⚡Aprendí a la mala

Algo se me rompió


En la vida se pueden aprender muchas cosas. A veces por las buenas y otras por las malas.

Te contaré algo que aprendí a madrazos.

Te había dicho que soy de un pueblo chiquito, pero chiquito en verdad, unas 4 mil personas ahora, o sea, que cuando yo era adolescente seguro éramos menos que eso.

Ahí la vida siempre fue campirana, ya sabes, ranchos, vacas, chivos, caballos, gallinas,  cultivos, todo pasaba en cámara lenta.

Y aquí comienza mi historia.

Durante mi adolescencia, estuve metida en una banda, teníamos repertorio de pop, rock e incluso un show tradicional donde tocábamos música yucateca.

Eso era lo que me gustaba: ensayar e ir a lugares a tocar.

En el pueblo vivían mis primas, a las que les encantaba montar. Tenían caballos y asistían a prácticas para escaramuzas.

Influenciada por ellas, también empecé a montar, cosa que les decía que me gustaba. Pero era mentira.

Nunca me han dado confianza los caballos. Es raro estar ahí montada sobre un animal que se contonea entre tus piernas y te hace sentir que caerás en cualquier segundo.

Pero a todos les decía que sí, que me gustaban. Entonces mi papá llegó un día con un caballo y dijo “pruébalo, si te gusta, te lo compro”.

Y yo sonriendo como estúpida le dije que sí, que lo probaría. Así que le puso la silla y me dijo: Ve a la práctica de tus primas para que te familiarices con él.

Me dijo eso por dos cosas: Primero porque el lugar donde practicaban tenía las instalaciones perfectas para andar a caballo.

Y segundo porque estaba como a dos kilómetros de mi casa, así que podía usar el camino para “sentir” al caballo y decidir si lo quería.

Otra vez de estúpida, me puse las botas, el sombrero y vámonos.



Un primo dijo que quería ir conmigo y se subió a la parte de atrás del caballo. Empezamos a avanzar.

Ahí me enteré que ese caballo era de una chica que era escaramuza y que vivía por la otra calle, una por la que pasaríamos en nuestro camino.

Estaba nerviosa, ese caballo era muy alto y faltaba mucho para llegar a donde íbamos.


Pero lo que pasó luego fue peor que mis nervios.

Llegamos a la calle donde vivía la otra chica, la aún dueña del caballo… y ese animal quiso girar para ahí.

Usé las riendas para evitar que se fuera y lo jalé para regresar por donde debíamos ir. Él volvió a cambiar el rumbo… Y yo volví a corregirlo.

Entonces…

Se encabronó y salió corriendo hacia esa calle. Intenté controlarlo pero estaba completamente desbocado. Corría muy rápido y en zig zag lanzando patadas.

Mi primo, el valeroso, saltó del caballo y me dejó sola sobre él.

Entonces vi que íbamos directo a estrellarnos contra un poste de luz. Aún tengo la imagen en mi mente. El poste acercándose y yo convencida de que iba a morir.

Logré soltar el pie del estribo y saltar el caballo un segundo antes del golpe, que sonó tan fuerte que hizo que los vecinos salieran de sus casas.

Por el impulso, caí para atrás y me golpeé la cabeza. Recuerdo que sentí que algo se me había roto. Sentía algo mojándome varias partes del cuerpo.

Me quedé ahí tirada mientras el escándalo seguía. El caballo golpeaba todo a mi alrededor y varias voces llegaban.

Escuché a una amiga de mis padres correr hacia mí. Ella y su esposo se inclinaron para ver si había muerto.

Mi primo, el valeroso, también se acercó. Yo no quería moverme, creí que tenía todo fracturado.

Me ayudaron a pararme, sentí más líquido chorreando por mi cuerpo, entre las piernas. Pensé que se me había perforado la vejiga o algo. Entonces, vi a mi mamá corriendo hacia mí.


Entre todos me ayudaron a entrar a la casa de la amiga de mis papás, que era la que estaba en la calle del accidente.

Yo no hablaba pero tampoco sentía dolor. Estaba en shock creo. Mi cerebro me decía: ¡haz algo! 

Pero yo no sabía qué hacer. Se me había ido el aire. Mi mamá me revisaba para ver si tenía sangre o si algún hueso se me había saltado.

Entonces mi cuerpo reaccionó y empecé a chillar. Fue como si hubiera recordado como respirar y eso se había convertido en llanto.

Estaba segura de que tenía alguna lesión interna, sentía ese líquido goteando.

Mi papá llegó con el coche y me llevaron a la otra ciudad porque solo ahí había hospital. Me metieron a rayos X y me revisaron todo.

Como una hroa después llegó el doctor con los resultados: no tenía nada. 

Ni una fractura, ni moretones, ni raspones… Solo un chichón en la cabeza, que fue lo que me golpeé al caer.

Le conté que sentí un líquido bajando por el cuerpo, dijo que a lo mejor fue una sensación creada por mi cerebro.

Ahora yo tengo una teoría, al menos del líquido que sentí entre las piernas. Yo creo que me hice pipí, sí, sí, Así de indecoroso. 

Mi mamá me sermoneó durante el camino de regreso y mi papá decía que debía volver a montar pronto para que “se me quitara el miedo”.

Estuve descansando dos días pues el cuerpo y el chichón me dolían. Pero solo eso. 

Mis primas fueron a visitarme y hablaban de los nuevos caballos que llegarían, me preguntaron si quería uno.

Yo me hice mensa.

Una semana después hubo una cabalgata de unos pocos kilómetros y le pedí un favor a mi papá: que me ensillara un caballo a escondidas de mi madre.

Y lo hizo. Lo dejó amarrado a la vuelta de mi casa y yo pasé por él para que mi mamá no viera que había vuelto a montar.

Cabalgué hasta el final. 

Cuando llegué, las familias de los cabalgantes ya estaban ahí, entre ellos, mi madre. Estaba grabando la llegada de todos y entonces me vio.

Creí que iba a regañarme, pero no. Solo dijo “¡Velo, ¿no aprendiste?!” Pero siguió grabando hasta que me bajé del caballo.

Esa fue la última vez que me subí a un caballo y pienso seguir así por el resto de mi vida.

Quise realizar esa última cabalgata para dejar atrás el trauma. Los caballos y yo estamos en paz ahora, en buenos términos, cada quien por su lado.

Y decidí ser sincera conmigo misma: yo no quería esa vida de cabalgante, ni hacer lo mismo que mis primas.

A mi me gustaba mi banda. Hacer canciones, ensayarlas, grabarlas. Ir a tocar.

No quería botas, quería tenis.  No quería unas riendas en mis manos, quería una guitarra.

Dejé que mis primas conquistaran los ruedos con sus caballos y yo me dediqué a conquistar chicas con mi música.

Por eso es importante nunca intentar ser lo que no somos. A veces queremos forzarnos a encajar con los demás, vamos como borregos detrás de la multitud.

Puede que algo no nos guste, pero nos metemos porque los demás lo hacen. 

Dejé de intentar encajar con la imagen de ranchera y asumí lo que era de verdad: una rockera loca que no sentía pena de hacer show en un escenario.

Mi mamá estuvo feliz, ya que ella es de una familia de músicos. Mi papá… Bueno, él es feliz siempre, como sea y con lo que sea. Ese vato está loco.

Ninguno me dijo nada más respecto a los caballos. Solo dejaron que solita tomara el camino que quería.

Hoy cuando paso por esa calle, miro ese poste viejo y agrietado por el golpe de aquel caballo. Veo la zona donde estuve tirada, sin aire y convencida de estar muerta.

¿Y sabes qué pienso? 

Que es una gran historia para contar en una newsletter.

¡Te escribo mañana!

P.D.  Otra cosa que amé desde muy chica fue la lectura. He estado traumada con varias sagas y por eso ahora se me ocurrió crear el paraíso de toda lectora de historias chicaXchica.

En unos días te diré todo. Ahora tengo a mi equipo trabajando como esclavos para terminar de armar todo. No, ya, la verdad. Sin su apoyo nunca se hubiera materializado todo esto. Así que cuando veas todo lo que armaron, seguro les aplaudirás porque se la rifaron.