustaban sus movimientos. Su  voz. Su piel contra la suya.
 Gal sentía algo creciendo en su cuerpo. Algo que le llenaba cada célula, cada átomo. Sujetó con más fuerza a Ana, buscando la manera de hacerle entender lo que sentía cuando estaban juntas.
 —Ana… también… estoy … loca por ti —susurró al oído de su novia.
 Ana giró de nuevo el rostro hacia ella y Gal se quedó sin aire. En los ojos de Ana no solo había fuego. Había ternura, había complicidad, había algo que hizo que Gal se estremeciera, sin poder comprender del todo como una mirada podía provocar tanto en ella. La sonrisa de Ana fue maravillosa y Gal no pudo hacer otra cosa que devolvérsela.
 Ana se zafó de su agarre, le sujetó el rostro con ambas manos y la besó con fuerza.
 —Vamos a la cama… —le pidió su novia entre besos.
 Tardaron más de lo pensado en llegar al colchón pues cada paso era interrumpido por caricias y besos más feroces. Gal podía sentir las manos de Ana siempre cuidando su cara, siempre tratando de contenerla. Gal no entendía cómo su novia aún podía tener algo de cordura en la cabeza. Ella se sentía totalmente caliente.
 Ana se sentó sobre el colchón y Gal le abrió las piernas para arrodillarse frente a ella.  Pero antes de que su boca tocara a Ana, la chica la detuvo.
 —¿Qué…?
 —Te lastimarás la nariz.
 Gal miró el cuerpo de Ana y se dio cuenta que su novia tenía razón.
 —Pero…
 —Pronto, te lo prometo —dijo Ana besándola de nuevo, haciendo que la mente de Gal se nublara. Deslizo las manos por el cuerpo de Ana, que seguía sentada en la orilla de la cama.
 —¿Quieres que…?
 —Sí.
 Ana tomó una de sus manos y la guió hasta que Gal sintió esa abertura. Su novia suspiró al sentir la invasión en su cuerpo y Gal se estremeció al estar de nuevo ahí. Sentía cómo la humedad en su novia crecía, haciendo que Ana soltara sonidos más fuertes, cosa que a Gal le hacía hervir el cuerpo.
 Bajó la vista para ver entre las piernas de Ana, que movía la cadera. Gal había leído tiempo atrás un ensayo donde se afirmaba que durante el sexo el cerebro regresa a su estado primitivo. Y en ese momento Gal estuvo totalmente de acuerdo. Sin importarle morir en el intento, se acostó sobre Ana sin dejar de moverse dentro de ella.
 —Estoy bien… —le dijo a su chica que por un momento pareció alarmada por tenerla encima.
 Antes de que Ana pudiera decir algo, Gal la besó de la forma más posesiva que podía. Sintió las manos de Ana en su espalda, sujetándola fuerte. Sintió sus piernas enredarse alrededor de su cuerpo.
 —Gal… Gal… —decía Ana contra su boca.
 Miró los ojos de su novia, que estaban encendidos. Su cara estaba más roja que nunca. Gal sentía sus cuerpos ardiendo a un punto alarmante. Pero no pensaba parar. No le importaba que su nariz explotara. No le importaba nada más que seguir haciendo aquello con Ana. Esa mujer que le dominaba no solo la mente, sino también el cuerpo. Esa chica hermosa y sensible que se había preocupado e interesado en ella más que nadie en toda su vida.
 Un punzada de dolor y afecto la golpearon. Y entendió que aunque el deseo la había llevado hasta ahí, no era solo eso lo que la conectaba con esa mujer. Ella quería a Ana. La quería de verdad. 

 Volvió a besar a Ana, que correspondió enseguida con intensidad tratando de respirar aunque su agitación lo hacía difícil para ambas. Sentía su cuerpo adolorido por los movimientos y la posición, pero no había forma de detenerse. No en ese momento cuando sentía que Ana estaba a punto de llegar.
 Y no se equivocó. De la garganta de su novia salió un jadeo fuerte y enseguida vino la exploción. Gal notó el palpitar interior de Ana, que se había abrazado muy fuerte a ella, usando brazos y piernas para apretarla más contra su cuerpo.
 La respiración de Ana estaba muy agitada. Gal se movió despacio, sintiendo cómo su novia se estremecía con cada movimiento suyo. Lo más lento que pudo, abandonó el cuerpo de Ana y se acostó a un lado de ella.
 —¿Cómo te sientes? —susurró, haciendo que Ana la mirara.
 —Muy mojada… —dijo Ana soltando una carcajada— No sé en qué momento me convenciste de hacerlo así.
 —Creo que fue cuando estaba dentro y… —Gal frunció el ceño—. ¿Fue una pregunta retórica?
 —Sí —dijo Ana riendo de nuevo. La mujer giró hacia ella y empezó a acariciarla—. ¿Sabes qué es lo mejor de todo?
 —¿Qué?
 —Que ya puedes ponerte sobre mí.
 —¿Y eso es bueno? —jugó Gal.
 Con un movimiento rápido Ana se subió sobre ella.
 —Es justo lo que quería.
 Gal sonrió mientras Ana se inclinaba a besarla. El beso fue húmedo, profundo. Gal pudo sentir las manos de Ana en sus mejillas, luego bajando por su cuerpo.  Sintió viscosidad entre las piernas de Ana, prueba de lo que había ocurrido minutos atrás.
 El sexo nunca había sido tan plaentero. Eso Gal lo tenía muy claro mientras su deseo se reactivaba. Nunca había sentido esa sed, esas ganas de estar todo el tiempo con una persona. De conocer todo de alguien. De abrazarla cada día.
 Tal vez así se siente querer, pensó Gal atrapando una mirada de Ana, que sonrió antes de continuar con lo que hacía sobre ella.

Gal odiaba ser impuntual, pero tenía claro que era algo que podía tolerar si el motivo del retraso era Ana desnuda. Ana sobre ella. Ana debajo de ella. Ana besándola. Ana abrazándola. Ana.
Cuando llegaron al hospital ya a media tarde, suspiró aliviada de haber alcanzado al doctor Luna.
—Lo siento mucho doctor, el retraso fue mi culpa —dijo Ana—. Estaba ayudando en algo a mi padre y pasé tarde por Gal.
—¿Y qué cuenta mi buen amigo Leopoldo, eh? Escuché que fue llamado de nuevo al Palacio Castilnovo. —El doctor Luna se inclinó a revisar a Gal.
—Sí, fue por un accidente.
—¿De don Guillermo? —El doctor le apretó ligeramente la nariz.
—No. Alejandra se cayó de una motocicleta.
—Ay, esa chica. Es un milagro que siga viva.
Eso hizo reír a Ana, que dijo:
—Creo que tiene la cabeza muy dura. ¿Cómo ve a Gal, doctor?
—Perfectamente. Se nota que ha tenido muy buenos cuidados. ¿Tú cómo sientes la nariz?
—Sin molestias graves, solo una que otra punzada ocasional.
—Bien, creo que todo salió como esperábamos. Podrás regresar a trabajar en tu siguiente guardia. Solo debes tomar precauciones, ¿de acuerdo?
Gal suspiró aliviada al escuchar aquello. Sonrió feliz, agradeció de nuevo al doctor y salió de ahí caminando junto a Ana. Después de encontrarse con algunos conocidos, ya estaban de nuevo en el estacionamiento yendo hacia el auto de Ana, que la llevaba de la mano.
—¿Qué te parece si vamos a aquel sitio de comida italiana para celebrar? —propuso su novia.
—Creo que es una idea excelente.
—Luego podríamos dar un paseo por ahí, ¿qué opinas? —preguntó Ana.
Gal se detuvo en seco, jalando a Ana. Su novia la miró algo alarmada.
—Opino que es un gran plan, pero… Ahm… estaba pensando… —Gal se sintió nerviosa de repente. Era mucho más sencillo hablar cuando estaba excitada.
—¿Qué?
—Que después de la trattoria, podríamos…—Gal no supo como continuar aquello pero no hizo falta.
Ana abrió mucho los ojos al comprender lo que quería decirle. Su novia sonrió, la abrazó por el cuello y dijo:
—Entonces qué te parece si te invito a una deliciosa pasta, damos un paseo para disfrutar de la noche y luego vamos a tu departamento a hacer algo igual de delicioso y disfrutable.
Gal soltó una carcajada y fingió que pensaba.
—Creo que es una gran idea.
—Tienes una novia increíble.
Gal no respondió enseguida. Usó una mano para acariciar el cabello de Ana y bajar por su rostro. Sin importante el lugar donde estaban, se acercó a sus labios y la besó suavemente antes de decir:
—Tengo a la novia más increíble del mundo.

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Pd. Espero poder enviar el sig. cap. el veirnes.
Seguimos en la emergencia familiar. Gracias por comrpender.


Pd.2. Si quieres unirte a mi canal de WhatsApp me escribes y te mando el enlace. Ahí estoy activa y voy mandando cositas.

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